La campaña (capitulo 11) CON VIDEOS

El chorro caliente de la ducha golpeaba su espalda como agujas. Víctor se quedó bajo el agua, manos apoyadas en los azulejos fríos, dejando que el vapor llenara el baño. El agua resbalaba por su pecho, arrastrando los restos secos de la noche anterior: sangre tibia de Valeria que se había pegado a su piel, jugos mezclados con semen, olor metálico que no se iba aunque frotara fuerte. Cerró los ojos y se llevó la mano a la polla, que ya estaba dura, sensible, hinchada de la frustración acumulada.
Se masturbó despacio al principio, jabón resbalando por la longitud, el recuerdo de la noche anterior latiéndole en la cabeza: Valeria sentada sobre su cara, muslos apretándole las orejas, sangre y jugos goteando por su barbilla mientras gemía “et odio i em corro igual”. La suciedad lo excitaba más de lo que quería admitir —esa vergüenza que la rompía, esa sangre tibia que manchaba todo, esa traición del cuerpo que la hacía temblar y correrse sollozando—. Aceleró, la mano resbaladiza bombeando con más fuerza, el vapor empañando el espejo.
Y entonces se cruzó la imagen: Noa en la oficina, buscando tampones en un cajón, mejillas rojas, manos temblorosas, falda plisada subiendo un poco al inclinarse. Vulnerable, sucia, excitada por la campaña que él le había metido en la cabeza. La polla dio un latigazo, pero la culpa lo golpeó como un puñetazo. Se paró en seco, mano quieta alrededor de la base, respiración agitada. No se corrió. Solo dejó que el agua fría cayera sobre él hasta que la erección bajó un poco, dolorosa y sensible.
Salió de la ducha con la polla aún hinchada, sensible al roce del bóxer. Se vistió rápido y bajó a la cocina.
Valeria estaba allí, de espaldas, sirviéndose café. Llevaba la bata fina que se pegaba a sus curvas cuando se movía, pelo revuelto sobre los hombros.
—Bon dia —dijo él, voz ronca.
Ella se giró despacio, ojos avellana brillando con autoridad juguetona.
—Bon dia —murmuró, voz cálida pero firme—. Avui semblas… tens. Et noto la polla sensible fins i tot amb els pantalons.
Se acercó, le rozó el pecho con los dedos, bajó la mano hasta su entrepierna, apretando suave pero posesiva a través de la tela.
—Ja ho veig… dur i dolorit. Però avui mando jo. No et deixo córrer encara.
Lo besó profundo, lengua lenta y dominante, pero se apartó antes de que él pudiera responder. Le dio un sorbo al café, sonrió torcida y salió a preparar a Lucas. Víctor se quedó allí, la polla latiendo sin alivio, sensible al roce de la tela.
Llegó a la agencia con el pulso acelerado, la cabeza llena de promesas rotas. El despacho estaba vacío. Abrió el portátil, pero no pudo concentrarse. Pasó por el pasillo hacia la copiadora. Oyó voces bajas desde la sala pequeña de reuniones, puerta entreabierta. Se detuvo. Era Lia y Marc.
Lia estaba inclinada sobre la mesa, voz baja y ronca, sonrisa calculadora.
—Marc, ya sabes que la campaña de Víctor está que arde. “Deseos prohibidos”… me muero por entrar. Tú que estás en creativos, ¿no podrías… colarme un poco?
Marc rió bajito, nervioso, ojos bajando un segundo al escote de Lia (blusa abierta un botón de más).
—Joder, Lia… Víctor es el jefe directo. No sé si…
Lia se acercó un paso, invadiendo su espacio sin tocarlo, muslo rozando apenas el suyo.
—Shh… solo un favor. Imagina si trabajamos juntos… yo te ayudo con ideas, tú me metes en el proyecto. Te prometo que valdrá la pena.
Marc tragó saliva, respiración acelerada, mirada fija en los labios de Lia.
—No sé… tendría que hablar con él.
Lia sonrió lenta, inclinándose lo justo para que su aliento le rozara la oreja.
—Habla con él. Y dile que yo puedo ser muy… útil. Solo un poco de presión, y entro.
Se apartó despacio, dejando a Marc temblando, excitado y frustrado, con la polla marcada bajo los pantalones.
Víctor se apartó antes de que lo vieran. El latigazo en la polla fue inmediato. Culpa y deseo se mezclaron: Lia acababa de usar su cuerpo para colarse en su proyecto, como él usaba a Valeria. Se fue al baño, cerró la puerta, se apoyó en el lavabo. La imagen de Marc tenso bajo la mirada de Lia… no pudo evitarlo. Se bajó los pantalones, se agarró la polla dura, bombeó rápido pensando en Lia, en Noa, en Valeria. Se corrió en chorros espesos contra el lavamanos, pero el alivio duró segundos. La culpa volvió más fuerte.
Por la tarde, en casa, Valeria estaba más cercana que el día anterior, pero con esa autoridad nueva en cada gesto. Lucas jugaba en su habitación. Víctor intentó besarla en la cocina, y esta vez no se apartó del todo; dejó que sus labios rozaran su cuello, pero lo detuvo con una mano en el pecho.
—Més tard —murmuró, con una sonrisa juguetona pero firme—. Quan jo digui.
El silencio se hizo pesado hasta que sonó el timbre. Carla apareció por sorpresa.
—Hola, parella —dijo con su energía arrolladora, abrazando a Valeria con fuerza—. He visto los bollos que le gustan a Lucas y se los he traído para merendar. Así también podíamos charlar un rato. Carla se sirvió un vaso de vino sin preguntar y se apoyó en la encimera de la cocina. Llevaba un top negro ajustado que marcaba el peso de sus pechos y unos vaqueros que le quedaban bien en las caderas. Parecía relajada, pero Víctor notó que sus dedos tamborileaban ligeramente contra el vaso.
Valeria estaba cortando una manzana en rodajas finas, concentrada de más.
Carla dio un sorbo largo de vino y suspiró.
—Oye… ¿puedo contaros una cosa rara? —dijo de repente, en voz más baja de lo normal.
Valeria levantó la mirada.
—¿Rara cómo?
Carla dudó un segundo. Se pasó la lengua por el labio inferior y bajó la voz todavía más.
—Ayer… pillé a Laia.
Valeria frunció el ceño.
—¿Pillarla haciendo qué?
Carla soltó una risa corta, nerviosa, y se rascó la nuca.
—Con un chico. En su habitación. La puerta estaba entreabierta… yo iba a decirle que bajara a cenar y… bueno. Los vi.
Se hizo un silencio. Víctor sintió que el aire de la cocina cambiaba de textura.
Carla dio otro sorbo de vino, como si necesitara valor para continuar.
—Estaban… en la cama. Ella encima de él. Se movía despacio, como si supiera exactamente lo que hacía. El chico tenía las manos en su culo, apretándola contra él. Y ella… gemía bajito, pero se oía. Un gemido ronco, como de mujer, no de niña. Yo me quedé allí parada, como una idiota, con la mano en el pomo de la puerta. No cerré. Ni entré. Solo… miré.
Valeria dejó el cuchillo sobre la tabla. El sonido fue seco.
Carla continuó, ahora más rápido, como si temiera que si paraba ya no sería capaz de seguir:
—Sabía que estaba mal. Que debería haber cerrado la puerta y haber bajado las escaleras. Pero me quedé. Y cuanto más tiempo pasaba… más calor sentía. Me empezó a sudar el cuello, las ingles… Me di cuenta de que estaba mojada. Mojadísima. Solo de verlos. De ver cómo mi hija de diecinueve años follaba con esa libertad, sin vergüenza, sin pensar en nada más que en lo que estaba sintiendo.
Se quedó callada un momento. Miró su vaso de vino.
—Fui a mi habitación. Cerré la puerta con llave. Y me masturbé. Rápido, como una adolescente. Me corrí en menos de dos minutos, mordiéndome la mano para no hacer ruido. Y mientras me corría… pensaba en ella. En cómo se movía. En cómo gemía. En lo libre que parecía.

Carla levantó la mirada. Tenía las mejillas ligeramente sonrojadas, pero no apartó los ojos de su hermana.
—¿Soy una enferma? —preguntó, con una risa que sonó más frágil de lo que pretendía—. ¿Qué clase de madre se pone cachonda viendo follar a su propia hija?
Valeria no respondió de inmediato. Tenía los nudillos blancos alrededor del vaso de agua que se había servido. Su respiración era un poco más rápida de lo normal.
Víctor se quedó muy quieto. La imagen que Carla acababa de pintar se le había clavado directamente en la polla: Laia moviéndose encima de un chico, Carla en la puerta mirándolos, excitada y avergonzada al mismo tiempo. Tragó saliva y cruzó las piernas discretamente bajo la mesa.
Carla se pasó una mano por la cara.
—Luego me sentí fatal. De verdad. Pero… también me sentí viva. Más viva que en mucho tiempo. Y eso me da más miedo que la otra cosa.
Valeria habló por fin, voz baja y controlada:
—Carla… això és… complicat.
—Lo sé —dijo Carla, asintiendo—. Por eso os lo cuento a vosotros. Porque sé que no vais a juzgarme… ¿verdad?
Miró a Víctor un segundo más de la cuenta. No fue una mirada provocadora. Fue algo más suave, casi vulnerable. Como si necesitara que alguien le dijera que no estaba completamente rota por haber sentido eso.
Víctor no supo qué decir. Asintió apenas.
Carla sonrió con tristeza y dio otro sorbo de vino.
—Vale. Ya está dicho. No hace falta que me deis consejos ni nada. Solo… necesitaba contarlo en voz alta.
Se levantó, recogió su bolso y se despidió con un beso rápido en la mejilla de Valeria y otro más ligero en la de Víctor. Cuando se fue, el olor de su perfume se quedó un rato flotando en la cocina.
Valeria se quedó mirando la puerta cerrada. Tenía la mandíbula apretada.
Víctor se levantó despacio y empezó a recoger los vasos. Ninguno de los dos dijo nada durante un buen rato.
Esa noche, cuando el rumor suave de la respiración de Lucas se oyó desde su habitación, Valeria cerró la puerta del dormitorio con un clic definitivo. Entró con ojos entrecerrados, la luz tenue de la lámpara tiñendo su piel de ámbar.
Se desnudó despacio delante de él, sin prisa, dejando que viera cada curva, cada centímetro de piel que ya conocía de memoria. Se sentó al borde de la cama, abrió las piernas, y empezó a tocarse delante de él.
—Solo mira —susurró, voz ronca—. Com Carla mirà a Laia. Com tu em mires quan creus que no me n'adono.
Sus dedos separaron los labios, circulando el clítoris hinchado con movimientos lentos al principio. Un gemido bajo escapó de su garganta cuando metió un dedo dentro, luego dos, follándose despacio mientras lo miraba fijamente.
—Et excita veure'm així? —murmuró, voz entrecortada—. Verte al borde mentre jo decideixo. Mira com em mullo… com se m'obren els llavis pensant en lo que Carla va veure.
Su coño se hinchaba más con cada movimiento, un hilo de humedad resbalando por sus muslos. Aceleró, arqueando la espalda, pechos rebotando suaves, pezones endurecidos. Intentó tocarla, su mano subiendo por su pierna. Ella la detuvo con firmeza.
—No. Avui no em toques.
Pero luego, con una sonrisa torcida, añadió:
—Pots tocar-te tu. Masturba't mentre mires. Vull veure't desesperat, la mà a la teva polla dura, bombant al ritme dels meus dits… però sense córrer-te.
Lo hizo. Su mano envolvió su polla palpitante, bombeando despacio al ritmo de sus dedos entrando y saliendo, el sonido húmedo llenando la habitación. Vio cómo sus dedos se abrían paso en su coño, cómo se hinchaba para él, y supo que lo estaba castigando con lo que más deseaba: verla disfrutar sin dejarlo participar.
Ella aceleró, gimiendo más alto, el clítoris hinchado bajo sus dedos. Se corrió con un gemido ahogado, temblando violentamente, chorro caliente salpicándole el pecho y el abdomen.
Siguió frotándose hasta que dejó de temblar, y solo entonces lo miró, ojos brillantes.
—Para —ordenó, voz ronca—. No te corras. Esta nit no.
Se tapó con la manta dándole la espalda.
Ella respiraba despacio de espaldas, su cuerpo desnudo bajo las sábanas. Víctor se quedó al borde, la polla latiendo en su mano, el pecho y la cara aún húmedos de ella enfriándose gota a gota. No se movió para tocarla. No se movió para terminar. Solo se quedó allí, mirando su nuca, sintiendo cómo la frustración se volvía más densa, más quieta, más imposible de soltar.


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