Lo que no se nombra (capitulo 1) ACTUALIZADO CON VIDEOS

La casa estaba en silencio, como siempre desde que el padre de Alejandro había muerto hacía dos años y medio. Laura tenía cuarenta y seis años y, algunas mañanas, se detenía frente al espejo del baño más tiempo del necesario. Los pechos que antes llevaba altos ahora caían con un peso suave y natural. El vientre conservaba una curva leve que las caminatas no conseguían borrar del todo, y en los muslos se marcaban, muy tenues, las estrías que el embarazo le había dejado. No se miraba con disgusto. Solo observaba, como quien reconoce una casa después de muchos años.
Alejandro, a sus veinticuatro, tampoco tenía el cuerpo de quien pasa horas en un gimnasio. Era alto, con los hombros un poco encorvados por las noches frente al ordenador, el pecho cubierto de vello oscuro y una barriga blanda que aparecía cuando se sentaba. La piel pálida de quien estudia demasiado y las manos grandes, un poco torpes, de quien todavía no ha aprendido del todo a tocar lo que desea.
Todo empezó sin que ninguno de los dos lo buscara. Después del funeral se quedaron los dos solos en la casa de las afueras. Laura había dejado el trabajo a media jornada para cuidar a su marido; Alejandro había aplazado el último año de carrera. Compartían las facturas, la cocina, el sofá por las noches. Una copa de vino para ella, una cerveza para él. Hablaban de todo menos de la soledad que se había instalado entre las paredes.
Una noche de invierno Laura lloró sin hacer ruido. Alejandro la abrazó como lo había hecho otras veces, pero esa vez el abrazo se quedó. Ella apoyó la cabeza en su pecho y sintió, por primera vez en mucho tiempo, el calor de otro cuerpo. Él olía a jabón y a chico joven. Se separaron sin mirarse.
Los abrazos se volvieron costumbre. Primero cortos, de buenos días. Luego más largos. Una mano en la cintura mientras cocinaban. Un beso en la frente que rozaba la sien. Laura empezó a fijarse en cosas que antes no veía: los brazos de su hijo, que se habían puesto más fuertes desde que cargaba cajas del trastero; la voz más grave. Alejandro, por su parte, se sorprendía mirando cómo la bata de su madre se abría un poco cuando se inclinaba sobre la lavadora.
La primera noche de verdad llegó un viernes de lluvia. Laura volvió del supermercado empapada. Se quitó la camisa del uniforme delante de él, sin pensar. Debajo solo llevaba un sujetador de algodón beige. Los pechos se movieron con naturalidad al quitárselo. Alejandro apartó la mirada demasiado tarde. Ella se dio cuenta y se sonrojó, pero no se cubrió.
Esa noche, después de cenar, se sentaron en el sofá. El silencio era distinto. Laura apoyó la cabeza en el hombro de su hijo y dejó la mano en su muslo. Solo contacto. Ninguno la movió.
Los días siguientes fueron una sucesión de roces pequeños. Laura empezó a dejar la puerta del baño entreabierta al ducharse. No era del todo consciente. Alejandro, sin darse cuenta, empezó a andar por la casa solo con pantalones cortos. Ella notaba el bulto suave bajo la tela cuando él se sentaba. Ninguno lo nombraba.
La culpa llegó después. Laura se tocaba por las noches pensando en su marido y, sin querer, aparecía la imagen de las manos grandes de su hijo. Se levantaba, se lavaba la cara con agua fría y se prometía que no volvería a pasar. Alejandro hacía lo mismo en su habitación: se corría pensando en alguna chica de la universidad y, al final, era el rostro de su madre el que aparecía. Se sentía enfermo. Pero no podía parar.
Fue una noche de insomnio. Las tres de la madrugada. Laura bajó a la cocina a por agua y encontró a Alejandro sentado a la mesa, con la cabeza entre las manos. Había bebido un poco. Ella se sentó frente a él con la bata entreabierta, sin sujetador.
 Los pechos se movían suavemente al respirar.
—¿Qué te pasa? —preguntó con voz baja.
—No puedo dormir. Pienso demasiado.
—¿En qué?
—En ti.
El silencio fue denso. Laura sintió que el corazón se le aceleraba. No fingió sorpresa.
—Esto está mal —susurró, pero no se levantó.
—Lo sé. Pero no puedo dejar de pensarlo. En cómo me abrazas. En cómo me miras. En tu cuerpo. No eres perfecta, mamá. Y eso me vuelve loco.
Ella se mordió el labio. Tenía lágrimas en los ojos.
—Yo también pienso en ti. En tus manos. En cómo me haces sentir segura. Y deseada. Dios, Alejandro…
Él rodeó la mesa y se detuvo frente a ella. Sus rostros estaban muy cerca. El aliento de él olía a vino y a miedo.
—Dime que pare —pidió—. Dímelo y me voy a mi habitación y nunca volvemos a hablar de esto.
Laura no contestó. Tomó la mano de su hijo y la colocó sobre su pecho, sobre la tela de la bata. La carne estaba tibia, el pezón ya duro. Alejandro tembló.
Se besaron. Fue torpe al principio. Labios que se reconocen, que dudan. Luego la lengua de él entró en la boca de ella con timidez. Laura gimió bajito, un sonido que no recordaba haber hecho nunca. Le quitó la camiseta. Sus manos recorrieron el pecho velludo, la barriga blanda, las costillas. No era un cuerpo de gimnasio. Era el de su hijo.
Alejandro desató la bata. La dejó caer. La vio desnuda por primera vez como mujer.
 Los pechos caídos pero hermosos, el vientre suave, el vello púbico oscuro y natural. Los muslos que se tocaban en el centro. La deseaba con una intensidad que le dolía.
La llevó al sofá. Se tumbaron juntos. Él le besó los pechos con lentitud, lamiendo los pezones hasta que ella arqueó la espalda. Bajó por el vientre, acariciando la piel que lo había llevado dentro. Cuando sus dedos llegaron entre sus piernas, Laura estaba húmeda, caliente, hinchada. Él la tocó con cuidado, despacio.
—Despacio —pidió ella.
Alejandro se quitó los pantalones. Su pene estaba duro, la cabeza brillante. Ella lo guio con la mano. Entró centímetro a centímetro, despacio, hasta que estuvieron completamente unidos. Se quedaron quietos, mirándose. Lágrimas en los ojos de ambos.
—Te quiero —dijo Laura.
—Te quiero —contestó él.
Empezaron a moverse con lentitud, casi con miedo a romper algo frágil. Alejandro salía apenas unos centímetros y volvía a entrar despacio, profundo, sintiendo cómo las paredes de ella lo apretaban con cada embestida. Laura tenía las manos en su espalda, las uñas clavándose suavemente en la piel cada vez que él llegaba hasta el fondo. El sudor empezaba a brotar entre sus vientres, haciendo que la piel resbalara con un sonido húmedo y bajo. El vello oscuro de él rozaba su clítoris con cada movimiento, una fricción constante que la iba llevando al límite sin prisa.
Ella respiraba con la boca entreabierta, los ojos entrecerrados, mirando el rostro de su hijo tan cerca del suyo. 
Cada vez que él entraba, un pequeño gemido escapaba de su garganta, un sonido suave y entrecortado. Alejandro bajaba la cabeza de vez en cuando para besarla en el cuello, en el hombro, mordisqueando la piel con cuidado. 
El ritmo era lento pero constante, profundo, como si quisieran prolongar ese primer momento el mayor tiempo posible.
Laura sintió que se le acercaba el orgasmo de una forma distinta a como lo había sentido otras veces. No fue un golpe repentino. Fue creciendo desde dentro, una ola caliente que le subía por el vientre y le tensaba los muslos. Sus paredes internas empezaron a contraerse alrededor de él, apretándolo con más fuerza. 
El gemido que soltó fue largo, tembloroso, casi un sollozo ahogado contra el hombro de Alejandro. El cuerpo se le arqueó debajo del de él, las piernas se le cerraron alrededor de su cintura y lo mantuvo dentro mientras el placer la recorría en oleadas. Siguió contrayéndose, suave pero insistentemente, durante varios segundos.
Alejandro aguantó todo lo que pudo. Cuando ella empezó a relajarse, él aceleró un poco el ritmo, ya sin control. Entraba más profundo, más urgente, respirando agitado contra su cuello. Se corrió con un gruñido bajo y ronco, enterrado hasta el fondo. Laura sintió los chorros cálidos y abundantes dentro de ella, el pulso de su pene latiendo contra sus paredes, el semen que se derramaba y empezaba a salirle por los lados. Él siguió empujando unos segundos más, lento, vaciándose completamente.
Se quedaron unidos, sin moverse. El sudor les cubría la piel, pegajoso entre los vientres, en el hueco de los pechos de ella, en la espalda de él. Respiraban el uno contra el otro, desacompasados al principio, luego buscando el mismo ritmo. Ninguno dijo nada. Las palabras parecían innecesarias y peligrosas al mismo tiempo. Solo se oía el sonido de la respiración y, de vez en cuando, el leve chasquido cuando alguno de los dos tragaba saliva.
Alejandro se dejó caer un poco más sobre ella, sin salir todavía. Laura sintió el peso de su hijo encima, el calor de su cuerpo, el semen que seguía escapándose lentamente de dentro de ella y le mojaba los muslos y el sofá. Pasó una mano por la espalda sudorosa de él, acariciándole con pereza la nuca, el pelo húmedo. El otro brazo lo rodeaba por la cintura, manteniéndolo cerca.
Al amanecer, la luz gris entraba por las cortinas entreabiertas. Laura abrió los ojos primero. Tenía la cabeza de Alejandro apoyada en su pecho izquierdo, justo encima del corazón. Él seguía dormido, respirando despacio y profundo. Ella notó el peso de su cabeza, el vello de su pecho rozando su piel, el olor a sexo y a sudor que todavía flotaba entre los dos. Entre sus piernas sentía una humedad pegajosa, el semen seco en los muslos y una leve molestia agradable por dentro.
Pasó los dedos por el pelo de su hijo con mucha suavidad, casi sin tocarlo. Lo miró dormir y sintió algo que no era solo deseo ni solo culpa. Era una certeza tranquila y pesada: ya no había marcha atrás. Lo que habían hecho no había sido un error de una noche. Era el comienzo de algo que ya no sabían cómo detener. Y, por primera vez en mucho tiempo, no estaba segura de querer detenerlo.

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