Averia en el desierto
El sol caía a plomo sobre el desierto de Tabernas. Hacía casi dos horas que el coche se había averiado en mitad de la carretera secundaria, lejos de cualquier núcleo habitado. El motor había emitido un ruido seco y después solo había salido humo blanco. Desde entonces, el calor era implacable. Las hermanas Isabel y Clara, de la congregación de Nuestra Señora de la Esperanza, estaban varadas bajo un sol abrasador. Isabel, de treinta y cinco años, estaba apoyada contra la puerta del conductor, con la blusa clara empapada de sudor y pegada a la espalda. La falda larga gris se le adhería a las piernas. Llevaba una pequeña cruz de madera colgando del cuello, que se movía ligeramente cada vez que se secaba la frente con el dorso de la mano. Se había quitado las gafas varias veces para limpiarlas, pero el sudor volvía a empañarlas enseguida. Clara, la más joven, estaba sentada en el borde de la carretera con las rodillas juntas y la cabeza gacha. Su blusa blanca también estaba empap...