Una Argentina sin papeles

El sol de finales de julio todavía pegaba con fuerza cuando el toldo del puesto empezó a ceder.

Lucía estaba agachada, guardando unos cuencos de cerámica en una caja de cartón, cuando oyó el crujido. Levantó la vista justo a tiempo de ver cómo uno de los postes laterales se inclinaba hacia dentro.

—¡La puta madre! —gritó con su acento argentino bien marcado, mientras intentaba sujetar el poste con las dos manos.

No pudo. El peso del toldo y de las estanterías improvisadas pudo más. Todo vino abajo de golpe. Una tabla le golpeó el hombro, otra le rozó la cadera y, al caer de lado, apoyó la mano izquierda con toda la fuerza del cuerpo. Sintió un chasquido seco en la muñeca y un dolor agudo que le subió por el brazo hasta el codo.

—¡Lucía, joder! —exclamó Marina desde el otro lado del puesto, con su deje granadino arrastrado—. ¿Estás bien, miarma?

Marina tenía el pelo castaño recogido en una coleta alta y desordenada, pendientes largos de plata y una falda larga de flores ya bastante desteñida. Como Lucía, vestía de forma abiertamente hippie: camiseta holgada de algodón crudo, un chaleco de ganchillo abierto y sandalias gastadas por el uso. Las dos llevaban el mismo aire de quienes pasan el verano entero viviendo en una furgoneta, de feria en feria.

Llevaban meses recorriendo pueblos de Castilla y León y Extremadura. Marina era la que tenía el puesto a su nombre y los contactos. Lucía ponía las piezas: cerámica irregular, colgantes de plata y piedra, algunas ilustraciones pequeñas. Entre las dos se defendían.

Marina apartó a empujones lo que pudo del toldo derrumbado y se arrodilló junto a ella.

—A ver, deja que te mire… ¿Qué te has hecho?

Lucía tenía la cara contraída del dolor. El pelo negro y ondulado le caía revuelto sobre los hombros y la camiseta de tirantes blancos se le había manchado de polvo.

—Me caí de culo y apoyé mal la mano —dijo entre dientes, con el acento todavía más marcado por el esfuerzo—. Me duele como el carajo. Creo que la cagué.

—Déjate de cagarla y vamos a que te miren —contestó Marina, ya poniéndose en pie—. Eso no tiene buena pinta, está hinchándose.

Entre las dos recogieron lo más valioso, dejaron el puesto a medio desmontar y avisaron al organizador de la feria. Media hora después circulaban por una carretera secundaria en la furgoneta vieja de Marina, dirección al hospital comarcal más cercano.

Lucía iba en el asiento del copiloto, con la mano izquierda apoyada con cuidado sobre las piernas y la cabeza echada hacia atrás. Llevaba casi un año en España y, aunque había encontrado una red de amigos españoles que ya eran familia, en momentos como este echaba de menos a los suyos.

—No te rayes tanto —dijo Marina mientras conducía—. Seguro que es una torcedura de las buenas. Te miran, te ponen hielo y mañana estás otra vez montando el puesto.

Lucía soltó una risa corta y amarga.

—Ojalá, boluda. Si me quedo sin esta mano me como los cuadros.

Marina sonrió por lo bajo, sin apartar la vista de la carretera. El hospital comarcal apareció a los veinte minutos: un edificio bajo de ladrillo claro, con el letrero de Urgencias iluminado en rojo. Eran casi las once de la noche.

Marina aparcó frente a la entrada y apagó el motor.

—Yo me quedo en la sala de espera. Tú entra y me vas contando, ¿va?

Lucía asintió, abrió la puerta con cuidado y bajó de la furgoneta. El aire de la noche olía a hierba seca y a gasoil. Apoyó la mano herida contra el pecho y cruzó las puertas automáticas de Urgencias.

Las puertas automáticas se abrieron con un silbido suave. Dentro, el aire acondicionado olía a desinfectante y a café frío. La sala de espera estaba casi vacía: solo un hombre mayor dormitaba en una silla y una mujer joven con un niño dormido en brazos miraba el móvil.

Lucía se acercó al mostrador de admisión con la mano izquierda apretada contra el pecho. Detrás del cristal había una administrativa de unos cincuenta años, con el pelo teñido de un rubio opaco y expresión de quien lleva demasiadas horas de guardia.

—¿Qué le pasa? —preguntó sin levantar demasiado la vista del ordenador.

—Me caí… me duele mucho la muñeca. Creo que puede estar rota —respondió Lucía. Se le notaba el acento más de lo normal.

La mujer asintió y empezó a teclear.

—Tarjeta sanitaria.

Lucía se quedó quieta. Sintió un pequeño vacío en el estómago.

—No… no la tengo encima —mintió primero, por reflejo.

La administrativa levantó la vista por fin. La miró con una mezcla de cansancio y paciencia forzada.

—¿Tiene NIE? ¿Pasaporte?

Lucía notó cómo se le secaba la boca. Llevaba casi un año en España y nunca había pisado un centro de salud ni un hospital. Siempre se había curado con ibuprofeno, pomadas y tiempo. La idea de dar sus datos reales le provocó un nerviosismo inmediato, distinto al dolor de la muñeca. Un nerviosismo más frío, más profundo.

Abrió la pequeña mochila de tela que llevaba cruzada y sacó el pasaporte argentino. Se lo tendió por la ranura del cristal sin mirar a la mujer a los ojos.

La administrativa lo cogió, lo abrió y empezó a copiar los datos con lentitud. Cada tecleo sonaba demasiado alto en el silencio de la sala. Lucía apoyó la cadera contra el borde del mostrador porque le temblaban un poco las piernas. No era solo el dolor. Era la sensación de estar quedando registrada. De que alguien, en algún sitio, podría ver su nombre completo, su nacionalidad y la fecha de entrada.

—¿Domicilio en España? —preguntó la mujer sin levantar la vista.

Lucía dudó un segundo demasiado largo.

—Estoy de paso. Estoy con una amiga… en una feria.

La administrativa suspiró por lo bajo, como si hubiera oído esa respuesta muchas veces, y siguió tecleando. Luego le devolvió el pasaporte y le indicó con la cabeza una silla.

—Siéntese. La llamarán.

Lucía se sentó en la primera fila, lejos del hombre dormido. Apoyó la mano hinchada sobre las rodillas y miró la pantalla que colgaba del techo, donde todavía no aparecía su nombre. El dolor de la muñeca venía por oleadas, pero ahora competía con otra cosa: una preocupación doble que se le había instalado en el pecho.

Por un lado, la mano. Si estaba fisurada de verdad, no podría trabajar durante semanas. Y sin trabajar, el verano se le complicaba mucho.

Por otro, los datos. Había entregado el pasaporte. Había quedado registrada en un hospital público. No sabía exactamente qué implicaba eso, pero el simple hecho de haberlo hecho le generaba una inquietud sorda, constante. Como si hubiera cruzado una línea que hasta entonces había evitado con cuidado.

Se miró la muñeca. Estaba más hinchada que hace una hora y el morado se le extendía hacia los dedos. Apretó los dientes y esperó.

Al cabo de unos minutos, una enfermera con pijama verde asomó por la puerta de la zona de boxes y leyó en voz alta:

—Lucía Fernández…

Ella se levantó. El corazón le latía más deprisa de lo que el dolor justificaba

La enfermera la hizo pasar a un box lateral. Era un espacio pequeño, separado por cortinas verdes, con una camilla, un taburete con ruedas y un ordenador sobre una bandeja metálica. La luz fluorescente era blanca y fría.

—Espere aquí. Ahora viene el médico.

Lucía se sentó en el borde de la camilla, con la mano apoyada sobre el muslo. Unos minutos después se abrió la cortina y entró un hombre de unos cuarenta y tantos años. Llevaba pijama sanitario azul oscuro, el fonendo colgado del cuello y una expresión de cansancio tranquilo. Tenía el pelo corto, entrecano, y una barba de unos días.

—Buenas noches. Lucía Fernández, ¿verdad? —preguntó mientras miraba la pantalla del ordenador—. Soy el doctor Rivas. Cuénteme qué le ha pasado.

Lucía le explicó lo del toldo, la caída, el chasquido en la muñeca. Él escuchó sin interrumpir, asintiendo de vez en cuando. Luego se acercó, le pidió permiso con un gesto y empezó a examinarle la mano con movimientos cuidadosos. Le tocó los dedos, le pidió que moviera la muñeca lo que pudiera, le preguntó si le hormigueaban los dedos.

—Hay bastante inflamación. Habrá que hacer una radiografía para descartar fisura o fractura —dijo con tono profesional—. No parece nada demasiado grave, pero mejor asegurarnos.

Lucía asintió. El alivio duró poco. Mientras el médico tecleaba algo en el ordenador, ella no pudo evitar mirar la pantalla y preguntar, con la voz más baja de lo que pretendía:

—Perdón… ¿esos datos se quedan solo aquí? ¿O se envían a algún sitio?

El doctor levantó la vista hacia ella, sorprendido por la pregunta. No parecía molesto, solo un poco extrañado.

—Se registran en el sistema del hospital, como todos los pacientes. ¿Por qué lo pregunta?

Lucía se removió en la camilla. El dolor de la muñeca seguía ahí, pero ahora competía con un nerviosismo distinto.

—No… es que nunca había venido a un hospital en España. No sé cómo funciona. Si… si la información se guarda mucho tiempo o si la puede ver mucha gente.

El médico la observó un segundo más de lo necesario. Su expresión no cambió, pero algo en su mirada se volvió más atento.

—Es información clínica. Está protegida —respondió con calma—. No tiene por qué preocuparse.

Pero Lucía no podía dejarlo ahí. El miedo, una vez que había empezado a hablar, le empujaba a seguir.

—¿Y si no tengo tarjeta sanitaria? ¿Pasa algo? Es que… estoy de paso y no quiero problemas.

Hubo un silencio breve. El doctor Rivas apoyó un codo en la bandeja del ordenador y la miró con más interés, aunque su voz seguía siendo neutra, casi amable.

—No pasa nada. En urgencias se atiende igual. ¿Está usted de forma temporal en el país?

Lucía tragó saliva. Notó que había dicho demasiado. Bajó la mirada hacia su mano hinchada.

—Sí. Algo así.

El médico no hizo más preguntas. No sonrió de forma extraña ni cambió bruscamente de tono. Simplemente asintió, como si aceptara la explicación, y volvió a mirar la pantalla. Pero Lucía tuvo la sensación de que algo había cambiado en la forma en que él la miraba. Como si de pronto la estuviera evaluando de otra manera.

—Voy a pedir la radiografía —dijo por fin—. Mientras tanto, necesito revisarle bien el brazo y el hombro, por si el golpe afectó más arriba. ¿Me permite?

Lucía asintió. El miedo ya no era solo a la muñeca. Ahora había otra cosa instalada en el pecho: la certeza de haber revelado una debilidad delante de un desconocido que, de repente, parecía haber tomado nota.

El doctor Rivas se puso unos guantes de nitrilo con movimientos tranquilos y se acercó de nuevo a la camilla.

—Necesito ver bien el hombro y la clavícula —explicó—. A veces el golpe se transmite y hay contusiones que no se notan a simple vista. Voy a pedirle que se quite la camiseta.

Lucía dudó solo un instante. El dolor de la muñeca seguía siendo real, y la idea de que pudiera tener algo más le preocupaba. Además, él hablaba con esa misma voz profesional de antes, como si nada hubiera cambiado. Se mordió el interior del labio y asintió.

Con la mano derecha empezó a subirse la camiseta de tirantes. El movimiento le hizo contraer el rostro de dolor cuando la tela rozó la muñeca hinchada. El médico no ofreció ayuda. Simplemente esperó, observando.

Cuando se quitó la camiseta, se quedó en sujetador negro, sencillo, un poco deformado por el uso. Tenía un moretón alargado en el hombro izquierdo y otro más difuso en la costilla. El doctor se acercó y empezó a palparle el hombro con dedos firmes, preguntándole si le dolía al presionar aquí o allá. Lucía respondía con monosílabos, mirando fijamente un punto de la cortina verde.

—Ahora el brazo completo —dijo él—. Necesito que se quite también el sujetador. Así puedo ver si hay alguna lesión en la zona de la axila o en las costillas altas.

Lucía levantó la vista hacia él. Por un segundo pareció que iba a negarse. La pregunta le había salido demasiado natural, demasiado clínica. Pero el recuerdo de haber entregado el pasaporte y de haber preguntado demasiado sobre los datos le pesaba en el pecho. Tragó saliva y asintió otra vez.

Se desabrochó el sujetador con la mano buena y se lo quitó, dejándolo sobre la camilla junto a la camiseta. Se cruzó de brazos de forma instintiva, cubriéndose los pechos, pero el médico le hizo un gesto suave con la cabeza.

—Los brazos abajo, por favor. Necesito ver la simetría.

Lucía bajó los brazos. El aire acondicionado le erizó la piel. Se sintió expuesta de una forma que no tenía que ver solo con la desnudez. El doctor la miró con atención profesional… o al menos eso parecía. Le palpó las costillas, le pidió que levantara el brazo bueno, que inclinara el tronco un poco. Cada instrucción era razonable. Cada toque parecía tener una justificación médica.



Pero había algo en la demora. En la forma en que sus ojos se detenían un segundo más de lo necesario. En el silencio que dejaba entre pregunta y pregunta.

—Duele aquí —dijo él, presionando suavemente una zona cerca de la axila.

—Un poco —respondió Lucía, con la voz más baja.

El médico asintió y se apartó un paso. Se quitó los guantes, los tiró a la papelera y se cruzó de brazos, mirándola de pie, semidesnuda, con la mano hinchada apoyada contra el vientre.

—La radiografía va a tardar un rato. El técnico está con otra urgencia. Mientras tanto, prefiero asegurarme de que no hay nada más. A veces, con las caídas, hay que revisar también la zona lumbar y la cadera.

Lucía sintió un frío distinto en el estómago. Ya sabía lo que venía.

—¿Tiene que…?

—Sería lo más completo —contestó él con calma—. Si prefiere esperar a que venga el técnico y abrir el protocolo entero, también podemos hacerlo. Pero eso implica más tiempo y más registros.

No elevó la voz. No sonrió de forma extraña. Simplemente dejó la frase en el aire, como una opción razonable entre dos.

Lucía bajó la mirada hacia su muñeca morada. El dolor seguía ahí. El miedo también. Y la sensación de haberle dado al hombre de enfrente exactamente la información que no debería haber dado.

Con la mano buena, empezó a desabrocharse el botón del pantalón.

Lucía se bajó el pantalón con cuidado, intentando no rozar la muñeca hinchada. Debajo llevaba unas bragas de algodón gris, sencillas, un poco desteñidas. Se quedó un momento en ropa interior, esperando que él dijera que con eso bastaba.

No lo dijo.

—También la ropa interior —indicó el doctor Rivas con la misma voz tranquila—. Necesito ver bien la cadera y la zona lumbar. Si hay algún hematoma interno es mejor detectarlo ahora.

Lucía cerró los ojos un segundo. El aire acondicionado le pareció más frío. Con la mano buena se bajó las bragas y las dejó sobre el montón de ropa que ya había hecho en la camilla. Se quedó completamente desnuda.


El médico no hizo ningún comentario. Simplemente señaló con la cabeza el centro del box, lejos de la camilla.

—Póngase de pie aquí, por favor. Con los brazos a los lados.

Ella obedeció. El suelo de linóleo estaba frío bajo las plantas de los pies. Instintivamente llevó la mano derecha hacia el pubis, cubriéndose, mientras la izquierda, hinchada y morada, la mantenía semi flexionada contra el vientre.


—Los brazos abajo —repitió él, sin dureza, pero sin dejar margen.

Lucía bajó la mano. Se quedó de pie, completamente expuesta, bajo la luz blanca del fluorescente. El pelo negro le caía revuelto sobre los hombros y la espalda. Tenía la respiración un poco agitada. El moretón del hombro y el de la cadera se veían ahora con claridad, junto a la tripa suave y el vello púbico natural.

El doctor Rivas se sentó en el taburete con ruedas, a un par de metros de ella. Apoyó los codos en las rodillas y la observó en silencio. No era una mirada lasciva abierta. Era algo más contenido, más evaluador. Como si estuviera confirmando algo que ya había empezado a sospechar cuando ella preguntó por los datos.

El silencio se alargó.

Lucía notó cómo se le calentaban las mejillas. Quiso cruzar los brazos, taparse, pero no se atrevió. El dolor de la muñeca seguía ahí, sordo y constante, recordándole por qué estaba en esa situación. Y debajo del dolor, el otro miedo: el de haber hablado de más, el de haber dejado claro que tenía algo que esconder.

—Gire un poco hacia la izquierda —dijo por fin el médico.

Ella giró.

—Ahora hacia la derecha.

Volvió a girar. Cada movimiento la hacía sentirse más consciente de su propia desnudez. De cómo se le movían los pechos, de cómo el aire le rozaba la piel, de cómo él seguía mirándola sin prisa.

Cuando terminó de hacerla girar, el doctor se levantó. Se puso unos guantes nuevos y se acercó.

—Voy a palpar la zona de la cadera y la lumbar —advirtió—. Dígame si duele.

Sus manos fueron firmes, profesionales al principio. Le presionó la cadera, le siguió la línea de la pelvis, le tocó la zona baja de la espalda. Pero los dedos se demoraban. En un momento dado, una de sus manos subió más de lo necesario por el costado, rozando la curva de la cintura. Lucía contuvo la respiración.

Él no dijo nada. Continuó el examen como si todo formara parte del protocolo.

Solo cuando terminó de palparla, y mientras se quitaba los guantes, habló de nuevo. Esta vez la voz le sonó un poco más baja, más cercana.

—La radiografía sigue sin llegar. Podemos esperar… o puedo asegurarme yo mismo de que no hay nada más que requiera intervención inmediata.

Lucía levantó la vista hacia él. Entendió el matiz. No era una amenaza abierta. Era una puerta que él dejaba entreabierta, esperando a que ella decidiera si la cruzaba.

El silencio del box se volvió denso.

Lucía no contestó de inmediato. Tenía la garganta seca. El doctor Rivas no insistió. Simplemente se quedó de pie frente a ella, a poca distancia, esperando. La luz del fluorescente marcaba las sombras de su clavícula, el contorno de sus pechos, la línea suave de su vientre y el triángulo oscuro del vello.



Ella bajó la mirada hacia su muñeca hinchada. El dolor seguía siendo real. Y la sensación de haber revelado demasiado sobre su situación le pesaba como una losa. Si él decidía abrir el protocolo completo, si llamaba al técnico y dejaba constancia de todo, ¿qué pasaba después? No lo sabía con certeza. Pero el simple hecho de no saberla ya era suficiente.

—¿Qué… tiene que hacer? —preguntó por fin, con la voz baja.

El médico inclinó ligeramente la cabeza, como si valorara la pregunta.

—Asegurarme de que está estable. De que no hay nada que se nos esté escapando. A veces un examen más… detenido evita complicaciones posteriores.

No usó la palabra “sexo”. No dijo nada explícito. Pero el silencio que siguió a la frase fue elocuente. Lucía sintió que se le aceleraba el pulso. No era solo miedo. Era la certeza fría de que estaba sola en ese box, desnuda, con la mano inutilizada, y de que la salida más rápida pasaba por no oponerse.

Asintió una sola vez, casi imperceptible.

El doctor Rivas no sonrió. Solo se acercó un poco más. Con una mano le tocó el hombro, guiándola suavemente hasta que su espalda quedó cerca de la camilla. No la empujó. La orientó. Luego, con la misma calma con la que antes le había palpado las costillas, dejó que una de sus manos bajara por el costado de Lucía, rozando la piel, hasta posarse en la cadera.

—Quédese quieta —murmuró.

Sus dedos subieron por el vientre suave, explorando sin prisa, como si todavía formara parte del reconocimiento. Lucía contuvo la respiración. Cuando la mano del médico llegó a un pecho y lo sopesó con lentitud, ella cerró los ojos. No se apartó. El dolor de la muñeca le recordaba cada segundo por qué estaba permitiendo aquello.


Él se inclinó un poco y le habló cerca del oído, sin dejar de tocarle el pecho:

—Nadie tiene por qué enterarse de nada. Ni de su situación, ni de esto. Yo me encargo de que el informe quede limpio.

Lucía abrió los ojos. Lo miró. En la mirada del médico ya no había solo profesionalidad. Había una decisión tomada. Y ella, al no haberse negado, había aceptado los términos.

Con la mano buena se apoyó en el borde de la camilla. Las piernas le temblaban ligeramente. El doctor Rivas bajó la otra mano entre sus muslos y le separó las piernas con suavidad pero con firmeza. Ella no se resistió. Solo apartó un poco la cara, mirando hacia la cortina verde, mientras sentía los dedos de él explorar su sexo con una calma casi clínica.


El aire acondicionado seguía soplando. En la sala de espera, al otro lado de la cortina, alguien tosió. Nadie entró.

Lucía mordió el interior de su mejilla y esperó.

El doctor Rivas no se apresuró.

Mantuvo los dedos entre las piernas de Lucía durante un rato, explorándola con una lentitud deliberada, como si todavía estuviera comprobando algo. Ella estaba de pie, con la espalda ligeramente apoyada en el borde de la camilla, la mano herida protegida contra el vientre y la otra agarrada al colchón fino de la camilla. Cada vez que los dedos de él se movían, ella contenía el aire un segundo.

No decía nada. Tampoco él.

Cuando por fin retiró la mano, se limpió los dedos con una gasa que sacó de un cajón y se bajó la cremallera del pijama sanitario con el mismo gesto práctico con el que antes se había puesto los guantes. No hubo palabras de deseo ni de amenaza. Solo el sonido del tejido y el roce de la tela.

La dió la vuelta y colocó detrás de ella. Le sujetó la cadera buena con una mano y con la otra guió su polla hasta la entrada. Empujó despacio. Lucía apretó los dientes y soltó un sonido bajo, más de sorpresa que de dolor. Estaba seca al principio. Él no se detuvo. Siguió entrando con paciencia, centímetro a centímetro, hasta quedar completamente dentro.


Se quedó inmóvil un momento, respirando contra el hombro de ella.

Lucía tenía la frente inclinada hacia adelante. El pelo negro le caía como una cortina, ocultándole parte de la cara. Sentía la presión de él dentro, el calor, la forma en que su propio cuerpo empezaba a ceder a pesar suyo. El dolor de la muñeca seguía presente, sordo, como un ancla que le recordaba por qué no se apartaba.

El médico empezó a moverse.

Lo hizo con un ritmo lento, profundo, casi metódico. Cada embestida era controlada. No buscaba velocidad. Parecía más interesado en la sensación de tenerla así, quieta, colaborando sin palabras. Una de sus manos subió por el costado de Lucía y le cogió un pecho, apretándolo con moderación mientras seguía follándola. La otra mano permanecía firme en su cadera, sujetándola en el ángulo que le convenía.

Lucía no gemía. Solo respiraba de forma irregular, con la boca entreabierta. De vez en cuando un sonido más agudo se le escapaba cuando él entraba hasta el fondo. En esos momentos cerraba los ojos con fuerza y apretaba los dedos de la mano buena contra el colchón.



El box olía a desinfectante y a piel. Fuera, en el pasillo, se oyeron pasos que se alejaban. Nadie abrió la cortina.

El doctor inclinó un poco más el cuerpo de Lucía hacia adelante, apoyándola mejor sobre la camilla, y aceleró apenas el ritmo. Ahora el sonido de la penetración se oía con más claridad: húmedo, rítmico, obsceno en aquel espacio clínico. Lucía sintió cómo su cuerpo respondía a pesar del rechazo. Se estaba mojando. Cada vez que él se hundía, notaba la fricción volverse más fácil, más profunda.

—Así… —murmuró él por primera vez desde que había empezado, cerca de su oreja—. Quieta.

No era una orden brusca. Era casi una instrucción médica. Lucía obedeció. Se quedó quieta, dejando que él usara su cuerpo con esa calma posesiva, mientras el dolor de la muñeca y la vergüenza se mezclaban en un mismo nudo dentro del pecho.

El médico siguió así un rato largo. Sin prisa. Como si tuviera todo el tiempo de la guardia por delante.

El doctor Rivas se detuvo dentro de ella. Respiraba con calma, sin signos de prisa. Con una mano le sujetó la cadera y la guió suavemente hasta hacerla girar. Lucía no se resistió. Se dejó orientar hasta quedar sentada en el borde de la camilla y luego tumbada de espaldas sobre el fino colchón de plástico.

Él se colocó entre sus piernas. Le separó las rodillas con ambas manos y volvió a entrar en ella, esta vez de frente. La penetración fue profunda y lenta. Lucía soltó un sonido ahogado y apartó la cara hacia un lado, mirando la cortina verde.

—Mírame —dijo él en voz baja.

No era una orden brusca. Era casi una instrucción. Lucía dudó un segundo y luego giró la cabeza. Sus ojos se encontraron. La luz fluorescente caía de lleno sobre ambos. Ella estaba completamente expuesta: los pechos al aire, el vientre suave subiendo y bajando, las piernas abiertas, la muñeca hinchada apoyada con cuidado sobre el colchón. Cada vez que empujaba, la polla abría los labios de Lucía y se hundía hasta el fondo, estirando las paredes internas que, a pesar de la sequedad inicial, empezaban a ceder y a humedecerse. La vagina se adaptaba a regañadientes: al principio apretaba con una resistencia seca, pero poco a poco la fricción se volvía más fácil, más resbaladiza. Se oía el sonido húmedo, rítmico, cada vez que él entraba y salía.


Lucía tenía las piernas abiertas, las rodillas flexionadas y los talones apenas apoyados en el borde de la camilla. El vientre suave le temblaba ligeramente con cada embestida. No era un vientre plano ni marcado; tenía esa curva natural, blanda, que se hundía un poco cuando él presionaba el pubis contra el suyo. El vello púbico, oscuro y algo espeso, se aplastaba y se separaba con el movimiento, rozando la base de la polla del médico de forma irregular, casi áspera.

Él se inclinó de nuevo y le cogió un pecho con la boca. El pezón, de un rosa apagado, se le había endurecido por el aire acondicionado y por el roce. Rivas lo succionó con calma, aplastándolo contra el paladar con la lengua, mientras la otra mano le apretaba el otro pecho, hundiendo los dedos en la carne blanda. Lucía sintió el tirón en el pezón y un calor localizado que no quería reconocer. Apretó la mandíbula y miró al techo, donde una de las luces fluorescentes parpadeaba ligeramente.



El aliento del médico le rozaba la piel del pecho cada vez que se apartaba un segundo para cambiar de pezón. Era un aliento cálido, un poco acelerado, pero todavía controlado. El de ella salía irregular, entrecortado, mezclado con sonidos bajos que intentaba cortar en la garganta. Cada vez que él se hundía hasta el fondo, el aire se le escapaba en un gemido ahogado y corto.

La polla entraba y salía con más facilidad ahora. Las paredes de la vagina se habían adaptado por completo: se abrían a su paso y se cerraban a su alrededor cuando se retiraba casi del todo, dejando solo la cabeza dentro. El vello púbico de Lucía, húmedo ya de sus propios fluidos y de la fricción, se pegaba y se separaba con cada movimiento. El médico bajó una mano y le separó un poco más un muslo, observando durante un segundo la forma en que su polla desaparecía dentro de ella antes de volver a empujar.

Lucía tenía la cara ladeada. Una lágrima le había corrido hasta la sien, pero no sollozaba. Solo esperaba. La muñeca le latía con fuerza, y ese dolor era lo único que la mantenía anclada a la razón por la que estaba permitiendo que la follaran así, de frente, mirándolo, con los pechos expuestos y la vagina abierta alrededor de la polla de un desconocido.

Él no daba señales de estar cerca. Seguía entrando y saliendo de ella con esa lentitud profunda, la polla completamente embadurnada de los fluidos de Lucía. De vez en cuando bajaba la mirada para observar cómo desaparecía entre los labios hinchados y el vello oscuro.

Entonces, sin dejar de moverse, preguntó con voz casi casual:

—¿Utiliza algún método anticonceptivo?

Lucía tardó un segundo en procesar la pregunta. Por un momento pareció que había vuelto a la consulta normal, a las preguntas médicas de hacía media hora.

—No —respondió, con la voz ronca—. Ninguno.


Él asintió ligeramente, como si tomara nota mental. No dijo nada más. Simplemente apoyó mejor las manos a ambos lados de su cuerpo y empezó a acelerar.

Las embestidas se volvieron más cortas, más profundas, más insistentes. El sonido húmedo llenó el box. La camilla crujía apenas con cada empujón. Lucía apretó los dientes y agarró el borde del colchón con la mano buena. El vientre suave le temblaba con el impacto rítmico del pubis del médico contra el suyo. Los pechos se le movían en el mismo compás. El vello púbico, empapado, se aplastaba y se separaba una y otra vez.

Rivas respiraba más agitado ahora. Se incorporó un poco, mirando el punto donde su polla entraba en ella, y aceleró todavía más. Lucía notó cómo la polla se le ponía todavía más dura dentro, cómo latía. Supo lo que iba a pasar.

Cuando estuvo a punto, se salió de golpe. Se incorporó sobre las rodillas, se masturbó dos veces con la mano y se corrió sobre el vientre de Lucía.

Los chorros calientes y espesos cayeron sobre la piel blanda, justo por encima del vello púbico, salpicando hasta casi el ombligo. Algunos hilos más lentos resbalaron hacia los lados de la cintura. Él terminó de vaciarse con un gemido bajo, la respiración entrecortada, y se quedó unos segundos mirando el semen blanco contrastando contra la piel morena clara de ella.


Lucía no se movió. Tenía la mirada fija en el techo, la respiración irregular y el semen caliente extendiéndose poco a poco sobre su tripa.

El doctor Rivas respiró hondo, se limpió la polla con una gasa y se subió la cremallera del pijama sanitario como si acabara de terminar cualquier otro procedimiento.

El doctor Rivas abrió un cajón, sacó un trozo de papel de camilla y se lo tendió sin mirarla directamente.

—Límpiese.

Lucía cogió el papel con la mano buena. Se limpió el semen del vientre con movimientos torpes, intentando no manchar más la piel. El papel se le pegaba y se deshacía un poco. Cuando terminó, lo dejó arrugado sobre la camilla.

—La exploración ha sido satisfactoria —dijo él mientras se lavaba las manos en el pequeño fregadero del box—. No parece que haya nada más roto ni contusiones internas de consideración. Puede ir poniéndose la ropa.

Lucía se levantó con cuidado. Se puso primero las bragas, luego el sujetador, la camiseta y el pantalón. Cada movimiento le recordaba la muñeca hinchada. Mientras ella se vestía, el médico se sentó frente al ordenador y empezó a teclear con calma, rellenando el informe.


Cuando ella terminó, él se levantó, cogió el material de yeso y le indicó que volviera a sentarse en el borde de la camilla.

—Le voy a inmovilizar la muñeca. Aunque la radiografía lo confirme después, es mejor que no la mueva.

Empezó a colocarle la férula y el vendaje con movimientos precisos y profesionales. Mientras trabajaba, le hablaba en tono neutro, de médico a paciente:

—No haga esfuerzos con esta mano durante al menos diez días. Hielo las primeras cuarenta y ocho horas, quince minutos varias veces al día. Si nota más hinchazón, pérdida de color en los dedos o un dolor que no cede con el analgésico, vuelva. Le voy a recetar un antiinflamatorio.

Lucía asentia en silencio. Miraba cómo el yeso iba cubriendo su muñeca y parte de la mano. El olor del material se mezclaba con el del desinfectante.

Cuando el doctor estaba terminando de ajustar el último vendaje, habló sin levantar la vista de su trabajo:

—No obstante, necesitaremos la radiografía para confirmar el alcance de la fisura. Mañana estoy de nuevo de guardia en el turno de noche. Pase por aquí y se la hacemos.

Lucía levantó la cabeza. Él ya la estaba mirando. La frase había sonado práctica, casi amable. Pero ambos sabían lo que quedaba debajo.

—¿A qué hora…? —preguntó ella, con la voz baja.

—A partir de las diez. Pregunte por mí.

Terminó de colocar el cabestrillo improvisado, le entregó la receta y un volante, y se apartó.

—Ya puede irse.

Lucía recogió su mochila con la mano buena, se pasó los dedos por el pelo de forma mecánica y salió del box. En el mostrador de admisión, la misma administrativa de antes levantó la vista.

—¿Todo bien?

—Sí —contestó Lucía—. Gracias.

Cruzó la sala de espera. Marina estaba sentada en una de las sillas del fondo, mirando el móvil. Al verla levantarse, frunció un poco el ceño.

—Joder, cuánto has tardado. ¿Qué te han dicho?

Lucía levantó la mano envuelta en la férula blanca.

—Fisura. Me han inmovilizado. Mañana tengo que volver para la radio.

Marina chasqueó la lengua, preocupada de verdad, y le pasó un brazo por los hombros mientras salían juntas hacia la furgoneta.

—Bueno, al menos no es peor. Vamonos al camping y mañana vemos cómo lo montamos sin tu mano.

Lucía asintió. El aire de la noche le pareció más frío que a la entrada. Subió al asiento del copiloto en silencio, con la mano escayolada apoyada sobre las piernas, y miró por la ventanilla mientras Marina arrancaba.

No dijo nada más durante el trayecto.

 

La noche siguiente, Lucía volvió sola.

Marina se había quedado en el camping preparando el puesto para la feria del día siguiente. Lucía había inventado una excusa sobre horarios de radiografía y había pedido prestada la furgoneta. Aparcó en el mismo sitio que la noche anterior y entró en Urgencias con la férula bien visible.

En el mostrador preguntó por el doctor Rivas. La administrativa de turno, distinta a la de la noche previa, consultó la pantalla y le indicó un box al fondo del pasillo.

—Espere ahí. Ahora le avisan.

El box era el mismo. Misma camilla, misma luz fría, mismo olor a desinfectante. Lucía se sentó en el borde, con la mochila entre los pies, y esperó.

Pasaron casi quince minutos.

Cuando la cortina se abrió, el doctor Rivas entró acompañado de otro hombre. Era mayor, unos cincuenta y tantos, más bajo, con el pelo completamente gris y una expresión adusta, casi molesta. Llevaba también pijama sanitario, pero el suyo estaba más arrugado.

—Lucía —dijo Rivas con tono neutro—. Este es el doctor Herrera, especialista en traumatología. Ha venido a revisar su caso.

Herrera la miró de arriba abajo sin saludar. Solo asintió una vez, seco.

Rivas cerró la cortina detrás de ellos y se quedó de pie junto a la entrada. Herrera se acercó un poco más a la camilla, observando la férula con desinterés.

—Vamos a hacer una valoración completa —dijo Rivas—. Para no perder tiempo.

Hizo una pausa breve. Luego añadió, con la misma calma de la noche anterior:

—Desnúdese completamente y arrodíllese en el suelo.

Lucía los miró a los dos. El silencio del box se volvió denso. Fuera, en el pasillo, se oyeron pasos que se alejaban.

Nadie más entró



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