El Búnker: la mano (2)
Alba se despertó antes de que sonara el temporizador, con la sensación de que la noche no había acabado de irse. El cubículo olía a humedad y a la sábana de siempre. Las gafas estaban en el borde de la litera, dobladas. Se las puso. El mundo volvió a tener bordes. Se vistió de espaldas a la abertura, la camiseta corta, el chándal gris, como si Leo pudiera estar ya en el pasillo. Al vestirse le dolió el canto de la nalga, el cardenal del acero de la encimera de la cocina. Entre las piernas, al cerrar el elástico, un roce de tela que ya no era solo tela. En la cocina él había puesto dos raciones. El cubo del filtro, en su sitio. Nada fuera de lugar excepto el silencio, que era el de siempre y no lo era. —Buenos días. —Buenos días. Leo no le buscó la cara. Miró la mesa. Tenía el pelo mojado. Se había lavado. Comieron. El metal de la cuchara contra el metal del plato. Alba habló de la junta del conducto que perdía un hilo de aire y de la lista de la semana. Él asintió. Dijo que lo ...