El chorro caliente de la ducha golpeaba su espalda como agujas. Víctor se quedó bajo el agua, manos apoyadas en los azulejos fríos, dejando que el vapor llenara el baño. El agua resbalaba por su pecho, arrastrando los restos secos de la noche anterior: sangre tibia de Valeria que se había pegado a su piel, jugos mezclados con semen, olor metálico que no se iba aunque frotara fuerte. Cerró los ojos y se llevó la mano a la polla, que ya estaba dura, sensible, hinchada de la frustración acumulada. Se masturbó despacio al principio, jabón resbalando por la longitud, el recuerdo de la noche anterior latiéndole en la cabeza: Valeria sentada sobre su cara, muslos apretándole las orejas, sangre y jugos goteando por su barbilla mientras gemía “et odio i em corro igual”. La suciedad lo excitaba más de lo que quería admitir —esa vergüenza que la rompía, esa sangre tibia que manchaba todo, esa traición del cuerpo que la hacía temblar y correrse sollozando—. Aceleró, la mano resbaladiza bombeando c...