La campaña (capitulo 10) CON VIDEOS
El ruido de tazas chocando en la encimera lo sacó del sueño. Víctor abrió los ojos al techo agrietado del dormitorio, la boca seca y el peso en el pecho que no se había movido desde la noche anterior. La cama aún olía a sangre seca y semen viejo, un recordatorio pegajoso del domingo. Valeria ya estaba levantada; la oyó en la cocina moviendo cosas con más fuerza de la necesaria. Se levantó despacio, la polla semi-dura por la costumbre matutina, pero el deseo se sentía sucio, como si ya no le perteneciera del todo.
Entró en la cocina. Ella estaba de espaldas, preparando el desayuno de Lucas, que aún dormía. Llevaba la bata fina que se pegaba a sus curvas cuando se movía, pero no había nada juguetón en su postura: hombros tensos, movimientos cortantes.
—Bon dia —dijo él, voz baja.
Ella tardó en responder.
—Bon dia —murmuró sin girarse.
Víctor se acercó por detrás, despacio. Le rozó la cintura con los dedos. Ella se tensó al instante.
—No em toquis —susurró, voz fría pero temblorosa—. No avui.
No insistió. Se apartó, sintiendo cómo el nudo en el estómago se apretaba más. El silencio entre ellos era espeso, roto solo por el gorgoteo de la cafetera y el rumor lejano del tráfico. Lucas bajó arrastrando los pies, bostezando, y el momento se disolvió en rutina: platos, leche, mochila. Valeria no lo miró ni una vez.
Víctor salió de casa con la cabeza llena de imágenes que no podía sacudirse: las lágrimas de Valeria el domingo por la mañana, su coño manchado apretándolo mientras sollozaba, el rastro rojo en las sábanas. Y debajo de todo, la pregunta que no lo dejaba en paz: ¿por qué se corrió más fuerte cuando ella lloraba? ¿Por qué su cuerpo respondía así a la vergüenza?
Llegó a la agencia temprano. El despacho estaba vacío, el zumbido del aire acondicionado el único sonido. Abrió el portátil y, sin pensarlo demasiado, buscó en los foros que Noa le había pasado. Tecleó “sexo con regla”, “sangre”, “vergüenza placer”. Los resultados aparecieron rápido: testimonios anónimos, crudos, sin filtros.
El primero que abrió era de una mujer de treinta y pocos:
“Mi marido insistió aunque le dije que no, que me sentía sucia, que la sangre me daba asco. Me abrió las piernas igual, me lamió primero, lento, saboreando el metálico mezclado con mis jugos. Yo lloraba, le empujaba la cabeza, pero él seguía. Cuando me penetró, la sangre tibia resbalaba por mis muslos, manchaba las sábanas. Me odié por mojarme más, por correrme temblando mientras sollozaba. Después me sentí rota, pero… no podía dejar de pensar en repetirlo. La vergüenza me excita más que nada.”
Víctor leyó dos veces. El estómago se le revolvió, pero la polla se endureció bajo la mesa. Era demasiado parecido: la negativa real, las lágrimas, el cuerpo traicionando. Cerró la pestaña, pero la imagen se quedó grabada.
Llamaron a la puerta.
—Bon dia, senyor Víctor.
Noa entró con pasos cuidadosos, carpeta en mano. Su acento catalán se notaba en el saludo, suave pero con un temblor que delataba nervios. Llevaba la falda plisada del viernes, pero hoy parecía más corta, o quizás era que él la miraba distinto.
—He vingut d’hora… per si necessites alguna cosa.
Víctor la miró un segundo de más. Tragó saliva.
—Pasa. Tengo algo que quiero que veas.
Ella se sentó frente a él, cruzando las piernas con un temblor sutil. Víctor giró el portátil hacia ella y abrió el testimonio que había encontrado.
—Léelo. Dime qué te produce.
Noa empezó a leer en silencio. Sus mejillas se tiñeron de rosa casi al instante. Cuando llegó al final, respiraba más rápido, los dedos apretando el borde de la carpeta.
—¿Qué sientes al leerlo? —preguntó él, voz baja, casi un susurro—. ¿Te parece… real? ¿Crees que una mujer puede excitarse de verdad con algo que la avergüenza tanto?
Noa levantó la mirada, ojos grises vidriosos. Se mordió el labio inferior.
—Es… fuerte —murmuró en castellano, acento catalán escapando en las erres—. La parte de que llora pero se moja más… que el cuerpo responde aunque ella diga que no. Me pone nerviosa. Mucho. Imaginar el olor metálico, la sangre tibia resbalando… la vergüenza que quema pero… excita. No sé. Me hace pensar en cómo sería sentir eso. Sentirme sucia y… al mismo tiempo querer más.
Víctor sintió el latigazo bajo la mesa. Su voz temblaba en “sucia”, “excita”, “querer más”. Los muslos de Noa se apretaron bajo la falda, el pecho subiendo y bajando más rápido.
—¿Alguna vez has sentido algo así? —preguntó él, casi sin aliento—. Que tu cuerpo responda aunque tu cabeza diga que no.
Ella bajó la mirada, las mejillas ardiendo hasta el cuello.
—A veces… pienso en cosas que me avergüenzan. Y cuando pienso mucho… me mojo. Sin tocarme. Solo de imaginarlo. Es… raro. Me siento mal después. Pero no puedo parar.
Víctor tragó saliva. La imagen de Valeria el domingo —lágrimas, sangre, coño apretándolo mientras sollozaba— se superpuso con la de Noa ahora, sentada frente a él, excitada solo de hablar.
Noa se inclinó un poco más hacia adelante, el escote abriéndose apenas, el roce de su brazo contra el suyo “accidental” al pasar la página.
—Si quieres… puedo buscar más relatos así. O… quedarme tarde hoy. Para ayudarte. En lo que necesites.
El doble sentido flotó en el aire, pesado. Víctor sintió el calor subirle por el cuello.
—Noa… —dijo, voz ronca—. Esto es trabajo. No podemos…
Ella asintió rápido, los ojos brillando con una mezcla de vergüenza y decepción. Se levantó, la carpeta apretada contra el pecho.
—Perdona… solo quería… ayudar.
Salió con pasos apresurados. La puerta se cerró con un clic suave.
Víctor se quedó mirando el espacio vacío. La polla le dolía bajo los pantalones. Se levantó, salió al pasillo. Necesitaba un café. O aire. O algo que lo sacara de su cabeza.
Al pasar por el baño de mujeres oyó un gemido ahogado, respiración acelerada, un roce sutil de tela. Se detuvo un segundo. Sabía que era ella. No entró. Siguió caminando, el pulso latiéndole en las sienes.
En la máquina de café se encontró con Lia saliendo del baño de al lado. Llevaba la blusa abierta un botón de más, los ojos oscuros calculadores brillando con curiosidad.
—Vaya… —dijo con una sonrisa lenta—. No sé qué le has dicho a la pequeña becaria para ponerla así… pero yo también quiero escucharlo. Daría lo que fuera por entrar en esa campaña tuya.Víctor la miró. El doble sentido colgaba entre ellos.
—Por ahora Noa y yo nos apañamos solos —respondió, voz neutra pero ronca—. Pero si en el futuro necesitamos ayuda… tú estás en mi cabeza.
Lia sonrió más, se acercó un paso, rozándole el brazo al pasar.
—Pues no me olvides, jefe. Estoy disponible… para lo que sea.
Se alejó con ese andar calculado, dejando el eco de sus palabras.
Víctor se quedó mirando cómo se alejaba Lia, el eco de sus palabras rebotando en su cabeza. El móvil vibró en el bolsillo. Lo sacó. Mensaje de Carla.
“Hola, Víctor. He notado que Valeria está un poco rara estos días… ¿está todo bien con ella? Si necesitáis que me lleve a Lucas un rato para que podáis descansar tranquilos, avísame cuando queráis. 😉 Un beso grande.”
El guiño parpadeó en la pantalla un instante antes de apagarse. Víctor sintió un pinchazo en el estómago, mezcla de culpa y algo más oscuro que no quería nombrar. No respondió. Solo dejó el móvil en el bolsillo, el café quemándole los dedos.
Por la tarde, en casa, Valeria seguía distante. Lucas jugaba en su habitación. Intentó besarla en la cocina; ella se apartó.
—No vull res ara —dijo.
Pero esa noche, cuando Lucas se durmió, ella entró al dormitorio con ojos entrecerrados.
Cerró la puerta con llave.
Se desnudó despacio delante de él, sin prisa, dejando que viera cada curva, cada centímetro de piel que ya conocía de memoria. Se acercó a la cama, lo empujó hacia atrás hasta que quedó tumbado, y se subió encima de su pecho sin decir nada. Sus muslos gruesos se abrieron a ambos lados de su cabeza, el calor de su coño ya húmedo y manchado rozándole la barbilla.
—Solo sientes —susurró en castellano ronco, voz quebrada de rabia y deseo—. No toques. No te muevas. Solo puedes usar la lengua.
Bajó despacio, sentándose sobre su cara de frente. El peso de sus muslos le apretó las orejas. El aroma fuerte y metálico invadió su nariz y su boca. Sus labios se abrieron sobre su lengua, húmedos y calientes. Sangre tibia mezclada con sus jugos empezó a resbalar por su barbilla y mejillas en hilos finos y calientes. Valeria se movió con lentitud, frotándose contra su boca, controlando el ritmo con las caderas.
—Sente com em mullo damunt teu —murmuró, voz ronca—. Sente com la sang i els meus jugos et taquen la cara. Això és el que et mereixes… donar-me plaer mentre em sento bruta i tu no entens per què et posa tant.
Víctor sacó la lengua, lamiendo despacio al principio, saboreando la mezcla salada y metálica que chorreaba sobre su lengua y labios. La suciedad lo golpeó: sangre tibia goteando por su cuello, humedad pegajosa cubriéndole la barbilla. No entendía por qué lo excitaba tanto —esa vergüenza que la hacía llorar pero mojar más, esa suciedad que la rompía pero lo hacía latir más fuerte—. La culpa le picó, pero su polla palpitó contra el aire, dura y goteando.
Ella aceleró, apretando más los muslos alrededor de su cabeza, asfixiándolo un segundo antes de levantarse apenas para dejarlo respirar. Sus gemidos eran bajos, entrecortados, mezcla de placer y rabia.
—Llegeix-me millor… més fondo… —ordenó, voz quebrada—. Fes-me córrer mentre et sento suplicar amb la boca plena de mi sang i la meva humitat.
Él obedeció, lengua plana recorriendo su clítoris hinchado, succionando suave luego fuerte, curvándola dentro para rozar ese punto que la hacía temblar. Valeria se arqueó, uñas clavadas en sus hombros, pechos rebotando con cada movimiento de caderas.
—Et odio… collons… et odio i em corro igual —gimió, voz rota—. Per què em fas això… per què em mullo tant amb la sang encara calenta damunt teu…
Aceleró, frotándose con furia contra su boca, el clítoris palpitando contra su lengua. Se corrió con un sollozo ahogado, temblando violentamente, chorro caliente salpicándole la cara y el cuello, sangre y jugos goteando por sus mejillas y barbilla.
Siguió moviéndose despacio, prolongando los espasmos, hasta que dejó de temblar.
Entonces se giró.
Sin levantarse del todo, Valeria giró sobre su cara hasta quedar de espaldas, en posición de reverse facesitting. Su culo pesado quedó justo encima de su boca. El olor era más intenso ahora. Se inclinó hacia delante y agarró su polla con la mano derecha, empezando a masturbarlo con lentitud deliberada.
Víctor gimió contra su coño, la lengua todavía trabajando. Valeria apretó la mano alrededor de su polla, subiendo y bajando con ritmo constante, pero cada vez que notaba que él estaba cerca, aflojaba la presión o paraba del todo.
—No et deixo córrer —dijo en voz baja, casi tranquila—. Avui no.
Siguió masturbándolo con calma cruel. Cuando él estaba al borde, ella se apretaba más contra su boca, obligándolo a lamer más profundo, más desesperado. Su polla palpitaba en su puño, goteando precum, pero cada vez que estaba a punto de correrse, ella aflojaba los dedos o apretaba la base con fuerza.
—Només jo em corro avui —susurró, moviendo las caderas contra su lengua—. Tu només mires… i sents.
Víctor temblaba debajo de ella. La cara completamente empapada de sangre y jugos, la polla latiendo dolorosamente en su mano. Cada vez que estaba a punto, Valeria se giraba ligeramente para mirarlo por encima del hombro, con una sonrisa pequeña y oscura.
—Encara no —repetía cada vez que él estaba al borde.
Lo mantuvo así durante mucho rato. Lo llevaba al límite una y otra vez, negándole el orgasmo con una frialdad que lo volvía loco. Su polla estaba morada, hinchada, goteando sin parar. Él suplicaba contra su coño, la voz amortiguada por sus muslos.
Cuando por fin se levantó, Víctor estaba temblando entero. La cara brillante de ella, la polla latiendo violentamente contra su vientre, sin alivio.
Valeria se puso el pijama sin mirarlo.
—Avui no et deixo córrer —repitió, ya de espaldas en la cama.
El silencio se hizo pesado.
Víctor se quedó tumbado, la polla latiendo sin alivio, la cara y el pecho húmedos de sangre y jugos. Cerró los ojos, pero no durmió. Tampoco se atrevió a ir al baño.
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