La fiesta de Halloween
La polla entró de un empujón seco, profundo, sin aviso.
Clara soltó un jadeo ahogado y abrió las manos contra la pared. Él la había atrapado por detrás mientras removía entre los abrigos buscando el móvil. Una mano le había subido la falda del disfraz hasta la cintura, la otra le había bajado la braga y las medias de rejilla con un tirón seco, y antes de que pudiera girarse ya la tenía abierta y clavada contra la pared.
—Joder, cariño… —susurró ella, la voz pastosa por el alcohol—. ¿Qué te pasa esta noche? ¿Qué te has tomado?
Él no contestó. Solo empujó más hondo. Clara sintió cómo se abría alrededor de esa polla gruesa y caliente, cómo el estiramiento le subía por la tripa. Estaba un poco seca todavía, pero el alcohol y la sorpresa le habían dejado el cuerpo receptivo, blando, dispuesto. Apoyó la frente en la pared y abrió un poco más las piernas.
—Por esto querías que subiera a por tu móvil, ¿verdad? —dijo entre risas bajas—. Qué puta idea más buena…
Él soltó un “chiss” suave detrás de la máscara de doctor de la peste y empezó a moverse.
Embestidas lentas y profundas. Cada vez que empujaba, la polla entraba hasta el fondo de un solo golpe, hasta que notaba golpear los huevos con su culo, y al retirarse casi salía del todo antes de volver a clavarse dentro con el mismo ritmo pesado. El cuerpo detrás de ella se sentía más ancho, más pesado de lo habitual. La larga nariz curva de la máscara le rozaba la nuca y el hombro cada vez que él se inclinaba. El traje negro le raspaba la espalda desnuda al compás de las caderas. Clara llevaba un disfraz de gata: un body negro ajustado que le marcaba la tripa blanda y los pechos grandes, una falda cortísima de volantes y medias de red. Él se lo había bajado solo lo justo. Los pechos se le habían salido casi del todo y rebotaban con cada embestida, pesados, al ritmo exacto en que la polla la atravesaba.
Desde abajo llegaban los murmullos de la fiesta: risas, música apagada, el ruido de vasos. Nadie subiría.
Clara cerró los ojos y se dejó hacer. Llevaba meses sin que su marido la follara con esta urgencia. Los niños, el cansancio, las noches en las que llegaban a la cama solo para dormir… Había olvidado cómo se sentía que la tomaran así, sin pedir permiso. El alcohol le quitaba cualquier resto de vergüenza. Empujó el culo hacia atrás, buscando más profundidad, y soltó un gemido bajo cuando él le agarró más fuerte las caderas y aceleró el ritmo.
—Así… —susurró ella—. Joder, así…
Él respondió con otro empujón más profundo y un jadeo contenido detrás de la máscara. Clara sonrió contra la pared, borracha, caliente, completamente sorprendida del entusiasmo de su marido, follándola como no lo hacía desde hacía demasiado tiempo.
Él seguía embistiéndola sin prisas. Una de sus manos subió desde la cadera, le rodeó el cuerpo por delante y le agarró un pecho con fuerza, aplastándolo contra su palma. Los dedos le buscaron el pezón por encima de la tela del body y lo pellizcaron hasta hacerlo duro. Clara soltó un gemido más agudo y arqueó la espalda. La otra mano le bajó por la tripa blanda, la apretó con posesión y siguió bajando hasta encontrar el clítoris. Empezó a frotarlo en círculos lentos mientras la follaba, profundo, constante.
Cada vez que él llegaba al fondo, los dedos sobre su clítoris apretaban un poco más, obligándola a morderse el labio. El body le quedaba torcido y la respiración se le había vuelto irregular. Estaba tan entregada al ritmo que tardó unos segundos en darse cuenta de que algo no encajaba.
No era la forma de tocarla de su marido. Su marido era más torpe, más rápido cuando bebía. Este iba demasiado seguro. Demasiado preciso. Como si llevara mucho tiempo imaginando exactamente cómo hacerlo.
Clara abrió los ojos en la penumbra. La respiración se le quedó un segundo corta.
Recordó la llegada a la fiesta: su marido con el disfraz de médico de la peste, la máscara de nariz larga y curva, y Gabriel de Beetlejuice, con el traje y rayas. Se habían reído de lo distintos que iban. Y después, en algún momento de la noche, los dos habían desaparecido.
Una oleada distinta de calor le subió por el pecho.
No dijo nada. No se giró.
Solo empujó el culo un poco más hacia atrás, buscando todavía más profundidad, y dejó que la mano ajena siguiera frotándole el clítoris mientras la polla la abría una y otra vez. El sonido húmedo entre sus piernas se hizo más claro, más sucio. Clara cerró los ojos otra vez. Ya sabía a quién pertenecía esa polla.
—Espera… —susurró Clara, la voz rota por el alcohol y las embestidas.
Gabriel se detuvo en seco, todavía dentro de ella. La máscara de médico de la peste la miraba desde arriba, inmóvil. Clara respiró hondo, con la frente apoyada en la pared y el culo todavía comprimido por su pelvis. Notaba la polla gruesa y caliente palpitándole dentro, a medio camino.
Se separó despacio. La polla salió de su coño con un sonido húmedo y espeso. Clara se giró, terminó de bajarse el body hasta la cintura dejando los pechos completamente libres, y se arrodilló delante de él. El parquet le clavó las rodillas. Con las manos torpes por el alcohol buscó la hebilla del pantalón de Gabriel, la desabrochó y tiró hacia abajo. El pantalón cayó de golpe hasta los tobillos. Después le bajó los calzoncillos con el mismo movimiento y, por primera vez, tuvo la polla de Gabriel a tres centímetros de la boca.
Era gruesa, tensa, brillante de los fluidos de ella, con la cabeza oscura e hinchada. No se parecía en nada a la de su marido. Clara la rodeó con las dos manos y se la llevó a los labios. Primero solo el glande: labios apretados, lengua lenta y caliente rozando por debajo, recogiendo el sabor de su propio coño mezclado con el de él. Después bajó más, tomándola centímetro a centímetro, sintiendo cómo le llenaba la boca hasta casi tocarle la garganta
Gabriel soltó un jadeo contenido detrás de la máscara y le puso una mano en la cabeza. Clara empezó a chupar de verdad: ritmo constante, saliva abundante, la mano izquierda subiendo y bajando por lo que no le cabía mientras la derecha le acariciaba los huevos. Cada vez que bajaba hasta el fondo, se oía el sonido húmedo y sucio de su garganta. Cada vez que subía, un hilo de saliva le unía los labios a la polla.
Mientras lo chupaba, los recuerdos vinieron sin permiso.
La facultad. Los tres siempre juntos. Las noches interminables en La Luna de Malasaña. La forma en que Gabriel la miraba cuando creía que nadie se daba cuenta. Cómo ella también lo miraba a él, y después se sentía culpable porque ya estaba empezando algo con el que hoy era su marido. Las conversaciones en las que hablaban de todo excepto de lo que realmente había entre los tres. El día en que aceptó ser novia de su marido y el trío se rompió sin que nadie lo nombrara.
Casi veinte años.
Clara aceleró el ritmo. Empezó a chupar más profundo, más sucio, tomando casi toda la longitud hasta que la cabeza le rozaba la garganta. Cada vez que bajaba se oía el sonido húmedo y ahogado de su boca, y cada vez que subía un hilo grueso de saliva le unía los labios a la polla y le caía por la barbilla hasta los pechos. Gabriel le apretó más el pelo con las dos manos y empezó a mover las caderas, follándole la boca con embestidas cortas y controladas.
Mientras él le usaba la boca, Clara bajó una mano entre sus propias piernas. Se encontró el coño empapado, los labios hinchados… y el vello. No estaba depilada del todo. Le gustaba ir completamente lisa, pero solo cuando sabía que iba a follar con su marido. Hoy no lo había planeado. En las fiestas él siempre bebía demasiado y después en la cama no conseguía mantenerse duro, así que hacía tiempo que había dejado de prepararse. Ahora, con los dedos dentro de sí misma y la polla de Gabriel llenándole la boca, notó ese detalle con una mezcla extraña de vergüenza y excitación. Aun así no paró. Se metió dos dedos con facilidad y empezó a masturbarse al mismo ritmo con el que él le follaba la garganta, cerrando los ojos, concentrada en las dos sensaciones a la vez.
Gabriel siguió follándole la boca unos segundos más, más profundo. Clara intentó tomarlo entero, pero la cabeza le rozó demasiado atrás y tuvo una arcada fuerte. Se apartó de golpe, tosiendo, con la saliva colgándole de la barbilla.
—Lo siento —dijo él, en voz baja, sin pensar.
La frase le salió natural. Clara se quedó un segundo inmóvil. Después hizo como si no hubiera reconocido su voz.
—No pasa nada, cariño —susurró, todavía con la voz ronca—. Solo… ve más tranquilo.
Gabriel la agarró por debajo de los brazos y la levantó del suelo con facilidad. La tumbó de espaldas sobre la cama llena de abrigos. Clara soltó una risa corta al caer entre la ropa.
—Mi sueño cumplido —dijo, todavía borracha—. Follar sobre una cama de plumas.
Él no contestó. Se arrodilló entre sus piernas y terminó de quitarle la falda, los tacones y las medias de red. Después le sacó el body por los brazos. Clara se quedó completamente desnuda, con los pechos pesados cayendo hacia los lados, la tripa blanda y el coño brillante de sus fluidos. Se apoyó en los codos, abrió las piernas sin ninguna vergüenza y lo miró desde abajo.
—¿Y ahora qué vas a hacer?
Gabriel se acercó. Se quitó el sombrero de ala ancha y se lo colocó sobre la cara de ella, empujándola suavemente contra los abrigos. La vista se le tapó por completo. Solo le quedó un pequeño hueco por el que apenas se veía nada. Oyó el ruido de la máscara al ser retirada y, un segundo después, sintió la lengua caliente de él sobre un pecho.
Gabriel lamió despacio el pezón, lo rodeó con la boca, lo chupó con suavidad y después pasó al otro. Bajó por el centro del pecho, por la tripa blanda, dejando un rastro húmedo hasta el ombligo. Cuando la lengua se acercó al vello del pubis, Clara se tensó y le sujetó la cabeza con las dos manos.
—Hoy no, cariño… que no me he preparado.
Gabriel le agarró las muñecas con firmeza y se las apartó a los lados, clavándoselas contra la cama. Después bajó la cara y le abrió el coño con la lengua.
Empezó lento. Pasó la lengua de abajo arriba, abriendo los labios hinchados, recogiendo la humedad espesa con movimientos largos y deliberados. Dio varias pasadas completas, de la entrada al clítoris, antes de concentrarse solo en él. Lo lamió en círculos lentos, precisos, a veces aplastándolo con la lengua plana, a veces succionándolo suavemente entre los labios.
Clara intentó protestar otra vez, pero la voz se le quebró en un gemido tembloroso. Las caderas se le movieron solas, buscando más contacto. Dejó de forcejear. Gabriel notó que ya no se resistía y soltó sus muñecas.
Con las manos libres, le abrió más las piernas y le metió dos dedos de golpe, curvándolos hacia arriba en busca del punto G. Empezó a frotar con movimientos firmes y constantes mientras la lengua no dejaba el clítoris ni un segundo. El sonido húmedo de los dedos entrando y saliendo se mezclaba con los gemidos cada vez más abiertos de Clara.
Mientras la lengua de Gabriel trabajaba su clítoris y los dedos le frotaban por dentro, Clara recordó la primera vez que su marido —entonces todavía su novio— le había comido el coño. Había sido en el baño de un pub, hace casi veinte años. Ella iba completamente rasurada, como siempre en aquella época, antes de los niños, cuando podían acabar follando en cualquier sitio y a cualquier hora. Él la había levantado la falda, le había bajado las bragas hasta los tobillos y se había arrodillado entre sus piernas con una urgencia torpe y emocionada. Había durado poco. Ella se había corrido rápido, mordiéndose la mano para no hacer ruido, y al salir del baño se habían encontrado con Gabriel esperándolos en el pasillo.
Él se había reído al verle la cara a ella, todavía sonrojada y con los ojos brillantes, y la había mirado con una envidia tan clara que Clara lo había notado incluso entonces. Ahora, con la cabeza de Gabriel entre sus piernas y los dedos de él moviéndose dentro, la diferencia era brutal: ya no había torpeza, ya no había prisa, y esta vez no estaba esperando fuera.
Clara podía ver, por el pequeño hueco del sombrero, la cabeza de Gabriel entre sus piernas. El pelo oscuro, el movimiento constante de su boca, la forma en que se hundía contra ella. Los dedos no paraban de frotar ese punto exacto mientras la lengua trabajaba el clítoris con más presión, más insistencia.
El contraste con su marido era más que evidente. Cuando él le comía el coño era algo casi mecánico: un paso necesario para satisfacerla, para que ella pudiera correrse. Buscaba el placer de Clara, pero el suyo propio quedaba en segundo plano. Esto no se parecía en nada. Gabriel estaba disfrutando de verdad, se notaba en cada movimiento de la lengua, en la forma en que se hundía contra ella, en cómo respiraba. Estaba saciando una fantasía que llevaba años guardada, y eso lo hacía voraz, entregado, buscando el placer de los dos al mismo tiempo.
El orgasmo empezó a subirle desde muy abajo, primero como un calor denso y pesado en el vientre, después como una corriente que le recorría los muslos y le hacía temblar las piernas sin control. Los gemidos se le escapaban cada vez más altos, más rotos. Apretó los dientes, pero ya no pudo contenerlos.
Cuando sintió que ya no había vuelta atrás, le agarró la cabeza con las dos manos y se la apretó con fuerza contra el coño, arqueando la espalda. Se corrió con un grito sordo, ahogado, como si se le hubiera roto una presa que llevaba veinte años cerrada. El cuerpo se le sacudió en oleadas violentas. Los muslos le temblaban sin control. El coño le apretaba los dedos de Gabriel en contracciones fuertes y rítmicas mientras él seguía lamiéndola sin parar, obligándola a sentir cada pulso hasta el final.
Al volver a respirar tras el orgasmo, los recuerdos vinieron claros y ordenados.
La conversación de hace solo un par de horas, en la cocina de la fiesta, rodeados de gente, con copas en la mano. Su marido y Gabriel hablando en voz baja, riéndose de algo. La forma en que su marido le había tocado el brazo a Gabriel y le había dicho “esta noche, si se pone a tiro…”. Cómo Gabriel había mirado hacia ella un segundo y después había asentado, como si ya estuviera decidido. Otras frases de las últimas semanas que ahora cobraban sentido. Miradas. Comentarios. Planes que ella no había querido ver.
Cuando el orgasmo por fin aflojó, Gabriel se incorporó. Se volvió a poner la máscara. Se colocó encima de ella en posición de misionero, le quitó el sombrero de la cara y la miró fijamente desde muy cerca, a través de los ojos oscuros de la máscara. Clara reconoció esa mirada. Era la misma que le había dedicado hace casi veinte años a la salida del baño del pub, cuando todavía tenía la cara destrozada por el orgasmo. Solo que ahora no estaba mirándola desde fuera. Ahora la tenía encima.
Todavía no la penetró.
Gabriel agarró su polla por la base y la apoyó contra el coño de Clara, todavía abierto y extremadamente sensible. Empezó a frotar la cabeza gruesa y caliente contra su clítoris, despacio, de arriba abajo, disfrutando de cada temblor que provocaba. Clara se retorcía bajo él. Cada vez que la punta rozaba el botón hinchado, un gemido corto se le escapaba. Gabriel no apartaba la vista: miraba cómo se le contraían los músculos del vientre, cómo se le erizaba la piel de los muslos, cómo abría la boca sin emitir casi sonido. Se deleitaba con cada reacción.
Cuando la tenía temblando, apoyó la punta en la entrada y empujó. Entró lentamete pero hasta el fondo. Clara soltó un gemido largo, casi un quejido. Estaba demasiado sensible. Gabriel se quedó quieto un segundo, quieto dentro, y después empezó a moverse.
Al principio el ritmo fue controlado pero profundo. Clara lo rodeó con las piernas y clavo las uñas en la espalda. Lo miraba a los ojos a través de los agujeros de la máscara. Cada embestida le sacaba el aire.
Mientras la penetraba, el recuerdo llegó sin avisar.
Había sido una nochevieja de hace solo cinco años. El primer hijo acababa de nacer. Gabriel era el padrino. Como no podían salir, él y su novia de entonces habían venido a casa. La noche se alargó entre el cava y las copas. Terminaron jugando al “yo nunca he…”. Su marido, ya algo borracho, sonrió y dijo: “Yo nunca he deseado a la mujer de un amigo”. Gabriel levantó la copa y bebió. Su marido se rió. Clara, recién madre, con el cuerpo todavía cambiado y la autoestima por los suelos, no se dio por aludida. Solo pensó que era una tontería de hombres. Ahora, con la polla de Gabriel moviéndose dentro de ella, ese gesto de levantar la copa le volvía con una claridad incómoda. Algo se le había escapado aquella noche. Ahora sabía exactamente qué.
Gabriel aceleró. El sonido de los cuerpos se volvió más sucio, más rápido. Clara empujó las caderas hacia adelante, apretando las piernas alrededor de su cintura y se agarró al cabecero de la cama con las dos manos. El segundo orgasmo le llegó rápido. Se corrió con un gemido ahogado, el cuerpo tenso, el coño apretándole la polla en contracciones fuertes mientras él seguía embistiéndola.
Cuando las contracciones cesaron, Gabriel se detuvo. Se retiró de ella, la agarró por las caderas y la dio la vuelta, poniéndola a cuatro patas sobre los abrigos. Clara todavía temblaba. Apoyó la cara de lado sobre un abrigo de piel suave y espesa, sintiendo el pelo contra la mejilla, y bajó la cabeza intentando recuperar el aire. Las rodillas se le hundían en la ropa amontonada. El olor a perfume ajeno le llenaba la nariz.
Fue entonces, al levantar la mirads, cuando lo vio.
La puerta del armario estaba entreabierta. Dentro, semioculto entre la ropa colgada, estaba su marido. Estaba en camiseta interior y calzoncillos, con la polla dura fuera, y la miraba en silencio con una expresión que Clara no le había visto nunca.
Gabriel le agarró las caderas y empezó a embestirla con
fuerza. Clara no gemía como antes. Casi no hacía ruido. Solo el sonido húmedo
de la polla entrando y saliendo y el roce de su piel contra el abrigo de piel.
Él lo notó. En lugar de frenar, empujó más hondo, más rápido, como si el
silencio de ella fuera un desafío. Cada embestida le sacudía el cuerpo entero.
Los pechos le colgaban y se movían con violencia. La mejilla se le hundía en el
pelo suave del abrigo.
Clara seguía mirando al armario. Su marido no se había
movido. Solo la observaba, la mano cerrada alrededor de su propia polla, sin
pestañear. El shock le duró varios segundos más. Después, despacio, apartó la
vista de él y bajó la frente contra la piel.
—Tírame del pelo —dijo, con la voz baja pero clara.
Gabriel obedeció enseguida. Le enredó los dedos en el pelo, tiró hacia atrás con fuerza y la obligó a arquear el cuello. Clara soltó un gemido largo, el primero de verdad desde que la había puesto a cuatro patas. Él interpretó el sonido como rendición y aumentó todavía más el ritmo.
La follaba con embestidas cortas y pesadas, tirándole
del pelo cada vez que se clavaba hasta el fondo.
Mientras la penetraba así, el recuerdo llegó limpio.
Había sido en un Corte Inglés, hacía un par de años. Se
encontró con una exnovia de Gabriel. Clara se acercó sonriendo, casi con ganas
de abrazarla, porque las dos se habían caído bien. La otra le contestó con una
frialdad cortante, apenas un saludo, y se alejó enseguida. Entonces pensó que
había sido un mal día. Ahora, con la polla de Gabriel golpeándole el fondo y la
mano tirándole del pelo, las piezas encajaron de golpe: la noche del “yo nunca
he…”, la forma en que él había bebido, la mirada de hace veinte años a la
salida del baño, la reacción de aquella mujer. Gabriel había estado enamorado
de ella. Durante años.
Clara no dijo nada más. Empujó las caderas hacia atrás,
buscando el golpe de cada embestida, y volvió a girar la cabeza hacia el
armario. Esta vez lo miró a propósito. Su marido seguía ahí, la mano moviéndose
más rápido ahora. Ella mantuvo los ojos fijos en él mientras dejaba que Gabriel
la follara sin saber todavía que el plan ya no le pertenecía del todo. El
orgasmo empezaba a subirle otra vez, denso, inevitable, y esta vez quería a él
le doliera.
Clara gritó hacia el armario, un sonido largo y roto que ya
no intentó contener. El cuerpo se le tensó entero, el coño se cerró alrededor
de la polla de Gabriel en contracciones fuertes, y después se derrumbó hacia
adelante, como muerta, con la cara hundida en el abrigo de piel y los brazos
flojos.
Gabriel no se detuvo. La agarró por las caderas, le levantó
el culo poniendo un abrigo bajo su tripa y siguió embistiéndola con fuerza
mientras sus pechos resbalaban sobre el abrigo de piel.
Clara temblaba debajo de él, todavía sacudida por las
últimas oleadas.
Notó el cambio en el ritmo. Las embestidas se volvieron más
cortas, más urgentes, tirándole del pelo hacia atrás cada vez que se
clavaba hasta el fondo. Estaba cerca. Clara giró un poco la cara hacia el
armario y dijo con voz clara, sin gritar:
—Córrete dentro… hoy estoy ovulando.
El recuerdo llegó en el mismo instante.
Estaban en su cama, meses atrás. Ella encima de él, todavía
con la respiración agitada. Le había dicho, casi al oído, que había vuelto a
dejar la píldora. Que quería el tercero. La cara de su marido se había
Desde el armario, él oyó la frase. La mano se le aceleró y
se corrió en silencio, el cuerpo tensándose entre la ropa colgada.
Gabriel, al oír las palabras, soltó un gruñido bajo y se
hundió hasta el fondo. Se corrió dentro de Clara a pulsos largos y calientes,
mientras le tiraba del pelo y la mantenía quieta. Se quedó clavado varios
segundos más antes de retirarse.
El silencio que siguió fue denso.
Clara fue la primera en moverse. Se incorporó con torpeza,
todavía temblando, y buscó entre la ropa amontonada. Encontró los calzoncillos
de Gabriel. Se limpió con ellos entre los muslos, despacio, sin mirar a ninguno
de los dos. Después se los dejó en la mano a él.
—Ahora te toca a ti terminar la noche a lo comando —dijo,
con la voz todavía ronca pero firme—. Yo bajo primero. Tú esperas unos minutos.
Se levantó, recogió el disfraz del suelo y se lo puso sin
prisas. En el umbral se detuvo un segundo, sin girarse del todo.
—Voy a buscar a Gabriel —añadió—. Que tiene que estar
pensando donde nos hemos metido.
Salió y cerró la puerta con suavidad.
Detrás de ella, los dos hombres se quedaron en silencio: uno
todavía dentro del armario, el otro de pie entre los abrigos, con los
calzoncillos sucios en la mano y la máscara todavía puesta.
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Si has disfrutado del relato, te agraecería que volvieras a todorelatos para valoralo allí y conseguir que siga teniendo visibilidad. Muchas gracias
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