Verdad o reto

La cinta que le cubria los ojos era suave y olia a perfume industrial. Inés se la había colocado ella misma, demasiado alta, y ahora le comía las cejas. Se sentó en el borde de la cama de Dani con las manos en las rodillas, esperando el paso en la escalera. Abajo la percusión atravesaba el suelo. Laura —era Laura: esa risa que no baja nunca— gritó que le tocara a otra, que ella ya había mandado el audio.

Habían venido con la idea de la clase entera. Vacaciones de Semana Santa, el WhatsApp de Nerea prometiendo “casa de Dani, vienen todos, padrees fuera”. Inés se había puesto la camiseta que menos le marcaba y aun así se la había estirado dos veces en el portal. Subieron las cuatro juntas —ella, Laura, Nerea, Marta— y al abrir se encontraron el salón a medias: Álex y los suyos, dos sofás, cubatas ya empezados, la música demasiado alta para tan poca gente. Ni la mitad del grupo. Ni el grupo de Javi y los repetidores, ni las chicas populares. Solo el círculo de Álex, las chicas de vóley y los cuatro frikis de robótica. Nerea dijo “hostia, ¿y el resto?” y Dani se encogió de hombros: que unos se habían ido al pueblo, que otros no confirmaban. Marta ya se estaba riendo de algo de Pablo. Laura dejó el abrigo en una silla y pidió un vaso. Inés se quedó un segundo en la entrada, con la sorpresa todavía en la cara, y entonces Álex levantó la mano desde el sofá, como si la hubiera estado esperando a ella y no a la clase.

Oyó como la puerta se abría y cerraba. El par de zapatillas raspando la moqueta.

—Estás muy guapa —dijo Álex.

No era verdad del todo y ella lo sabía. Por eso se le abrió la boca.

Él se acercó sin prisa. Lo oyó pararse entre sus rodillas. El calor le llegó antes que las manos. Cuando la besó, Inés levantó la cara a ciegas y los brackets le rozaron el labio de él, un click pequeño, vergonzoso. Sabía a cubata de cola y a chicle de menta. Álex le pasó la lengua por el alambre como si no le importara y a ella se le puso la piel de gallina.


En el salón la botella había parado delante de ella dos veces. La primera, verdad: con quién se lo haría. Dijo un nombre que nadie conocía. Ella explicó que era un amigo del pueblo. Marta confirmó que estaba muy bueno. Las otras se rieron con ella, no de ella. Antes de la segunda, Álex se le había inclinado al oído. Marta tenía el móvil encendido grabando a Pablo imitando a un profesor. Nerea se había quedado en sujetador por un atrevimiento y ahora se tapaba con una sudadera de Dani, riéndose. Se sentía cómoda en el corro

—Si te toca —le había dicho Álex, tan bajo que solo ella lo oyó—, pide atrevimiento. Va a ser un beso con los ojos vendados. Pero seré yo. Esta noche es de los dos.

Ella había pedido atrevimiento con una voz que le salió pequeña. Dani dijo que era un beso a un desconocido. Tenía que entrar en su habitación con los ojos tapados, y esperar un beso.   Nerea añadió “de lengua” y todas rieron. Inés subió sola. El corazón se le salía del pecho.

Ahora Álex le subía la camiseta. Ella levantó los brazos. El aire de la habitación le dio en la barriga y en la raya que le dejaba el sujetador bajo las tetas. Se las sintió pesadas, caídas hacia los lados en cuanto él le soltó el cierre. Le dio vergüenza el peso. Él las cogió como si le cupieran.


—Joder —murmuró contra su cuello.

Las manos de Álex eran las que ella había mirado mil veces en clase, alrededor de un boli. Ahora le rozaban los pezones, poniéndoselos duros, casi doloridos. Inés arqueó sin querer. El metal de los dientes le rozó otra vez la boca de él cuando buscó el segundo beso.

Él la tumbó poco a poco. El colchón de Dani era blando y se la tragó un poco: los muslos se le abrieron solos, la tripa se le recogió en un pliegue que ella quiso alisar con la mano y no llegó. Álex le besó ese pliegue. No lo apartó.

Cuando los dedos le subieron la falda y se le metieron por el borde de la braga, ella juntó las rodillas.

—No, aún no.

No era un no al todo. Era miedo a que la viera de verdad: el vello que no se había arreglado bien, la marca de la goma en la cadera, lo blanda que se le veía la parte de dentro del muslo.

Álex no tiró. Se quedó con la boca en su cuello y la mano quieta, el pulgar dibujando un círculo por encima de la tela.


—Llevo meses mirándote —dijo—. No es una cosa de una noche. Bajaremos juntos y les diremos a todos que somos novios. De verdad. No es solo un atrevimiento.

A Inés se le llenaron los ojos debajo del antifaz. Tragó saliva. Se bajó ella misma las bragas. El aire le dio en el vello. Estaba más mojada de lo que pensaba. Se le escapó un sonido pequeño, avergonzado, cuando los dedos de él separaron los labios y le tocaron encima, justo en el bultito que se le había hinchado sin que ella lo decidiera.

Un dedo. Le costó. Lo resbaladizo le extrañó: había imaginado que estaría seca de los nervios. No lo estaba. Álex no empujó del todo; se quedó en el borde, el pulgar arriba, moviendolo en círculos tan pequeños que Inés primero pensó que no hacía nada. Luego el círculo encontró el sitio. Se le escapó un sonido contra la clavícula de él. Juntó las rodillas un segundo y las volvió a abrir.


Álex le besó el cuello.

—Así —dijo. Nada más.

El dedo entró un poco más. Inés notó cómo se le abría, cómo la piel de dentro tiraba y a la vez se le hacía blanda. Él lo sacó despacio, lo volvió a meter, y cada vez salía más fácil. Lo resbaladizo ya no le extrañaba: le bajaba por la raja, le llegaba al culo, le enfriaba el muslo cuando él apartaba la mano un segundo para acomodarse. Inés quiso taparse con la palma y se encontró la muñeca de Álex. No la apartó. La dejó ahí, encima, sintiendo cómo se le movían los tendones mientras él la tocaba.

El pulgar no paró. Arriba, húmedo de ella, un vaivén corto que le subía un cosquilleo hasta la tripa. Las tetas se le habían puesto pesadas. Álex le bajó la cara por el pecho y ella notó primero el aliento, caliente, y después la lengua, plana, en el pezón izquierdo.

No era un roce. Se lo metió en la boca. La calor le envolvió el pezón de golpe, y cuando chupó de verdad Inés notó un tirón que le bajaba por la teta hasta la tripa y se le juntaba con el pulgar. Se le escapó un gemido.

Cambió de lado sin aviso. El pezón que dejó atrás se le quedó frío, mojado, más duro aún, y el otro le ardía ahora igual, la lengua de él dándole vueltas, los dientes rozando apenas, no un mordisco: un borde. Inés arqueó. Las tetas se le echaron hacia él. Notó como el pezón le latía como el clítoris, el mismo vaivén, la misma vergüenza de que el cuerpo contestara tan alto.


Cuando Álex chupó más hondo, tirando un poco de la carne, a Inés se le humedeció más abajo de golpe. Lo notó. Se tapó la boca con la mano. No quería que viera los Brackets. No quería que parara.

El segundo dedo le robó el aire. Entró junto al primero con un ardor concreto, no de dolor del todo: de sitio ocupado. Álex los dejó quietos un momento, dentro, abiertos apenas, y el pulgar siguió fuera, en el bultito, ahora resbaladizo de verdad. Inés se agarró a los hombros. Notó cómo se le contraía alrededor de los dedos, una pulsación que no mandaba ella. Él los movió despacio, buscando, no a lo bruto: un gancho corto hacia arriba, otra vez, otra.

—Mira cómo estás —dijo Álex, cerca de la oreja, sin levantarle la cara.

No miró. No hacía falta. Estaba muy mojada. Lo oía. Un chapoteo pequeño, vergonzoso, cada vez que Álex sacaba los dedos hasta el borde y los volvía a hundir. Le corría por el culo hasta la sábana. El antifaz se le había torcido y por la franja vio su propia rodilla temblar. El sitio de dentro le latía alrededor de los dos dedos como si le pidiera lo otro. Entonces él paró.

Oyó el ruido del cinturón. La polla le tocó primero el muslo, caliente, y luego el borde. Álex se apoyó en una mano junto a su cabeza.

—Dime si paro.

—No pares.

Entró. El ardor fue concreto, no una metáfora. Ancha más que larga. Inés notó cómo se le ponía duro el vientre, un pinchazo que se quedaba. Apartó la cara contra la almohada. Hubo un hilo; lo sintió en el muslo un momento después, caliente, distinto a lo otro. Álex se detuvo a medias.

 

—Sigo.

Ella asintió.

Él empezó corto. Inés contaba respiraciones. Cada vez que se él hundía, la tripa le temblaba y las tetas se le movían hacia los lados, y eso también lo sentía: la vergüenza y el golpe juntos. Buscó la boca de Álex y no dio bien. El alambre le arañó el labio.

No era el ritmo que había imaginado. No había un sitio al que llegar. Había un ardor que iba y venía, más agudo cuando él entraba del todo, más sordo cuando se retiraba, y en medio un lleno que no sabía si le gustaba o solo le ocupaba. Álex se apoyaba en una mano junto a su cabeza y con la otra le sujetaba el muslo, abierto, y Inés notaba los dedos hundidos en la carne blanda. Cada embestida le subía la barriga en un pliegue. Se le pegaba a él. Se le despegaba.

—Muévete conmigo, así —dijo Álex, cerca, la voz ya otra.


Ella asintió debajo del antifaz e intentó seguir el ritmo. El colchón de Dani crujía en un solo muelle. Abajo la música tapaba casi todo; a ella le quedaban el chapoteo y su propia respiración, fea, cortada.

Cuando él alargó el golpe, Inés apartó la cara contra la almohada. El pinchazo de la entrada le volvió un segundo, más hondo, y detrás vino algo que no era dolor: un roce dentro, caliente, que se le deshacía antes de convertirse en nada. Placer a medias. Malestar encima. Muy lejos de lo que le había hecho el pulgar. Esto era peso, carne, las tetas saltándole sin gracia.

Álex aceleró. Corto otra vez, más seguido. A Inés se le cansaban las rodillas, no sabía como colocarlas. Le puso una mano en la espalda de él, no para acercarlo: para medir. El calor le subía a la cara. El antifaz le hacía que el sudor se le quedara en los ojos.

Él buscó su boca. Inés se la dio. El beso le salió torpe, abierto, los brackets por medio, y Álex no se apartó del metal. Un sonido suyo se le metió en la garganta. Inés no estaba cerca. Lo sabía con una claridad rara, casi limpia: podía seguir así un rato y no iba a rompérsele nada por dentro. Lo mejor era terminar lo más rápido posible, y ella compensó la descoordinación de Alex.

Álex se puso rígido. Se le clavó hondo, más hondo que antes, y el calor le llegó a ella a pulsos, ajeno, espeso, quedándose. Inés notó cada sacudida. El cuerpo de él encima, todo el peso un segundo, la respiración contra su pelo. Dentro, el latido de él y el hueco de ella, que no había llegado.

Inés le pasó un brazo por la espalda, aún con la mirada oculta, y buscó la boca. El beso que le dio Álex fue flojo. Ya no estaba en el mismo sitio.

Se levantó.

—Ahora te toca a ti —dijo Álex.

Lo oyó como un premio.

Manos de nuevo en los muslos. Sintió el calor de las palmas. Los pulgares le abrieron un poco más las piernas y el aire le dio en el coño, frío de golpe sobre lo caliente.

Una boca bajó por la tripa. Ahora no besó el pliegue y se le paró en el vello. Inés contuvo el aire. La lengua abrió. Plana. De abajo arriba, lenta, recorriéndole los labios hinchados, recogiendo lo que se le escapaba —ella, él, el hilo espeso que le bajaba hacia el culo—. El primer paso le llegó como un escalofrío. El segundo le encontró el clítoris.

Arqueó la espalda para controlar el placer. Ese punto, que con la polla se le había quedado lejos, ahora latía contra la lengua como si no fuera suyo: un bulto pequeño, duro, demasiado sensible. La boca no tuvo prisa. Daba una pasada larga, se quedaba arriba, chupaba apenas, volvía a bajar. Inés se agarró a la sábana. Notó la saliva ajena mezclada con lo suyo, caliente, y el mentón apoyándole en el muslo.

Ella se mordió el labio. Los brackets le clavaron por dentro. Un temblor le subió por el muslo, corto, traidor. La lengua se le puso más firme en el clítoris, un vaivén corto ahora, el mismo que el pulgar, pero húmedo y ancho. Inés levantó un poco la cadera sin decidirlo. El malestar de antes se le había quedado atrás; esto era otra cosa: un hilo que se tensaba en la tripa, un calor que no se deshacía. Le corría hacia abajo cada vez que la boca se apartaba un segundo para respirar y volvía.

—Así —dijo Álex—. Que se te oiga.

Se le oyó. Un sonido que no quiso soltar y se le escapó igual, alto. La lengua la rodeó. Una mano —grande— le sujetó el muslo para que no cerrara. Inés estaba al borde. Lo supo como había sabido antes que no llegaba: ahora sí, ahora el punto era ese.

La boca no se apartó.

Chupó. Un sello húmedo, corto, justo encima, y la lengua debajo, rápida. A Inés se le fue la fuerza de las piernas. El orgasmo le vino de ahí, de ese bulto, no de dentro: un tirón seco que le cerró el vientre, le abrió la boca, le hizo apretar los muslos contra las orejas de quien la tenía. Se le escapó un quejido feo, largo. El coño le palpitó contra la lengua a golpes, soltando más, mojándole la barbilla a él, y ella no pudo taparse la cara porque las manos se le habían quedado agarradas a la sábana.


Duró poco. Le duró entero. Cuando aflojó, el clítoris le latía solo, demasiado, y la boca aún estaba ahí, más suave, lamiéndole el final como si no quisiera perderse lo que se le escapaba.

La boca se apartó. Inés soltó el aire que le quedaba y notó el peso de nuevo encima. Otra vez la polla contra el labio hinchado, buscando. No era la misma sensació. El torso pesaba más. Al poner la mano en la cintura para hacerse sitio, Inés palpó carne blanda, otra grasa. El vello del pecho no estaba donde había estado.

Se quitó el antifaz.

Pablo encima, la cara colorada y humeda de ella. Alex a un lado de la cama, semivestido, la polla todavía brillante, mirándola. Iván al fondo, contra el armario. Con los pantalones bajados y la mano en la polla, sin acercarse.

El techo le dio una vuelta. Inés abrió la boca. El “para” le llegó a la lengua y se le quedó ahí.

Álex se agachó un poco, la voz baja, para ella.

—Podemos bajar juntos los dos, o bajamos nosotros ahora y luego tú. ¿Te quedas o te vistes?

Abajo seguían. Laura. Nerea. Marta. El música. Una casa llena.

Inés se vio a sí misma: tetas caídas hacia los lados, la tripa con la marca roja del elástico, la humedad brillante entre las piernas. Pablo no se movía. Esperaba. Álex la estaba mirando de verdad por primera vez.

Si se vestía, él no la volvería a mirar.

Abrió las piernas.

Pablo soltó el aire como si lo hubiera estado aguantando. No empujó del todo. Era más grueso, o ella estaba más cerrada; Inés no supo. Lo que notó fue el peso del vientre de él contra el suyo, una mano junto a la cabeza de ella para no aplastarla del todo.



—Dime si te duele —dijo. Cerca. Demasiado cerca—. Inés. ¿Bien?

Ella asintió. No era un sí del cuerpo. Era un sí a que acabara. Álex la miraba desde el lado de la cama y ese era el trato: quedarse. Pablo era el peaje. Si se quejaba, si pedía que parara, se rompía lo de Álex. Se convenció de esto por dentro, claro, casi con la misma voz con la que contestaba a su madre sobre la hora de llegada.

Pablo avanzó otro poco. El ardor era otro que el de Álex: más ancho, más lento, un estiramiento que le llegaba al coxis. Inés apartó la cara. Él se lo tomó por timidez. Le besó la mejilla.

—Estás bien. Estás muy bien. Dime y paro.

—Sigue —dijo ella en un murmullo.

Pablo sonrió contra su mejilla, aliviado, y empezó a moverse con un cuidado que a ella le causaba tristeza. Corto. Preguntando con el cuerpo. Cada vez que ella no gemía, él frenaba un segundo y le acariciaba la cadera, el pecho, la tripa, como si pudiera encenderla desde fuera.

—Así, ¿bien? Despacio. Que te guste.

No le gustaba. Le pesaba. El vientre de Pablo le aplastaba las tetas a cada vaivén, le quitaba el aire, le dejaba el pezón doblado. Dentro solo había ocupación y un resto sensible, el clítoris todavía latiéndole de antes, ahora rozado sin gracia contra el vello de él. Inés ponía las manos en los hombros de Pablo y no apretaba. Las tenía ahí para que él creyera que la estaba abrazando. Contaba las embestidas. Quería llegar el número donde se le pusiera rígido y se viniera.

—Mírala. Le está gustando—dijo Álex de pie junto a ello.

Pablo la miró. Los ojos húmedos, sinceros de una forma que a Inés le dio vergüenza ajena. Le apartó un mechón.

—Eres muy mona, de verdad. Si te hago daño, me dices.

Ella cerró un poco los ojos. Asintió otra vez. Pablo aceleró cuando creyó que ella empezaba a disfrutar. Él lo leyó al revés. Había empezado a mover las caderas para que fuera más rápido. Le hablaba entre dientes, cariño de verdad, “así”, “qué bien”, “Inés”, su nombre dicho como si importara. A ella el nombre le dolía más que la polla. Lo dejó pasar. Levantó un poco las rodillas para aumentar el recorrido de las caderas.


Cuando estaba cerca, Pablo intentó besarla en la boca. Ella giró la cara a tiempo mientras él se corría dentro. Segundo calor. Lo notó desbordar. El muslo se le puso pegajoso. Se le escapó un sonido que no quería. Pablo se retiró torpe, se dejó caer de lado, y ella se quedó con las rodillas abiertas, el coño latiéndole, dos semenes distintos resbalándole hacia el colchón.

Álex seguía ahí. Había hecho lo que había que hacer. Inés tragó saliva. El techo de Dani. Iván todavía apoyado en el armario, la polla en la mano, esperando sin acercarse. Por un segundo pensó que ya estaba. Que podía vestirse. Que el peaje era Pablo y punto.

Álex se agachó a su altura. Le acarició la mejilla, solo eso.

—Aún no.

Inés lo miró. Quiso preguntar tú o él. No preguntó. Álex le pasó la mano de la cara a la cadera, suave, y le dio la vuelta con esa misma suavidad, esperando a que ella empujara con las rodillas. Inés se puso a cuatro. El colchón se hundió bajo sus rodilla y las tetas quedaron colgando a plomo. Lo sintió y no podía cubrirse.



Iván se colocó detrás. Manos más frías que las de Pablo. Más delgadas. Le agarró los laterales de la cadera como quien no sabe si tiene permiso y Álex, delante de ella, asintió. Inés cerró los ojos un segundo. El peaje no había terminado. Lo entendió. Lo aceptó otra vez, más cansada.

Iván empujó. El ángulo era otro. Agradeció no tener un peso muerto sobre su tripa y sus tetas. Le entraba de atrás, más hacia arriba, un punto que Álex no le había tocado y que Pablo había pasado de largo. El primer golpe le robó el aire contra la sábana. El segundo le hizo abrir la boca. No era el cariño de Pablo, era necesidad. Sentía como la polla le llegaba a la vejiga y al clítoris desde detrás, sucio, preciso sin quererlo.

Álex se arrodilló delante. Le apartó el pelo de la cara con dos dedos. Inés levantó la vista. Él la estaba mirando. A ella. A la boca. A los brackets. A los ojos. Se estaba tocando despacio, y cuando le puso la polla en los labios no empujó: se la dejó ahí, la cabeza caliente, y la miró mientras Inés abría.



Los brackets le estorbaron enseguida. No sabía como chupar. Él no se la hundió. Le dejó la cabeza entre los labios y ella hizo lo que pudo, torpe, con un hilo que se le caía a la barbilla. Cada vez que Iván empujaba, la boca se le iba hacia adelante, hacia Álex, y Álex no apartaba la mirada. Eso fue lo que la desarmó. No la polla de Iván. Que Álex volviera a estar en el medio, pendiente, recibiendo algo de ella y mirándola a la cara mientras lo recibía. Por esto me quedé, pensó. Y odió un poco el pensamiento. Y no apartó la boca.



Iván encontró un ritmo seguro y profundo. El punto de arriba otra vez, otra, y a Inés se le escapó un sonido contra la polla de Álex que no era de malestar. Lo tapó. Lo volvió a hacer. Las tetas le colgaban y se le golpeaban la una a la otra, pesadas, y el clítoris, que se le había quedado sensible de la lengua, ahora rozaba el aire y a veces la sábana cuando Iván la hundía. Un placer que no había pedido. Que no quería reconocer. Que se le subía por la espalda igual.

Álex le pasó el pulgar por la comisura, recogiendo la saliva.

—Mírame.

Lo miró. Iván le dio más fuerte y a Inés se le humedecieron los ojos, no de llanto: de ese sitio de dentro que se le encendía sin permiso. Pensó en decir que pararan. No lo dijo. Empujó un poco hacia atrás, apenas, y se lo negó enseguida, como si no hubiera sido ella. Iván lo notó. Aceleró. Álex le sujetó la cara con las dos manos, suave, la polla en la lengua, y Inés reconoció en la cara de Alex el momento anterior al orgasmo: la ceja izquierda elevada, el diente apretado, el “joder” bajo.

No se corrió aún. Se la sacó. Se tocó delante de ella, mirándola, mientras Iván se iba descomponiendo detrás, las manos clavadas en la carne de las caderas. Inés tenía la boca abierta, un hilo hasta el pecho, el coño apretándole a Iván en un ritmo que ya no mandaba. Casi. Otra vez casi. Distinto al de la lengua. Más sucio. Más orgánico. Se mordió el labio para no gemir alto. Ella notó el orgasmo mientras Iván se salía de dentro y se corría en el culo.  Álex aceleró su mano y  se corrió en su cara. Le pegó en la mejilla, en el alambre, en el labio. Sabor a sal y a metal. No lo chupó, no cerró los ojos. Se quedó inmóvil mientras Álex se descomponía.  Lo miró mientras le salía. Quería ver el placer de Álex mientras su propio orgasmo remitía.  


Se quedó a cuatro un segundo de más, las tetas colgando, la cara sucia, pensando —sin querer decirlo— que Álex la había mirado como no la había mirado nunca en el patio. Después, se dejó caer exhausta sobre la cama. La música de abajo llenó el silencio de la habitación.



Álex se dio la vuelta para buscar un paquete de pañuelos en su cazadora y se lo acercó. El gesto era íntimo y miserable a la vez. Inés se limpió la cara primero, el coño después. Seguía abierta. Al pasar el pañuelo supo que el ardor le iba a durar un par de días.

Iván se abrochó el pantalón sin mirarla. Pablo ya estaba en la puerta.  Bajaron los dos. La risa de Laura, abajo, como si no hubiera pasado nada. Álex se sentó en el borde de la cama, junto a ella, y le acercó la camiseta.

—Lo has hecho muy bien —dijo, abrochándose el cinturón—. Sabía que ibas a ser una novia genial.

Inés no contestó. Se dejó poner la camiseta. Álex le subió la braga con dos dedos, torcida, y le alisó la tela sobre la cadera como quien arregla a otra persona. Le apartó el pelo de la sien. El mechón seguía pegado.

En el rellano se detuvo a respirar. Se colocó el pecho en el sujetador y se estiró la falda hacia las rodillas. Él le pasó el brazo por los hombros. Bajaron juntos, abrazados, el costado de ella contra el suyo. Sentía el ardor entre las piernas en cada peldaño.

El corro los miró. Nerea seguía con la sudadera hasta las rodillas. Laura le pasaba un cubata a Marta. Dani tenía la botella en la mano, parada. Un segundo de silencio raro, el de cuando entra alguien que se ha perdido un trozo.

Álex no lo llenó con una broma. La giró un poco y la besó.

No fue un pico. Fue un beso de verdad, delante de todas, la mano en su nuca, la boca abierta. A Inés se le clavaron los brackets en el labio de él y no apartó la cara. El metal le sabía a él. A lo de arriba.

Nerea soltó un gritito. Marta aplaudió. Laura dijo “por fin” y se rió con la boca llena. Sergio levantó la voz desde el sofá:

—¿Y qué, Álex, besa bien o solo la has subido a dar una vuelta?

Álex no le quitó el brazo a Inés.

—Mi novia es la que mejor besa del mundo —dijo—. Por suerte solo me besa a mí.

Otra oleada. Aplausos de broma. Nerea le tiró de la manga a Inés.

—Inés. Inés. ¿Qué tal?

Estaba colorada hasta el cuello. El corro entero la miraba.

—Muy bien —dijo.

Se le oía la boca hinchada.

Más tarde, en el pasillo de la cocina, cuando Laura había vuelto al salón a por hielo, Álex le habló bajo, cerca de la oreja, como en el corro.

—El fin de semana hay fiesta en casa de Pablo. No se lo digas a tus amigas. Es solo para los cuatro.

Inés asintió. El cubata se le había quedado quieto en la mano. Alguien puso otra canción. El brazo de Álex seguía en sus hombros, público, caliente, y entre las piernas el ardor le recordaba el precio de tener novio.

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