Averia en el desierto
El sol caía a plomo sobre el desierto de Tabernas. Hacía casi dos horas que el coche se había averiado en mitad de la carretera secundaria, lejos de cualquier núcleo habitado. El motor había emitido un ruido seco y después solo había salido humo blanco. Desde entonces, el calor era implacable.
Las hermanas Isabel y Clara, de
la congregación de Nuestra Señora de la Esperanza, estaban varadas bajo un sol
abrasador. Isabel, de treinta y cinco años, estaba apoyada contra la puerta del
conductor, con la blusa clara empapada de sudor y pegada a la espalda. La falda
larga gris se le adhería a las piernas. Llevaba una pequeña cruz de madera
colgando del cuello, que se movía ligeramente cada vez que se secaba la frente
con el dorso de la mano. Se había quitado las gafas varias veces para
limpiarlas, pero el sudor volvía a empañarlas enseguida.
Clara, la más joven, estaba
sentada en el borde de la carretera con las rodillas juntas y la cabeza gacha.
Su blusa blanca también estaba empapada y se le transparentaba ligeramente
contra la piel. Al igual que Isabel, llevaba una cruz sencilla al cuello. El
calor le había puesto la cara roja y el pelo rizado se le pegaba a las sienes.
—Hermana Isabel… ¿y si nadie pasa
ya? —preguntó Clara en voz baja, casi sin fuerzas. Su acento era neutro,
educado.
Isabel tardó unos segundos en
responder. Secó el sudor que le bajaba por el cuello y miró hacia el horizonte,
donde el aire parecía temblar por el calor.
—Alguien pasará —dijo al final,
aunque su tono no transmitía mucha convicción.
Habían intentado llamar por
teléfono varias veces, pero no había cobertura. El agua que llevaban en el
coche se estaba acabando y el sol les quemaba la nuca y los brazos a pesar de
las mangas de las blusas. El silencio del desierto era absoluto, solo interrumpido
de vez en cuando por rachas de viento caliente que levantaban polvo del arcén.
Clara se abanicó débilmente con
la mano.
—Llevamos casi dos horas aquí…
—murmuró—. Si sigue así, nos vamos a deshidratar.
Isabel no contestó. Se limitó a
mirar de nuevo la carretera vacía, apretando ligeramente la cruz que llevaba al
cuello entre los dedos.
Entonces, a lo lejos, apareció un
punto negro que fue creciendo poco a poco. El sonido de un motor diésel rompió
el silencio del desierto. Un camión de tamaño medio se acercaba por la
carretera. Al llegar a su altura, redujo la velocidad y se detuvo unos metros
más adelante.
La puerta del conductor se abrió y bajó un hombre de unos
cincuenta años. Llevaba una camiseta oscura manchada de sudor, pantalón de
trabajo y una gorra. Tenía los brazos fuertes y algo de barriga. Se acercó
caminando con calma, con una botella de agua en la mano.
—¿Qué ha pasao, hermanitas? —preguntó con acento sevillano
marcado, pero con tono amable—. ¿Se os ha estropéao el coche?
Isabel se incorporó. Clara se levantó también, algo
cohibida.
—Se nos ha averiado el motor —respondió Isabel—. Llevamos
casi dos horas aquí. No hay cobertura.
El hombre, Ramón, las miró un segundo, recorriéndolas de
arriba abajo sin disimulo, aunque su expresión seguía siendo tranquila.
—Joder con el calor que hace hoy… —dijo, quitándose la gorra
un momento para rascarse la cabeza—. Mirá, yo voy de vuelta pa Sevilla. Os
puedo llevar hasta el próximo pueblo, que está a unos cuarenta minutos. Desde
allí podéis llamar a una grúa o a quien sea. Subíos, que aquí os vais a
derretir.
Las dos monjas dudaron un instante. Isabel miró a Clara, que
tenía la cara roja por el calor y los ojos cansados. Finalmente, Isabel
asintió.
—Gracias —dijo—. Se lo agradecemos mucho.
Subieron primero a la cabina. El contraste fue brutal. El
aire acondicionado estaba encendido y el interior estaba casi frío. El camión
tenía tres asientos en línea. Isabel se sentó en el asiento central, justo al
lado de Ramón, mientras Clara ocupaba el asiento de la derecha, junto a la
ventanilla.
Durante los primeros minutos las monjas permanecieron en silencio recuperándose del calor, bebiendo el agua que Ramón les había ofrecido. El camión avanzaba por la carretera desierta mientras el aire acondicionado iba secando poco a poco la ropa empapada de las dos mujeres.
Ramón, sin embargo, parecía bastante hablador. No paraba de contar sin que nadie se lo preguntara:
—He dejao la carga en Almería esta mañana. Unos moros que
tienen un almacén por allí. —Se rio solo, con una risa algo ronca—. Esos
moritos siempre están liando paquetes y paquetes… menos mal que a veces me dan
algo de propina, ¿eh?
Como ninguna de las dos monjas rio, Ramón carraspeó y añadió
rápidamente:
—Pero oye, que yo no soy racista, ¿eh? Al contrario. Yo a
los moritos los ayudo. Muchas veces les doy el viaje en la cabina pa que no
tengan que pagar el autobús. Sale más barato pa ellos y a mí me hace un poco de
compañía en la ruta. A veces pongo un anuncio en Blablacar, pero la mayoría de
las veces es algo que sale solo, como ahora con vosotras.
Isabel, que iba sentada justo a su lado, sintió que se le
tensaba el estómago. Entendió perfectamente a qué se refería, aunque Ramón lo
dijera con tono desenfadado.
—Ramón… —dijo con voz baja, intentando mantener la
compostura—. Nosotras… en efectivo llevamos muy poco. Un poco más de cinco
euros entre las dos. Pero en el próximo pueblo podemos sacar más del cajero.
Ramón soltó una risita suave, sin dejar de mirar la
carretera.
—Ay, hermana… en ese pueblo no hay cajero. Solo un bar con
teléfono. Suerte que tenéis eso, al menos.
Isabel se puso nerviosa. Apretó las manos sobre su falda y
siguió hablando:
—Entonces… podemos girarle el dinero cuando lleguemos a la
casa provincial. Seguro que podemos arreglarlo de alguna forma.
Ramón se rio otra vez, esta vez con más ganas, como si le
hiciera gracia la situación.
—Venga ya, hermana Isabel… —dijo con tono amable pero
condescendiente—. Que lo bueno que tienen las mujeres es que siempre tienen una
forma de pagar. Siempre.
Isabel se quedó callada. Fingió no entender lo que Ramón
estaba insinuando y volvió a intentar buscar otra solución:
—Podemos llamar desde el bar del pueblo. La madre superiora
puede hacer una transferencia al momento. O si quiere, podemos darle el número
de la congregación y…
Ramón la interrumpió con voz tranquila, pero sin perder la
sonrisa. Extendió la mano derecha, cogió la de Isabel con suavidad y la colocó
directamente sobre su entrepierna, presionando contra su bragueta.
—Vamos a dejar de darle vueltas, ¿vale? —dijo con tono
bajo—. Tú ya sabes cuál es la única forma de pagar que tengo yo en mente. Y si
no queréis… no pasa ná. Puedo parar el camión ahora mismo y os dejo aquí. A ver
qué tal os va con la siguiente alma caritativa que pase por la carretera. A lo
mejor os cobra menos… o a lo mejor os cobra más caro.
El silencio que se hizo dentro de la cabina fue denso.
Clara, sentada en el asiento de la derecha, no había dicho
ni una sola palabra desde que subieron al camión. Tenía las manos apretadas
sobre su falda, los nudillos blancos, y la mirada fija en el salpicadero. Su
respiración era rápida y superficial, pero no intervenía. Solo observaba, con
los ojos muy abiertos y el cuerpo ligeramente echado hacia atrás, como si
quisiera hacerse más pequeña.
Isabel sintió el calor de la entrepierna de Ramón bajo su
mano. No la apartó de inmediato. Se quedó quieta, con la palma abierta sobre la
tela del pantalón, mientras intentaba pensar qué decir.
Ramón, sin soltarle la mano, añadió con voz calmada:
—Decidme ahora, antes de que suba la carrera . ¿ Paramos
aquí?
Isabel dudó solo un segundo. Luego empezó a frotar con
torpeza, intentando hacer una paja por encima de la tela. Ramón no dijo nada al
principio. Dejó que lo hiciera. Al cabo de medio minuto, Isabel desabrochó el
pantalón con dedos temblorosos y sacó su polla. Estaba medio dura. Empezó a mover
la mano arriba y abajo, torpemente, sin ritmo.
Ramón la dejó hacer un rato más, pero al cabo de un minuto se quejó con una
risa baja
—Ay, hermana… eso no vale ná. Está muy seca. Parece que me
estás dando un. Con eso no se llega a ningún lao.
Isabel se puso roja hasta las orejas. Dudó un segundo, pero
luego se inclinó hacia delante, se la acercó a la boca e intentó metérsela.
La mamada fue torpe desde el primer segundo. Isabel apenas
abría la boca. Le daba pequeños chupetones en la punta, como si fuera una
piruleta, sin meter apenas la polla dentro. Su lengua rozaba la cabeza de forma
insegura y nerviosa.
Ramón aguantó unos segundos, pero al final resopló y puso la mano izquierda en la nuca de Isabel, sujetándola con firmeza.
—Para, para… así no —dijo con tono calmado pero directo—.
Abre más la boca, mujer. No la estás chupando, la estás besuqueando.
Sujetándole la cabeza, Ramón empezó a marcarle un ritmo
lento pero firme. La obligaba a bajar un poco más cada vez. Isabel obedecía,
aunque se notaba que no sabía qué hacer con la lengua ni cómo succionar. Su
boca estaba caliente, pero la mamada seguía siendo torpe e inexperta.
Clara, sentada en el asiento de la derecha, observaba la escena con los ojos muy abiertos y la cara pálida. No decía nada. Solo tenía las manos apretadas con fuerza sobre su falda y la respiración entrecortada. Parecía incapaz de apartar la mirada.
Ramón siguió guiando la cabeza de Isabel durante casi un
minuto. En un momento, empujó un poco más fuerte y la polla le entró más
profundo en la garganta. Isabel tuvo una arcada fuerte, tosió y se apartó
ligeramente, con los ojos llorosos y un hilo de saliva cayéndole de la comisura
de los labios.
Ramón redujo la velocidad del camión y lo apartó hacia el
arcén. Paró el motor.
—Bajad un momento —dijo con voz tranquila.
Las dos monjas bajaron. Ramón también lo hizo y se quedó de
pie frente a ellas, con el pantalón todavía desabrochado y la polla medio
fuera. Miró a Isabel y luego a Clara.
—Mirá —empezó con tono hablador—, yo os puedo llevar. No hay
problema. Pero no voy a hacer este favor por ná. Ya os he dicho que todo tiene
un precio. Si queréis que os lleve hasta el pueblo, vais a tener que
compensarme de verdad.
Clara dio un paso atrás instintivamente. Isabel se quedó
quieta, limpiándose la saliva de la barbilla con el dorso de la mano y sin
atreverse a mirarlo a los ojos.
Ramón señaló la parte de atrás del camión.
—Ahí detrás hay un colchoncito. Es más cómodo. Si queréis
seguir, subís las dos. Si no… —se encogió de hombros—… os dejo aquí. Yo sigo mi
camino. No os obligo a ná. Pero pensadlo bien. Solas otra vez, con este calor…
y sin saber cuándo va a pasar el siguiente coche.
Se quedó callado, esperando. Luego dio un paso hacia la
cabina, como si fuera a subir de nuevo.
—Decidme ahora —dijo sin volverse del todo—. ¿Subís o no
subís?
Isabel miró a Clara. La joven tenía los ojos brillantes, a
punto de llorar. Ninguna de las dos dijo nada durante varios segundos. El
viento caliente les movía las faldas.
Finalmente, Isabel habló con voz baja pero firme:
—Subimos.
Ramón asintió, como si ya lo supiera.
—Pues vamos pa’trás —dijo, cerrando la puerta de la cabina
con llave.
Caminó hasta la parte trasera del camión y abrió las puertas
dobles de la caja. Dentro apenas había carga: cuatro o cinco cajas grandes bien
sujetas a las paredes del fondo. En un lateral, enrollado, había un colchón
fino de color azul, de los que se usan para hacer yoga o dormir en el suelo.
Ramón lo desenrolló con tranquilidad sobre el suelo metálico.
—Pasad —dijo, haciendo un gesto con la cabeza.
Isabel subió primero. Clara la siguió, con las manos
apretadas contra el pecho.
Ramón cerró las puertas desde dentro, encendiendo la luz
interior. El ambiente dentro era más fresco que fuera, pero seguía siendo
caluroso y cerrado. Se quedó de pie frente a las dos monjas un momento,
mirándolas con calma. Luego se acercó a Isabel y, sin decir nada al principio,
empezó a desabrocharle los botones de la blusa con dedos lentos pero seguros.
—Venga, hermana… quítate eso. Aquí dentro hace calor de
cojones —dijo con tono hablador, casi amable—. Además, prefiero verte como Dios
te trajo al mundo. O casi.
Isabel tragó saliva pero no se resistió. Dejó que le quitara
la blusa. Ramón se la apartó de los hombros y la dejó caer al suelo. Luego le
desabrochó el sujetador desde atrás y liberó sus pechos. Los apretó con las dos
manos, masajeándolos con fuerza pero sin llegar a hacer daño.
—Joder, qué tetas más buenas tienes… —murmuró cerca de su
oreja mientras le besaba el cuello—. Y hueles bien. A mujer de verdad. A sudor,
a piel… nada de esos perfumes raros. Me gusta.
Isabel cerró los ojos, avergonzada. Ramón metió una mano por
debajo de su falda y acarició su vagina por encima de las bragas. Luego, sin
pedir permiso, metió los dedos dentro de la tela y rozó directamente su sexo.
—Coño peludo… —comentó con una risa baja—. Me encantan así,
al natural. Donde hay pelo hay deseo, ¿eh? —Se rio de su propia ocurrencia
mientras seguía tocándola—. Me pone cachondo ver que no os depiláis como las
tías de ahora.
Isabel no contestó. Solo respiraba más rápido.
Ramón la hizo arrodillarse delante de él. Le quitó la blusa
y el sujetador del todo, dejándola con la falda puesta y el torso desnudo.
Luego se bajó los pantalones y sacó la polla, ya dura.
—Venga, hermanita. Chúpamela un poco. Pero hazlo bien, que
antes estabas muy verde.
Isabel abrió la boca e intentó metérsela. Fue torpe. Apenas
la introducía unos centímetros y le daba pequeños lametones en la punta, sin
ritmo ni técnica. Ramón resopló y le agarró la cabeza con las dos manos,
rodeándole la nuca con firmeza pero sin llegar a ser violento. Poco a poco fue
marcándole un ritmo, empujando su cabeza hacia abajo y luego tirando
ligeramente hacia arriba.
—Así… baja más —le dijo con voz baja y calmada, con su acento sevillano marcado—. Abre bien la boca, hermana. No la aprietes tanto. Relaja la garganta… eso es. Mueve un poco la lengua por debajo, no la dejes quieta.
Isabel intentaba seguir sus indicaciones, pero se notaba
claramente que tenía muy poca experiencia. Apenas conseguía meter la polla más
allá de la mitad, y cuando lo intentaba, su lengua se movía de forma errática.
Ramón ser rio con una mezcla de paciencia y diversión.
—Joder, qué torpe eres… —murmuró—. No pasa ná, que pa eso
estoy yo aquí. Baja un poquito más… así, buena chica.
Siguió guiándola durante casi un minuto, marcándole un ritmo lento pero constante. Isabel obedecía lo mejor que podía, con las manos apoyadas en los muslos de Ramón para no perder el equilibrio. Su saliva empezaba a acumularse y le resbalaba por la barbilla, cayendo en gotas sobre sus propios pechos.
En un momento, Ramón decidió empujar un poco más. Agarró su
cabeza con más fuerza y la obligó a bajar hasta que la polla le rozó el fondo
de la garganta. Isabel dio un respingo. La arcada le subió de golpe, fuerte y
violenta. Tosió con fuerza alrededor de la polla, los ojos se le llenaron de
lágrimas instantáneamente y se apartó de un tirón, tosiendo sin control
mientras intentaba recuperar el aliento.
Se quedó unos segundos inclinada hacia un lado, con una mano
en el suelo del camión y la otra en su propio pecho, tosiendo y con los ojos
llorosos. Un hilo espeso de saliva le colgaba de la barbilla y le caía sobre
uno de sus pechos. Tosió otra vez, más suave esta vez, y se limpió la boca con
el dorso de la mano, avergonzada.
Ramón la miró desde arriba, todavía con la polla brillante
de saliva. Durante un segundo su expresión se endureció, como si estuviera a
punto de decir algo más duro, pero rápidamente volvió a sonreír con esa calma
inquietante que tenía.
—Tranquila… —dijo, pasándole una mano por el pelo con gesto
casi paternal—. Respira. No hace falta que te ahogues. Creo que contigo me va a
ir mejor a la antigua usanza.
Clara, acurrucada en el fondo de la caja, observaba la escena con los ojos muy abiertos y la cara pálida. Tenía las rodillas pegadas al pecho y las manos apretadas con fuerza. No había dicho ni una palabra desde que subieron, pero su mirada saltaba constantemente entre la cara de Isabel y la polla de Ramón, como si no pudiera creer lo que estaba viendo.
La ayudó a levantarse, le bajó las bragas hasta los tobillos
y se las quitó. Luego la hizo ponerse a cuatro patas sobre el colchón fino. Le
levantó la falda gris por encima de la espalda, dejando su culo y su sexo
completamente al aire. El vello oscuro de su entrepierna era visible y
abundante.
Ramón se colocó detrás de ella, pasó la polla por sus labios vaginales varias veces, humedeciéndola, y luego la penetró de un solo empujón profundo.
Isabel soltó un gemido ahogado contra el colchón.
Ramón empezó a follarla despacio pero con fuerza,
sujetándola por las caderas. Cada embestida hacía que su polla desapareciera
casi por completo dentro de ella. El sonido húmedo de la penetración llenaba la
caja del camión.
—Joder, qué apretada estás… —gruñó mientras aceleraba el
ritmo—. Relájate un poquito, que así entra mejor.
Isabel intentaba colaborar. Movía ligeramente las caderas
hacia atrás cada vez que Ramón embestía, obedeciendo sin quejas. En su cabeza
repetía lo mismo una y otra vez: cuanto antes termine, antes acabaremos con
esto. Cuanto antes se corra, antes llegarán al pueblo. Cuanto antes termine
todo, antes podrán olvidarse de esto. Por eso se esforzaba en seguirle el
ritmo, aunque le costara.
Ramón, sin embargo, parecía decidido a llevar las cosas más lejos. De repente le soltó las caderas y le agarró el moño con la mano derecha, tirando hacia atrás con fuerza. Isabel soltó un gemido de sorpresa y dolor cuando sintió cómo le tiraban del pelo. El tirón fue tan fuerte que se vio obligada a levantar los brazos del colchón para no perder el equilibrio. Quedó sujeta casi en vertical, con la espalda arqueada y solo el agarre de Ramón en su moño impidiendo que cayera hacia delante.
—Así… mucho mejor —gruñó Ramón mientras reanudaba las
embestidas con más fuerza.
Ahora la follaba con más intensidad. Cada empujón era más
profundo y más rápido. El sonido de su pelvis golpeando contra el culo de
Isabel se volvió más seco y constante. Sus pechos, pesados y naturales,
colgaban libres y se balanceaban violentamente con cada embestida, chocando
entre sí. El sudor le corría por la espalda y por el canal entre los pechos, y
su respiración se había vuelto entrecortada.
Isabel tenía los brazos temblando por el esfuerzo de
mantenerse en esa posición incómoda. El tirón constante del moño le tensaba el
cuello y el cuero cabelludo, pero no se quejó. Seguía moviendo las caderas
hacia atrás, intentando seguirle el ritmo aunque le doliera.
La intensidad fue subiendo poco a poco. Ramón parecía cada vez más entregado, embistiendo con fuerza y gruñendo entre dientes. En un momento, empujó con especial violencia. El impulso fue demasiado fuerte. Isabel perdió el apoyo de los brazos y Ramón, al ir tan metido dentro de ella, también perdió el equilibrio. Cayó hacia delante, aplastándola completamente contra el colchón.
Durante unos segundos, Ramón quedó encima de ella, con todo
su peso sobre su espalda y su polla todavía enterrada hasta el fondo. Isabel
soltó un gemido ahogado, con la cara hundida en el colchón y la respiración
entrecortada.
Ramón se rio entre dientes, sin moverse todavía.
—Joder con la monjita… —dijo, todavía riendo—. Casi nos
matamos los dos. Menuda hostia.
Ramón se quedó unos segundos más encima de Isabel,
recuperando el aliento, con la polla todavía enterrada hasta el fondo dentro de
ella. Su cuerpo la aplastaba contra el colchón fino. Después de un momento, en
lugar de sacarse, intentó continuar follándola en esa misma posición,
manteniéndose sobre ella.
Empezó a mover las caderas con embestidas cortas y profundas, aplastándola con su cuerpo mientras le introducia un dedo en la boca que Isabel no sabía que hacer con él. Sin embargo, pronto se notó que no le resultaba cómodo. El ángulo no era el mejor y la fricción no era suficiente. Resopló con cierta frustración y, tras unos cuantos empujones más, se incorporó despacio. Su polla salió de dentro de Isabel con un sonido húmedo y visible.
Se arrodilló a su lado y le dio una palmada en el culo, esta
vez un poco más fuerte que las anteriores.
—Venga, date la vuelta —le dijo con tono calmado pero
directo—. En esta postura no hay forma. Quiero verte la cara.
Isabel obedeció sin rechistar. Con movimientos algo torpes y
cansados, se giró, se quitó la falda y se tumbó boca arriba sobre el colchón. Tenía la cara roja,
el pelo revuelto y el sudor brillando en su piel. Sus pechos subían y bajaban
con la respiración agitada, y entre sus piernas abiertas se veía su sexo
hinchado y brillante de sus propios fluidos.
Ramón se quitó la camiseta sudada secandose con ella la frente, colocó entre sus piernas abiertas y la miró desde arriba. Por un momento no dijo nada. Solo la observó, recorriendo con la mirada sus pechos, su vientre suave y el vello oscuro de su entrepierna. Luego sonrió de medio lado.
—Ahora sí… —murmuró mientras se inclinaba sobre ella—. Así está mejor.
Apoyó una mano en el colchón, al lado de la cabeza de
Isabel, y con la otra bajó la polla hasta rozar su entrada. En lugar de
penetrarla directamente, primero frotó el glande contra su clítoris, moviéndolo
en círculos lentos pero firmes.
Isabel tensó el cuerpo al instante. Una respiración
entrecortada escapó de su garganta.
Ramón siguió frotando su polla contra el clítoris de Isabel
durante unos segundos más, disfrutando de cómo su cuerpo empezaba a
traicionarla. Cuando vio que sus caderas se movían solas hacia arriba, buscando
más contacto, soltó una risa baja y burlona.
—Ahí estás… —repitió, moviendo la cabeza de un lado a otro—.
Que te está gustando, monjita. No hace falta que lo niegues.
Sin previo aviso, bajó la polla y la hundió de golpe dentro
de ella. Isabel soltó un gemido ahogado cuando la sintió entrar hasta el fondo
de un solo empujón. Ramón no le dio tiempo a adaptarse. Empezó a follarla con
ritmo fuerte y constante, apoyando las manos a ambos lados de su cabeza.
Isabel tenía los ojos entrecerrados y la boca ligeramente abierta. Intentaba controlarse, pero su cuerpo respondía. Cada vez que Ramón la penetraba, sus caderas subían ligeramente para recibirlo. Ramón se dio cuenta al instante.
—Jajaja… mira cómo te mueves —dijo entre embestidas, sin
dejar de follarla—. Que te encanta que te folle, ¿eh? Dilo.
Isabel no contestó. Solo giró la cabeza hacia un lado,
avergonzada, pero siguió moviendo las caderas. Ramón bajó las manos y agarró
sus pechos con fuerza, estrujándolos entre sus dedos mientras follaba. Pellizcó
sus pezones con los pulgares, tirando de ellos con cierta rudeza.
—Qué tetas más ricas tienes… —gruñó mientras las apretaba—. Me gusta cómo se te mueven cuando te follo fuerte.
La intensidad fue subiendo. Ramón follaba cada vez más
rápido y más profundo, clavando sus dedos en los pechos de Isabel. Ella ya no
intentaba disimular tanto. Sus caderas se movían con más decisión, encontrando
el ritmo de Ramón. Su respiración era cada vez más agitada y entrecortada.
Clara seguía escondida contra la pared metálica. Tenía las
manos juntas delante del pecho, con los dedos entrelazados con fuerza, y movía
los labios en silencio. Rezaba. O al menos lo intentaba. Ramón, que la había
estado observando de reojo, sonrió con malicia cuando se dio cuenta de lo que
estaba haciendo.
—Joder… —murmuró entre embestidas, sin dejar de follar a Isabel—. Mira la otra monjita… rezando mientras ve cómo te follo. ¿Verdad que es guapo, hermanita? —le dijo a Clara con tono burlón—. Rezar mientras tu compañera disfruta con la polla de un hombre dentro. Qué cosa más bonita.
Clara apretó más las manos y bajó la cabeza, pero no dejó de
mover los labios. Sus ojos, sin embargo, volvían una y otra vez hacia ellos,
incapaces de mantenerse cerrados del todo.
Ramón soltó una risa baja y volvió su atención a Isabel,
aunque claramente le había excitado ver a Clara rezando.
—Qué fuerte… —dijo entre dientes mientras follaba más fuerte
a Isabel—. Una rezando y la otra disfrutando. Menudo cuadro tenéis las dos.
Ramón bajó una mano entre los cuerpos y volvió a frotar el
clítoris de Isabel con el pulgar mientras la follaba. Eso fue lo que terminó de
romperla. Isabel empezó a gemir más alto, sin poder controlarlo. Sus piernas
temblaban y sus caderas se movían de forma errática.
—Joder… que te vas a correr —dijo Ramón con una sonrisa
satisfecha—. Venga, córrete. No te cortes.
Isabel intentó resistirse unos segundos más, pero fue
inútil. Su cuerpo se tensó de golpe. Un gemido largo y ahogado escapó de su
garganta mientras su vagina se contraía con fuerza alrededor de la polla de
Ramón. El orgasmo le recorrió todo el cuerpo, haciéndola arquear la espalda
contra el colchón.
El apretón rítmico de su interior fue demasiado para Ramón. Con un gruñido gutural, se hundió hasta el fondo y se corrió dentro de ella. Siguió empujando mientras eyaculaba, vaciando todo su semen en lo más profundo de Isabel, que aún tenía espasmos alrededor de su polla.
Se quedó unos segundos más dentro de ella, jadeando, con la
frente apoyada en el hombro de Isabel. Luego se sacó despacio, dejando que
parte de su semen saliera de dentro de ella y resbalara por su sexo hinchado.
Ramón se incorporó de rodillas entre las piernas abiertas de
Isabel y la miró. Ella tenía los ojos cerrados, la respiración todavía agitada
y la cara completamente roja. Parecía agotada y profundamente avergonzada.
Ramón se levantó, se acercó a la pared metálica de la caja y
se apoyó contra ella con tranquilidad. Cogió una botella de agua que tenía
guardada entre dos cajas, bebió un largo trago y luego se la ofreció a Isabel.
—Bebe un poco, mujer —dijo con tono casi amable—. Te ha
entrado mucha sed, ¿eh?
Isabel dudó, pero acabó cogiendo la botella con mano
temblorosa y bebió un sorbo. Ramón se volvió a apoyar contra la pared, todavía
con la polla medio dura y brillante, y la miró con una sonrisa satisfecha.
—Joder… —dijo, pasándose una mano por la cara—. Menuda
monjita estás hecha. Ha sido de lo mejor que he tenido en meses. Y mira que al
principio parecías un poco fuera de juego, ¿eh? Muy tiesa, muy torpe… Pero
luego, cuando te has soltado… madre mía. Qué manera de apretar con el coño. Se
nota que no entra mucho por ahí.
Isabel bajó la mirada, sin contestar. El semen de Ramón
seguía saliendo lentamente de su interior y resbalando por su muslo. Ramón
soltó una risa baja y siguió hablando, como si estuvieran charlando después de
un encuentro normal.
—No te infravalores, que has estado muy bien. Mejor que
muchas tías más jóvenes que he conocido. E incluso mejor que alguna
profesional, te lo digo yo. Cuando te has puesto a mover esas caderas… uf. Ha
merecido la pena la parada.
Isabel seguía sin hablar. Solo apretaba la botella de agua entre las manos, con la mirada fija en el suelo del camión.
Clara, en el fondo de la caja, seguía rezando. Tenía los
ojos cerrados con fuerza y los labios moviéndose rápidamente, casi sin parar.
Sus manos estaban tan apretadas que los nudillos se le veían blancos.
Ramón bebió otro trago de agua y miró hacia ella con
diversión.
—Qué día más raro estoy teniendo… —comentó en voz alta,
dirigiéndose más a sí mismo que a ellas—. Empezó normalito y ahora resulta que
me he follado a una monja y tengo a otra rezando en un rincón. La vida da
sorpresas, ¿eh?
Se quedó callado un momento, disfrutando del silencio
incómodo que había creado. Luego levantó la voz, mirando directamente hacia
Clara:
—Eh, monjita. Tenemos que seguir. Que si no se me va a hacer
muy tarde.
Clara abrió los ojos de golpe, pero no dijo nada. Siguió
rezando, aunque ahora lo hacía más rápido y con más intensidad.
Isabel levantó la cabeza de inmediato.
—Eso no es lo que habíamos acordado —dijo con voz tensa—. Yo
ya he pagado el viaje. Hemos cumplido.
Ramón la miró con calma, todavía apoyado contra la pared, y
sonrió con esa tranquilidad inquietante que tenía.
—Sí, hermana. Tú ya has pagado. Y ya tienes el viaje
asegurado. Pero tu compañera… ella todavía no ha pagado su billete. Si quiere
venir con nosotros, tiene que pagar también.
Clara rezó todavía más rápido. Se le notaba en los labios,
que se movían sin descanso.
Isabel se incorporó un poco, todavía desnuda.
—No puede ser —dijo, intentando sonar firme—. Clara no. Es
virgen. Entró en el convento con quince años. Nunca ha estado con un hombre.
Ramón se encogió de hombros, como si le diera igual.
—Lo tendré en cuenta. Seré muy suave y cariñoso con ella. Ya
verás.
Isabel intentó razonar de nuevo:
—Ramón, por favor. Esto no es justo. Ella no tiene la culpa
de nada. Yo ya he hecho lo que pedías.
Ramón la miró unos segundos en silencio, todavía con media
sonrisa. Luego habló con tono calmado, casi razonable:
—Hermana Isabel, no hay problema. Si ella no quiere, no pasa
nada. Yo te llevo a ti hasta el pueblo, que está a una hora. Tú llegas, hablas
con quien tengas que hablar y luego vuelves a por ella. En un par de horas,
tres como mucho, alguien vendrá a recogerla. Mientras tanto… pues que espere
aquí. Total, con este calor no creo que le pase nada malo en unas horitas.
Isabel se quedó callada. Miró hacia Clara, que seguía
rezando con los ojos cerrados y las manos temblando.
Sin decir nada más, se levantó del colchón, todavía
completamente desnuda, y se acercó hasta donde estaba Clara. Se arrodilló
frente a ella y le habló en voz baja, calmada pero urgente. Clara abrió los
ojos. Las dos hablaron durante casi un minuto en susurros. Al final, Clara
asintió con la cabeza, aunque tenía los ojos llenos de lágrimas.
Isabel se levantó y, con la mano extendida, ayudó a Clara a incorporarse. Las dos se acercaron hasta donde estaba Ramón.
Él las miró con una sonrisa triunfante, sin disimular la
satisfacción.
—Bueno… —dijo mientras se rascaba la barriga—. Vete quitando
la ropa que hay que izar de nuevo el mástil, que se me ha quedado un poco
dormido. A ver si la boquita de la monjita tiene más experiencia que la tuya al
principio.
Clara empezó a quitarse la ropa entre sollozos. Primero la
blusa, dejando al descubierto sus pechos medianos, algo caídos y con los
pezones pequeños y rosados. Luego la falda, que cayó a sus pies. Se quedó solo
con las bragas blancas. Tenía el cuerpo más delgado que el de Isabel, con el
vientre ligeramente redondeado y estrías finas en las caderas. El vello púbico
era oscuro y natural, sin depilar, extendiéndose en una fina línea hacia el
ombligo. También tenía vello en las axilas y en las piernas, fino pero visible.
Temblaba visiblemente mientras se bajaba las bragas, dejando al descubierto su
sexo virgen, con los labios pequeños y cerrados.
Ramón se acercó a ella con calma y se sentó a su lado. Le puso una mano en la
mejilla y se inclinó para besarla en los labios. Clara se quedó rígida,
cerrando la boca con fuerza y apartando ligeramente la cara.
Ramón se apartó y soltó una risa baja.
—Vaya… si no quieres abrir los labios para mi lengua, los
vas a tener que abrir para mi polla, monjita.
La cogió suavemente por los hombros y la indicó que se
pusiera de rodillas. Clara obedeció, todavía temblando. Se arrodilló frente a
él. Ramón se puso de pies situando la polla semierecta delante de la cara.
—Venga, chúpala un poquito.
Clara sacó la lengua y empezó a lamer el pene con total
inexperiencia. Le daba lametones tímidos, casi sin tocarlo, como si tuviera
miedo de que le escupiera. Ramón resopló, empezando a perder la paciencia.
—Ábreme la boca, niña —le dijo con tono amable pero firme—.
No la estás lamiendo, la estás acariciando con la punta de la lengua.
Clara abrió la boca. Ramón le introdujo la polla un poco más
de lo que ella esperaba. Instintivamente, Clara cerró los labios y le arañó
ligeramente el glande con los dientes.
—¡Ay! ¡Puta! —se quejó Ramón con un gesto de dolor,
apartándose un poco. Por un segundo su expresión se endureció, pero respiró
hondo y volvió a controlarse. Sonrió de nuevo, aunque con algo de tensión.
—Isabel —llamó con tono tranquilo—, ven aquí. Enséñale a tu
compañera lo poco que has aprendido.
Isabel se acercó de rodillas. Ramón le puso la polla delante
de la cara.
—Enséñale cómo se hace.
Isabel obedeció. Cogió la polla de Ramón con la mano y
empezó a chuparla con algo más de práctica que antes. Metía la punta en la
boca, movía la lengua por debajo y bajaba un poco más profundo. Ramón gemía de
placer.
—Así, eso es… —dijo—. Mira, Clara. Así se hace. No muerdas.
Chupa con los labios.
Isabel le pasó la polla a Clara. La joven intentó imitarla, pero seguía siendo torpe. Abrió la boca y metió la cabeza de la polla. Sus movimientos seguían siendo torpes e inexperientes: chupaba con poca fuerza, apenas movía la lengua y se apartaba cada pocos segundos para respirar, como si le costara mantenerla dentro. Ramón le sujetó la cabeza con suavidad y empezó a marcarle un ritmo lento.
—Así… baja un poquito más. Usa la lengua por debajo, como si
estuvieras lamiendo un helado. Eso es… buena chica.
Isabel, a su lado, se inclinó también para ayudar. Ramón alternaba entre las dos, guiándolas con las manos en sus nucas. Poco a poco se fue formando una mamada doble. Las dos monjas tenían la polla entre sus bocas, lamiéndola desde lados opuestos. Sus lenguas se rozaban a veces sin querer, húmedas y calientes, lo que provocaba que Ramón soltara un gruñido bajo de placer.
—Joder… qué cosa más bonita —murmuró con voz ronca, sin
dejar de sujetarlas—. Dos monjitas chupándome la polla a la vez. Mira cómo se
os juntan las lengüitas… eso es. Chupadme la punta las dos al mismo tiempo.
Clara tenía los ojos llenos de lágrimas y la cara roja de vergüenza. Cada vez que Ramón empujaba un poco más, ella se tensaba, pero no se apartaba. Isabel, más experimentada después de lo que había pasado antes, intentaba compensar la torpeza de Clara: lamía con más decisión, bajaba más profundo y usaba la lengua con más soltura.
Ramón las sujetaba por la nuca con suavidad pero con
autoridad, marcándoles el ritmo. A veces empujaba un poco más en la boca de
una, luego en la de la otra. La saliva de las dos monjas se mezclaba y les caía
por la barbilla, goteando sobre sus pechos desnudos.
—Así… las dos a la vez. Ponéis los labios juntitos, como si
os fuerais a besar —ordenó Ramón, cada vez más excitado—. Eso es… joder, qué
bueno.
Las dos monjas acercaron sus labios y Ramón empezó a follar
el espacio entre ellos, deslizando la polla entre sus bocas cerradas. Luego se
centró en Clara. Le sujetó la cabeza con más firmeza y le metió la polla más
profundo. Clara tuvo arcadas, pero aguantó mejor que Isabel en su momento. Sus
ojos se llenaron de lágrimas, pero no se apartó.
Isabel, viendo que Ramón estaba cerca, se inclinó y empezó a
chuparle los huevos, intentando que se corriera cuanto antes.
Ramón se dio cuenta de la estrategia y soltó una risa baja.
—Qué lista eres, Isabel… —dijo—. Estás haciendo trampas pa
que no cate ese coñito virgen que me has prometido. Pero no. No vas a
conseguirlo.
Se salió de la boca de Clara, todavía duro y brillante de
saliva.
—Clara —dijo con tono calmado—. Túmbate boca arriba en el
colchón.
Clara dudó, temblando visiblemente. Miró a Isabel con los
ojos llenos de miedo. Esta le hizo un gesto suave con la cabeza, intentando
transmitirle calma. Finalmente, Clara obedeció. Se tumbó de espaldas sobre el
colchón fino, con las piernas cerradas y las manos cubriéndose los pechos. Su
cuerpo joven y natural quedaba completamente expuesto: los pechos medianos con
los pezones pequeños y rosados, el vientre ligeramente redondeado con vello
fino que bajaba hasta su sexo virgen, cerrado y con el vello púbico oscuro y
natural.
Ramón se arrodilló entre sus piernas y las abrió con suavidad pero sin permitirle resistirse. Miró su sexo con interés.
—Qué coñito más bonito y cerrado… —murmuró—. Se nota que
nunca ha entrado nada por aquí.
Se inclinó y empezó a frotar el glande contra su clítoris,
moviéndolo en círculos lentos pero firmes. Clara se tensó al instante y soltó
un gemido ahogado, más de miedo que de placer. Intentaba cerrar las piernas,
pero Ramón se lo impedía.
—Tranquila, monjita… —le dijo con tono casi cariñoso—. No te
voy a hacer daño. Solo quiero que te mojes un poquito.
Isabel, que estaba a un lado de rodillas, se acercó sin que Ramón se lo pidiera. Se arrodilló junto a la cabeza de Clara y le acarició el pelo con ternura, intentando transmitirle algo de consuelo. Luego, mirando a Ramón con una mezcla de vergüenza y resignación, se inclinó hacia delante y empezó a lamer el clítoris de Clara con suavidad.
Clara dio un respingo fuerte y soltó un sollozo ahogado
cuando sintió la lengua caliente y húmeda de Isabel rozando su punto más
sensible. Instintivamente intentó cerrar las piernas, pero Ramón se lo impidió
sujetándola por los muslos.
—Tranquila, Clara… —susurró Isabel entre lametones, con la
voz rota—. Es para que duela menos… déjame ayudarte.
Ramón observaba la escena con evidente excitación,
respirando más fuerte mientras Isabel lamia con movimientos suaves y dedicados.
—Joder… qué bonito —murmuró, sin poder apartar la mirada—.
La monja mayor ayudando a la virgen. Sigue así, Isabel. Lámela bien para que se
moje. Quiero que esté bien lubricadita cuando la folle.
Isabel obedeció. Su lengua trazaba círculos lentos alrededor
del clítoris de Clara, presionando suavemente y lamiendo de abajo hacia arriba.
Poco a poco, el cuerpo de la joven empezó a reaccionar a pesar de ella: su
clítoris se hinchó visiblemente y su sexo se humedeció ligeramente. Sin
embargo, Clara seguía llorando en silencio, con los ojos cerrados con fuerza y
la cara vuelta hacia un lado. Sus sollozos eran bajos y entrecortados, y sus
manos apretaban el colchón con desesperación. Su cuerpo respondía al placer
físico, pero su mente y su corazón se resistían con todas sus fuerzas.
Ramón soltó una risa baja y ronca, claramente excitado por
la imagen.
—Madre mía… mira cómo se te moja el coñito, Clara. Y todo
gracias a tu hermana. Qué cosa más bonita. Sigue lamiéndola, Isabel. Quiero oír
cómo suena cuando está bien mojada.
Isabel continuó, avergonzada pero decidida a hacer que el
momento fuera lo menos doloroso posible para Clara. Su lengua trabajaba con más
dedicación, lamiendo y succionando suavemente el clítoris hinchado mientras
Ramón acariciaba pon su pene la entrada de la vagina sin llegar a penetrar.
Ramón se colocó mejor entre sus piernas y apoyó la punta de
la polla en su entrada.Clara soltó un gemido entrecortado, mitad llanto, mitad
placer involuntario.
—Respira, Clara —le dijo con tono suave—. Voy a entrar
despacito.
Empujó lentamente. Clara soltó un gemido de dolor cuando la
polla empezó a abrirse paso dentro de ella. Su virginidad cedió poco a poco.
Ramón entraba despacio, pero sin parar, hasta que estuvo completamente
enterrado dentro de la joven.
—Joder… qué apretada estás —gruñó Ramón, quedándose quieto
un momento para que se acostumbrara.
Luego empezó a follarla con movimientos lentos pero
profundos. Clara tenía la cara contraída y lágrimas cayéndole por las sienes.
No se movía. Solo aguantaba, con el cuerpo rígido y las manos apretadas contra
el colchón.
Isabel se acercó más y empezó a lamerle los pezones a Clara,
intentando distraerla del dolor y hacer que su cuerpo se relajara. Le
acariciaba el clítoris con los dedos mientras Ramón la follaba.
Ramón aceleró poco a poco el ritmo, sujetando a Clara por las caderas.
—Así… relájate un poquito —le decía—. Mira cómo te está
ayudando tu hermana. Qué bien lo hacéis las dos.
Clara seguía llorando en silencio, pero su cuerpo empezaba a
responder a la estimulación combinada. Sus caderas se movían ligeramente,
aunque ella no parecía consciente de ello.
Ramón follaba cada vez con más fuerza, apretando los pechos
de Clara y pellizcando sus pezones. Isabel seguía lamiendo y acariciando,
intentando mitigar el momento.
—Joder… qué virgen más rica —gruñó Ramón, acelerando—. Me
estás apretando muchísimo.
Clara soltó un gemido entrecortado cuando el placer físico
empezó a superar al dolor. Su cuerpo se tensó y su vagina se contrajo alrededor
de la polla de Ramón. No llegó al orgasmo completo, pero el apretón fue
suficiente.
Ramón siguió follándola con fuerza, sujetándola por las
caderas. De repente, se detuvo, se salió de dentro de Clara y le levantó las
piernas, poniéndoselas sobre sus hombros. La penetró de nuevo en esta nueva
posición, mucho más profunda. Clara soltó un gemido agudo de dolor cuando la
polla le entró hasta el fondo de golpe.
—Así… mucho mejor —gruñó Ramón, echándose hacia delante—.
Ahora sí que te estoy follando bien.
Inclinó el torso sobre Clara y acercó su boca a la de ella. La joven tenía los labios entreabiertos por la respiración agitada. Ramón intentó besarla, metiendo la lengua. Clara cerró la boca con fuerza y giró la cara, rechazándolo.
Ramón se enfadó visiblemente. Su expresión se endureció por
un segundo.
—Puta monja… —masculló entre dientes.
Isabel, que estaba a su lado, reaccionó rápido. Se acercó a
Ramón y le besó ella en los labios, intentando calmarlo. Ramón aceptó el beso,
metiendo la lengua en su boca mientras seguía follando a Clara con fuerza.
Isabel le besaba con dedicación, intentando distraerlo y suavizar el momento.
Ramón extendió una mano hacia Isabel y la metió entre sus piernas. Sus dedos rozaron su sexo y notó que estaba húmeda.
Se apartó del beso y soltó una risa baja y burlona.
—Joder, Isabel… estás empapada —dijo mientras introducía dos
dedos dentro de ella, buscando el punto G con movimientos expertos—. ¿Te pone
que me folle a tu compañera? ¿O es que te has excitado comiéndole el coño a
Clara? Qué monjita más guarra estás hecha.
Isabel no respondió. Solo bajó la mirada, completamente
avergonzada, con la cara ardiendo.
Ramón aceleró la follada de Clara, embistiendo con fuerza
mientras sus dedos trabajaban dentro de Isabel. Clara seguía sollozando en
silencio, con las piernas sobre los hombros de Ramón y el cuerpo sacudido por
cada embestida. Isabel, en cambio, empezó a gemir contra su voluntad. Sus
caderas se movían ligeramente, buscando los dedos de Ramón.
—Así… —gruñó Ramón, cada vez más cerca—. Las dos a la vez.
Una virgen apretándome la polla y la otra corriéndose con mis dedos.
La intensidad fue brutal. Ramón follaba a Clara con fuerza,
mientras sus dedos entraban y salían rápidamente de Isabel, frotando su punto G
sin piedad. Isabel fue la primera en correrse. Su vagina se contrajo con fuerza
alrededor de los dedos de Ramón y soltó un gemido largo y ahogado, arqueando la
espalda. El orgasmo la recorrió entera, haciendo que sus piernas temblaran.
El coño cerrado de Clara y los gemidos de Isabel fueron
demasiado para Ramón. Con un gruñido profundo y animal, se corrió dentro de la
joven monja, empujando hasta el fondo mientras vaciaba todo su semen en su
interior virgen. Siguió embistiendo unos segundos más, prolongando el orgasmo,
hasta que se quedó quieto, jadeando.
Clara respiró aliviada cuando sintió que Ramón se detenía.
Tenía los ojos cerrados y lágrimas corriendo por sus sienes. Su cuerpo temblaba
ligeramente, pero por fin había terminado.
Ramón se quedó unos segundos más dentro de Clara, jadeando,
con la frente apoyada en su pecho. Luego se sacó despacio, dejando que parte de
su semen saliera de dentro de ella y resbalara por su sexo hinchado.
Se incorporó de rodillas y miró a las dos monjas. Isabel
estaba tumbada boca arriba, respirando agitada y con la mirada perdida. Clara
tenía los ojos cerrados, las piernas todavía temblando y lágrimas silenciosas
corriendo por sus sienes.
Ramón se levantó, se limpió con un trapo que tenía guardado y se subió los pantalones. Luego les ofreció la botella de agua.
—Bebed un poco —dijo con tono casi amable—. Os lo habéis
ganado.
Las dos monjas bebieron en silencio. Después, con
movimientos lentos y avergonzados, se vistieron. Isabel ayudó a Clara a ponerse
la blusa y la falda. Ninguna de las dos se atrevía a mirarse a los ojos.
Ramón abrió las puertas de la caja y las dejó bajar. El sol
seguía cayendo con fuerza, quedaba mucho aún hasta que anocheciera. Volvieron a
la cabina en silencio. Isabel se sentó de nuevo en el asiento central, Clara en
el de la derecha. Ramón arrancó el camión y siguió conduciendo como si nada
hubiera pasado.
Durante el trayecto habló de cosas triviales: el calor, las
carreteras malas, una anécdota de un viaje anterior. Su tono era relajado, casi
amistoso. Ni una sola vez mencionó lo que había ocurrido en la caja.
Al llegar al pueblo, detuvo el camión frente a la plaza
principal. Apagó el motor y se giró hacia ellas con una sonrisa cordial.
—Bueno, hermanitas, aquí os dejo. Espero que hayáis llegado
bien.
Sacó una tarjeta de visita algo arrugada del bolsillo de la
camiseta y se la dio a Isabel.
—Si alguna vez necesitáis ayuda otra vez… un viaje, un
favor, lo que sea… no dudéis en llamarme. Para mí ha sido un placer conoceros.
Isabel cogió la tarjeta sin decir nada. Clara ni siquiera
levantó la mirada.
Ramón les sonrió una última vez.
—Que Dios os bendiga —dijo con tono casi sincero.
Luego cerró la puerta del camión y se marchó.
Las dos monjas se quedaron de pie en la plaza, con la ropa
arrugada, el pelo revuelto y el cuerpo todavía marcado por lo que había
ocurrido. Isabel guardó la tarjeta en el bolsillo de su falda con mano
temblorosa. Clara seguía sin hablar, con la mirada perdida en el suelo.
Ninguna de las dos dijo nada mientras caminaban hacia el bar
del pueblo para llamar a la congregación.
El sol seguía cayendo sobre Tabernas, como si nada hubiera
pasado.
Epílogo
Cuatro meses después.
El convento de Nuestra Señora de la Esperanza vivía en una
calma aparente. Pero dentro de sus muros, dos vidas habían cambiado para
siempre.
Isabel y Clara estaban embarazadas.
Las dos llevaban el hábito con dificultad. El vientre de
Isabel ya se notaba claramente. El de Clara, más pequeño, aún se podía
disimular bajo la ropa ancha. Ninguna de las dos había dicho nada a la
congregación. Solo la madre superiora y el párroco del pueblo sabían la verdad,
gracias a una confesión rota y desesperada.
Una mañana de otoño, un camión conocido se detuvo frente a
la puerta del convento. Ramón bajó del vehículo con su habitual calma, gorra en
mano y una expresión de sorpresa fingida.
El párroco lo había llamado dos días antes. Le había dicho
que no podía contarle nada concreto por el secreto de confesión, pero que
“tenía que venir”. Que había dos almas en problemas y que él era el único que
podía ayudarlas.
Ramón se acercó a la puerta. Isabel y Clara salieron a
recibirlo, acompañadas por la madre superiora. Las dos monjas estaban
visiblemente embarazadas.
Ramón las miró de arriba abajo. Una sonrisa lenta se dibujó
en su cara.
—Vaya… —dijo con tono suave y sevillano—. Mirad qué sorpresa
más bonita. Parece que mi ayuda dio sus frutos.
Isabel apretó la mandíbula. Clara bajó la cabeza, con las
manos protegiendo instintivamente su vientre.
Ramón dio un paso más cerca, todavía sonriendo como si se
encontrara con viejas amigas.
—Bueno, hermanitas… parece que vamos a tener que seguir ayudándonos, ¿no?
Genial el relato, la versión de todorelatos es mas corta, aunque el camionero cambia de cara desde la segunda foto ¿no?
ResponderEliminar