La campaña ( capítulo 18) CON IMAGENES

Víctor se despertó con la polla ya dura contra el bóxer. La mano de Valeria se retiró de su pecho antes de que pudiera alcanzarla. Ella estaba de pie junto a la cama, vestida con unos leggings negros que le marcaban las piernas y una camiseta gris algo arrugada por el calor de la noche. Llevaba el pelo recogido con una pinza, desordenado, como si se hubiera levantado con prisa.

—Bon dia —dijo en voz baja, casi seca—. Estás en cuarentena hasta que pagues prenda. No intentes nada esta mañana.

Se inclinó y le dio un beso rápido en la comisura de la boca, sin abrir los labios. Víctor intentó sujetarla por la cintura, pero ella le agarró la muñeca con firmeza y lo miró directamente a los ojos.

—No. Ara porta en Lucas al cole. Jo tinc classe a les nou.

Salió del dormitorio sin esperar respuesta. Víctor se quedó tumbado unos segundos más, respirando hondo mientras la erección le latía con insistencia. Cerró los ojos y, sin querer, le vinieron imágenes que no había invitado: Elena inclinándose en el Burger King, el escote profundo de su sudadera; Marta cruzando las piernas bajo la mesa, la mirada verde fija en él; y, más atrás, el roce de Carla en la montaña, el calor de su culo contra su polla dura, el gemido que se le escapó sin querer.

Joder.

Se levantó, se duchó con agua fría y se vistió con vaqueros oscuros y una camisa blanca arremangada. Cuando bajó a la cocina, Lucas ya estaba desayunando cereales. Valeria le dio un beso en la frente al niño, otro rápido y distraído a Víctor, y salió con el portátil bajo el brazo.

—Fins després —dijo desde la puerta sin mirarlo.

Víctor se quedó solo con el sonido de la cuchara de Lucas golpeando el bol y el tráfico lejano de la ciudad.

—Bon dia —dijo Víctor, dejando la carpeta sobre la mesa—. Hoy cambio un poco el plan. Me voy a instalar Tinder yo también. Quiero ver en directo cómo se expresan las mujeres divorciadas cuando hablan de lo que realmente desean.

Noa levantó la mirada un segundo y la bajó casi al instante, apretando los muslos bajo la falda. Lia arqueó una ceja, pero se quedó callada.

Víctor abrió la aplicación en su móvil personal, creó un perfil rápido y empezó a pasar perfiles. El primer match llegó en menos de un minuto. Una mujer de treinta y nueve años, foto en bikini en la playa, bio: “Divorciada, sin dramas, buscando sentirme viva otra vez”.

Le escribió con tono neutro pero curioso:

Víctor: Hola. Me ha llamado la atención tu bio. ¿Qué significa para ti “sentirte viva otra vez”?

La respuesta tardó unos segundos más de lo normal.

Mujer: Hola… pues que después de años de matrimonio me siento un poco dormida. Como si hubiera perdido algo de mí misma. Querría volver a sentirme deseada de verdad.

Víctor esperó un momento antes de contestar, dejando que la conversación respirara.

Víctor: ¿Y qué echas de menos exactamente?

Ella respondió con más lentitud esta vez.

Mujer: El deseo. Que alguien me mire como si realmente me quisiera follar, no solo como si cumpliera. Mi ex llevaba años tratándome como si yo ya no le excitara. Sexo rápido, siempre igual, y a dormir. Echo de menos que me deseen de verdad.

Víctor sintió cómo la conversación empezaba a girar. Giró ligeramente el móvil para que Noa y Lia pudieran leer. Las dos se inclinaron hacia delante sin decir nada.

Víctor: ¿Y cómo te gustaría que te desearan?

La mujer tardó casi un minuto en responder. Cuando lo hizo, se notaba que había dudado.

Mujer: No sé si debería contarte esto… pero como es solo chat… me gustaría que alguien me empujara contra la pared de la cocina sin decir nada. Que me subiera la falda, me bajara las bragas y me follara ahí mismo. Sin preguntar. Que me hablara sucio mientras me abre las piernas. Que no parara aunque yo dijera “espera, despacio”.

Noa soltó un suspiro muy bajo, casi inaudible. Sus muslos estaban apretados con fuerza y las manos le temblaban ligeramente sobre la mesa. Lia se había reclinado en la silla, pero su respiración era visiblemente más rápida y los pezones se le marcaban contra la blusa.

Víctor esperó un segundo, observando las reacciones de las dos, antes de escribir de nuevo.

Víctor: ¿Y si te dijera cosas que te avergonzaran mientras te follo? ¿Te gustaría?

La respuesta llegó más rápido esta vez.

Mujer: Sí. Me excita la vergüenza. Que me digan que estoy empapada aunque diga que no. Que me llamen puta mientras me follan. Me pone mucho sentirme usada y deseada al mismo tiempo.

Víctor miró la pantalla un segundo más. La mujer se había abierto bastante y él sintió que, si seguía, la conversación se volvería demasiado explícita para el contexto de la oficina. Cerró los ojos un instante y escribió con tono más suave:

Víctor: Me estoy poniendo muy cachondo de leerte.¿Te parece si lo dejamos aquí por hoy? Tengo que ir ahora a ver a mi jefe, y no es plan ir con la tienda de campaña. Tengo que ir unos días de viaje, ¿te escribo a la vuelta?

La mujer tardó unos segundos en responder.

Mujer: Vale… pero no creas que me vas a follar en la cocina nada más verme . Por lo menos me tendrás que invitar a una cena, con bastante vino. En el fondo soy una tímida... Hasta pronto.

Víctor cerró la conversación con un último mensaje educado y guardó el móvil. Levantó la vista. Noa tenía las mejillas encendidas y las manos apretadas sobre la mesa. Lia se removía en la silla, claramente incómoda con la tensión que había quedado en el aire.

—Bien —dijo Víctor, voz ronca pero controlada—. Esto nos sirve. Una mujer real, sin filtros. Sumisión con un punto de vergüenza y deseo de ser deseada. Anotadlo.

Hizo una pausa, miró a Lia y añadió:

—Ahora tú. Si quieres probar.

Lia asintió, un poco nerviosa. Sacó su móvil, abrió Gleeden y empezó a crear un perfil. Tardó más de lo esperado. Cuando por fin lo tuvo listo, buscó perfiles de mujeres bisexuales y abrió conversación con una de 32 años que ponía en su bio: “Curiosa, abierta, buscando explorar sin juicios”.

Escribió, torpe y directa:

Lia: Hola. Me ha gustado tu perfil. ¿Qué buscas exactamente?

La respuesta llegó al cabo de un minuto.

Mujer: Joder tía, que directa… pues... busco que me dominen suave. Que me hablen al oído, que me digan lo que me van a hacer mientras me tocan despacio.... Jajaja...Me pone que me hagan suplicar un poco.

Lia levantó la mirada hacia Noa y Víctor, insegura.

—No sé cómo seguir… —murmuró.

Noa se inclinó ligeramente hacia ella, voz baja y tranquila:

—Dile que te imaginas besándole el cuello muy despacio, mientras tus dedos bajan por su vientre… pero sin tocarle todavía el clítoris. Que solo lo rodeas, haciendo que tiemble.

Lia tragó saliva y escribió exactamente eso. La respuesta de la mujer llegó casi al instante:

Mujer: Joder… me estoy mojando solo de leerlo. Te pediría que siguieras. Que me abrieras los labios con los dedos y soplaras suave sobre el clítoris hasta que se me pusiera duro.

Lia miró a Noa, que asintió apenas con la cabeza. Siguió escribiendo, esta vez con más seguridad:

Lia: Lo haría. Te separaría los labios, soplaría despacio hasta que arquearas la espalda. Luego te lamería lento, círculos pequeños, solo la punta al principio. Hasta que gemieras mi nombre.

La mujer respondió rápido:

Mujer: Me estoy tocando ahora mismo. Sigue… dime cómo me meterías los dedos.

Lia dudó un segundo, pero Noa le rozó el antebrazo con los nudillos, animándola en silencio. Lia escribió:

Lia: Metería dos dedos despacio, curvándolos para rozar ese punto que te hace temblar. Te follaría con ellos mientras sigo lamiéndote el clítoris, succionando más fuerte. Hasta que te corrieras gritando mi nombre.

La respuesta llegó segundos después:

Mujer: Me estoy corriendo… joder, me corro pensando en tu boca.


Lia dejó el móvil sobre la mesa como si le quemara. Tenía la cara roja y respiraba agitada. Cruzó y descruzó las piernas varias veces bajo la mesa. Nadie dijo nada durante unos segundos. El silencio era espeso, cargado.

Víctor miró el reloj. La tensión en la sala había subido demasiado rápido. Se aclaró la garganta y habló con voz baja pero firme:

—Vale. Por hoy basta. Esto ya nos da bastante material. Lia, has mejorado. Pero vamos despacio. Nada de quedar en persona sin que lo sepamos los tres primero. Mañana seguimos.

Lia asintió, todavía nerviosa. Noa guardó su móvil en el bolso con dedos ligeramente temblorosos. Víctor recogió la carpeta, se levantó y salió de la sala sin añadir nada más.

Caminó por el pasillo hacia su despacho con la polla dura y dolorida contra los vaqueros, cada paso un recordatorio incómodo de que la mañana solo acababa de empezar.

Cerró la puerta del despacho, se sentó y abrió el portátil. La presentación para los americanos seguía ahí, esperando. Gráficos de engagement, testimonios anonimizados, métricas de interacción… Tecleó un par de números, movió una flecha en un gráfico de barras y luego se quedó mirando la pantalla sin ver nada. Cada vez que cerraba los ojos volvía la imagen de Noa mordiéndose el labio mientras leía los mensajes de la divorciada, y la de Lia escribiendo con la voz temblorosa “te haría gemir mi nombre”. Debajo de todo eso, la voz de Valeria esa mañana: “Estás en cuarentena hasta que pagues prenda”.

Los huevos le dolían de verdad. Un peso sordo que subía por el perineo cada vez que cambiaba de postura en la silla.

El teléfono del despacho sonó. Contestó casi sin pensar.

—¿Sí?

—Víctor, soy Valeria —dijo su voz ronca al otro lado—. Me he equivocado de extensión. Quería hablar con Noa. Pásamela, por favor.

Víctor frunció el ceño, pero no preguntó nada. Pulsó el botón de transferencia y colgó. Se levantó, salió del despacho sin hacer ruido y cerró la puerta. Se apoyó en la pared del pasillo, justo enfrente de la sala de reuniones. Desde allí veía a Noa a través del cristal.

Ella levantó el auricular, se lo pegó a la oreja y, casi al instante, las mejillas se le encendieron. Cruzó y descruzó las piernas bajo la falda, la mano libre apretando el borde de la mesa con fuerza. Asentía despacio, mordiéndose el labio inferior con tanta intensidad que se le quedó una marca blanca. La respiración se le veía acelerada; el pecho subía y bajaba bajo la blusa y los pezones se marcaban claramente contra la tela. Al cabo de un par de minutos colgó, dejó el auricular sobre la mesa y se quedó mirando al vacío, ruborizada hasta el cuello, los muslos todavía apretados.

Víctor volvió a su despacho sin decir nada. Se sentó frente al portátil, pero las palabras seguían sin entrar. Diez minutos después, el móvil vibró sobre la mesa.

Mensaje de Valeria:

“He quedado con Noa esta tarde. Ve tú a por Lucas. No preguntes. Esta noche hablamos de la prenda.”

Víctor sintió cómo se le apretaba el estómago. Guardó el portátil, cogió la chaqueta y salió del edificio con la polla todavía dura y dolorida contra los vaqueros. Cada paso era un recordatorio incómodo de que no iba a tener alivio en un buen rato.

Cuando llegó al colegio, el patio estaba lleno de niños corriendo y madres charlando en grupos. Lucas salió disparado hacia él con la mochila rebotando a la espalda. Víctor lo abrazó distraído, todavía con la cabeza en otro sitio.

Elena estaba un poco más allá, hablando con otra madre. Llevaba una sudadera gris oversize que le quedaba grande y unos leggings negros que marcaban con claridad la curva de sus muslos y su culo redondo. El pelo rubio lo llevaba recogido en una coleta alta, con algunos mechones sueltos pegados al cuello por el calor. Al verlo, sonrió con esa sonrisa cálida y ancha que siempre parecía llenar el espacio a su alrededor.

—Víctor, qué bueno verte —dijo, acercándose con pasos tranquilos—. ¿Valeria hoy no viene?

—Tenía clase online —respondió él, intentando que su voz sonara normal.

Elena se inclinó para revolverle el pelo a Lucas. La sudadera se abrió lo justo para dejar ver el escote profundo y la curva interna de sus pechos pesados, la piel bronceada brillando ligeramente con un sudor fino. Víctor apartó la mirada un segundo tarde.

Ella se enderezó, todavía sonriendo.

—Hoy hay cuentacuentos en la biblioteca de al lado. Jordi y yo vamos. Es cortito, media hora. ¿Te apetece venir con Lucas? Luego podemos merendar en el parque.

Víctor dudó. La cuarentena. El mensaje de Valeria. La llamada misteriosa a Noa. Todo le gritaba que era mejor irse directo a casa. Pero al final asintió.

—Vale —dijo—. Vamos.

La biblioteca era pequeña, con olor a papel viejo y madera encerada. La luz entraba suave por las ventanas altas, proyectando sombras alargadas sobre las estanterías. Se sentaron en la última fila, en sillas plegables que crujían cada vez que alguien se movía. Lucas y Jordi se quedaron delante, atentos a la mujer disfrazada de bruja que contaba historias de dragones amables.

Elena se sentó al lado de Víctor. El espacio era justo, y su muslo rozó el de él de forma natural. Olía a jabón de ducha, a un leve sudor limpio de la mañana y a ese perfume floral suave que siempre llevaba, nada empalagoso. Se inclinó un poco hacia él para hablar en voz baja.


—Qué bien que hayas venido —susurró—. Últimamente te veo más… distraído. ¿Va todo bien en casa?

Víctor asintió, intentando no pensar en la mano de Valeria apartándolo esa misma mañana.

—Todo bien. Mucho trabajo, pero bien.

Elena sonrió, pero no se conformó con la respuesta. Se quedó mirándolo un segundo de más.

—Es la campaña esa que llevas, ¿no? —dijo al cabo de un momento—. La de la app de citas con… toques especiales. Me contaste algo el otro día. Suena interesante.

Víctor tragó saliva. El muslo de ella seguía rozando el suyo, un contacto constante y cálido a través de la tela.

—Sí. Es… complicada. Hay que investigar fantasías que la gente no suele contar en voz alta. Sumisión ligera, deseo de ser presionada un poco, de que el “no” se vuelva algo que el cuerpo ignora. Cosas así.

Elena se mordió el labio inferior. Su respiración cambió, se volvió un poco más rápida. Cruzó las piernas despacio y, sin darse cuenta, apretó el muslo contra el de Víctor con más fuerza. Empezó a frotarse de forma sutil, casi imperceptible, como si necesitara aliviar algo que le subía por dentro. La tela de los leggings rozaba los vaqueros de él con un sonido suave, casi inaudible bajo el murmullo del cuentacuentos.

—Joder… —susurró ella, voz baja y un poco temblorosa—. Me imagino que a muchas mujeres les pasa eso. Que leen algo así y… se ponen nerviosas. Que se imaginan que alguien las besa por detrás sin preguntar demasiado. Y que luego… luego no quieren que pare.

Víctor sintió cómo se le endurecía la polla contra la cremallera. El calor del muslo de Elena le quemaba a través de la tela.

—Muchas veces es difícil saber hasta dónde quiere llegar una persona —dijo él, voz ronca—. Nadie quiere pasarse de la raya.

Elena asintió, pero sus ojos estaban brillantes.

—Pecamos de buenos —murmuró—. Demasiado cuidadosos. A veces una necesita… que la miren con hambre de verdad. Que la hagan sentir que sigue siendo deseable, aunque sea solo en la cabeza.

El cuentacuentos terminó con aplausos. Los niños corrieron hacia atrás gritando “¡mamá!”. Elena se levantó. Al pasar rozó la cadera contra la pierna de Víctor, un contacto breve pero deliberado. Él soltó un jadeo ahogado. Ella se giró en la puerta, le dio un beso en la mejilla —los labios rozando peligrosamente cerca de los suyos— y susurró:

—Si necesitas ayuda con la campaña… de verdad… avísame. Me parece muy interesante todo eso.

Salió con Jordi de la mano, el culo moviéndose con cada paso bajo los leggings, dejando a Víctor sentado allí con la polla latiendo dolorosamente y un nudo en el estómago que ya no sabía si era culpa, deseo o las dos cosas a la vez.

Llegó a casa pasadas las seis. Lucas entró corriendo al salón y tiró la mochila en el suelo. En la cocina, Valeria removía una salsa con el fuego bajo. Llevaba los mismos leggings negros de la mañana, ahora con una mancha oscura en la entrepierna que se le marcaba claramente cuando se movía. La camiseta gris se le pegaba entre los pechos por el calor. El olor a ajo y tomate flotaba en el aire.

—¿Qué tal la tarde? —preguntó Víctor, apoyándose en la encimera. La voz le salió más ronca de lo que pretendía.

Valeria no se giró del todo. Siguió removiendo la salsa con movimientos lentos.

—Bien —dijo al cabo de un momento—. He quedado con Noa. Fuimos a un sexshop en el Born.

Víctor sintió cómo se le tensaba la polla contra los vaqueros. Se acercó un paso más.

—¿Y?

Valeria apagó el fuego, dejó la cuchara en el borde de la cazuela y se giró hacia él. Tenía las mejillas ligeramente sonrosadas y los ojos brillantes. Empezó a hablar en catalán, como si las palabras le salieran más fáciles así:

—Hem comprat una fusta petita, de cuir suau. Una bufanda de ras negre per lligar. Un antifaz. I lubricant. El dependent ens va explicar com utilitzar-los per a submissió suau… començar lent, amb paraules, amb carícies. Que la clau és l’anticipació. Que el “no” es trenqui sol quan el cos ja no pot més.

Víctor frunció el ceño un segundo, intentando seguirla. Valeria se dio cuenta y cambió al castellano, con una media sonrisa torcida.

—El dependiente nos dijo que hay que empezar despacio. Con palabras que mojen antes de tocar. Que la anticipación lo es todo.

Víctor tragó saliva. Se acercó otro paso, hasta quedar casi pegado a ella. Levantó la mano hacia su cintura. Valeria lo detuvo con la palma abierta contra su pecho, firme pero sin brusquedad. Lo miró directamente a los ojos.

—No —dijo en voz baja—. Encara no has pagat la prenda. Estás en cuarentena.

Se apartó despacio, volvió a la salsa y removió una vez más, como si nada. Víctor se quedó allí, con la mano todavía en el aire un segundo, la polla latiendo con fuerza y el estómago revuelto.

Cenaron los tres en la mesa de siempre. Lucas contó el cuentacuentos con la boca llena de pasta, Valeria le limpió la salsa de la barbilla y Víctor fingió escuchar. Cuando por fin acostaron al niño y cerraron su puerta, Valeria se quedó un momento de pie en el pasillo.

—Bona nit —dijo, voz ronca pero tranquila—. Descansa. Demà seguim parlant de la prenda.

Subió las escaleras sin mirar atrás.

Víctor se dejó caer en el sofá. Encendió la tele sin sonido y se quedó mirando la pantalla sin verla. El móvil vibró sobre la mesita. Lo cogió.

Era un match de Tinder.

La foto era de Carla: melena negra ondulada, sonrisa felina, escote generoso. El mensaje apareció justo debajo:

“Víctor, ¿eres tú realmente?”

Se quedó mirando la pantalla un buen rato. Al final contestó:

“ Sí. Pero no es lo que piensas. Es por la campaña del trabajo. Mañana te cuento más.”

Carla respondió casi al instante:

“Vale… bueno, espero que la curiosidad me deje dormir en la cama 😉”

Víctor dejó el móvil boca abajo sobre la mesa. Se pasó las manos por la cara y se quedó allí, en la penumbra del salón, con la polla todavía dura y la cabeza llena de imágenes que no conseguía apartar.

 

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