Incesto en La Mancha (Capítulo 3)
Dayana se despertó primero. El sol entraba con fuerza por las cortinas entreabiertas y el silencio de la casa era casi total. Se quedó un rato tumbada, mirando el techo alto de la habitación. A su lado, Camila seguía profundamente dormida, con una pierna fuera de la sábana y el camisón subido hasta la cadera. Mateo, en la otra cama, respiraba tranquilo.
No tenía sueño. Después de unos minutos de dar vueltas, se levantó con cuidado, se puso el vestido del día anterior y salió de la habitación en silencio.
La casa era mucho más grande de lo que había imaginado. Empezó a caminar descalza por los pasillos de madera, explorando sin rumbo fijo. Aunque parte del ala oeste estaba en obras y había zonas cerradas con plásticos y andamios, el resto de la casa tenía un aire imponente pero acogedor. Techos altos, muebles antiguos bien cuidados, cuadros de paisajes manchegos y una sensación de espacio que contrastaba mucho con el pequeño piso de Usera.
Mientras caminaba, Dayana no podía evitar pensar. La casa era impresionante. Incluso con las reformas, se notaba que era un lugar pensado para vivir bien. Por un momento se permitió imaginar cómo sería vivir allí. No estaba tan mal la idea. El silencio, el espacio, la tranquilidad… Después de años apretados en Madrid, aquello parecía otra vida.
Siguió recorriendo pasillos hasta que llegó a la zona de las habitaciones principales. Una de las puertas estaba entreabierta. La curiosidad pudo más que ella y se acercó con sigilo. Asomó la cabeza.
Lo que vio la dejó clavada en el sitio.
Alfredo estaba follando a su madre en la cama. Elena estaba a cuatro patas, completamente desnuda, con el camisón de seda tirado en el suelo. Alfredo, también desnudo, la cogía por las caderas y la follaba con embestidas profundas y constantes. Elena tenía la cara hundida en la almohada y mordía la tela para no hacer demasiado ruido, aunque de vez en cuando se le escapaba algún gemido ahogado. Sus tetas grandes se balanceaban con cada golpe. Él la penetraba con un ritmo seguro, casi metódico, como quien ejerce un derecho que nadie le discute.
Dayana sintió un calor repentino entre las piernas. Se quedó mirando, incapaz de apartar la vista. Vio cómo Alfredo le apretaba las caderas con fuerza, cómo movía las manos por la espalda de su madre y cómo la follaba sin ninguna prisa. Elena gemía más fuerte cada vez que él entraba hasta el fondo.
Dayana notó cómo se le endurecían los pezones bajo el vestido. Sin darse cuenta, se mordió el labio y apretó un poco los muslos. Su respiración se volvió más rápida. No se tocó, pero el calor que sentía entre las piernas era innegable. Siguió mirando, hipnotizada por la escena.
Entonces Alfredo giró ligeramente la cabeza.
Sus ojos se encontraron.
Por un segundo, Dayana se quedó congelada. Alfredo no apartó la mirada. Tampoco se detuvo. Siguió embistiéndola a Elena con la misma calma, y le dedicó a Dayana una sonrisa lenta, segura, casi indulgente. Como si la hubiera estado esperando. Como si no le sorprendiera en absoluto que estuviera ahí. Dayana sintió una mezcla de vergüenza, miedo y algo más oscuro que no quiso nombrar. Dio un paso atrás y salió corriendo por el pasillo, con el corazón latiéndole con fuerza.
Al volver a la habitación se encontró con que Mateo ya estaba despierto, sentado en su cama mirando el móvil. Al verla entrar de golpe, frunció el ceño.
—¿Qué pasa? —preguntó en voz baja.
Dayana no contestó. Se metió directamente en la cama de él, por detrás, y lo abrazó por la cintura, pegando su cuerpo al suyo. Mateo se quedó quieto un segundo, sorprendido, pero no se apartó. Notó enseguida los pezones duros de su hermana a través del vestido, presionando contra su espalda. No dijo nada.
Dayana escondió la cara entre sus omóplatos y susurró:
—Estaban follando… bien fuerte.
Mateo se tensó un poco.
—¿Otra vez?
Dayana asintió contra su espalda.
—Sí… y los he visto. Desde la puerta. Joder…
Se quedaron callados un rato. Dayana seguía abrazada a él, buscando algo de calor y normalidad después de lo que había visto. Mateo, por su parte, intentaba ignorar la sensación de los pezones de su hermana contra su espalda y el calor que empezaba a sentir en la entrepierna.
—¿Crees que… es normal que lo hagan tan fuerte? —preguntó Dayana después de un momento, intentando sonar casual.
Mateo soltó una risa baja.
—No sé… pero desde que está Alfredo, mamá parece otra.
Dayana rio por lo bajo, aunque era una risa algo nerviosa.
—Sí… se nota.
Antes de que pudieran seguir hablando, se oyó la voz de Camila desde la otra cama:
—Pues yo me puse bien cachonda.
Los dos se giraron. Camila estaba apoyada en un codo, mirándolos con cara de sueño pero con una sonrisa pícara.
Dayana se rio.
—Eres una bruta.
—¿Qué? —dijo Camila encogiéndose de hombros—. No es que sea una mirona ni vaina… el porno casi ni me llama, la verdad. Pero cuando oigo a una jeva disfrutando de verdad, de esas que no se aguantan los gritos… me pongo bien cachonda. Será empatía o qué sé yo.
Los tres se rieron bajito, intentando no hacer demasiado ruido. La conversación se mantuvo en un tono ligero y algo picante durante unos minutos. Nadie mencionó que Dayana había cruzado mirada con Alfredo mientras él follaba a su madre. Ella tampoco lo contó. Se quedó con ese detalle guardado, como algo demasiado extraño y demasiado íntimo para decirlo en voz alta.
Poco después se oyó la voz de Elena desde el pasillo:
—Ya veo que están despiertos. Vamos a desayunar.
Bajaron los cuatro al comedor. La mesa ya estaba puesta y olía a café recién hecho y tostadas. Unos minutos después apareció Lucía cargando una bandeja con más cosas. Tenía unos diecinueve años, era pequeña y delgada, con el pelo castaño claro recogido en una coleta baja. Su complexión era mucho más fina que la de Dayana y Camila, y su pecho era pequeño. Iba vestida de forma sencilla: unos pantalones cortos claros y una camiseta blanca holgada, sin ningún tipo de uniforme.
Elena la vio entrar y sonrió con naturalidad, como quien ya la conoce de otras veces.
—Buenos días, Lucía.
—Buenos días —respondió ella con acento manchego, sonriendo con timidez—. ¿Cómo amanecieron?
Alfredo, que ya estaba sentado, intervino con una sonrisa paternal:
—Lucía es la jefa de la casa. Lleva casi dos años ya. Su madre se encargaba antes, así que la conozco desde que era una niña. Cuando abrimos el restaurante, María se quedó allí y Lucía pasó a ocuparse de todo esto.
Lucía sonrió, un poco avergonzada, y empezó a servir el desayuno. Alfredo la seguía con la mirada mientras ella se movía alrededor de la mesa. No era una mirada lasciva en ese momento, sino algo más calmado, posesivo, como quien observa algo que le pertenece desde hace tiempo. Lucía parecía acostumbrada. No se tensaba. Simplemente cumplía con su trabajo con una naturalidad que solo se tiene cuando uno sabe exactamente cuál es su lugar.
Mientras comían, Alfredo retomó el tema de la boda:
—Estaba pensando que lo mejor sería hacerlo en septiembre. Después del calor.
Dayana y Camila se miraron. Dayana fue la primera en hablar:
—Ay no, ¿septiembre? Eso es muy justo. No va a dar tiempo de avisar a la gente de Venezuela ni de organizar nada.
Camila asintió:
—Sí… es muy justo.
Elena dejó la taza en la mesa y habló con tono cortante, aunque intentaba controlarse:
—Yo no pienso invitar a nadie de Venezuela. Allí todo el mundo me dio la espalda cuando las cosas se pusieron feas. Y yo no veo pa’ qué hay que esperar tanto. Si por mí fuera, me casaba ya. Pero no, hay que esperar a que pase la vendimia.
Alfredo sonrió con paciencia, intentando suavizar el ambiente:
—Tranquilas. Tenemos tiempo de organizarlo todo bien. Además, propongo que hoy aprovechemos el día. Podemos ir un rato a la piscina, comer pronto y luego volver a Madrid. ¿Qué os parece?
Las chicas dudaron. Dayana fue la primera en hablar:
—No trajimos bañador…
Alfredo sonrió, tranquilo, y miró de reojo a Lucía, que en ese momento recogía unos platos.
—Lucía seguramente os puede prestar algo.
Lucía levantó la vista y respondió con naturalidad, sin ninguna resistencia:
—Puedo prestarles algunos de los míos, si quieren.
Había en su tono una obediencia suave, casi automática. Como si cualquier petición que viniera de Alfredo se cumpliera sin cuestionarla.
Alfredo llamó a Lucía:
—Las chicas querían ir un rato a la piscina, pero no trajeron bañador.
Lucía levantó la vista y respondió con naturalidad:
—Puedo prestarles algunos de los míos, si quieren.
Dayana y Camila se miraron, un poco indecisas, pero al final aceptaron. Lucía las acompañó hasta una de las habitaciones de invitados de la planta de arriba. Mientras subían las escaleras, Dayana fue la primera en romper el silencio, curiosa:
—¿Y tú vives aquí todo el año?
Lucía asintió.
—Sí, desde hace dos años. Antes vivía con mis padres en el pueblo, pero como la casa es grande y Alfredo necesita ayuda, me vine para acá.
—¿Y cómo es vivir por aquí? —preguntó Camila—. ¿Hay mucha gente joven?
—No tanta como en la ciudad —respondió Lucía con una sonrisa pequeña—. La mayoría de los que se quedan terminan trabajando en el campo o en los pueblos de alrededor. No es como Madrid, aquí la vida es más tranquila. La gente se junta más en los pueblos los fines de semana.
Dayana siguió preguntando:
—¿Y Alfredo? ¿Siempre ha vivido aquí?
—Desde que yo tengo memoria —dijo Lucía—. Su familia tiene las bodegas desde hace mucho tiempo. Él es el que más las ha modernizado.
Llegaron a la habitación. Lucía abrió un armario grande de madera y empezó a rebuscar entre la ropa. Sacó varios bikinis y los dejó sobre la cama.
—Estos son los que tengo… Perdón si son muy pequeños —dijo con una sonrisa un poco avergonzada, mirando de reojo los cuerpos de las dos venezolanas—. Yo soy más plana, así que mis cosas seguramente os van a quedar justas.
Dayana y Camila se miraron y luego cogieron los bikinis. Se pusieron frente al espejo grande que había en la habitación y empezaron a probárselos. Los bikinis eran claramente más pequeños de lo que necesitaban. La parte de abajo se les metía entre las nalgas y la de arriba apenas conseguía cubrirles los pezones, dejando gran parte de sus pechos al descubierto. El contraste era evidente: mientras Lucía tenía un cuerpo menudo y delgado, las dos hermanas tenían curvas mucho más pronunciadas.
Dayana se miró de lado en el espejo, ajustándose el bikini en las caderas, y soltó una risa baja.
—Este me queda metido hasta el alma…
Camila, que también se estaba viendo en el espejo, giró un poco el cuerpo y comentó:
—El de arriba ni me tapa bien los pezones… qué vaina.
Lucía se quedó un momento observándolas, con una expresión entre admiración y un leve complejo. No dijo nada, pero se notaba que se sentía un poco pequeña frente a los cuerpos más voluptuosos de las dos venezolanas.
Al final, las dos optaron por coger los albornoces que había colgados en el baño para cubrirse mientras iban hacia la piscina.
Cuando llegaron a la piscina, Mateo ya estaba dentro, apoyado en el borde con el agua hasta el pecho. Alfredo también estaba en el agua, un poco más lejos, hablando con Elena, que estaba tumbada en una de las tumbonas con el vestido subido hasta los muslos, tomando el sol con los ojos cerrados.
Dayana y Camila se sentaron junto a su madre sin quitarse los albornoces, con cierta timidez. Mateo las invitó a meterse en el agua, pero ellas respondieron con alguna excusa. Mateo salió de la piscina. Se acercó directamente a Dayana con una sonrisa pícara.
—Vamos a ver si sigues siendo tan rápida —dijo, y antes de que ella pudiera reaccionar, le agarró el cinturón del albornoz y tiró de él.
El albornoz se abrió de golpe. Mateo lo soltó y lo dejó caer al suelo, dejando a Dayana solo con el diminuto bikini. Por un segundo se quedó mirándola: la forma en que la tela apenas contenía sus pechos grandes, lo pequeña que le quedaba la parte de abajo… Se le secó la boca. Antes de que Dayana pudiera protestar, la agarró por la cintura y la levantó en brazos.
—Mateo, no te atrevas —dijo ella entre risas, intentando soltarse.
Pero él ya la estaba llevando hacia el borde de la piscina. Con un impulso, la lanzó al agua. Dayana cayó con un grito ahogado y, al impactar contra la superficie, el top del bikini se le movió hacia un lado, dejando uno de sus pechos completamente expuesto durante unos segundos antes de que ella pudiera taparse con los brazos.
Desde la tumbona, Elena soltó una carcajada.
—Como si no hicieras topless en la playa… Total, aquí nadie te ve. Estamos en familia.
Camila, que estaba un poco más lejos, se rio también y sin pensárselo mucho se quitó la parte de arriba del bikini y se tiró de bomba al agua.
—Camila, eres una loca —dijo Dayana, aunque ya estaba riendo mientras intentaba colocarse bien el top.
Los tres hermanos empezaron a jugar. Entre chapuzones, empujones y forcejeos, Mateo se acercaba a sus hermanas para sujetarlas o tirar de ellas. Cada vez que rozaba sus cuerpos —las caderas de Dayana, los pechos de Camila cuando se movían sin sostén—, notaba cómo se le ponía más dura dentro del calzoncillo. Intentaba disimularlo, pero en más de una ocasión sus hermanas lo rozaron sin querer y se dieron cuenta. Ninguna dijo nada, pero se notaba que lo sabían. Aun así, siguieron jugando como si nada.
Después de un rato, las dos chicas salieron del agua y se tumbaron en topless junto a su madre, aprovechando el sol. Sus pieles brillaban por el agua y el sol les daba directamente en los pechos. Mateo se quedó un momento mirándolas desde el agua antes de apartar la vista, sintiendo cómo la erección le palpitaba contra la tela del calzoncillo.
Unos minutos después apareció Lucía por el jardín, todavía con la ropa de trabajo. Se acercó con paso tranquilo y anunció:
—En diez minutos estará lista la comida.
Alfredo salió de la piscina secándose el pelo con una toalla. Le guiñó un ojo a Mateo y dijo con tono de broma:
—Me voy a cambiar. Y vosotros también deberíais hacerlo, no vaya la comida a enfriarse… o a calentarse.
Solo Elena y Mateo se rieron de la gracia. Dayana y Camila sonrieron por compromiso, un poco incómodas.
Todos empezaron a recoger sus cosas y se dirigieron hacia la casa. Mateo se quedó un rato más dentro del agua, apoyado en el borde y respirando hondo, intentando que se le bajara la erección que no terminaba de desaparecer.
Desde su posición en el agua, Mateo vio cómo Alfredo se detenía un momento a hablar con Lucía antes de entrar en la casa. Ella asintió varias veces, se quitó el delantal y se quedó en el jardín recogiendo las bebidas y toallas que habían dejado por ahí.
—¿Sigues aquí? —preguntó ella con una sonrisa pequeña cuando se acercó al borde de la piscina.
Mateo se giró un poco, intentando disimular la erección que todavía no se le había bajado del todo.
—Sí… estaba esperando a que se me pasara el calor.
Lucía se sentó en el borde, dejando que sus pies descalzos se metieran en el agua. Era pequeña, delgada, con el cuerpo menudo y el pecho pequeño. Muy diferente a sus hermanas. Tenía una cara bonita, de rasgos suaves, y hablaba con un acento manchego claro pero suave.
Charlaron un rato. La conversación fluyó de forma natural. Lucía le contó que tenía un novio desde los quince años, un chico del pueblo de al lado. Le explicó que en la zona la gente se emparejaba bastante joven, y que ella y su novio llevaban ya casi cinco años juntos. Le dijo que su plan era casarse pronto, en cuanto ella ahorrara un poco más.
—Aquí la vida es más tranquila que en la ciudad —le explicó—. La gente joven no sale tanto como en Madrid. La mayoría trabaja en el campo o en los pueblos de alrededor. Yo tengo suerte porque Alfredo me trata muy bien. Me libra dos días a la semana, que es más de lo que tienen la mayoría de las chicas que trabajan de internas. Así puedo ver a mi novio y ahorrar.
Mateo la escuchaba con curiosidad. Lucía hablaba con naturalidad, sin parecer incómoda. En un momento la conversación se fue poniendo un poco más personal.
—¿Y tú? —le preguntó ella—. ¿Tienes novia?
—No… todavía no —respondió Mateo, un poco avergonzado.
Lucía sonrió, moviendo los pies dentro del agua.
—Eres guapo. Se te nota que eres de ciudad. Aquí las chicas te mirarían mucho.
Mateo se rio, un poco nervioso. La conversación siguió bajando de tono poco a poco. Lucía le preguntó si le había gustado alguna de las chicas del pueblo o si ya había visto a alguien que le llamara la atención. Él contestaba corto, un poco cortado, pero ella parecía cómoda llevando la charla.
En un momento, Lucía lo miró directamente y bajó la voz:
—Te he visto antes… en la piscina. Cuando estabas jugando con tus hermanas.
Mateo se tensó un poco.
Lucía sonrió, sin maldad.
—Se te notaba. Estabas un poco… incómodo.
Mateo no supo qué decir. Se quedó callado, con la cara caliente. Lucía se quedó mirándolo un segundo más y luego, sin dramatismo, se metió en la piscina. El agua le llegó hasta la cintura. Se acercó a él con tranquilidad.
—Alfredo me dijo que me ocupara de que estuvierais cómodos —comentó, como si hablara de algo normal—. Que si veía que necesitabais algo… que os ayudara.
Antes de que Mateo pudiera reaccionar, Lucía le bajó el bañador con una mano y lo agarró directamente. Empezó a masturbarlo bajo el agua con movimientos lentos y seguros. Mateo cerró los ojos un segundo, intentando procesar lo que estaba pasando.
Lucía lo miró a los ojos mientras le acariciaba.
—Tranquilo —dijo en voz baja—. No pasa nada.
Lo siguió tocando un rato, hasta que notó que estaba completamente duro. Entonces lo llevó hacia las escaleras de la piscina. Lo sentó en uno de los escalones, con el agua hasta la cintura, y se arrodilló frente a él dentro del agua. Sin decir nada más, se lo metió en la boca.
Empezó a chupársela con calma al principio, moviendo la cabeza con un ritmo constante. Una de sus manos le acariciaba las pelotas mientras la otra se apoyaba en su muslo. Poco a poco fue aumentando la intensidad, chupando con más fuerza y usando la lengua. Los sonidos húmedos se mezclaban con el agua de la piscina.
Mateo tenía las manos apoyadas en los escalones, mirando hacia abajo. En un momento levantó la vista hacia la casa… y lo vio.
Alfredo estaba en una de las ventanas del primer piso, de brazos cruzados, observándolos sin disimulo.
Mateo se quedó congelado un segundo. Lucía, ajena a todo (o fingiendo estarlo), siguió chupándosela con más ganas, acelerando el ritmo. Mateo sintió una mezcla de excitación y vergüenza tan fuerte que no supo qué hacer. Seguía sintiendo la boca de Lucía alrededor de su polla, pero no podía dejar de mirar hacia la ventana, donde Alfredo permanecía inmóvil, viendo todo con una calma absoluta. Como si estuviera comprobando que las cosas se hacían como debían hacerse.
Lucía aceleró más, usando también la mano. Mateo cerró los ojos un momento, pero cuando los abrió, Alfredo seguía allí. Observando.
No tardó mucho más. Se corrió en la boca de Lucía con un gemido ahogado. Ella se lo tragó todo sin hacer ningún drama, se limpió los labios con la mano y se levantó con naturalidad.
Se acercó a él, todavía dentro del agua, y le dio un beso rápido en la mejilla.
—De nada —dijo simplemente.
Luego salió de la piscina, recogió la bandeja de las bebidas y se fue hacia la casa como si nada hubiera pasado.
Mateo se quedó sentado en las escaleras de la piscina, todavía sin poder procesar del todo lo que acababa de ocurrir. Cuando levantó la vista de nuevo hacia la ventana, Alfredo ya no estaba.
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