Lo que no sé nombra (Capitulo 2)

Después de aquella noche, la casa se llenó de un silencio distinto. No era el silencio de la pérdida. Era el silencio de lo que ya no se podía deshacer.
Laura se despertó primero. Tenía el semen de su hijo seco entre los muslos y una sensación de humedad pegajosa que no lograba ignorar. Se levantó sin hacer ruido, se metió en la ducha y abrió el agua lo más caliente que pudo. Mientras el vapor le empañaba el espejo, se pasó las manos por el vientre y por los pechos, como si pudiera borrar las huellas de lo que había hecho. “Soy su madre”, pensó. Y por primera vez la frase le sonó obscena.
Alejandro bajó más tarde. Apenas se miraron. Él dijo que tenía que estudiar fuera y se fue sin desayunar. Laura se quedó sola, limpiando la cocina dos veces, como si el trapo pudiera borrar también lo que habían hecho en el sofá.
Los días siguientes fueron extraños. Alejandro empezó a salir más. Decía que era para estudiar, pero volvía tarde y con otro olor en la ropa. Laura no preguntaba. Se mordía la lengua hasta que le dolía.
Una tarde lo vio desde la ventana hablando con Marta, la vecina de enfrente. Veinte años, curvas generosas, pechos grandes que se marcaban incluso debajo de las sudaderas anchas. Siempre le había gustado Alejandro; se le notaba en cómo se reía, en cómo se tocaba el pelo, en cómo se ponía roja cuando él la miraba. Laura sintió algo desagradable en el estómago, pero lo apartó.
Hasta la noche en que volvió tarde del supermercado.
Al pasar por el parque pequeño, algo la hizo detenerse detrás de un coche. Entre los árboles, apenas iluminados por una farola lejana, distinguió dos figuras. Se quedó quieta, el corazón latiéndole en la garganta.
Era Alejandro. Apoyado contra un árbol, la cabeza echada hacia atrás. Delante de él, de rodillas, Marta. Tenía la sudadera subida hasta el cuello y los pechos pesados y pálidos al aire. Alejandro los sujetaba con las dos manos, los dedos hundidos en la carne blanda, mientras ella le chupaba la polla con movimientos lentos y profundos. Se oía el sonido húmedo de su boca. Se oía cómo él respiraba agitado.
Laura no se movió. No parpadeó. Vio cómo Marta aceleraba, cómo Alejandro le apretaba más fuerte los pechos y se corría con un gruñido contenido. Vio cómo la chica tragaba, cómo le limpiaba la polla con la lengua después, obediente. Vio cómo él le ayudaba a levantarse y le daba un beso rápido en la boca.
Algo se le rompió dentro del pecho. Un calor oscuro, violento, que le bajó directo entre las piernas. Se odió por ello. Se odió por seguir mirando. Se odió por notar que estaba húmeda.
Llegó a casa antes que él. Se sirvió un vaso de agua que no bebió. Cuando oyó la llave, se quedó de pie en la cocina, las manos apoyadas en la encimera.
Alejandro entró y se quedó paralizado al verla.
—¿Dónde estabas? —preguntó ella con voz baja.
—Estudiando.
Laura se acercó. Le olió el cuello. Olía a hierba húmeda, a noche, a saliva de otra mujer.
—No mientas —susurró.
Lo empujó contra la nevera y lo besó con rabia. No fue un beso de deseo. Fue un beso de posesión. Él intentó apartarse un segundo, pero Laura le agarró la cara con las dos manos y lo besó más profundo, mordiéndole el labio inferior hasta que supo a sangre. Entonces él respondió. La agarró por la cintura con fuerza y la levantó para sentarla en la encimera.
Se fueron quitando la ropa entre besos violentos. La camiseta de ella rasgada por la mitad. Los vaqueros de él bajados a medias. Laura lo obligó a sentarse en una silla de la cocina y se subió encima. No hubo preliminares suaves esta vez. Se bajó sobre su polla todavía medio dura y se la metió entera de un solo movimiento. Gimió de dolor y de placer al mismo tiempo. Empezó a moverse con fuerza, casi brutalmente, subiendo y bajando con rabia.
Se quitaron la ropa entre tirones. La camiseta de Laura se rompió por el cuello. Los vaqueros de Alejandro cayeron a medias. Ella lo obligó a sentarse en una silla y se subió encima sin miramientos. Todavía estaba medio duro. Se bajó sobre él de un solo movimiento, con un gemido ahogado de dolor y placer.
Empezó a moverse con fuerza, casi con desprecio. Subía y bajaba con rabia, clavándole las uñas en los hombros.
—Eres mío —dijo contra su boca, la voz rota—. ¿Me oyes? Mío. No de esa… no de ella.
Alejandro la agarró de las caderas y la folló hacia arriba, duro, profundo, como si también necesitara castigarla por haberlo visto. La levantó sin salir de ella y la tumbó sobre la mesa de la cocina. Le abrió las piernas y la penetró con todo su peso, embestidas rápidas y brutales. La mesa crujía. Laura se corrió gritando, contrayéndose alrededor de él con espasmos violentos, las uñas clavadas en su espalda. Alejandro se corrió poco después, gruñendo contra su cuello, llenándola otra vez.
Se quedaron así, jadeando, sudados, unidos. El semen chorreando de ella sobre la madera fría de la mesa.
Al final fue Laura quien habló, con la voz ronca y baja:
—No quiero volver a verte con ella.
Alejandro no contestó. Solo apoyó la frente entre sus pechos y respiró agitado contra su piel. Ninguno de los dos sabía si eso era una súplica o una amenaza.

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