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Con mamá en la playa nudista 8

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Seguían tumbados en el suelo del salón, abrazados. El vestido azul marino de Laura estaba subido hasta la cintura. Marcos tenía la cara escondida en el hueco de su cuello y un brazo rodeándole la espalda. Los pantalones cortos de deporte le quedaban bajados a medias. Ninguno de los dos se había movido desde que terminaron. Solo se oía la respiración de los dos y, de fondo, el zumbido lejano de algún electrodoméstico. Laura fue la primera en hablar. La voz le salió baja, casi cuidadosa. —Marcos… escúchame. Él no levantó la cabeza. Solo apretó un poco más los dedos contra su espalda. —Yo también lo quería —continuó ella—. No me forzaste. No pienses eso ni un segundo. Los dos estábamos… rotos. Tú con lo de tu padre. Yo con todo lo demás. Necesitábamos esto. Los dos. Se quedó callada un momento, buscando las palabras. —Pero no puede volver a pasar. No puede. Soy tu madre. Y tú… tú tienes que vivir cosas normales. Con chicas de tu edad. Marcos levantó por fin la cara. Tenía los ojos oscuros...

Con mamá en la playa nudista 6

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Laura subió las escaleras con las piernas torpes. El vestido se le pegaba a los muslos por el sudor y por lo que todavía le resbalaba entre las piernas. Abrió la puerta del apartamento y la cerró a sus espaldas sin hacer ruido. Marcos ya estaba dentro. Estaba de pie en medio del salón, con la luz de la cocina encendida a su espalda. No estaba sentado. No estaba bebiendo agua. Simplemente la esperaba. Se miraron. El silencio se hizo inmenso de inmediato, casi físico. Él habló primero. La voz le salió baja y plana: —Te vi. Laura sintió que el estómago se le cerraba. Por un segundo no supo qué decir. Después intentó recuperar el control. Forzó una explicación de confusión. —¿Ah, sí? —contestó, con un tono que pretendía ser ligero—. En el chiringuito. Fui a tomarme algo. Te iba a decir si me acompañabas, pero te vi tan bién acompañado. Marcos no se movió. Solo la miró con más intensidad. —No en el chiringuito —dijo—. En la playa. Ella abrió un poco más los ojos, como si n...

Con mamá en la playa nudista 5

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Laura se despertó antes de que amaneciera. Se quedó un rato quieta en la cama, mirando el techo, repitiendo mentalmente lo de la noche anterior: los dedos de su hijo dentro de ella, el orgasmo, el beso desesperado, y después la vergüenza que la había empujado a cerrar la puerta de su habitación. Cuando Marcos se despertó, ella ya estaba duchada y preparando el café en la cocina. Llevaba solo el vestido corto de algodón blanco. El pelo lo tenía recogido en un moño bajo, limpio, sin un solo mechón suelto. Parecía haber decidido recuperar el control. —Buenos días —dijo él. —Buenos días. El desayuno fue breve. Ella comió una tostada sin apenas hablar. Cada vez que él intentaba decir algo, ella contestaba con monosílabos o con un simple movimiento de cabeza. El silencio no era hostil, pero sí denso. Como si la noche anterior hubiera dejado una capa invisible entre los dos. —¿Vamos a la playa? —preguntó Marcos al cabo de un rato. Laura asintió. Bajaron juntos. El sol ya calenta...

La fiesta de Halloween

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La polla entró de un empujón seco, profundo, sin aviso. Clara soltó un jadeo ahogado y abrió las manos contra la pared. Él la había atrapado por detrás mientras removía entre los abrigos buscando el móvil. Una mano le había subido la falda del disfraz hasta la cintura, la otra le había bajado la braga y las medias de rejilla con un tirón seco, y antes de que pudiera girarse ya la tenía abierta y clavada contra la pared. —Joder, cariño… —susurró ella, la voz pastosa por el alcohol—. ¿Qué te pasa esta noche? ¿Qué te has tomado? Él no contestó. Solo empujó más hondo. Clara sintió cómo se abría alrededor de esa polla gruesa y caliente, cómo el estiramiento le subía por la tripa. Estaba un poco seca todavía, pero el alcohol y la sorpresa le habían dejado el cuerpo receptivo, blando, dispuesto. Apoyó la frente en la pared y abrió un poco más las piernas. —Por esto querías que subiera a por tu móvil, ¿verdad? —dijo entre risas bajas—. Qué puta idea más buena… Él soltó un “...

Con mamá en la playa nudista

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Aparcaron delante del edificio con las mejillas heladas por el aire acondicionado. Laura apagó el motor y se quedó unos segundos con las manos en el volante, mirando el portal blanco de dos plantas. No había nadie en la calle.  —Baja tú las bolsas grandes —dijo sin girarse—. Yo llevo la nevera y la de la ropa de playa. Marcos asintió. Tenía diecinueve años y ya no discutía ese tipo de cosas. En cuanto abrió la puerta del coche, un golpe de aire caliente con olor a salitre le bañó la cara. Vera a mediodía de julio era un horno de leña. Sacó las dos maletas del maletero echando en falta la maleta de su padre. Laura cerró el coche, pasó la correa de la nevera por el hombro y empujó la puerta del portal con el codo. El vestíbulo estaba en penumbra y olía a lejía reciente. Subieron las escaleras en silencio. En el segundo piso ella buscó la llave en el bolsillo del vestido de algodón, la introdujo y empujó. El apartamento se abrió de golpe: luz blanca, suelo de terrazo frío, olor ...