Con mamá en la playa nudista
Aparcaron delante del edificio con las mejillas heladas por el aire acondicionado. Laura apagó el motor y se quedó unos segundos con las manos en el volante, mirando el portal blanco de dos plantas. No había nadie en la calle. —Baja tú las bolsas grandes —dijo sin girarse—. Yo llevo la nevera y la de la ropa de playa. Marcos asintió. Tenía diecinueve años y ya no discutía ese tipo de cosas. En cuanto abrió la puerta del coche, un golpe de aire caliente con olor a salitre le bañó la cara. Vera a mediodía de julio era un horno de leña. Sacó las dos maletas del maletero echando en falta la maleta de su padre. Laura cerró el coche, pasó la correa de la nevera por el hombro y empujó la puerta del portal con el codo. El vestíbulo estaba en penumbra y olía a lejía reciente. Subieron las escaleras en silencio. En el segundo piso ella buscó la llave en el bolsillo del vestido de algodón, la introdujo y empujó. El apartamento se abrió de golpe: luz blanca, suelo de terrazo frío, olor ...