La Campaña (Capítulo 19) Con Imagenes y videos
Víctor abrió los ojos antes de que sonara el despertador. La sábana se le pegaba a la piel por el sudor de la noche. Valeria se removió a su lado, se giró hacia él y le rozó el pecho con los dedos, un gesto casi tierno que duró apenas un segundo. Luego retiró la mano como si le quemara.
—Bon dia —murmuró, voz ronca de sueño, pero sin calidez—. Encara en quarantena. Avui pagaràs una part… però no ara.
Se levantó sin darle tiempo a reaccionar. La camiseta de dormir se le pegaba al culo redondo al caminar hacia el baño, marcando cada curva con claridad. Víctor se quedó mirando el techo, el pulso latiéndole en las sienes y en la base de la polla. Joder… si me toca un segundo más, exploto.
El sonido del agua corriendo fue lo único que quedó en la habitación.
Bajó a la cocina con la erección todavía incómoda contra los vaqueros. Lucas ya estaba sentado con los cereales, hablando solo con la cuchara. Valeria salió del dormitorio vestida con los mismos leggings negros ceñidos de la mañana y una camiseta gris holgada que se le pegaba entre los pechos por el calor. Llevaba el pelo recogido en un moño apresurado y las gafas finas empañadas por el vapor del café. Le dio un beso rápido en la frente al niño, otro más seco a Víctor —apenas rozándole la comisura de la boca— y salió con el portátil bajo el brazo.
—Fins després. No facis res que no hagi de fer —dijo desde la puerta, sin mirarlo.
Víctor se quedó solo con el crujido de los cereales y el tráfico lejano de la ciudad. Terminó de preparar la mochila del niño en silencio, sintiendo cómo las palabras de Valeria le resonaban en la cabeza. No facis res que no hagi de fer. No lo había entendido del todo. Cuando ella hablaba así, ronco y bajo, el catalán se le escapaba como un secreto que él no merecía descifrar entero. Solo captó el tono: advertencia, promesa, algo que le apretaba el estómago y le ponía la polla un poco más dura.
Se ajustó los vaqueros, respiró hondo y sacó a Lucas al coche.
Llegó a la agencia con la polla todavía sensible rozando la costura de los vaqueros. El despacho estaba vacío. Abrió el portátil para revisar la presentación, pero las cifras se le emborronaban. Cada vez que cerraba los ojos volvía la imagen de Noa temblando contra la mesa el día anterior, y la de Lia inclinada con esa sonrisa calculadora. Debajo de todo, el mensaje de Carla seguía ahí, parpadeando en su cabeza: “espero que la curiosidad me deje dormir en la cama 😉”.
Llamaron a la puerta.
Lia entró primero. Llevaba unos pantalones rectos negros que le marcaban las caderas y un top de seda color crema con escote en V, metido por dentro del pantalón. El tejido fino se le pegaba ligeramente al pecho por el calor que ya empezaba a subir en la oficina. Noa venía detrás, con un vestido camisero blanco de algodón ligero que le llegaba por encima de la rodilla. Tenía los primeros botones desabrochados y las mangas remangadas hasta los codos, dejando ver las muñecas finas y la piel pálida. El pelo castaño claro lo llevaba en una coleta baja deshecha, con algunos mechones sueltos pegados al cuello por el sudor que empezaba a perlarle la clavícula. Llevaba un cinturón fino de cuero negro que le marcaba la cintura.
Las dos se detuvieron un segundo en el umbral. El aire del despacho se cargó al instante. Lia cruzó los brazos bajo el pecho, el gesto tensó ligeramente el top sobre su torso. Noa se quedó un paso atrás, los dedos jugueteando con el borde del vestido, mirada baja pero con parpadeos rápidos que delataban los nervios.
Víctor levantó la vista del portátil. El silencio se espesó, roto solo por el zumbado lejano del aire acondicionado.
—Bon dia, jefe —dijo Lia, voz ronca, sentándose en el borde de la mesa como si el espacio ya le perteneciera—. Tengo noticias. He quedado con una chica esta mañana para un café. La conocí en un evento de creativos. Bisexual, abierta. Dice que tiene fantasías que podrían encajar perfecto en la campaña. Noa viene de observadora.
Noa asintió despacio, sin levantar la mirada del suelo.
—Va bé… per aprendre —murmuró, casi inaudible.
Víctor sintió el latigazo familiar en la polla.
—¿Dónde?
—En la cafetería del Poblenou. A las once. ¿Quieres venir a mirar desde lejos?
Víctor tragó saliva. La idea de Lia intentando seducir a otra mujer —y probablemente fallando de nuevo— le ponía duro y le daba miedo a partes iguales.
—No. Tengo reunión con los americanos a las doce. Id vosotras. Pero cuidadosas. Nada de riesgos sin avisar.
Lia sonrió lenta, se levantó de la mesa y se ajustó la blusa con un gesto casual que hizo que la seda se deslizara un poco sobre su piel.
—Tranquilo, jefe. Solo café… y conversación.
Salieron. El clic de la puerta fue seco. Víctor se quedó
solo. Intentó volver a la presentación, pero las letras se le emborronaban.
Cada vez que cerraba los ojos veía a Noa con la falda plisada subiéndose un
poco al moverse, a Lia conlos pantalones ajustados marcando el culo al caminar. Y debajo
de todo, el mensaje de Carla parpadeando en la pantalla del móvil: “espero que
la curiosidad me deje dormir en la cama 😉”.
A las once y media volvieron. Lia entró primero, cara de
frustración contenida.
—¿Y? —preguntó Víctor, voz ronca.
Lia se dejó caer en la silla.
—Un desastre. No soy capaz de describir nada mínimamente
excitante sobre cómo estimular un cuerpo femenino. Todo me salía mecánico: “te
voy a chupar un pezón”, “te voy a meter un dedo en el coño”. Ella se reía, me
dijo que parecía un manual de instrucciones. No conecté. No sentí nada.
Noa se mordió el labio inferior.
—Li vaig dir que ho intentés amb mi… per practicar. Com
l’altre dia.
Lia levantó la mirada, voz baja.
—¿Podemos volver a ensayar? Solo para ver si lo hago mejor.
Necesito entender cómo… cómo se siente de verdad.
Víctor sintió el estómago contraerse.
—No sé si es buena idea…
Noa ya se había subido a la mesa de reuniones. El vestido camisero blanco se le había subido hasta la mitad del muslo al sentarse, dejando ver la piel pálida. Abrió las piernas despacio, con un leve temblor en los muslos.
—Jo sí vull —dijo, mirándola directamente—. Descriuré el que has de fer. Tu només repeteix.
Lia se levantó de la silla sin decir nada. Se acercó a la mesa y se colocó entre sus piernas. Noa se desabrochó dos botones del vestido con dedos algo torpes, dejando ver el sujetador blanco y la curva superior de sus pechos pequeños. El calor de la oficina había pegado la tela al cuerpo; se le marcaban los pezones a través de la blusa.
—Primer… passa els dits per la part interna de les cuixes —susurró Noa, voz baja y ronca—. Sin tocar todavía el coño. Solo rodea. Haz que se abra sola.
Lia obedeció. Sus dedos rozaron la cara interna de los muslos de Noa, subiendo despacio por la piel caliente. Noa respiró hondo y separó un poco más las piernas. El roce era leve, casi inocente, pero suficiente para que se le pusiera la piel de gallina.
—Ahora el pubis… con las uñas. Suave. Sin presionar.
Lia pasó las uñas por el monte de Venus de Noa, trazando líneas lentas. Noa arqueó ligeramente la espalda y soltó un suspiro entrecortado. Un hilo de humedad ya empezaba a filtrarse a través de las bragas blancas, haciendo que la tela se volviera traslúcida.
—Ara… baixa’m la faldilla fins a la cintura. I després… baixa’m les bragues. Lent. Deixa-les damunt la taula.
Lia levantó el vestido hasta la cintura de Noa y luego bajó las bragas con lentitud. Las dejó sobre la mesa, brillantes de humedad. El olor de su excitación se extendió por la sala: dulce, salado, inconfundible. Noa quedó completamente expuesta bajo la luz fría de la oficina, labios hinchados y brillantes, un hilo grueso de excitación resbalando hacia abajo.
—Separa els llavis… amb els dits. Lent. Sense entrar. Només obrir-los.
Lia introdujo los dedos índice y medio entre los labios de Noa y los separó con cuidado. El clítoris asomó, hinchado y rojo. Noa gimió bajito y movió las caderas hacia delante, buscando más contacto.
—Ahora… círculos alrededor del clítoris. Suave. Sin tocarlo todavía.
Lia trazó círculos lentos con la yema del dedo. Noa temblaba entera, las manos agarrando el borde de la mesa con fuerza. Víctor, desde su posición en la penumbra, se tocó por encima de los vaqueros. La palma presionó contra la erección dolorosa. Sabía que no debería, pero no podía apartar la mirada.
—Més… ara un dit —susurró Noa, voz quebrada—. Mou-lo lentament.
Lia introdujo un dedo despacio. Noa soltó un gemido largo y empujó las caderas hacia delante, obligándolo a entrar más. El sonido húmedo llenó la sala.
—Dos dits… ara. Corbat. Busca el punt…
Lia introdujo un segundo dedo y los curvó. Noa arqueó la espalda de golpe, un gemido ronco se le escapó de la garganta y los muslos le temblaron con fuerza.
—Ara… treu els dits i passa la llengua per tota la raja. De baix a dalt. Lent.
Lia sacó los dedos, brillantes de jugos, y pasó la lengua plana por toda la raja de Noa de abajo arriba. El sonido húmedo y obsceno resonó en la sala. Noa soltó un gemido más fuerte y le agarró el pelo con las dos manos.
—Segueix… succiona el clítoris. Suau. Círculos amb la llengua.
Lia succionó el clítoris hinchado, moviendo la lengua en círculos suaves pero firmes. Noa temblaba entera, respirando entrecortada, los muslos apretando la cabeza de Lia.
—Més… no paris… —gimió, voz ronca y desesperada, mirando directamente hacia donde estaba Víctor escondido—. Mira’m… mira com em corro mentre tu només mires.
Víctor sintió cómo se le subía el orgasmo por la espalda. Se apartó un paso más hacia la oscuridad, pero Noa lo siguió con la mirada. Se corrió con fuerza, chorro caliente salpicando la boca y la barbilla de Lia, el cuerpo convulsionando en espasmos violentos mientras gemía sin poder controlarse.
Cuando terminó, soltó el pelo de Lia con manos temblorosas. Lia se incorporó despacio, la cara brillante de jugos, la respiración agitada y los ojos vidriosos.
—¿Dónde está Víctor? —preguntó, voz baja y confusa.
Noa se bajó de la mesa, todavía temblando, y se bajó el vestido con manos torpes.
—Se’n va anar abans —respondió, sin mirarla—. No ho recordes?
Lia frunció el ceño, todavía aturdida.
—¿Segura? Juraría que…
Noa se recogió un mechón de pelo detrás de la oreja y la miró con una sonrisa pequeña y cansada.
—Segura. Però ho has fet millor. Necessites practicar més. Demà al vespre vine a casa meva.
Lia asintió, todavía un poco perdida. Salieron juntas de la sala.
Víctor esperó a que el silencio volviera a la oficina. Se quedó un momento más en la oscuridad, con la mano todavía temblando sobre la bragueta y el semen pegado a la tela interior de los vaqueros. Recogió sus cosas con movimientos lentos y salió hacia la comida con Carla, el estómago revuelto y la polla todavía medio dura, sintiendo cómo la culpa y el deseo le latían al mismo tiempo en el pecho.
Comentarios
Publicar un comentario