Lo que no se nombra (capitulo 5) ACTUALIZADO CON VIDEOS

Marta se despertó con una sensación cálida y húmeda entre las piernas. Tardó unos segundos en entender qué estaba pasando. Abrió los ojos y vio la cabeza de Alejandro entre sus muslos. Estaba lamiéndola con lentitud, casi con devoción. Ella parpadeó, confusa. No recordaba casi nada de la noche anterior.
Sintió una punzada de incomodidad. No le había dado permiso para empezar así, sin despertarla. Pero su cuerpo respondió antes de que pudiera decir nada. Cerró los ojos y dejó que siguiera. Sus caderas se movieron solas. El orgasmo llegó rápido, casi traicionero. Se corrió en su boca con un gemido ahogado, agarrándose a las sábanas.
Alejandro se incorporó casi sin darle tiempo a recuperarse. Se colocó a su lado, le agarró la cabeza con una mano y le acercó la polla a los labios. Marta dudó un segundo. Todavía estaba aturdida por la resaca y el orgasmo. Pero abrió la boca.
Él empezó a follarle la boca con suavidad al principio. Luego fue más profundo. Cuando notó que estaba cerca, le agarró el pelo con más fuerza y empujó hasta el fondo de su garganta. Marta se ahogó. Le entraron arcadas fuertes, los ojos se le llenaron de lágrimas y le salió saliva por las comisuras. Intentó apartarlo, pero él la mantuvo ahí hasta que se corrió con un gruñido, vaciándose directamente en su garganta.
Cuando por fin la soltó, Marta tosió y se limpió la boca con la mano, respirando agitada. Tenía los ojos llorosos y una sensación desagradable en el estómago. No le había gustado. Le había dolido y le había dado vergüenza.
Alejandro, en cambio, parecía muy satisfecho. Se inclinó sobre ella, le cogió la cara con las dos manos y la besó en la boca, aún con restos de semen. Luego sonrió y le dijo con voz suave:
—Buenos días, mujercita.
Marta lo miró un segundo. El enfado que empezaba a sentir se le pasó rápido. Era su marido. Era su noche de bodas. Supuso que las cosas entre marido y mujer a veces eran así. Más intensas. Más sucias. Asintió bajito y respondió:
—Buenos días…
Alejandro se levantó y fue a la ducha. Mientras el agua le caía por la espalda, recordó la noche anterior. Recordó a su madre borracha en el bar. Recordó cómo la había follado en su habitación de hotel. Cómo se había corrido dentro de ella. Cerró los ojos con fuerza. “Ya está”, se dijo. “Ahora estoy casado. Quiero a Marta. Con ella puedo tener todo lo que necesito. Lo de anoche no puede volver a pasar.”
Cuando salió de la ducha, Marta estaba sentada en la cama mirando el móvil.
—Tu madre ha llamado varias veces —dijo ella.
Alejandro se quedó quieto un segundo.
—Ahora no tenemos tiempo —respondió mientras se vestía—. Tenemos que prepararnos para ir al aeropuerto. Ya le escribiré desde allí.
En el aeropuerto, sentados en la zona de embarque, Alejandro tenía el móvil en la mano cuando volvió a vibrar. Era Laura otra vez. La miró un segundo y, sin dudarlo, le quitó el sonido y lo guardó en el bolsillo.
Marta lo miró extrañada.
—Ahora tenemos cosas más importantes que hacer —dijo él, como si nada.
Puso la mano sobre la rodilla de ella. Marta llevaba un vestido corto de verano. Alejandro metió la mano por debajo del abrigo que ella tenía doblado sobre las piernas. Nadie podía ver lo que hacía. Empezó a subir por el muslo despacio. Marta se tensó.
—Alejandro… para —susurró, mirando alrededor.
Él no paró. Sus dedos llegaron hasta las bragas y empezaron a frotar su clítoris por encima de la tela. Marta apretó los muslos, nerviosa. La gente pasaba constantemente. Una mujer mayor estaba sentada dos filas más adelante.
—Alejandro, por favor… alguien nos va a ver —insistió ella en voz baja.
Él siguió. Metió los dedos por dentro de las bragas y empezó a jugar directamente con su clítoris. Marta se mordió el labio y cerró los ojos. Intentaba mantener la cara neutra, pero su respiración se había vuelto más agitada. Cuando se corrió, lo hizo en silencio, con los ojos muy cerrados y las uñas clavadas en el brazo de él.
Y entonces lo vio.
La mujer mayor, dos filas más adelante, la estaba mirando fijamente. Tenía una expresión de sorpresa y desaprobación clara. Se había dado cuenta de todo.
Marta sintió que se le subía la sangre a la cara. Apartó la mano de Alejandro de debajo de su abrigo y se recompuso como pudo. Él, en cambio, parecía tranquilo. Casi satisfecho.
Le dio un beso en la sien y le susurró:
—Relájate. Nadie ha visto nada.
Marta no contestó. Siguió mirando al frente, con el corazón acelerado y una sensación extraña en el estómago que no sabía muy bien si era vergüenza, excitación o las dos cosas.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Lo que no se nombra (capitulo 1) ACTUALIZADO CON VIDEOS

Lo que no sé nombra (Capitulo 2)