Buscando empleo (capítulo único)

Laura bajó del autobús con el móvil en la mano. El vestido corto burdeos se le había subido un poco al sentarse y ahora le rozaba los muslos con cada paso. Miró la pantalla y escribió deprisa:

«Llego tarde, Miguel. He ido a ver a Paco por si tiene algo en la tienda. Cruza los dedos. Te quiero.»


Envió el mensaje y guardó el teléfono. El barrio era el de toda la vida. Las mismas calles, los mismos portales, los mismos olores a fritanga y a pan quemado. Y Paco… Paco era parte de todo eso. Se conocían desde que ella tenía quince años. Paco la había visto crecer y era amigo de su marido desde hacía años. Habían tomado infinidad de cañas juntos, y los niños —los suyos y los de Paco— iban al mismo colegio.

Por eso le costaba tanto entrar en la tienda.

Cuando cruzó la puerta, el timbre sonó flojo. Paco estaba detrás del mostrador, con la camiseta gris gastada y los vaqueros viejos de siempre. Manos grandes, brazos fuertes de cargar cajas toda la vida. Tenía cincuenta y tantos, barriga suave y cara de quien ha visto de todo.

Al verla entrar, Paco sonrió con naturalidad, con esa confianza de quien lleva años tratando a la misma gente.

—Laura, hola. ¿Qué tal? —dijo con tono amable—. ¿Cómo están los niños? ¿Todo bien por el cole? El mío me dijo que el pequeño de Miguel le había enseñado un dibujo la semana pasada.


Laura ni siquiera dejó que terminara la frase. Cortó seca, sin rodeos, con la voz un poco tensa:

—Paco, no he venido a comprar nada. Necesito un trabajo. El que sea. Reponer, barrer, limpiar, lo que salga. He estado en todos los sitios. En la frutería, en el bar de la plaza, en la limpieza del ambulatorio… nada. Y Miguel lleva meses sin curro fijo. Nos van a echar de casa esta misma semana si no pagamos. Lo necesito. De verdad.

El cambio de tono fue tan brusco que Paco se quedó callado un segundo. La sonrisa se le suavizó, pero no desapareció del todo. La miró con más atención, notando la tensión en su cara y lo corto que llevaba el vestido burdeos.

—Venga, pasa. Vamos a hablar.

Cerró la puerta de la tienda con llave y señaló con la cabeza hacia el almacén de atrás. Ella le siguió, con el bolso marrón colgando del hombro y las manos apretadas.


—Es que ya no sé qué más hacer, Paco. El casero nos ha dicho que si no pagamos antes del día 15 nos echa. Miguel está destrozado, sale todas las mañanas a buscar curro y vuelve sin nada. Los niños no se enteran de nada todavía, pero… no puedo seguir así. Necesito un trabajo. Haré lo que sea. Limpio, ordeno, atiendo a los clientes… lo que haga falta. De verdad.

Paco se detuvo al fondo del almacén, entre dos estanterías altas llenas de cajas. Se apoyó contra una de ellas y la miró directamente. Su tono ya no era tan amable como al principio.

—Mira las cosas no están fáciles para nadie. Laura, el trabajo lo tienes si quieres —dijo sin rodeos—. Pero no es gratis.


Ella se quedó quieta, todavía con la esperanza de que hablara de un horario malo o de un sueldo bajo.

—¿Qué quieres decir?


Paco se bajó la cremallera de los vaqueros con tranquilidad. Sacó la polla, gruesa y pesada, ya medio dura.

—Quiero decir que vas a tener que pagarlo de otra forma. Arrodíllate y chúpamela. Si lo haces bien, empiezas mañana.

Laura sintió que el suelo se le movía. La sangre le subió a la cara de golpe. Miró la polla de Paco, luego a él, y después otra vez la polla. Por un segundo no supo qué decir. El nudo que tenía en el estómago se hizo mucho más grande.

—Paco… —su voz salió baja, casi rota—. ¿Qué estás diciendo? Tú… tú eres amigo de Miguel. Los niños juegan juntos. Nos conocemos desde que eramos casi crios. No… no esperaba esto de ti.

Se dio media vuelta instintivamente, como si fuera a salir corriendo. Las lágrimas le vinieron a los ojos. Sabía que si se iba ahora, esa misma noche tendrían que empezar a meter las cosas en cajas.

Paco no la detuvo. Solo esperó en silencio.

Laura se quedó de espaldas unos segundos, respirando agitada. Pensó en Miguel, en los niños, en la carta del casero. Luego, muy lentamente, se dio la vuelta. Las manos le temblaban cuando se arrodilló entre las cajas de conservas. El suelo de cemento estaba frío contra sus rodillas. El vestido corto burdeos se le subió solo hasta casi las caderas.

Paco sacó la polla del todo. Laura dudó otro segundo, con la boca a pocos centímetros, y luego abrió los labios. La primera lamida fue temblorosa, casi sin ganas. Pero empezó. Chupó. La polla le llenó la boca, caliente, con sabor a sal y a hombre que había estado trabajando todo el día.



Movía la cabeza adelante y atrás con lentitud al principio, casi con timidez, como si todavía estuviera procesando lo que estaba haciendo. Su boca se deslizaba con cuidado por la polla de Paco, húmeda y caliente, sintiendo cada vena contra su lengua y el peso grueso que le llenaba la boca. Cada vez que bajaba, lo hacía un poco más profundo, tragando saliva y adaptándose al grosor.

Poco a poco, el ritmo fue cambiando. Empezó a mover la cabeza con más decisión, más rápido, porque sabía que tenía que hacerlo bien. Que no bastaba con chupar… tenía que demostrar que valía la pena darle el trabajo. Sus labios se apretaban con más fuerza alrededor del tronco, su lengua se movía con más intención, y cada vez que se inclinaba hacia delante, intentaba metérsela un poco más adentro, aunque le provocara arcadas. La baba le corría sin control por la barbilla, cayéndole sobre los pechos desnudos, mientras el sonido húmedo y obsceno de su boca llenaba el silencio del almacén.



Cada vez que se inclinaba más, el vestido bajaba por los hombros. Al tercer movimiento profundo, el escote se abrió del todo y los pechos se le escaparon fuera, pesados. Quedaron al aire, balanceándose mientras ella seguía mamando.



Paco soltó una risa baja.

—Mírate… tetas fuera y todo. Qué desesperada estás.

Laura cerró los ojos, avergonzada, pero no paró. La polla de Paco le llenaba completamente la boca, caliente, gruesa y con un sabor fuerte y salado. Cada vez que bajaba la cabeza, sentía cómo la cabeza le rozaba el fondo de la garganta y cómo las venas le rozaban los labios. La baba le corría sin control por la barbilla, cayéndole en gotas gruesas sobre los pechos desnudos.

El vestido burdeos ya no le cubría casi nada. Se le había bajado tanto que ahora le quedaba recogido alrededor de la cintura como un cinturón de tela arrugada. Sus pechos quedaban completamente expuestos, pesados y sensibles, moviéndose con cada movimiento de cabeza. Los pezones, duros por la vergüenza y el frío del almacén, rozaban de vez en cuando contra los vaqueros de Paco.


Cuando se inclinó un poco más para intentar tragársela más profunda, el vestido se le subió por detrás hasta casi las caderas. Las bragas quedaron totalmente a la vista: unas bragas blancas viejas, algo amarillentas por los lavados, con el elástico ya estirado y un pequeño roto en la parte de la entrepierna. Se le notaba que eran de las que usaba para estar por casa, no para que nadie las viera.

Paco las vio y soltó una carcajada más fuerte, cruel y divertida al mismo tiempo.

—Joder, Laura… ¿qué bragas más feas y viejas llevas? Parecen de tu madre. ¿Es que no tienes ni para comprarte unas decentes? Mírate… con las tetas fuera, chupándome la polla en mi almacén y encima con esas bragas de pobre. Qué puta más triste estás hecha.


Laura sintió que la cara le ardía. La humillación le quemaba por dentro, pero en vez de parar, chupó más fuerte. Más sucia. Movía la cabeza con más ganas, con más desesperación, como si tragarse la polla de Paco fuera la única forma de salvar a su familia esa noche. La baba le caía a chorros sobre los pechos, resbalando por los pezones y goteando al suelo. Hacía ruidos húmedos y obscenos con la boca: gluck, gluck, gluck, mientras intentaba metérsela hasta el fondo.

Paco le puso una mano grande y áspera en la nuca, sujetándola con firmeza pero sin llegar a ser violento todavía. Empezó a mover las caderas, follándole la boca con movimientos cortos y profundos.

—Así… trágatela entera si quieres el curro de verdad —gruñó—. Abre más la garganta. Quiero sentir cómo me la tragas hasta el fondo.

Laura obedeció. Abrió más la boca, relajó la garganta lo mejor que pudo y dejó que Paco le empujara la cabeza contra su pelvis. La polla le entró tan profunda que le hizo arcadas. Las lágrimas le saltaron a los ojos, pero no se apartó. Siguió chupando, babeando, con la cara cada vez más sucia. Sus pechos se balanceaban pesadamente bajo ella, manchados de saliva y brillando bajo la luz tenue del almacén.


Paco respiraba cada vez más agitado. Le agarró el pelo con más fuerza y aceleró el ritmo, follándole la boca con más intensidad. Cada embestida hacía que la polla le golpeara el fondo de la garganta.

—Qué bien chupas cuando estás desesperada… —dijo entre dientes—. Mira cómo te corren las lágrimas y sigues mamando como una puta barata. ¿Te gusta? ¿Te gusta chuparme la polla para que no os echen de casa?

Laura no contestó. No podía. Solo gemía alrededor de la polla, con sonidos ahogados y húmedos. La baba le caía sin parar por la barbilla y le empapaba los pechos. Sentía cómo la polla de Paco se hinchaba más dentro de su boca, cómo le palpitaba contra la lengua. Sabía que estaba cerca.

Paco soltó un gruñido bajo y profundo. Le agarró la cabeza con las dos manos y se la metió hasta el fondo, clavándole la polla en la garganta. Se corrió sin avisar.

Los primeros chorros le salieron tan fuertes que Laura no pudo tragarlos todos. El semen caliente le llenó la boca de golpe, espeso y abundante. Le resbaló por las comisuras de los labios, le cayó por la barbilla en hilos gruesos y le salpicó directamente sobre los pechos desnudos. Otro chorro le dio en el cuello y le resbaló entre los pechos. Paco seguía corriéndose, soltando más y más, hasta que la polla le palpitó por última vez dentro de su boca.

Laura se quedó temblando de rodillas, con la polla todavía dentro de la boca. Tragó lo que pudo, pero gran parte del semen le había caído por fuera. Le goteaba de la barbilla, le corría por el cuello y le cubría los pechos en manchas blancas y brillantes. Una gota gruesa le resbaló por un pezón y cayó al suelo.


Paco soltó un suspiro largo y satisfecho. Le pasó el pulgar por el labio inferior, recogiendo un poco de semen y metiéndoselo de nuevo en la boca.

—Traga —ordenó con voz ronca.

Laura obedeció. Tragó lo que le quedaba dentro de la boca, con los ojos todavía húmedos y la cara completamente roja de vergüenza.

Paco se sacó la polla despacio, todavía brillante de saliva y semen. Se la guardó y se subió la cremallera como si nada.

—El trabajo es tuyo —dijo con calma—. Mañana a las ocho. Y otra cosa… —señaló las bragas que aún se le veían bajo el vestido bajado—… no te pongas esas bragas de vieja. Mejor ven sin nada. Aquí dentro no hacen falta.

Laura se quedó de rodillas un momento más, respirando agitada, con el semen goteándole de los pezones y la cara sucia. Luego se pasó la lengua por los labios, se subió el vestido por encima de los pechos empapados y se puso de pie con las piernas temblando.


No dijo nada. Solo asintió una vez y salió del almacén.

Fuera, en la calle, el móvil vibró. Era un mensaje de Miguel:

«Suerte, amor. Te quiero.»

Laura se quedó mirando la pantalla un segundo, con el sabor de Paco todavía en la boca y la vergüenza quemándole por dentro.

Había conseguido el trabajo.

Y sabía perfectamente lo que iba a tener que hacer para conservarlo.

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