La campaña (capítulo 1)
El viento del mar azotaba las persianas cuando Víctor aparcó el coche en la calle estrecha del barrio tranquilo. Las luces del salpicadero iluminaban el móvil en su mano, la pantalla parpadeando con el foro que había abierto en el semáforo: relatos anónimos de sumisión, límites borrados, placer en lo prohibido. Era parte del brief de la nueva campaña en la agencia —“deseos prohibidos” para una app de citas con toques BDSM—, pero lo que leía ahora no era trabajo. Era algo que le endurecía la polla contra los vaqueros, relatos de abuso ambiguo donde el “no” se volvía “más”, y la culpa se mezclaba con el chorro caliente de excitación.
Cerró la aplicación, respiró hondo y apagó el motor. El silencio del coche se llenó con el golpeteo de las persianas y el rumor lejano del tráfico en el 22@. Veinte años de matrimonio, un hijo de ocho que llenaba la nevera de dibujos, un despacho acristalado donde decidía quién se quedaba y quién se iba, y una vida sexual que se había vuelto escasa: una vez al mes, o cada dos, cuando Lucas se quedaba con Carla o Marc. Casi siempre misionero, tierno, sin sorpresas. Caricias suaves que empezaban con cariño y terminaban con un suspiro de rutina.
Pero hoy, con esas palabras latiendo en su cabeza, algo se removía.
Entró al piso, el olor a cebolla frita y huevos dorados flotando como una caricia que le aceleró el pulso. Ella estaba en la cocina, envuelta en vapor, preparando tortilla de patatas. Leggings negros ceñidos a sus muslos gruesos, camiseta gris holgada, melena castaña en ondas sueltas, gafas finas empañadas por el calor. Mechones pegados al cuello, la piel clara brillando con un leve sudor.
Se acercó por detrás, rodeándola con los brazos, sintiendo su espalda apoyarse contra su pecho. Olía a jabón y cebolla, un aroma que le recordó las noches de hace años, cuando el deseo era hambre pura y no costumbre. Besó su cuello, la barba rozando su piel clara, lamiendo justo bajo la oreja. Ella inclinó la cabeza con un suspiro bajito que vibró contra sus labios.
—Víctor, ¿vienes a ayudar o solo a mirar? —dijo con esa sonrisa juguetona que reservaba para cuando estaban solos, labios curvándose apenas, ojos brillando tras los cristales.
La pregunta quedó suspendida un segundo, provocadora, como si supiera exactamente lo que estaba encendiendo. No respondió con palabras. Besó su cuello con más hambre, mordisqueando la piel sensible, la barba raspando. Ella soltó un gemido ronco, el cuerpo arqueándose contra él, nalgas presionándose contra su erección.
—Ostres… tens les mans fredes —murmuró, pero no se apartó; al contrario, empujó hacia atrás, frotándose contra él con lentitud deliberada.
Apagó el fuego de un golpe y la giró hacia él con urgencia. Los ojos avellana de Valeria lo miraron tras las gafas, las pupilas dilatadas, brillantes de sorpresa y algo más oscuro, más hambriento. Víctor la besó con fuerza, casi con rabia contenida, hundiendo la lengua en su boca cálida. Succionó su labio inferior, tirando de él, y Valeria respondió con una intensidad que lo desarmó: manos en su nuca, uñas clavándose en su cuero cabelludo, tirando de él como si quisiera devorarlo.
El beso se volvió sucio, húmedo, desesperado. Lenguas enredadas, saliva mezclándose, respiraciones entrecortadas. Ella mordió su labio inferior y Víctor gruñó contra su boca.
Sin separarse, la levantó en brazos y la sentó sobre la encimera. Los platos tintinearon peligrosamente. Valeria abrió las piernas de inmediato, rodeándole la cintura con los muslos, presionando su centro caliente contra la erección que empujaba contra los vaqueros. El calor que emanaba de ella era casi insoportable.
Víctor le bajó la camiseta de un tirón junto con los tirantes del sujetador. Sus pechos pesados rebotaron libres, llenos, con esa suave caída natural que tanto le gustaba. Las aureolas amplias, de un marrón rosado, contrastaban con la piel clara. Los pezones ya estaban duros, erguidos. Bajó la cabeza y capturó uno con la boca, succionando con avidez, lengua girando y lamiendo el botón sensible mientras su mano amasaba el otro pecho con fuerza, pellizcando el pezón entre los dedos.
Valeria arqueó la espalda, un gemido ronco escapando de su garganta:
—Víctor… collons… sí… así…
Él cambió de pecho, mordiendo suavemente, tirando con los dientes hasta que ella jadeó y le clavó las uñas en los hombros. El olor de su piel —mezcla de vainilla, sudor y el leve aroma a comida— lo estaba volviendo loco.
Bajó una mano y le arrancó los leggings y las bragas de un solo movimiento brusco. El pubis moreno quedó expuesto: labios mayores hinchados, brillantes de humedad, el clítoris asomando hinchado. Un hilo espeso de excitación resbalaba por su perineo. El aroma dulce y almizclado inundó la cocina.
Víctor separó sus labios con dos dedos y los hundió despacio en su interior empapado. Estaba ardiendo, resbaladiza, apretada. Curvó los dedos buscando ese punto rugoso y empezó a bombear, primero lento, profundo, luego más rápido. Su pulgar dibujaba círculos firmes y rápidos sobre el clítoris. Valeria movía las caderas contra su mano, desesperada.
—Més… joder, més fort… —suplicó, voz rota.
Él se bajó los vaqueros y el bóxer con la mano libre. Su polla saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza brillante de precum. Frotó la punta contra su entrada, empapándola, torturándola unos segundos, rozando el clítoris con cada movimiento.
—Víctor… per favor…
Entró de una sola embestida profunda. Las paredes de Valeria lo envolvieron, calientes, húmedas, contrayéndose alrededor de él como si quisieran retenerlo para siempre. Ella soltó un gemido largo, gutural, uñas clavándose en su espalda.
Empezó a follarla con ritmo creciente. Cada embestida hacía que sus pechos rebotaran contra su pecho, pezones rozando su piel sudorosa. El sonido carnoso de pelvis contra pelvis llenaba la cocina, mezclado con el chapoteo húmedo de su coño y los gemidos cada vez más altos de Valeria.
—Collons… Víctor… més fort… —suplicaba ella, piernas apretándolo con más fuerza, talones clavados en su culo.
Él la agarró de las nalgas con fuerza, levantándola ligeramente para entrar aún más profundo, golpeando ese punto que la hacía temblar. El sudor les resbalaba por la piel. La cocina olía a sexo, a cebolla fría y a deseo reprimido durante demasiado tiempo.
Valeria empezó a contraerse alrededor de él, sus gemidos volviéndose más agudos, más desesperados. Su orgasmo llegó como una ola violenta: paredes apretándolo con espasmos fuertes, un chorro caliente salpicando su abdomen y los vaqueros bajados. Todo su cuerpo se tensó, temblando entre sus brazos.
Víctor aguantó solo unos segundos más. Con un gruñido profundo y animal se corrió dentro de ella, chorros espesos y calientes llenándola hasta desbordar. El semen goteaba por sus labios hinchados, cayendo en hilos sobre la encimera mientras él seguía empujando despacio, prolongando el placer.
Se quedaron pegados, sudorosos, respiraciones agitadas. Valeria apoyó la frente contra su hombro, todavía temblando. Le dio un beso lento en el cuello y murmuró, voz ronca y satisfecha:
—Això… ha estat diferent. Molt diferent.
Víctor cerró los ojos, todavía dentro de ella, sintiendo cómo su polla palpitaba con los últimos espasmos. Por primera vez en mucho tiempo, el silencio que siguió no fue vacío.
Fue cargado.
El foro de la campaña aún parpadeaba en su mente, relatos de límites borrosos donde el placer nacía del abuso ambiguo.
Y ahora ese fuego ardía dentro de los dos.
No sabía si era salvación o condena.
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