La beca

El calor de finales de junio era asfixiante. El pasillo de la facultad de Física parecía un horno, a pesar de que las ventanas estaban abiertas de par en par. Un pequeño grupo de estudiantes esperaba frente al despacho del profesor Emilio Vargas para la revisión de la última asignatura del curso. El ambiente estaba cargado de nervios y sudor.

Laura Mendoza estaba sentada en uno de los bancos del pasillo, con las piernas cruzadas. Llevaba una camiseta de tirantes fina de color blanco y una falda vaquera corta que apenas le llegaba a medio muslo, ropa ligera que había elegido esa mañana pensando en el bochorno que haría. El pelo rojizo cobrizo lo llevaba suelto, todavía húmedo de la ducha, y algunas pecas de sol se le marcaban más de lo normal en los hombros y el escote. A sus veintidós años, parecía más una estudiante de primero que alguien a punto de graduarse.


A su lado, dos compañeros charlaban en voz baja.

—Estoy muerto de nervios —dijo Marcos, un chico alto y desgarbado que no paraba de mover la pierna—. Si suspendo esta, se me fastidia todo el verano. ¿Tú qué vas a hacer?

—Pues yo me voy a la playa con mis colegas en cuanto termine —respondió Sara, abanicándose con un cuaderno—. Necesito desconectar. ¿Y tú, Laura?

Laura sonrió débilmente, intentando aparentar normalidad.

—Aún no lo tengo claro. Depende de cuándo empiece la beca del CERN. Me han dicho que podría ser en agosto o en septiembre, pero no me han confirmado la fecha exacta.

Los otros dos la miraron con envidia.

—Joder, el CERN… Qué suerte tienes —dijo Marcos—. Si yo estuviera en tu lugar, ya estaría haciendo las maletas.

Laura no contestó. Solo apretó un poco más la carpeta que tenía entre las manos. Suponía que debería estar cerca del aprobado, entendía la asignatura y se sorprendió un poco al verse entre la lista de suspensos. Si no aprobaba esta asignatura, perdería la plaza en el máster más importante de su vida.

La puerta del despacho se abrió. El profesor Emilio Vargas asomó la cabeza.

—Podéis pasar de uno en uno. Empezamos con la revisión.

Laura fue la tercera en entrar.

El despacho estaba más fresco gracias al aire acondicionado, pero el ambiente se sentía igual de pesado. El profesor, un hombre de sesenta años, cabello canoso y expresión serena, estaba sentado tras su escritorio con el examen de Laura abierto delante de él.

—Siéntate —dijo con tono calmado.

Laura obedeció. El corazón le latía con fuerza.

El profesor se quitó las gafas y la miró.

—Vamos a verlo juntos. Has estado muy cerca… pero has cometido errores de despiste que no son propios de ti.

Repasaron el examen hoja por hoja. Laura reconocía cada fallo. Eran errores absurdos provocados por los nervios.

—Lo siento mucho, profesor… —dijo con la voz quebrada—. Estaba muy nerviosa. Me han aceptado en el máster del CERN y… todo dependía de esta asignatura. Si suspendo, pierdo la plaza. No puedo esperar otro curso. Por favor… se lo suplico.

El profesor Emilio Vargas se recostó en su silla. Se frotó el puente de la nariz y suspiró, visiblemente incómodo por el llanto.

—Entiendo tu situación, Laura. Eres una estudiante excelente. Pero no puedo hacer excepciones. Las normas son las normas.

Laura se inclinó hacia delante, con las lágrimas cayendo sobre el examen.

—Por favor… Haría cualquier cosa. Un trabajo extra, repetir el examen oral, limpiar el laboratorio, lo que sea. No me haga esto… se lo ruego.

Las lágrimas caían sin parar. Su voz se había vuelto un susurro entrecortado.

El profesor la miró en silencio durante unos segundos, con expresión impenetrable. Finalmente, como si quisiera quitársela de encima, habló con tono neutro:

—Ahora mismo estoy esperando a otros alumnos. Vuelve a las siete de la tarde. Haremos una revisión especial y veremos qué se puede hacer.

Laura asintió entre sollozos, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.

—Gracias, profesor… Gracias.

Salió del despacho con las piernas temblando y el corazón en un puño. Sabía que esa “revisión especial” no sería como las demás.

El resto de la tarde pasó en una nebulosa de nervios y calor pegajoso. Laura se quedó con sus compañeros en el pasillo, haciendo tiempo hasta las siete. Uno tras otro salían del despacho del profesor Vargas con la cara larga.

—Suspendido —murmuró Marcos al salir, pasándose las manos por el pelo—. Dice que no hay nada que hacer.

Sara salió poco después, con los ojos rojos.

—Ni siquiera me dejó repetir el examen… Joder, qué mierda.

Laura intentaba consolarlos, pero apenas podía concentrarse. Cada vez que alguien salía, su estómago se encogía un poco más. Poco a poco el pasillo se fue vaciando. Los compañeros empezaron a marcharse, algunos cabizbajos, otros maldiciendo el calor y el curso. Laura se quedó sentada en el mismo banco, revisando sus apuntes en su móvil por sí la preguntaban algo dificil.

—¿No te vas? —le preguntó Sara, ya con la mochila al hombro.

Laura negó con la cabeza, forzando una sonrisa.

—No… todavía quiero intentarlo una vez más. Le pedí una revisión especial. Me dijo que volvería a mirarlo esta tarde.

Sara la miró con pena.

—Suerte, tía. Si alguien se lo merece, eres tú. Nos vemos.

Cuando el pasillo quedó vacío, Laura soltó el aire que había estado conteniendo. Miró el reloj del móvil: las 18:50. Faltaban diez minutos para las siete.

El corazón le latía con fuerza. No sabía que significaba una revisión especial.

A las siete en punto, Laura llamó a la puerta del despacho. El pasillo estaba completamente vacío y en silencio. Tenía el estómago hecho un nudo.

—Adelante.

Entró. El profesor Emilio Vargas estaba sentado tras su escritorio, con la luz de la lámpara iluminando solo parte de su cara. Había cerrado las persianas y el aire acondicionado estaba encendido, pero el ambiente seguía siendo pesado.

—Siéntate, Laura.

Ella obedeció. El profesor la miró en silencio unos segundos antes de hablar.

—He estado pensando en tu caso. Eres una estudiante excelente, pero no puedo hacer excepciones… a menos que demuestres una dedicación real.

Laura sintió un rayo de esperanza mezclado con miedo.

—Haré lo que sea, profesor. De verdad.

El profesor se recostó en su silla y juntó las manos sobre el escritorio.

—Bien. Entonces vamos a hacer una revisión especial. El examen constará de tres partes. El oral y el práctico son necesarios para aprobar la asignatura. Sin ellos, no hay aprobado. El de conocimientos profundos es opcional, pero es lo que te daría el sobresaliente.

Hizo una pausa, dejando que las palabras calaran.

—El oral es sencillo. Demostrarás tu disposición a aprender. El práctico… es más físico. Tendrás que mostrar que realmente estás dispuesta a entregar todo. Y el de conocimientos profundos requiere una entrega absoluta.

Laura tragó saliva. Sabía perfectamente qué estaba insinuando.

—Estoy dispuesta a todo —susurró, con la voz temblorosa.

El profesor sonrió ligeramente.

—Bien. Entonces empecemos por el oral.

Señaló el espacio frente a él, entre el escritorio y la silla.

—Arrodíllate.

Laura se quedó paralizada durante unos segundos. El corazón le latía tan fuerte que parecía que se le iba a salir del pecho. Miró al profesor, buscando alguna señal de que esto era una broma de mal gusto. Pero la expresión de Emilio Vargas era serena, paciente, como si estuviera esperando que una alumna entregara un trabajo.

Con las piernas temblando, Laura se arrodilló lentamente frente a él. El suelo estaba frío bajo sus rodillas desnudas. La falda vaquera corta se le subió un poco por los muslos. Se sentía ridícula, expuesta, humillada.

El profesor se recostó un poco en la silla y la miró desde arriba.

—Buena chica —dijo en voz baja—. Ahora demuéstrame que realmente quieres aprobar.

Laura tenía la boca seca. Las lágrimas le nublaban la vista. Recordó aquel verano en el pueblo de su madre en Galicia, con diecinueve años. Un chico del lugar, un rollete de una semana. Había sido su primera y única vez. Le había dolido. No sintió placer, solo incomodidad y vergüenza. Después se sintió sucia durante días. Y ahora estaba aquí, a punto de hacer algo mucho peor.

—Por favor… —susurró, con la voz rota—. ¿No hay otra forma?

El profesor negó suavemente con la cabeza.

—Esta es la forma, Laura. Si no quieres, puedes levantarte e irte. Pero entonces perderás el CERN. La decisión es tuya.

Laura cerró los ojos con fuerza. Las lágrimas le cayeron por las mejillas. Respiró hondo varias veces, temblando.

Luego, con manos temblorosas, extendió los brazos y empezó a desabrochar el pantalón del profesor.

Cuando sacó su polla, ya medio dura, se quedó mirándola unos segundos, como si no pudiera creer lo que estaba a punto de hacer. Era más grande de lo que esperaba. El olor a hombre la golpeó.

Se inclinó hacia delante, dudando. Sus labios rozaron la punta. Dio un pequeño beso torpe, casi sin tocar. Luego abrió la boca y metió la cabeza. Era torpe, insegura. Apenas conseguía meter unos centímetros. Su lengua se movía de forma errática, sin saber muy bien qué hacer.

El profesor soltó un suspiro de placer y le puso una mano en la cabeza, guiándola suavemente.

—Así… despacio. Usa la lengua. No hace falta que sea perfecto. Solo demuéstrame que estás dispuesta.


Laura intentó hacerlo mejor. Chupaba con poca fuerza, se apartaba cada pocos segundos para respirar, con los ojos llenos de lágrimas. El sabor era extraño, salado. Se sentía sucia, humillada, pero no paraba. Pensaba en el CERN, en su futuro, en que si no hacía esto, todo se acababa.

El profesor gemía suavemente, moviendo su cabeza con más ritmo.

—Buena chica… estás aprendiendo rápido.

Laura seguía arrodillada, con la polla del profesor en la boca, chupando de forma torpe pero obediente. Las lágrimas le caían por las mejillas y se mezclaban con la saliva que le resbalaba por la barbilla. El profesor gemía suavemente, sujetándole la cabeza con una mano.

De repente, le puso la otra mano en el hombro y la detuvo.

—Para un momento —dijo con voz ronca.

Laura se apartó, respirando agitada, con la boca brillante de saliva. Lo miró con miedo y vergüenza.

El profesor se recostó en la silla, mirándola desde arriba con esa calma calculada.

—Vamos a ponernos más cómodos —dijo—. Quítate toda la ropa. Quiero verte entera.

Laura se quedó paralizada. Las lágrimas le corrían por las mejillas.

—Por favor… —susurró.

El profesor levantó una ceja.

—Laura, si quieres aprobar, tienes que demostrar que estás dispuesta a todo. Desnúdate.

Con manos temblorosas, Laura se levantó. Se quitó primero la camiseta de tirantes, dejando al descubierto sus pechos pequeños y firmes. Tenía los pezones rosados y abultados, ya endurecidos por el aire acondicionado y los nervios. Luego se bajó la falda vaquera corta, quedando solo con unas bragas blancas minimalistas. Dudó un segundo, pero finalmente se las bajó también.


Quedó completamente desnuda frente a él.

Su cuerpo era esbelto pero femenino: cintura estrecha, caderas suaves y piernas largas. Sus pechos pequeños se veían firmes, con los pezones rosados prominentes. Tenía el vientre plano con una ligera curva natural, y un vello púbico pelirrojo natural, fino pero visible, que cubría su monte de Venus. Algunas pecas de sol salpicaban sus hombros, pecho y parte superior de los muslos. Su piel clara se había enrojecido por la vergüenza.


El profesor la miró de arriba abajo con evidente satisfacción.

—Eres preciosa —murmuró—. Mucho mejor de lo que imaginaba.

Se levantó, se quitó los pantalones y los calzoncillos, quedando desnudo de cintura para abajo. Su polla, ya dura, apuntaba hacia ella. Luego cerró la puerta con llave y se sentó en el pequeño sofá de dos plazas que había en un lateral del despacho.

—Ven aquí —dijo, señalando el suelo entre sus piernas—. Arrodíllate y chúpamela bien. Quiero que te esfuerces.

Laura, completamente desnuda y temblando, se acercó y se arrodilló entre sus piernas. El sofá era bajo, por lo que su cara quedaba a la altura perfecta. Miró la polla de frente, respirando agitada.

Con manos temblorosas, la cogió y se la acercó a la boca. Abrió los labios y empezó a chuparla de nuevo, esta vez con más dedicación, aunque seguía siendo torpe. Metía la punta, movía la lengua de forma insegura y bajaba un poco más cada vez.

El profesor suspiró de placer y le puso una mano en la cabeza, guiándola suavemente.

—Así… buena chica. Chúpala más profundo. Usa la lengua por debajo.


Laura obedeció, con lágrimas cayéndole por las mejillas. El sabor salado le llenaba la boca. Se sentía sucia, humillada, pero no paraba. Sabía que esto era solo el principio.

Laura seguía arrodillada, completamente desnuda, con la polla del profesor en la boca. Chupaba con torpeza, intentando hacerlo lo mejor posible, aunque las lágrimas no paraban de caerle por las mejillas. El profesor gemía suavemente, sujetándole la cabeza con una mano.

De repente, le puso la otra mano en el hombro y la detuvo.

—Espera —dijo con voz ronca—. Vamos a combinarlo con algo de teoría. Así demuestras que realmente has estudiado.

Laura se apartó un poco, respirando agitada, con la boca brillante de saliva. Lo miró con confusión y miedo.

El profesor sonrió ligeramente.

—Pregunta uno: ¿Cuál es el principio de incertidumbre de Heisenberg?

Laura intentó responder, pero apenas había abierto la boca cuando el profesor le empujó la cabeza hacia abajo con firmeza. La polla le entró más profundo, tocándole la campanilla. Laura tuvo una arcada fuerte y se atragantó, con los ojos llenos de lágrimas.


El profesor contestó él mismo, con tono calmado y académico, mientras mantenía la polla dentro de su boca:

—Correcto. El principio establece que no se pueden conocer simultáneamente con precisión arbitraria la posición y el momento de una partícula.

Solo entonces la dejó respirar. Laura tosió, con saliva cayéndole por la barbilla, mirando al suelo avergonzada.

—Pregunta dos —continuó el profesor—: ¿Qué es el entrelazamiento cuántico?

Laura intentó hablar de nuevo. Apenas había empezado a decir “Es cuando dos partículas…” cuando él volvió a empujarle la cabeza hacia abajo. Esta vez la polla le entró aún más profundo. Laura tuvo una arcada más violenta, el cuerpo se le tensó y los ojos se le llenaron de lágrimas. Tosió alrededor de la polla, con el pecho agitado.

El profesor respondió él mismo, con voz tranquila:

—Correcto. Es cuando el estado cuántico de dos partículas está correlacionado de tal forma que el estado de una afecta instantáneamente al de la otra, independientemente de la distancia.

Tercera pregunta. Laura ya estaba llorando abiertamente. Intentó responder, pero el profesor la empujó más profundo. La arcada fue tan fuerte que se le contrajo todo el cuerpo. Tosió violentamente, con saliva cayéndole abundantemente por la barbilla y goteando sobre sus pechos pequeños. El profesor gemía más fuerte, claramente excitado por su sufrimiento.

—Correcto —gruñó—. La ecuación de Schrödinger…

Cuarta pregunta. Laura ya apenas podía respirar. Cada vez que intentaba hablar, él la empujaba más profundo. Las arcadas eran continuas, el pecho le ardía por la falta de aire. Tosía y gemía alrededor de la polla, con lágrimas y saliva cayendo sin control. El profesor respiraba más agitado, disfrutando visiblemente del control absoluto.

Quinta pregunta. Esta vez el profesor ya no esperó ni siquiera a que intentara responder. Le sujetó la cabeza con las dos manos y empezó a follarle la boca con movimientos cortos pero profundos. Laura gemía y tosía sin parar, el cuerpo temblando, los ojos rojos y llenos de lágrimas. La falta de aire era desesperante. Sentía que se ahogaba.

—Última pregunta… —gruñó el profesor, acelerando el ritmo—. ¿Qué es la función de onda de Schrödinger?


Laura ya ni siquiera intentaba contestar. Solo aguantaba, con los ojos cerrados y el cuerpo convulsionando por las arcadas. El profesor soltó un gruñido profundo y se corrió. Sacó la polla de su boca en el último momento y le eyaculó en la cara. Chorros calientes le cayeron en las mejillas, la nariz, los labios y parte de las gafas. Laura se quedó quieta, respirando agitada, con el semen goteándole por la cara.

El profesor se recostó en la silla, jadeando, y la miró con satisfacción.

—Excelente —dijo con voz ronca—. Has superado la primera prueba. 

Laura se quedó arrodillada, con la cara cubierta de semen. Le caía por las mejillas, la nariz y los labios. Una gota le resbaló hasta la barbilla y cayó sobre sus pechos pequeños.


El profesor se levantó con calma, se subió los pantalones y se abrochó el cinturón. Abrió un cajón de su escritorio y sacó un pañuelo de tela blanca con sus iniciales bordadas en hilo azul. Se lo ofreció sin decir nada.

Laura lo cogió con la mano temblorosa y se limpió la cara lo mejor que pudo. El pañuelo olía a colonia cara y a tabaco.

—Bebe algo —dijo el profesor, dirigiéndose a una pequeña nevera que tenía en una esquina del despacho—. ¿Agua o algo con energía? Los jóvenes soléis tomar esas bebidas… ¿cómo se llaman? ¿Red Bull?

—Agua, por favor —respondió Laura en voz baja, sin mirarlo.

El profesor sacó una botella de agua fría y se la dio. Él mismo se sirvió un vaso de agua y, sin ninguna vergüenza, sacó una pastilla de Viagra de un pequeño estuche que guardaba en el cajón. Se la tomó con tranquilidad.

—Tranquila —dijo, notando su mirada—. A mi edad uno necesita un poco de ayuda. No soy muy amigo del dopaje, pero esto es diferente. Es medicina.

Laura no contestó. Estaba sentada en el sofá del despacho, completamente desnuda, con las piernas cruzadas y los brazos cruzados sobre el pecho, intentando taparse. El semen que no había conseguido limpiar del todo le secaba en la piel.

El profesor se sentó a su lado, con el vaso de agua en la mano, y la miró con curiosidad.

—Cuéntame… ese máster en el CERN. ¿Con quién vas a trabajar?

Laura respondió de forma seca, casi mecánica:

—Con el doctor Keller.

El profesor arqueó las cejas, genuinamente sorprendido.

—¿Peter Keller? ¿El de la línea de física de partículas?

Ella asintió.

—Es buen amigo mío —dijo el profesor con una sonrisa—. Nos conocemos desde hace muchos años. Es un excelente científico. Te va a ir muy bien con él.


Habló unos minutos más sobre el CERN, sobre el entorno, sobre lo que significaba para alguien tan joven. Parecía realmente interesado. Laura contestaba con monosílabos, todavía en shock, pero el profesor no parecía molesto por su frialdad.

Después de un rato, miró el reloj y habló con tono calmado, casi amable:

—Bien. Creo que ha llegado el momento de empezar la segunda prueba. El práctico.

Se levantó y se acercó al sofá. Laura estaba sentada con los brazos y las piernas cruzadas, como si quisiera hacerse más pequeña. El profesor le extendió la mano.

—Vamos, levántate.

Laura dudó, pero al final puso su mano en la de él y se levantó. Estaba completamente desnuda. Él la miró de arriba abajo con tranquilidad.

—Cierra los ojos —le dijo en voz baja.

Laura obedeció. El profesor se acercó más y la besó. Primero fueron besos suaves, casi delicados, en los labios. Luego más intensos. La besó en el cuello, despacio. Una de sus manos subió y le acarició un pecho. Los dedos rozaron su pezón abultado.

Laura abrió los ojos de golpe, asustada.

—Tranquila —susurró él cerca de su oído—. Déjate llevar.



Volvió a besarla, ahora con lengua. Mientras la besaba, su mano bajó entre sus piernas y empezó a acariciarla. Los dedos se movieron entre su vello púbico pelirrojo y rozaron su clítoris. Laura soltó un suspiro involuntario contra su boca.

—Bien… —murmuró el profesor—. Todo físico entiende que es rozamiento y fricción. Y para eso hay que lubricar.

La cogió por la cintura y la sentó sobre el borde de su escritorio. Le abrió las piernas con las manos y se arrodilló entre ellas. Sin decir nada más, inclinó la cabeza y empezó a lamerle el coño con lengua lenta y firme. Laura se tensó al instante. El contacto fue caliente y húmedo, y ella soltó un pequeño gemido involuntario, mitad sorpresa, mitad vergüenza.



El profesor no tenía prisa. Lamió con calma, como si estuviera saboreando. Su lengua era ancha y firme, recorriendo toda su raja una y otra vez. Cada vez que pasaba por su clítoris, lo presionaba un poco más. Laura sentía cómo su cuerpo respondía a pesar de ella: su coño empezaba a humedecerse, y cada lametón le provocaba pequeñas descargas de placer que le subían por la barriga.

—Mm… —murmuró el profesor contra su piel, sin apartarse—. Estás empezando a lubricar. Bien.

Siguió comiéndosela con más intensidad. Ahora metía la lengua dentro de ella de vez en cuando, follándola con ella, mientras con el pulgar le frotaba el clítoris en círculos lentos pero firmes. Laura se agarraba con fuerza al borde de la mesa. Sus piernas temblaban. Intentaba no gemir, pero le era imposible. Cada vez que él succionaba suavemente su clítoris, un gemido ahogado se le escapaba de la garganta.

El profesor levantó un poco la cabeza, con la boca brillante de sus fluidos, y la miró.

—Relájate —dijo con voz baja—. Esto es solo para que entre más fácil después. No tiene sentido que te duela si no es necesario.

Volvió a bajar la cabeza y siguió lamiéndola. Esta vez lo hizo con más hambre. Su lengua se movía con precisión, alternando entre lametones largos y rápidos movimientos circulares sobre su clítoris. Laura ya no podía disimular. Sus caderas se movían ligeramente hacia arriba, buscando más contacto, aunque ella intentaba controlarse. Sus pezones estaban duros y sensibles. El placer empezaba a mezclarse con la vergüenza de una forma que la hacía sentir aún más perdida.

El profesor introdujo dos dedos dentro de ella mientras seguía lamiéndole el clítoris. Laura se arqueó ligeramente y soltó un gemido más largo. Estaba mojada. Muy mojada. Los dedos del profesor entraron con facilidad, y él los movió dentro y fuera con lentitud deliberada, curvándolos hacia arriba.



—Bien —dijo, mirándola a los ojos—. Ya estás lista para la segunda prueba.

El profesor se incorporó entre las piernas de Laura. Se bajó los pantalones y los calzoncillos de un solo movimiento, dejando al descubierto su polla dura. Se acercó más, sujetándola por las caderas, y colocó la punta contra su entrada. Estaba empapada. El sexo oral la había dejado hinchada, sensible y brillante de saliva y fluidos.

Apoyó las manos a ambos lados de su cuerpo sobre la mesa y la miró a los ojos.

—Recuerda el segundo principio de Newton… —dijo con un tono casi didáctico, aunque con un claro deje de sarcasmo—. Toda acción tiene su reacción.

Empujó.

La polla entró despacio pero sin detenerse. Laura soltó un gemido largo y entrecortado cuando sintió cómo la abría. Estaba muy mojada, pero aun así notaba la presión y el grosor. Su coño se contrajo alrededor de él de forma involuntaria.

—Joder… —gruñó el profesor, hundiendo hasta el fondo—. Estás muy apretada.


Empezó a follarla con movimientos lentos pero profundos. Cada embestida hacía que Laura se moviera ligeramente sobre la mesa. Sus pechos pequeños se mecían con cada golpe. Ella intentaba morderse el labio para no gemir, pero le era imposible. El sexo oral la había dejado demasiado sensible. Cada vez que el profesor entraba y salía, su clítoris rozaba contra su pelvis y una descarga de placer le subía por la columna.

—Ah… —gimió Laura, sin poder evitarlo. Sus manos se agarraron al borde de la mesa con fuerza.

El profesor aceleró un poco el ritmo, sujetándola por las caderas. La follaba con movimientos constantes y profundos, mirándola a la cara.

—Así… —murmuró—. No te contengas. Es normal que tu cuerpo reaccione.


Laura ya no podía disimular. El placer se estaba acumulando demasiado rápido. El oral la había dejado al límite, y ahora cada embestida la empujaba más cerca del borde. Intentó controlarse, apretó los dientes, cerró los ojos… pero fue inútil.

Su cuerpo se tensó de golpe. Un gemido largo y ahogado se le escapó de la garganta mientras su coño se contraía con fuerza alrededor de la polla del profesor. El orgasmo le recorrió todo el cuerpo de forma violenta e inesperada. Sus piernas temblaron, su espalda se arqueó sobre la mesa y las lágrimas volvieron a sus ojos, esta vez de vergüenza y placer mezclado.

El profesor se detuvo un momento, enterrado hasta el fondo dentro de ella, y sonrió con evidente satisfacción al sentir cómo se corría.

—Vaya… —dijo con tono bajo—. Parece que la segunda prueba también se te da bien.

Laura seguía tumbada sobre la mesa, respirando con dificultad. Su cuerpo todavía temblaba por el orgasmo. El profesor se salió de dentro de ella con lentitud y dio un paso atrás, dejándola allí, abierta y expuesta. Su coño palpitaba visiblemente, rojo e hinchado, con un hilo de fluidos resbalando por su raja.

Él la miró un momento en silencio, con la polla todavía dura y brillante.

—Descansa un segundo —dijo con tono calmado, casi amable—. No quiero que te canses demasiado pronto.

Laura se quedó quieta, intentando recuperar el aliento. Tenía la cara roja, las piernas abiertas y el semen y la saliva todavía secos en la barbilla. Se sentía usada, humillada… y peligrosamente sensible.



El profesor se acercó de nuevo y le habló mientras se limpiaba la polla con un pañuelo.

—Ahora vamos a practicar otra ley. La ley del muelle. ¿La recuerdas?

Laura tardó unos segundos en reaccionar. Su cabeza estaba confusa. Al final, respondió con voz baja y entrecortada:

—Fuerza… proporcional a la deformación. F = -kx.

El profesor sonrió, satisfecho.

—Exacto. Muy bien. Pues vamos a practicarlo.

Se sentó en el pequeño sofá del despacho, con las piernas ligeramente abiertas. Su polla seguía dura, apuntando hacia arriba. La miró directamente y le dio la orden con naturalidad:

—Ven. Siéntate a horcajadas encima de mí. Quiero que empieces un movimiento periódico. Arriba y abajo. Como un muelle. Ritmo constante.

Laura dudó. Tenía las piernas temblorosas y la cara ardiendo de vergüenza. Pero se levantó de la mesa y se acercó hasta él. Con torpeza, se colocó a horcajadas sobre sus piernas. El profesor la sujetó por las caderas y la ayudó a bajar.



Cuando su polla volvió a entrar dentro de ella, Laura soltó un gemido bajo. Todavía estaba muy sensible. Empezó a moverse lentamente, subiendo y bajando como él le había pedido. El profesor la miraba fijamente, con las manos en sus caderas, marcándole un ritmo constante.

—Así… —murmuró—. Más constante. No pares.

Mientras ella cabalgaba sobre él, el profesor se inclinó hacia delante y le cogió un pecho con la boca. Cerró los labios alrededor de su pezón abultado y empezó a chuparlo con fuerza, pasando la lengua por encima. Laura se estremeció. El contraste entre la penetración y la succión en su pecho la estaba volviendo loca.



Sus movimientos empezaron a volverse más irregulares. Aunque intentaba mantener el ritmo constante que él le había pedido, su cuerpo respondía demasiado rápido. Cada vez que bajaba y él la llenaba por completo, un gemido se le escapaba. El profesor pasaba de un pecho al otro, chupando y mordisqueando suavemente sus pezones mientras ella lo follaba a lo vaquera.

Laura ya notaba cómo volvía a excitarse. Su coño se contraía alrededor de la polla del profesor con cada movimiento. El placer volvía a acumularse con rapidez, mucho más rápido de lo que ella quería admitir.

El profesor levantó la vista un segundo, con el pezón de Laura todavía entre los labios, y habló con voz ronca:

—Sigue… no pares el movimiento. Quiero que lo mantengas constante.

Laura seguía moviéndose encima de él, subiendo y bajando con un ritmo que ya empezaba a perder control. Sus pechos pequeños rebotaban suavemente con cada movimiento, y el profesor no paraba de chupárselos, pasando de uno al otro con la boca caliente y húmeda. Cada vez que él succionaba con fuerza uno de sus pezones, ella sentía una descarga directa entre las piernas.


Sus gemidos se habían vuelto más frecuentes y menos controlados. El profesor la sujetaba por las caderas, ayudándola a bajar más profundo cada vez. La polla le entraba hasta el fondo, rozando lugares que la estaban volviendo loca.

—Sigue… —gruñía él contra su pecho—. No pares.

Laura intentaba obedecer, pero su cuerpo ya no le respondía. El placer se había acumulado demasiado rápido. Sus muslos empezaron a temblar. Se inclinó ligeramente hacia delante, apoyando las manos en el pecho del profesor, y siguió moviéndose, cada vez más rápido, más desesperada.

—Ah… —gimió, sin poder evitarlo—. No… no puedo…

Su cuerpo se tensó de golpe. Un orgasmo intenso y repentino la atravesó. Su coño se contrajo con fuerza alrededor de la polla del profesor, apretando en oleadas rítmicas. Laura soltó un gemido largo y ahogado, arqueando la espalda mientras se corría encima de él. Sus piernas temblaban sin control.

El profesor soltó un gruñido gutural al sentir cómo la vagina de Laura se contraía con fuerza alrededor de su polla. La sujetó con más fuerza por las caderas y, sin avisar, la empujó hacia abajo hasta hundirse completamente dentro de ella.

Se corrió.

Laura sintió los primeros chorros calientes dispararse dentro de su coño. El profesor la mantenía bien sujeta, sin dejarla levantarse, mientras eyaculaba profundamente. Ella abrió los ojos de golpe, asustada.

—N-no… —balbuceó, intentando levantarse—. ¡Para! ¡Sácatela!

El profesor la mantuvo inmovilizada unos segundos más, vaciándose dentro de ella con varios espasmos. Solo cuando terminó de correrse la soltó un poco. Laura se levantó de inmediato, tambaleándose. Se llevó una mano entre las piernas y sintió cómo el semen le salía de dentro, resbalando por sus muslos.


Se quedó de pie frente a él, respirando agitada, con la cara pálida.

—Yo… yo no tomo la píldora —dijo con voz temblorosa—. Y estoy en los días fértiles.

El profesor, todavía sentado en el sofá, la miró y soltó una risa baja, casi divertida.

—Tranquila —dijo, sacudiendo la cabeza—. Tengo hecha la vasectomía desde los cuarenta y cinco. No iba a ir dejando preñadas a las pocas chicas que estudian Física, ¿no crees?

Laura parpadeó, procesando la información. Sintió que le quitaban un peso enorme de encima. Se llevó una mano al pecho y soltó el aire que había estado conteniendo.

El profesor se levantó, se acercó a ella y le puso una mano en el hombro con gesto casi paternal.

—Has superado las dos pruebas. Tienes el aprobado. Bien hecho.

Laura sintió una mezcla de alivio y agotamiento. Por un momento pensó que todo había terminado. Podía vestirse, salir de ese despacho, emborracharse con sus compañeros y dejar atrás esta noche.

El profesor, sin embargo, no se movió. Siguió mirándola con esa calma calculada.

—Ahora bien… —dijo con tono tranquilo—. Queda una última prueba. Es opcional. Se llama “conocimientos profundos”. Si la apruebas, te pondría matrícula de honor.

Laura tragó saliva. Abrió la boca para hablar, pero el profesor levantó ligeramente la mano, como si ya supiera lo que iba a decir.

—Y además… —añadió con naturalidad—, te escribiría una carta de recomendación para Peter Keller. Es muy buen amigo mío, como te comenté antes. Con esa carta, tendrías el doctorado prácticamente asegurado en el CERN. Sería tu futuro resuelto.

El silencio se hizo pesado en el despacho.

Laura bajó la mirada. Su mente estaba hecha un torbellino. Ya estaba aprobada. Podía irse. Pero… una carta de recomendación del profesor Vargas para su futuro tutor en el CERN. Eso no era poca cosa. Era exactamente lo que siempre había soñado desde que empezó la carrera. Un doctorado en el CERN. Su vida asegurada.

Era solo un poco más. Y hasta ahora… no había sido tan terrible.

Se mordió el labio inferior, dudando. Al final, levantó la vista y asintió apenas con la cabeza.

—…Está bien —dijo en voz muy baja.

El profesor sonrió con satisfacción.

—Bien. Sabía que no me defraudarías.

Se sentó de nuevo en el sofá y se abrió de piernas.

—Arrodíllate otra vez. Chúpamela hasta que se me ponga dura. Esta vez tómate tu tiempo.

Laura obedeció en silencio. Se arrodilló entre sus piernas y cogió su polla con la mano. Todavía estaba húmeda de su saliva y de sus propios fluidos. Empezó a chuparla con más dedicación que antes. Mientras lo hacía, subió una mano y le masajeó suavemente los huevos, tal como él parecía gustarle. Poco a poco, la polla fue recuperando dureza dentro de su boca.

Después de unos minutos, el profesor estaba completamente erecto otra vez. Le puso una mano en la cabeza y la detuvo.

—Suficiente —dijo—. Ahora ponte de rodillas sobre el sofá.

Laura se levantó y se colocó como le había pedido. Se puso a cuatro patas sobre el sofá y el culo hacia él. El profesor se colocó detrás de ella, le sujetó las caderas y apoyó la punta de su polla en su entrada.

Empujó despacio pero sin detenerse. La polla volvió a entrar dentro de ella, esta vez desde atrás, más profunda que antes. Laura soltó un gemido bajo cuando la sintió llenarla de nuevo.


El profesor empezó a follarla lentamente, pero con embestidas largas y profundas. Cada vez que entraba hasta el fondo, Laura sentía cómo le rozaba el fondo del útero. Él la sujetaba con fuerza por las caderas, controlando el ritmo.

—Así… —murmuró—. Buen ritmo. Muy bien.

El profesor siguió follándola desde atrás con un ritmo constante y profundo. Cada embestida hacía que Laura se moviera ligeramente hacia delante y soltara un gemido casi inaudible. Él se inclinó sobre su espalda y llevó las manos a su pecho. Le cogió los pezones entre los dedos y los pellizcó con fuerza, tirando de ellos mientras la penetraba.

Laura gimió más alto. La combinación de la penetración profunda y el juego con sus pezones la estaba volviendo loca otra vez.

El profesor metió dos dedos en su boca sin previo aviso.

—Ábrela —ordenó con voz baja.

Laura obedeció. El profesor le introdujo los dedos hasta el fondo, tocándole la lengua y la campanilla. Ella los chupó instintivamente, con la saliva acumulándose alrededor de ellos mientras él seguía follándola.

Entonces, sin detener el movimiento de sus caderas, le preguntó con tono tranquilo, casi como si estuviera en clase:

—¿Qué es un agujero negro?

Laura intentó responder mientras tenía los dedos en la boca. Su voz salió entrecortada y húmeda:

—Es… una región del espacio-tiempo donde… la gravedad es tan intensa que… nada, ni siquiera la luz, puede escapar de ella…

En mitad de la explicación, el profesor sacó los dedos de su boca, bajó la mano y, sin avisar, introdujo uno de los dedos en el culo. Laura se tensó violentamente y se contrajo alrededor de su polla.

El profesor sonrió.

—Muy bien —felicitó, como si realmente estuviera evaluando una respuesta académica—. Buena definición.

Siguió moviendo el dedo dentro de su ano con lentitud, mientras seguía penetrándola por la vagina. Laura respiraba con dificultad, con la frente apoyada en el sofá.

El profesor volvió a hablar, esta vez con otro tono más bajo:

—Y… ¿qué ocurre con la luz? ¿O con cualquier objeto que entra en su órbita?

Laura tragó saliva. Su voz temblaba un poco:

—Se los traga… —respondió—. El agujero negro… se lo traga todo.

En ese mismo momento, el profesor introdujo el segundo dedo también en el culo. Ahora tenía dos dedos dentro de su ano, moviéndolos con lentitud, abriéndola mientras la follaba por delante. Laura soltó un gemido ahogado y se contrajo con fuerza alrededor de su polla.

El profesor soltó una risa baja, satisfecha.

—Muy bien —dijo—. Muy buena respuesta.

Siguió moviendo los dos dedos dentro de su culo, abriéndola con más intención, mientras su polla seguía entrando y saliendo de su vagina. Después de unos segundos, se inclinó sobre su espalda y le habló cerca del oído, con voz calmada pero firme:

—Pues vamos a experimentarlo.

El profesor se retiró de su vagina con lentitud. Laura respiraba con dificultad, todavía apoyada sobre la mesa, con las piernas temblorosas. Creyó que había terminado.

—Espera… —dijo con voz asustada, intentando incorporarse—. No, eso no. Por favor…

El profesor apoyó la cabeza de su polla contra su ano sin contestar. Laura se tensó al instante.

Agarró sus caderas con fuerza y empujó.

La polla empezó a abrirse paso en su culo. Laura soltó un grito agudo de dolor. Era mucho más grueso de lo que sus dedos habían preparado. Sintió cómo se abría de forma brutal, un dolor agudo y profundo que le subió por la espalda.

—¡Para! ¡Duele! —gritó, intentando alejarse hacia delante.

El profesor no la dejó escapar. Se dejó caer sobre ella, aprisionándola completamente contra el sofá en posición prone bone. Su peso la aplastó. Laura pataleó y forcejeó, pero él era mucho más pesado. La tenía completamente inmovilizada.

Con una mano libre, el profesor recogió las bragas blancas que estaban tiradas en el suelo. Las enrolló y se las metió bruscamente en la boca de Laura, amordazándola. Ella intentó gritar, pero solo salió un sonido ahogado y desesperado.


—Shhh… —susurró él cerca de su oído mientras empezaba a empujar de nuevo—. Tranquila. Solo es la última prueba.

Empezó a follarla el culo con embestidas cada vez más profundas y duras. La polla entraba y salía de su ano sin piedad. Laura lloraba y pataleaba, con las bragas empapadas de saliva dentro de la boca. Cada embestida le provocaba un nuevo grito ahogado. El dolor era intenso, quemante. Sentía cómo se la abrían sin descanso.

El profesor gemía de placer, follándosela cada vez más rápido y más profundo. Sus caderas golpeaban contra el culo de Laura con fuerza. Ella intentaba resistirse, pero poco a poco sus fuerzas fueron decayendo. Sus pataleos se volvieron más débiles. Las lágrimas le caían sin parar por las sienes. Su mirada se fue volviendo vidriosa, como si se hubiera desconectado.

El profesor se incorporó un poco, sin salir de su culo. Agarró un cojín del sofá y se lo colocó debajo del vientre de Laura, levantándole el culo. Ahora podía follarla desde una posición más erguida. La penetración se volvió aún más profunda. Cada embestida le llegaba más adentro que la anterior.


Mientras la follaba sin piedad, se inclinó sobre su espalda y le habló al oído con voz baja y ronca:

—Desde que te vi con esa minifalda tan corta el día del examen… supe que esto terminaría así.

Empujó con más fuerza, enterrándose hasta el fondo. Laura soltó un gemido largo y roto contra las bragas que tenía en la boca. El profesor siguió follándola el culo con movimientos rápidos y profundos hasta que, con un gruñido final, se corrió dentro de ella. Laura sintió los chorros calientes llenándole el ano mientras él se vaciaba con varias embestidas más.

Cuando terminó, se quedó unos segundos dentro de ella, respirando pesadamente. Luego se salió despacio. Laura se quedó tumbada sobre la mesa, con el cojín todavía debajo del vientre, el culo abierto y semen resbalándole por dentro de los muslos. Las bragas seguían en su boca. Lloraba en silencio, con la mirada perdida y el cuerpo completamente laxo.

El profesor se incorporó, se limpió y la miró desde arriba con calma.

—Has superado todas las pruebas —dijo con tono sereno—. Tienes la matrícula de honor… y tendrás tu carta de recomendación.

Laura seguía tumbada sobre el sofá, con el cojín todavía debajo del vientre. Tenía las piernas abiertas y el semen del profesor le resbalaba lentamente por el ano y por dentro de los muslos. Las bragas seguían dentro de su boca. Tardó casi un minuto en reaccionar.

Con movimientos lentos y temblorosos, se quitó las bragas de la boca y las dejó caer al suelo. Se incorporó con dificultad. Cada vez que intentaba enderezar la espalda, un dolor agudo le subía por el ano. Se levantó del sofá quedando de pie, encorvada, con una mano apoyada en la mesa para no caerse. Le costaba mantener el equilibrio.

Se vistió en silencio. Se puso las bragas primero, aunque le costó levantar las piernas. Luego la falda vaquera y la camiseta de tirantes. Cada movimiento le provocaba una mueca de dolor. Cuando terminó de vestirse, se quedó un momento de pie, mirando al suelo, como si no supiera qué hacer.


El profesor la observaba con una expresión serena.

—Antes de que te vayas —dijo con tono calmado—, quiero que me des las gracias.

Laura levantó la vista lentamente. Tenía los ojos rojos e hinchados.

—Gracias… —susurró.

El profesor negó con la cabeza.

—No. Quiero que seas más concreta. Quiero que me des las gracias por todo lo que has aprendido esta noche. Y quiero que me prometas que se lo transmitirás a tu tutor en el CERN cuando lo conozcas. Peter es muy buen amigo mío. Me gustaría que supiera lo mucho que has progresado.

Laura se quedó callada. Las lágrimas volvieron a sus ojos. El profesor esperó sin impacientarse.

Al final, con la voz rota y apenas audible, Laura habló:

—Gracias… por todo lo que me has enseñado esta noche. Se lo diré a Peter cuando lo vea. Le contaré… lo mucho que he aprendido.

El profesor asintió, satisfecho.

—Muy bien. Eso es lo que quería oír. Mañana cambiaré tú nota. Matrícula de honor. Y en unos días te enviaré la carta de recomendación.

Laura no miró al profesor. Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta con pasos cortos e inestables. Cada paso le provocaba una mueca de dolor. Cuando llegó a la puerta, se detuvo un segundo, como si quisiera decir algo, pero al final no dijo nada.

Abrió la puerta y salió del despacho.

El profesor se quedó solo, se sentó en su silla y suspiró con satisfacción, como si hubiera terminado un largo día de trabajo.

Epílogo 

Un año después.

El auditorio del CERN estaba lleno. Laura, ahora con 25 años, estaba de pie frente al tribunal que evaluaba su Trabajo Fin de Máster. Llevaba un traje oscuro y el pelo recogido en un moño bajo. Había adelgazado bastante desde que terminó la carrera. Tenía ojeras permanentes y una expresión seria, casi ausente.

El tribunal estaba formado por tres personas. Dos de ellas eran profesores del propio CERN. El tercero, sentado en el centro, era el profesor Emilio Vargas.

Llevaba el mismo tipo de americana que usaba en la universidad, las mismas gafas de montura fina y esa expresión calmada y ligeramente paternal que Laura recordaba demasiado bien. Cuando sus miradas se cruzaron por un segundo, él le dedicó una sonrisa pequeña y cortés, como si fueran dos conocidos que se encuentran por casualidad.

Laura sintió que se le helaba la sangre.

Durante la exposición, mantuvo la voz firme. Respondió a todas las preguntas con precisión. Sabía que su trabajo era bueno. Muy bueno. Pero cada vez que el profesor Vargas intervenía, ella notaba cómo le fallaba ligeramente la voz.

Al finalizar la defensa, el tribunal se retiró a deliberar. Veinte minutos después volvieron.

El presidente del tribunal anunció el resultado:

—The Master’s Thesis has been awarded the highest distinction. Congratulations, Laura Mendoza

Hubo aplausos. Laura sonrió mecánicamente, aceptó las felicitaciones de los asistentes y de sus compañeros de máster. Pero cuando levantó la vista, vio que el profesor Vargas seguía mirándola desde su asiento.

Después del acto, mientras la gente se iba dispersando, Vargas se acercó a ella. Estaba solo.

—Felicidades —dijo con tono amable—. Muy buen trabajo. Peter (su tutor) está muy contento contigo.

Laura lo miró sin decir nada. Tenía las manos frías.

El profesor se acercó un poco más y bajó la voz, solo para ella:

—Sabes que esto no termina aquí, ¿verdad?

Laura sintió que le faltaba el aire.

El profesor Vargas sonrió con suavidad, casi con cariño.

—Dentro de cuatro años tendrás que defender tu tesis de doctorado. Yo estaré en el tribunal de nuevo. Sería una pena que todo el esfuerzo que hiciste… se quedara solo en un máster.

Le dio una palmadita en el hombro, como un profesor orgulloso de su alumna.

—Pásate por mi hotel esta noche. A las diez. Hablaremos de tu futuro.

Se alejó sin esperar respuesta, saludando amablemente a otros profesores del CERN.

Laura se quedó sola en medio del auditorio, rodeada de gente que la felicitaba, mientras sentía que algo dentro de ella se rompía de nuevo.




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