La campaña (capitulo 13) CON VIDEOS

El tráfico del jueves por la mañana era un caos lento, cláxones pitando como perros rabiosos, el sol pálido reflejándose en los parabrisas de los coches parados. Víctor conducía con las manos apretadas al volante, la polla sensible rozando la tela de los pantalones con cada bache, un recordatorio doloroso de la chupada frustrada de Valeria esa mañana. El aroma a café del vaso térmico en el soporte se mezclaba con el olor a cuero del asiento, pero su cabeza estaba en otra parte: las fantasías de Elena y Marta en el Burger el día anterior, el roce de sus pies bajo la mesa, las risas que cargaban el aire de subtexto. Se excitaba solo de recordarlo, pero la culpa lo pinchaba como una aguja: “¿por qué imagino eso cuando Valeria me deja al borde cada noche?”.

El móvil vibró en el bolsillo, pero no lo miró hasta parar en un semáforo. Mensaje de Valeria.
“He quedado con Carla para café esta tarde. Recoge tú a Lucas al cole. Te recompenso esta noche 😉. Besos.”

El guiño parpadeó en la pantalla. Víctor sintió el latigazo en la polla, ya sensible de la mañana. Respondió rápido: “OK, cuídate. Esperando la recompensa. Besos.” El semáforo cambió a verde, y aceleró, la cabeza llena de promesas.

Llegó a la agencia con el pulso acelerado. El despacho estaba vacío. Abrió el portátil, pero no pudo concentrarse. La imagen de Elena inclinándose, escote profundo, y Marta rozando su rodilla se mezclaba con los relatos de la campaña. Abrió un foro anónimo, tecleó “fantasías madres casadas”. Los resultados aparecieron: testimonios de mujeres aburridas fantaseando con polvos rápidos en cocina, garajes oscuros, ser deseadas como en sus veinte. Se excitó leyendo, polla endureciéndose bajo la mesa. Pensó en Tinder: la app perfecta para explorar deseos ocultos anónimos, chats crudos sin cara. Pero el riesgo lo frenó: matrimonio, agencia, Valeria. No podía abrirse una cuenta.

Llamaron a la puerta.
—Bon dia, senyor Víctor.
Noa entró con pasos cuidadosos, carpeta en mano. 
—He vingut d’hora… per si necessites alguna cosa.
Víctor la miró un segundo de más. Tragó saliva.
—Pasa. Quiero preguntarte algo. ¿Usas apps de ligar? Como Tinder, o Bumble… para la campaña, para explorar deseos ocultos anónimos.
Noa se sonrojó violentamente, las mejillas tiñéndose de rosa hasta las orejas. Se mordió el labio inferior.
—Jo… tinc Bumble —murmuró, voz temblorosa—. Per curiositat. No quedo amb ningú, només miro perfils. M'excita… llegir lo que diuen, les fotos. Però em sento mal després. Per què ho preguntes?
Víctor sintió el pinchazo. Su voz temblaba en “m'excita”, “em sento mal”.
—Para la campaña. Necesito testimonios reales, chats anónimos, fantasías que la gente no dice en voz alta. Bumble es bueno, pero Tinder es más directo, más crudo. ¿Podrías instalarlo? Para trabajo. Chatea con gente, ve qué deseos ocultos tienen, compárteme capturas. Yo te guío.
Noa bajó la mirada, pero sus ojos grises brillaron con curiosidad excitada.
—Es… perillós —susurró—. Però… si és per la campanya, ho faig. Imaginar chatear per tu… em posa nerviosa. Molt.
Víctor tragó saliva. El subtexto flotaba: “per tu”, “em posa nerviosa”. Noa se levantó, manos temblorosas en la carpeta.
—Si vols… et dic quan l'instalo. I et comparteixo lo que em diuen.
—Bien —dijo él, voz ronca—. Empieza hoy. Dime qué te parece, qué sientes al leerlo.
Ella asintió, muslos apretados bajo la falda, y salió con pasos apresurados.

El resto del día fue tortura lenta. Víctor se recluyó en el despacho, evitando tentaciones. No salió hasta la hora de recoger a Lucas. Se quedó un momento en la puerta, charlando con Elena que esperaba. 
— Oye, que fuerte lo de Marta del otro día, ¿no? Desde que se divorció, está como loca. Cuenta cada cita como una aventura. Hoy no está. Su ex recoge a Pau…. Me da envidia, ¿sabes? Yo llevo 15 años casada… y nada nuevo.
Víctor sonrió, dejando que el silencio se estirara un segundo.
—Valeria y yo también hemos pasado por eso. Pero hay que darle vidilla.
Elena se mordió el labio, ojos brillantes.
—Qué suerte. Yo fantaseo con que David me sorprenda alguna vez… pero nada. ¿Valeria toma las riendas? Cuéntame.
Víctor rió bajito.
—Algo así. Me gusta.
Elena tocó su brazo con familiaridad, dedo rozando el interior del codo.
—Tenéis que compartir vuestro secreto para salvar mi matrimonio — dijo riendo—. Yo ya no me veo instalándome Tinder.
El tonteo era sutil, pero cargado: mirada prolongada, roce que duraba un segundo de más, risa que vibraba en el aire. Víctor sintió el latigazo, pero la culpa por Valeria lo frenó. Se despidió con una sonrisa, polla sensible latiendo todo el camino a casa.

La tarde solo con Lucas fue tranquila: juegos, merienda, dibujos en la tele. Lucas se durmió temprano. Víctor miró el reloj. Mandó mensaje a Valeria: “¿Dónde estás? Cena lista”. Leído, pero no contestado. El silencio de la casa se hizo pesado.

Tras cena solo, viendo tele, el móvil vibró. Mensaje de Noa: “Instalado Tinder. Perfil listo. ¿Qué pongo en la bio? ‘Becaria curiosa buscando fantasías ocultas’? 😉”.
El guiño le dio un latigazo. Respondió: “Algo neutral. ‘Curiosa por deseos prohibidos’. Pregúntales fantasías, compárteme”.
Noa: “OK. Primer match. Dice que quiere follarme en coche. ¿Qué le pregunto?”.
Víctor: “Qué fantasías ocultas tienes. Presiónalo un poco, ve si habla de límites”.
Noa: “Le he preguntado. Dice que le gusta presionar un poco, ver cómo dice ‘no’ pero el cuerpo dice ‘sí’. Me pone caliente leerlo. Comparto captura”.
La captura llegó: chat crudo, detalles de sumisión ambigua. Víctor se excitó, polla endureciéndose. Noa: “Quedo con él lunes tarde. ¿Quieres que te diga dónde, para verlo de cerca? Para la campaña, claro”.
Víctor sintió el nudo en el estómago. Respondió: “Sí. Para trabajo”.
Víctor se acostó solo. El silencio de la casa era espeso, roto solo por el tic-tac del reloj en el salón.

A las 3 de la mañana, la puerta principal se abrió. Pasos torpes, llaves cayendo. Valeria entró al dormitorio, olor a alcohol y perfume dulce invadiendo el aire. Se quitó la ropa con movimientos descoordinados, vestido cayendo al suelo, tetas pesadas rebotando libres. Se metió en la cama, acurrucándose contra él, mano bajando directo a su polla.
—Víctor… despierta —susurró, voz ronca y borracha—. Tengo que explicarte una cosa… una cosa muy fuerte.
Él abrió los ojos, polla endureciéndose al instante con su roce.
—¿Qué ha pasado? —murmuró, voz grave.
Ella empezó a sobarlo despacio, mano envolviendo su longitud, bombeando suave.
—Con Carla… hemos ido a un club. Per espiar a Laia. Estaba con un chico… buenísimo. Enrollándose contra la pared, manos por todas partes, gimiendo como una loca. Ens hem amagat, però l'hem vista… cames obertes, ell fregant-se contra ella.
Paró un segundo, se inclinó y tomó su polla en la boca, chupando despacio, lengua girando alrededor de la cabeza. Víctor gemió, mano en su nuca.
—Continúa —gruñó.

Ella se apartó con un pop húmedo, voz entrecortada, mezclando idiomas sin darse cuenta.
—Nos hemos asustado que nos viera, hemos cambiado de club. Allí… dos veinteañeros pijos, estudiantes de derecho, nos han entrado. A mí me han tocado el culo “sin querer”, però jo els he tret de sobre. Carla… ha bailado con los dos. Es fregaven contra ella, uno delante uno detrás, manos en las caderas, pollas duras contra su culo. Casi se la follan allí mismo. Però alguna cosa li ha passat pel cap i hemos salido corriendo, dejándolos calientes y frustrados.
Mientras hablaba, subió encima de él a lo vaquera, se posicionó y bajó despacio, empalándose en él. Gemió largo, coño apretándolo.
—Víctor… me ponía caliente verlo —murmuró, moviéndose lenta—. Imaginarme allí… con ellos… o contigo mirando. Collons… em posava tan calenta…

 

Él le agarró las nalgas, embestidas desde abajo. Ella aceleró, pechos rebotando, gemidos roncos.
—Pues agárralo —gruñó él.
La giró de golpe, poniéndola a perrito sobre la cama, colchón hundiéndose bajo las rodillas. La penetró vaginalmente de una embestida profunda, sonido carnoso llenando la habitación. Ella gemía, empujando hacia atrás.
—Més fort —ordenó, voz rota—. Hazme sentir… plena.
Él aceleró, mano en su cadera, la otra bajando por su espalda hasta rozar el ano con el pulgar, suave pero firme, lubricado por sus jugos. Presionó el borde, círculos lentos, sintiendo cómo se tensaba.
—Víctor… qué haces… —susurró ella, voz temblorosa, pero empujó hacia atrás.
—Solo siento… cómo te abres —murmuró él, pulgar presionando más, introduciendo la yema despacio.
Ella gemió más alto, coño apretándolo con fuerza.
—No… no entres del todo… pero… más… —gimió, voz rota—. Esto… me da vergüenza… pero me mojo más.
Víctor introdujo un dedo entero, despacio, sintiendo el calor apretado, el anillo contrayéndose. Ella tembló, empujando hacia atrás.
—Més… otro… —susurró, voz quebrada.
Introdujo el segundo dedo, bombeando suave mientras seguía penetrándola vaginalmente. Ella se corrió con un squirt violento, chorro caliente salpicando sus muslos y el suelo, gemido ahogado que no había oído en años. Víctor salió de su coño, se masturbó rápido y se corrió en su culo, chorros espesos cayendo sobre la curva, mientras seguía penetrando el ano con los dedos, sintiendo sus espasmos.
Se quedaron en el suelo, pegados, respirando agitados. Ella bocabajo, culo elevado, dedos aún dentro, chorro y semen goteando. El silencio de la casa los envolvió, roto solo por sus respiraciones entrecortadas y el leve crujido de la alfombra bajo sus cuerpos.


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