Incesto en La Mancha (Capítulo 1)- Reescrito

El piso de Usera olía a humedad y a comida recalentada. Aunque eran solo las ocho de la tarde de un viernes, el calor del verano se había quedado atrapado entre las paredes finas y las ventanas que apenas abrían del todo. La tele del salón estaba encendida a volumen bajo, pero nadie la miraba realmente.

Mateo estaba tumbado en el sofá cama, con los auriculares puestos y el móvil en la mano. Tenía diecinueve años, el pelo revuelto y una camiseta holgada. De vez en cuando levantaba la vista hacia el pasillo, como esperando algo.
En la habitación del fondo, la única que tenían las dos hermanas, Dayana estaba delante del espejo del armario intentando decidirse entre dos faldas. La habitación era tan estrecha que la cama de matrimonio ocupaba casi todo el espacio. Camila estaba sentada en el borde, ya maquillada, revisando el móvil con expresión cansada.
—¿Tú vas a salir otra vez con esa falda tan corta, o qué? —preguntó Camila sin levantar la vista, con su acento venezolano bien marcado.
Dayana se giró, sosteniendo la minifalda negra contra la cintura.
—Sí, ¿y qué? ¿Tú no ves el calor que está haciendo, hermana?
Camila se encogió de hombros.
—Nada, nada. Solo pregunto.
Había algo en su tono que no era solo cansancio. Llevaban meses así: compartiendo cama, compartiendo armario, compartiendo el mismo aire viciado del piso. Desde que su madre empezó a pasar más noches con Alfredo, el espacio se había vuelto todavía más raro. A veces él se quedaba a dormir. A veces no. Pero su presencia se notaba igual: en la nevera más llena, en el olor a colonia cara que dejaba en el baño, en la forma en que su madre sonreía más de lo normal.
Dayana se puso finalmente la minifalda y se miró de lado.
—¿Tú no sales, Camila?
—Tengo que ir pa’l bar. Ramón me pidió que entrara un rato más temprano. Dice que hay movida esta noche.
Camila se levantó y se estiró. Llevaba una camiseta negra ajustada y unos shorts de jean que le quedaban justos. Se miró un segundo en el espejo, sin mucho entusiasmo, y luego buscó las zapatillas.
Desde el salón, Mateo se quitó un auricular.
—¿Me vais a dejar solo otra vez?
Dayana asomó la cabeza por la puerta, sonriendo.
—No seas exagerado, Mateo. Mamá dijo que igual venía más tarde.
—Mamá dijo lo mismo ayer —contestó él con tono neutro, y volvió a mirar el móvil.
Hubo un silencio corto. Camila se quedó quieta un momento, con una mano en el pomo de la puerta de la habitación. Pensó en el alquiler que vencía en diez días. En lo que todavía le debía a Ramón del mes pasado. En lo fácil que se le estaba haciendo a su madre desaparecer hacia la finca de Alfredo mientras ellas seguían apretadas en aquel piso.
—No llegues muy tarde, ¿oíste? —le dijo a Dayana por fin, con voz más suave—. Y avísame cuando estés viniendo.
Dayana asintió, aunque ya estaba mirándose otra vez en el espejo, ajustándose el escote.
Camila salió al pasillo, pasó junto a Mateo y le revolvió el pelo al pasar.
—Hay comida en la nevera. No te comas todo el jamón, ¿eh?
—Tranquila —respondió él sin mirarla, pero sonrió un poco.
Camila cogió el bolso, se miró una última vez en el espejo del recibidor y salió del piso. Mientras bajaba las escaleras, notó el mismo peso de siempre en el pecho: el de saber que, otra noche más, ella era la que mantenía algo de orden mientras los demás parecían estar de paso.
El bar ya tenía su ambiente de viernes cuando Camila llegó. Luces tenues en tonos ámbar y rojo, olor a cerveza, perfume barato y un poco de humo que se colaba desde la calle cada vez que alguien abría la puerta. No era un local grande, pero esa noche estaba bastante lleno.
Camila se pasó detrás de la barra, se ató el delantal y saludó a Ramón con un movimiento de cabeza. Él estaba contando monedas en la caja y apenas levantó la vista.
—Llegaste justo. Ya había empezado a venir gente.
Camila no contestó. Se puso a trabajar enseguida: servir cañas, preparar cubatas, sonreír lo justo. Sabía exactamente cómo moverse detrás de esa barra. Cómo inclinarse un poco más de la cuenta cuando hacía falta, cómo dejar que la camiseta negra se le ajustara contra el pecho, cómo usar lo que tenía sin regalar demasiado.
Varios clientes lo intentaron, como siempre. Un chico joven e insistente se le quedó mirando el escote sin disimulo.
—Oye, guapa, ¿me das tu número o me vas a hacer sufrir toda la noche?
Camila ni siquiera levantó mucho la vista del vaso que estaba llenando.
—Sufrir un rato te hace bien, mi amor. Paga y lárgate.
El chico se rio, pero se fue. Otro, más mayor y con mejor labia, aguantó un poco más. Camila lo despachó con respuestas cortas y educadas hasta que se cansó.
Cuando hubo un pequeño hueco, se acercó a Ramón. Se apoyó en la barra, inclinándose lo suficiente para que la camiseta se le abriera un poco más en el escote. Sabía que él iba a mirar. Siempre miraba.


—Ramón… necesito que me adelantes un poco de plata.
Ramón levantó la vista. Sus ojos bajaron al pecho de Camila un segundo, sin ningún pudor, y luego volvieron a su cara.
—Otra vez, Camila.
—Lo sé. Pero se me complicó. Mi mamá necesita que ayude con el alquiler este mes y no llego.
Ramón soltó un suspiro pesado y se pasó la lengua por el labio inferior, todavía mirándola.
—Tienes que aprender a administrar lo que ganas. No puedes venir cada dos por tres.
Camila no se apartó. Se quedó inclinada, dejando que él mirara. Habló más suave:
—Solo un poco. Te lo devuelvo la semana que viene, te lo juro. Es la última vez.
Ramón la sostuvo la mirada unos segundos más. Luego miró hacia la puerta del local, como asegurándose de que nadie prestaba demasiada atención. Finalmente abrió la caja, contó unos billetes y se los pasó por debajo de la barra.
—Ciento cincuenta. Y no me jodas, Camila. En serio.
Ella guardó el dinero en el bolsillo trasero de los shorts.
—Gracias, Ramón.
Él no dijo nada más. Solo la siguió con la vista un momento mientras ella se alejaba a atender a otros clientes. Camila sintió la mirada en la espalda, pesada y familiar. No era la primera vez que conseguía el adelanto así. Ni sería la última. Mientras limpiaba un vaso, pensó en el piso, en el alquiler, en su madre cada vez más tiempo en la finca de Alfredo, y en lo fácil que se le estaba haciendo a todo el mundo dejar que ella cargara con lo pesado.
Un rato después, la puerta del local se abrió y entraron Dayana y sus amigas. Camila levantó la barbilla en un gesto rápido de reconocimiento y les hizo una seña para que se acercaran a la barra. El alcohol de la casa de Lucía les había subido rápido y hablaban más alto de lo necesario. Camila les preparó las copas sin decir mucho y volvió a su ritmo detrás de la barra.
No habían pasado ni veinte minutos cuando Dayana vio entrar a Ezequiel. Él la buscó con la mirada en cuanto cruzó la puerta y se dirigió directo hacia ella con dos vasos en la mano.
—Terminé antes de lo que pensaba —dijo, entregándole uno.
Bailaron. Al principio con distancia, pero el cuerpo de Dayana se fue pegando solo. Se movía con naturalidad, marcando el ritmo con las caderas. Ezequiel le puso las manos en la cintura y ella no se apartó. Cuando giró y quedó de espaldas contra su pecho, sintió cómo él bajaba las manos hasta sus caderas. Dayana se frotó un poco más, notando que ya estaba duro.
—Estás muy buena moviéndote así… —le dijo al oído.
Ella giró la cabeza solo lo necesario.
—¿Te gusta cómo muevo el culo?
Ezequiel apretó un poco más.
—Demasiado.


El baile se volvió más sucio. Dayana perreaba contra él sin disimulo, sintiendo la erección marcarse contra la minifalda. En un momento le agarró la mano y lo llevó entre la gente hasta los baños de mujeres. Entraron en el primer cubículo libre. Apenas había espacio.
Dayana lo empujó contra la pared y le metió la mano por encima del pantalón. Estaba muy duro. Le abrió la bragueta, sacó la polla y empezó a masturbarlo mirándolo a los ojos. Ezequiel le agarró una nalga por debajo de la falda. Ella se arrodilló, se la metió en la boca y chupó con ganas, rápido, sin rodeos. No quería alargar aquello.
Ezequiel la detuvo al poco, la sentó en el váter, le subió la falda y le bajó las bragas. Se arrodilló entre sus piernas y le comió el coño con hambre. Dayana se mordió el dorso de la mano para no gemir demasiado alto. Se corrió rápido, con las piernas temblando alrededor de su cabeza.


Cuando se calmó un poco, él intentó penetrarla, pero el espacio era malo y la posición incómoda. Dayana lo detuvo.
—Mejor así.
Lo hizo sentarse y volvió a arrodillarse. Se bajó los tirantes y el sujetador, dejó las tetas al aire y se lo metió otra vez en la boca. Chupó más rápido, usando la mano. Ezequiel se corrió enseguida, con un gruñido ahogado. Dayana tragó casi todo, se limpió los labios con el dedo y se levantó.


—Yo salgo primero. Espera un par de minutos.
Salió del cubículo. Una chica que se retocaba el maquillaje le dedicó una sonrisa cómplice. Dayana le devolvió la sonrisa sin decir nada y regresó con sus amigas.
Laura la miró con cara de “ya te vi”.
—¿Y eso? ¿Dónde te metiste tanto rato?
—Nada. Solo estábamos hablando.
Nadie se lo creyó, pero tampoco insistieron demasiado. Siguieron bailando un rato más. Ezequiel se mantuvo cerca, pero ya sin la misma intensidad. Cerca de las tres, el bar empezó a vaciarse. Dayana se acercó a la barra.
—Nos vamos ya —le dijo a Camila.
Camila asintió, recogiendo vasos.
—Yo me quedo a cerrar. No me esperes. Avísame cuando llegues.
Dayana le dio un beso rápido en la mejilla y salió con las amigas. Camila salió del bar casi una hora después. El aire de la madrugada le pegó en la cara con un alivio momentáneo. Ya no había metro, así que caminó hasta Cibeles para coger el Búho. El trayecto se le hizo largo. Iba con el bolso apretado contra el cuerpo y la cabeza llena del mismo ruido de siempre: el dinero, o la falta de dinero.
Cuando por fin llegó a Usera y subió las escaleras, abrió la puerta con cuidado para no hacer ruido. Apenas había dado dos pasos dentro cuando casi chocó contra alguien.
Alfredo.
Salía del baño. Solo llevaba unos calzoncillos negros. Tenía casi sesenta años, el cuerpo todavía firme, y la luz amarillenta del pasillo le marcaba la sombra de la barba. Se quedó quieto al verla.
Camila se agachó para quitarse las sandalias. El movimiento hizo que la camiseta se le abriera hacia delante. Desde donde él estaba, el escote dejó ver casi por completo la curva superior de sus pechos, pesados y apretados dentro del sujetador. Alfredo no apartó la vista. Sus ojos bajaron despacio por sus piernas, por los shorts ajustados, y se quedaron un segundo de más en ese hueco oscuro entre la tela y la piel.


Camila se incorporó y lo notó. Notó también que, en los calzoncillos negros, el bulto empezaba a marcarse con claridad. Alfredo se dio cuenta de que ella lo había visto. Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. El pasillo estaba en penumbra.
—Llegas tarde —dijo él por fin, con su voz grave.
—Me tocó cerrar. Y el Búho tarda una eternidad. Si tuviera coche o pudiera pagarme un Uber, no llegaría a estas horas.
Alfredo la miró un momento más. Luego pasó a su lado, rozándole apenas el brazo, y murmuró:
—Buenas noches.
Alfredo entró en la habitación con cuidado y cerró la puerta tras de sí. La luz que entraba desde la calle era tenue, apenas suficiente para distinguir las formas. Elena estaba acostada de lado, de espaldas a la puerta, con un camisón corto de seda color crema que se le había subido hasta la cintura durante la noche. No llevaba bragas. Sus nalgas, redondas y maduras, quedaban completamente expuestas. El camisón, arrugado y subido, apenas le cubría la parte baja de la espalda.


Alfredo se quedó un segundo mirándola. Tenía la polla dura desde que había visto a Camila en el pasillo. Las tetas grandes y pesadas de la hija seguían frescas en su memoria: la forma en que se movían cuando se agachó, el escote abierto, la piel morena brillante por el sudor. Ahora, frente a él, tenía a Elena. Más madura, más suave, pero igual de deseable a su manera.
Se bajó los calzoncillos y se metió en la cama con sigilo. Se pegó a la espalda de Elena, pegando su cuerpo al suyo. Su polla, gruesa y dura, quedó presionada entre las nalgas de ella. Con una mano le levantó suavemente la pierna superior y se frotó contra su coño. Estaba caliente y húmeda. Alfredo no esperó. Se colocó en el ángulo correcto y empujó despacio, introduciendo la cabeza de su polla entre los labios de Elena.
Ella seguía dormida.
Alfredo siguió empujando con lentitud hasta enterrarse por completo dentro de ella. Elena soltó un sonido ronco y gutural, pero no abrió los ojos todavía. Su cuerpo reaccionó por instinto: el coño se contrajo alrededor de la polla que acababa de invadirla.


Alfredo empezó a follarla despacio, con embestidas profundas y controladas. Una mano le rodeó el cuerpo por delante y tiró hacia abajo del camisón de seda, liberando sus pechos. Los agarró con fuerza desde atrás, apretándolos con posesividad mientras seguía follándola.
Pero no eran las tetas de Elena las que tenía en la cabeza. Eran las de Camila. La forma en que se le habían marcado en el pasillo, pesadas, jóvenes, apretadas dentro del sujetador cuando se agachó. Cada vez que hundía los dedos en la carne blanda de la madre, la memoria de la hija se le superponía con una claridad casi dolorosa. Le excitaba precisamente por eso: porque no debía estar pensándola. Porque estaba dentro de una y deseando a la otra.


Elena empezó a despertar poco a poco. Sus párpados temblaron y soltó otro gemido bajo cuando sintió las embestidas más profundas. No se quejó. Al contrario, arqueó ligeramente la espalda y empujó su culo hacia atrás, recibiéndolo mejor. Alfredo le apretó un pecho con más fuerza y aceleró un poco el ritmo, follándola con movimientos más seguros y dominantes.
Elena metió la cara en la almohada para ahogar los sonidos. Su respiración se volvió más agitada y entrecortada. Alfredo la follaba con fuerza pero sin hacer ruido, solo el sonido húmedo de su polla entrando y saliendo de ella rompía el silencio de la habitación. Le siguió apretando los pechos con rudeza, pellizcándolos y masajeándolos mientras la follaba desde atrás, todavía atrapado en la imagen de Camila.



Elena llegó al orgasmo primero. Su cuerpo se tensó de golpe y un gemido largo y ahogado se le escapó contra la almohada. Su coño se contrajo con fuerza alrededor de la polla de Alfredo. Él no se detuvo. Siguió follándola con el mismo ritmo profundo hasta que, minutos después, se corrió dentro de ella con un gruñido contenido. Se quedó enterrado hasta el fondo, vaciándose completamente mientras le apretaba los pechos con fuerza, con la hija todavía quemándole la cabeza.
Se quedaron quietos, pegados, respirando agitados. Alfredo mantuvo las manos sobre sus tetas un rato más, acariciándolas con lentitud mientras recuperaba el aliento. Elena no dijo nada. Solo respiraba con dificultad, todavía con la cara hundida en la almohada.

En la otra habitación  Camila seguía despierta mirando al techo. Todavía sentía la mirada de Alfredo encima. Y, por primera vez en mucho tiempo, no estaba segura de qué le molestaba más: que él la hubiera mirado así… o que a ella no le hubiera molestado tanto como debería.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Lo que no se nombra (capitulo 1) ACTUALIZADO CON VIDEOS

Lo que no se nombra (capitulo 5) ACTUALIZADO CON VIDEOS

Lo que no sé nombra (Capitulo 2)