La frontera
El policía pasó la última página del pasaporte y volvió a la primera. Lo hizo despacio, alisando con el pulgar una esquina doblada, mientras el zumbido del aire acondicionado llenaba los silencios.
Irina llevaba casi diez minutos sentada frente a él. Había dejado de mirar el reloj. Al principio había intentado calcular cuánto tardaría en recoger la maleta y salir al vestíbulo, donde su hermana debía de estar esperándola. Ahora solo quería que aquel hombre dejara de examinar sus documentos.
La habitación olía a café recalentado y a un producto de limpieza demasiado fuerte. Detrás de la puerta se escuchaban pasos, el rodar de alguna maleta y, de cuando en cuando, una voz amortiguada por el pasillo. Aquel sonido del aeropuerto, tan próximo, hacía todavía más irritante estar encerrada allí. Una mesa de tablero claro separaba las dos sillas ocupadas. En un rincón había otra, vacía, junto a un armario metálico de pintura descascarillada. La luz blanca de los fluorescentes se reflejaba en el suelo gris.
Irina se pasó las manos por los muslos, tratando de estirar las arrugas que el viaje había dejado en sus leggings grises. Llevaba una chaqueta negra de punto fino y de cuello redondo, que había elegido por comodidad para las horas de avión. El contraste de la tela oscura con su piel clara favorecía sus facciones; sin embargo, después de tantas horas de vuelo, sentía el cabello pesado y el rostro cansado. Había recogido su melena castaña en una coleta improvisada y conservaba apenas el maquillaje que se había puesto al salir de casa.
—¿Cuánto tiempo piensa quedarse en España?
—Tres semanas. Ya se lo dije.
—¿Y dónde va a alojarse?
— En lo de mi hermana. Tenés la dirección.
El policía consultó la pantalla. Tendría unos cuarenta y cinco años, el cabello oscuro cortado muy corto y algunas canas en las sienes. Tenía la mandíbula ancha, una nariz recta y unos ojos marrones que apenas se movían cuando escuchaba. Bajo la camisa del uniforme se adivinaban unos hombros sólidos; las mangas, correctamente abotonadas, le ceñían los antebrazos. Todo en él —la placa, el cinturón, la forma de colocar los papeles— parecía calculado para transmitir orden. Hablaba con esa tranquilidad de quien no tiene ninguna prisa por terminar su trabajo.
—Aquí figura una estancia anterior bastante larga.
Irina se removió en la silla. El borde del asiento de plástico le presionaba la parte posterior de los muslos.
—Estuve viviendo en Madrid.
—Más tiempo del permitido.
—Tuve problemas para volver a mi país.
—Ya.
El hombre apoyó los antebrazos sobre la mesa. En su mano izquierda brilló una alianza sencilla.
—¿Sabe que eso puede ser motivo para denegarle la entrada?
Irina lo sabía. Había pasado las últimas semanas intentando convencerse de que no tendría problemas. Su hermana le había asegurado que conocía a otras personas que habían regresado a España después de encontrarse en situaciones parecidas. Pero ninguna de aquellas historias parecía especialmente convincente ahora. Se llevó una mano a la nuca y se masajeó la piel bajo la coleta, donde empezaba a acumularse el sudor.
—Mi hija está acá —dijo—. Tiene seis años. Llevo cuatro meses sin verla.
—Lo comprendo.
—Solo quiero estar con ella.
—Y yo solo quiero hacer mi trabajo.
No lo dijo de manera desagradable. Incluso acompañó la frase con una sonrisa cansada que le suavizó las arrugas junto a los ojos.
Se llamaba Sergio Valdés. Irina lo había leído en la identificación prendida del uniforme cuando la acompañó desde el control de pasaportes hasta aquella habitación. Recordó el trayecto por un corredor demasiado iluminado, las puertas con números y las voces lejanas anunciando vuelos que ya no podía tomar. Sobre la puerta de la sala había un reloj que adelantaba cinco minutos. No había ventanas; solo paredes de un blanco gastado y una rejilla de ventilación de la que salía aire frío.
—¿Va a mandarme de vuelta?
—Todavía no hemos tomado ninguna decisión.
—¿Quién tiene que decidirlo?
—Hay un procedimiento.
—Pero vos podés ayudarme, ¿no?
Sergio la observó durante unos segundos. La miró directamente, sin consultar esta vez la pantalla.
—Estoy intentando hacerlo.
Aquella respuesta le devolvió algo de esperanza. Irina se enderezó. Al cruzar las piernas, la tela flexible de los leggings se tensó sobre una rodilla; tuvo conciencia de la atención del hombre y, por primera vez, no apartó la mirada.
—Te lo agradecería un montón.
—No debería hacerse ilusiones.
—Pero tampoco me estás diciendo que sea imposible.
El policía sonrió.
—Es usted bastante insistente.
—Cuando necesito algo, sí.
Sergio bajó la mirada hacia los documentos.
Irina aprovechó para estudiarlo. No parecía un hombre especialmente desagradable. Tenía las manos grandes, una alianza en el dedo anular y una expresión que se suavizaba cuando sonreía. Durante el interrogatorio había notado alguna mirada que se detenía en ella más de lo necesario, quizá en sus labios cuando hablaba o en su silueta al entrar. Quizá se lo estuviera imaginando. O quizá no.
Había aprendido a reconocer cuándo gustaba a un hombre. También sabía que muchos disfrutaban creyendo que aquella atracción les concedía una ventaja. A sus veintinueve años conocía la diferencia entre una sonrisa amable y otra que buscaba una respuesta. No siempre acertaba, pero había ocasiones en las que bastaba una mirada sostenida para cambiar el curso de una conversación.
Hasta entonces había procurado comportarse como una pasajera respetuosa. Tal vez necesitara cambiar de estrategia.
—Debe de ser un trabajo complicado —comentó.
—Tiene sus días.
—Estar tantas horas acá, tratando con gente enojada...
—Uno se acostumbra.
—Y seguro que hay personas que se lo ponen re difícil.
—Bastantes.
—Espero no ser una de ellas.
Sergio levantó los ojos.
—Todavía estamos a tiempo.
Irina sonrió. Esta vez él le devolvió la sonrisa con más claridad.
Se quitó la goma del pelo y dejó que la melena le cayera sobre los hombros. Los mechones oscuros, ligeramente ondulados por tantas horas recogidos, rozaron la lana de la chaqueta. Se los acomodó con los dedos y apartó uno de su mejilla. Notó que Sergio seguía el movimiento. Se sintió observada, pero decidió aprovecharlo; inclinó apenas la cabeza y le sostuvo la mirada un segundo más de lo habitual.
—Me gustaría que te llevaras una buena impresión de mí.
—¿Y cómo piensa conseguirlo?
El tono había cambiado ligeramente.
Irina sintió una pequeña satisfacción. Quizá hubiera encontrado la forma de salir de allí.
—No sé. Podríamos empezar por dejar de hablar de mi pasaporte.
Sergio soltó una risa breve.
—Eso sería complicado.
—Solo unos minutos.
—¿Y de qué hablaríamos?
—De vos, por ejemplo.
—No creo que mi vida le interese demasiado.
—Podrías sorprenderte.
El policía dejó el bolígrafo sobre la mesa. Al apoyar las manos, la alianza golpeó suavemente el tablero.
—¿Siempre es así de simpática con los funcionarios?
—Solo con los que me gustan.
La frase había salido más atrevida de lo previsto. Irina sostuvo la mirada, procurando no mostrar su nerviosismo. Los labios, algo resecos por el aire del avión, se le curvaron en una sonrisa que pretendía parecer espontánea.
Sergio sonrió despacio.
—Eso suena bastante interesado.
—¿Y si lo fuera?
—Al menos es sincera.
Irina se permitió una pequeña carcajada.
Era absurdo, pensó. Llevaba semanas angustiada por aquel viaje y ahora estaba coqueteando con un desconocido en una sala de la policía. Sin embargo, la conversación parecía haber tomado un rumbo favorable. Sergio ya no miraba la pantalla. La estaba mirando a ella. La luz fría no favorecía a nadie, pero Irina sabía que sus ojos oscuros resultaban expresivos cuando sonreía y procuró hablar con calma, sin apresurar las palabras.
—¿Está casado? —preguntó, señalando discretamente su alianza.
—Sí.
—Qué pena.
—¿Por qué?
Irina se encogió de hombros.
—Por nada.
—No parece que sea por nada.
—Tal vez me habría gustado conocerte en otro sitio.
Sergio apoyó la espalda en la silla. El cuero del cinturón crujió al moverse.
—¿En qué sitio?
—Uno donde no estuvieras vos decidiendo si puedo entrar en España.
—Eso reduce bastante las posibilidades.
—Madrid es re grande.
El policía se quedó callado. Irina tuvo la sensación de que estaba valorando algo. En el pasillo sonó una puerta que se cerraba con un golpe seco. Ninguno de los dos miró hacia allí.
—¿Me está proponiendo que nos veamos? —preguntó finalmente.
Ella ladeó la cabeza.
—¿Te gustaría?
—No ha contestado.
—Vos tampoco.
Durante unos segundos se miraron sin hablar.
Irina notó que el corazón le latía deprisa, aunque ya no sabía si era por los nervios o por la posibilidad de que su ocurrencia estuviera funcionando. No había decidido hasta dónde estaba dispuesta a llegar. Había pensado en una conversación, quizá un número de teléfono, una promesa que después podría olvidar. Cualquier cosa que le permitiera salir de allí. Se alisó el borde de la chaqueta, procurando que el gesto pareciera casual, y se recordó que lo único importante era recuperar su pasaporte.
Sergio se levantó.
—Vamos a ver una cosa.
Irina lo siguió con la mirada mientras rodeaba la mesa. De pie resultaba más corpulento. La camisa se tensaba ligeramente sobre su espalda y sus zapatos producían un ruido seco sobre las baldosas.
—¿Qué cosa?
El policía se detuvo a su lado. De cerca, Irina percibió el olor tenue de su colonia mezclado con el del café.
—Ha dicho que le gustaría conocerme en otro sitio.
—Era una broma.
—Ah. Una broma.
—Bueno, no exactamente.
Sergio señaló la silla.
—Levántese, por favor.
Irina obedeció. El asiento se desplazó unos centímetros al levantarse. Se arregló por reflejo la chaqueta negra a la altura de la cintura. Estar de pie junto a él la hizo consciente de que era bastante más alto de lo que parecía sentado; tuvo que elevar ligeramente el mentón para mirarlo a los ojos.
—¿Qué ocurre?
—Quiero entender qué me está ofreciendo.
La pregunta la incomodó. Había imaginado una complicidad discreta, no aquellas palabras pronunciadas tan de frente.
—Creo que hubo un malentendido.
—Hace un momento parecía bastante interesada.
—Estábamos hablando.
—¿Hablando?
Él dio un pequeño paso hacia ella.
Irina retrocedió por instinto. La punta de uno de sus zapatos rozó una pata de la silla.
—Señor Valdés...
—Sergio. Hace un minuto era Sergio.
La sonrisa continuaba en su rostro, pero ya no tenía nada de amable. Los ojos se le habían vuelto duros, atentos a cada movimiento de ella.
Irina miró hacia la puerta. La manilla parecía absurdamente lejana.
—Creo que ha habido un malentendido.
—Eso mismo creo yo.
—Solo intentaba ser simpática.
—¿Para que la dejara pasar?
Ella no respondió. Sintió que le subía el calor a la cara.
Sergio dio otro paso.
—Conteste.
—Sí —admitió—. Quería caerte bien. ¿Es un delito?
La sonrisa desapareció.
—Póngase contra la pared.
Irina parpadeó.
—¿Cómo?
—Contra la pared. Ahora.
—Pero ¿qué está haciendo?
—Le he dado una orden.
La brusquedad de su voz la dejó inmóvil un instante. Al otro lado de la mesa seguía encendida la pantalla del ordenador, con una pequeña luz verde parpadeando junto al borde. Aquella normalidad hizo que la orden resultara todavía más incomprensible.
—No he hecho nada malo.
Sergio le agarró el brazo.
—No voy a repetírselo.
Irina intentó soltarse.
—¡Me estás haciendo daño!
El policía la condujo hacia la pared. Ella tropezó con una pata de la silla y tuvo que apoyar una mano en el muro para no perder el equilibrio. Sintió bajo la palma la aspereza de la pintura. El aire frío le rozó la nuca, ahora descubierta por el cabello apartado hacia un hombro.
—Quieta.
—¡Soltame!
Sergio le sujetó las muñecas a la espalda. Irina perdió la posibilidad de girarse para verlo; solo alcanzaba a distinguir una parte de su uniforme en el extremo del campo visual. Sintió el contacto frío del metal y escuchó dos chasquidos secos.
Durante un segundo no comprendió lo que había ocurrido.
Después intentó separar las manos.
No pudo.
—¿Me esposaste?
—Eso parece.
—¡Estás loco! ¡Sacámelas ya!
Sergio permanecía detrás de ella. La pared le devolvía su propia respiración, demasiado rápida, y el pulso le golpeaba en las sienes.
—Baje la voz.
—¡No tenés derecho a hacerme esto!
—Tiene usted una situación administrativa irregular, está siendo sometida a comprobaciones y acaba de insinuarse a un agente de policía.
Irina giró cuanto pudo la cabeza. Un mechón le cayó sobre los labios y lo apartó con un movimiento brusco.
—¡Vos me seguiste la conversación!
—¿Yo?
—¡Sí!
—Tenga cuidado con lo que dice.
La advertencia fue pronunciada casi en un susurro. No fue el volumen lo que la asustó, sino la certeza con que lo dijo, como si nadie fuera a discutirle nada de lo ocurrido en aquella habitación.
Irina sintió por primera vez verdadero miedo. El frío de la pared le llegaba a Irina a través del jersey y de la mejilla. Tenía los brazos esposados a la espalda y el pecho pegado a la pintura desgastada, y cuando Sergio se le echó encima el peso la empujó un poco más contra esa superficie. Notó el bulto duro de él encajándose entre sus nalgas, el calor que atravesaba la tela de los dos pantalones, y el aliento cerca de la oreja.
—Vas a aprender a coquetear con la policía, Irina —le dijo en voz baja—. Si quieres pasar a Madrid y ver a tu hija, vas a colaborar. ¿Me has entendido?
Ella tensó los hombros. La voz le salió temblorosa, justo como había pensado que debía sonar.
—No… por favor. Yo no hice nada. Dejame irme.
Él sonrió contra su pelo y se movió despacio, frotando el paquete contra ella, dejando que notara el grosor y el contorno a través de la tela. Subió y bajó un par de veces, sin prisa. Irina apretó los muslos. El roce constante le calentaba la piel incluso con la ropa puesta y negó con la cabeza, un gesto corto porque él la tenía inmovilizada.
—Empieza por no mentirme. Tú quieres irte. Yo te dejo irte. Pero me tienes que dar algo.
—No, por favor… acá no.
Sergio metió los pulgares en la cinturilla de los leggings y del tanga y se los bajó de un tirón. La tela se deslizó junta por los muslos y se quedó enredada en las rodillas. El aire frío le dio en el culo desnudo y entre las piernas. Él deslizó la mano desde atrás, los dedos gruesos separándole los labios. Ya estaba húmeda. El índice y el corazón recogieron ese calor resbaladizo y empezaron a frotar el clítoris con movimientos cortos y firmes.
—Mira cómo estás —murmuró—. Todavía no te he hecho nada y ya te está corriendo.
Irina jadeó. Las muñecas tiraron de las esposas y el metal le mordió la piel. Intentó cerrar las piernas, pero el muslo de él se lo impedía. El roce de los dedos era constante, preciso, y notaba cómo se le iba mojando más con cada pasada.
—Por favor… salgamos. Podemos irnos juntos y vernos esta noche. Acá nos pueden pillar.
Sergio le giró un poco la cabeza hacia la esquina del cuarto.
—Mira la cámara. Está grabando. Sonríe.
Ella levantó la mirada. La luz roja del piloto brillaba fija. En ese momento él metió dos dedos dentro de ella, de golpe, hasta el segundo nudillo. Irina abrió la boca y soltó un gemido alto que no pudo contener. Las paredes se le contrajeron alrededor de los dedos. Estaba caliente, resbaladiza, y cada vez que él curvaba los dedos hacia arriba el sonido húmedo se oía claro en el silencio. El líquido le corría por el interior de los muslos y le mojaba la palma a él.
—Estás empapada, joder. Eres una guarra que se tiraría a cualquiera con tal de conseguir lo que quiere. Y encima lo disfrutas.
Irina no contestó. Solo gemía, la frente contra la pared, el cuerpo empujando hacia atrás contra su mano sin quererlo del todo. Los dedos entraban y salían con un ritmo constante, el pulgar apretando el clítoris a cada embestida.
Sergio sacó la mano de entre sus piernas y, con el mismo movimiento, la giró hasta dejarla de espaldas a la pared. Las esposas le mantenían los brazos atrás, así que el cuerpo quedó expuesto y sin defensa. Él se pegó otra vez a ella, la polla dura dentro del pantalón encajándose justo contra su pubis desnudo. La bragueta rozaba el clítoris hinchado cada vez que movía las caderas, un roce seco y constante que le arrancaba pequeños jadeos.
Irina tenía la cabeza ladeada, ofreciéndole el cuello sin darse cuenta del todo. Sergio bajó la boca y le mordió la piel justo debajo de la oreja, succionando después con fuerza. El calor de su aliento y el pinchazo del mordisco le subieron por la espalda. Mientras lo hacía, agarró la chaqueta de punto negra por los dos lados y tiró de golpe. Varios botones saltaron y cayeron al suelo con un sonido pequeño. La chaqueta se abrió de par en par. Debajo llevaba un sujetador negro de algodón, sencillo, que le cubría los pechos. Él metió la mano por debajo de la tela abierta y le cubrió un pecho por encima del sujetador, apretándolo, notando cómo el pezón ya estaba duro y se marcaba contra la palma.
—Así —le dijo al oído, voz baja—. Sigue gimiendo. Que la cámara lo grabe todo.
Irina suspiró. El roce de la bragueta contra su coño abierto y mojado no paraba; cada empujón hacia arriba le presionaba el clítoris y le hacía mover las caderas hacia él sin querer. El tejido del pantalón se empapaba con ella
—¿Así de fácil te pones para un poli? —dijo, voz baja y cerca— ¿O es que te gusta que te traten como a una puta que quiere mudarse a Madrid?
Irina no contestó. Solo soltó un jadeo corto cuando él apretó el pecho con más fuerza y el pulgar presionó el pezón a través del algodón. Él siguió, sin dejar de frotar la bragueta contra su pubis desnudo.
—Dime que te gusta. Dime que te mojas pensando en que te folle aquí mismo, con la cámara mirando. Que si te dejo ir a ver a tu hija es porque me has dejado tocarte como me ha dado la gana.
Ella negó con la cabeza, un gesto mínimo, pero las caderas se le movieron hacia delante buscando el roce. Sergio le mordió el lóbulo de la oreja antes de seguir.
—No hace falta que lo digas. Se te nota. Estás temblando y el coño te late contra mi polla. Sigue así. Que se oiga.
Irina gimió otra vez, más alto, cuando él le pellizcó el pezón por encima del sujetador y al mismo tiempo empujó las caderas hacia arriba, presionándole el clítoris con la bragueta. El dolor pequeño del pellizco y el roce constante se le mezclaron. El cuerpo de ella respondía aunque la voz no lo hiciera.
Luego le subió el sujetador de un tirón, liberando los pechos. El aire frío le dio en la piel y en los pezones, que se endurecieron más. Sergio bajó la boca y atrapó uno entre los labios, succionando primero, luego mordiendo con más fuerza. El dolor fue agudo, un pinchazo que le recorrió el pecho y le bajó directo al coño. Irina soltó un gemido más alto, mezclado con un quejido. Él no soltó. Mordió de nuevo, más fuerte, y al mismo tiempo le pellizcó el otro pezón entre los dedos, girándolo. El dolor y la excitación se le mezclaron en el mismo sitio; notaba cómo se le mojaba más entre las piernas cada vez que él apretaba los dientes.
—Duele… —dijo ella, la voz rota, pero no se apartó.
—Lo sé —contestó él contra la piel—. Y te pone más mojada.
Los pechos le temblaban con la respiración agitada. La bragueta seguía frotándose contra su pubis, el metal y la tela presionando justo en la entrada, y cada mordisco le hacía empujar las caderas hacia delante, buscando más de ese roce. El líquido le corría por los muslos.
—Mírate las tetas —dijo, y mordió un poco más fuerte antes de soltarlo—. Se te ponen duras en cuanto te las toco. ¿Te gusta que te las muerda así? Se te nota. Se te pone el coño más mojado cada vez que aprieto.
Irina soltó un gemido entrecortado. Él pasó al otro pecho, succionó primero y luego mordió, el dolor agudo mezclándose con el calor que le subía entre las piernas. Mientras lo hacía, siguió hablando, la boca pegada a ella.
—La cámara lo está grabando todo. Cómo te tiemblan, cómo gimes cuando te duele. Diles que te gusta. Diles que eres una guarra que se moja cuando un poli le muerde las tetas.
Ella no contestó. Solo jadeó más alto cuando él le pellizcó el pezón que acababa de morder y al mismo tiempo empujó las caderas.
—Así. Que se oiga. Que vean cómo te pones cuando te trato así.
Sergio la hizo bajar. Con las manos esposadas a la espalda el equilibrio le falló enseguida y las rodillas golpearon el suelo frío. Él se bajó el pantalón y el bóxer de un tirón hasta los tobillos. La polla le quedó dura y venosa frente a la cara, la cabeza hinchada y brillante. Se acercó un paso y le pasó el glande por los labios cerrados, lento, dejándole el rastro húmedo.
Irina no abrió la boca. Tampoco giró la cara. El corazón le iba rápido y notaba el sabor salado en el labio inferior. Por dentro pensó que si aguantaba esto igual la dejaba pasar, que era solo un momento y después se acababa. Sergio le habló bajo.
—Abre. O te la meto yo.
Ella siguió sin abrir. Él le cogió la nuca con las dos manos, los dedos enredados en el pelo, y empujó. La cabeza de la polla le forzó los labios y entró. Irina soltó un sonido ahogado cuando el grosor le llenó la boca. No cerró los dientes. Dejó que se moviera.
—Así. Chupa. Que se te note que quieres ver a tu hija.
Empezó a mover las caderas despacio. La polla entraba y salía de su boca, la saliva empezando a resbalarle por la comisura. Irina tenía la lengua quieta. Cada vez que él empujaba un poco más profundo se le oía el sonido húmedo. Ella aguantaba, los ojos llorosos, pensando que si no se resistía igual terminaba antes. El coño le latía entre las piernas aunque no quisiera. Él le hablaba constante, voz baja.
Se retiró un momento. La polla salió brillante de saliva.
—Saca la lengua.
Irina obedeció. Sacó la lengua plana. Él le pasó el glande por encima, lento, de la base a la punta, dejando un rastro húmedo y salado. Luego volvió a acercarse.
—Ahora chúpala.
Ella empezó a lamer. La lengua recorrió la vena de abajo arriba, rodeó la cabeza, succionó un poco la punta. El equilibrio le fallaba. Con las manos atrás el cuerpo se le iba hacia delante y tuvo que apoyar más el peso en las rodillas. Notaba cómo se le mojaba más entre las piernas con cada lamida, y eso la confundía. Sergio la sujetó de la cabeza otra vez, las dos manos en la nuca, y empujó más hondo. La polla le llegó al fondo de la boca y siguió. La garganta se le contrajo en una arcada fuerte. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Él se quedó ahí un segundo, notando cómo se le apretaba alrededor, y luego se retiró.
—Joder, qué garganta tienes. Casi te corres solo de que te la meta hasta el fondo, ¿eh? Se te nota. Estás temblando.
Irina respiraba por la nariz, la boca abierta, la saliva colgando del labio inferior. El coño le latía. Notaba la humedad corriéndole por los muslos y odiaba que se le notara tanto. Él volvió a cogerla de la cabeza y empujó otra vez, más despacio pero más profundo, hasta que la nariz de ella le tocó el pubis. La garganta se le cerró alrededor de la polla. Otra arcada. Él gruñó y se quedó ahí, las manos firmes en su nuca, obligándola a aguantar.
Cuando se retiró, la polla salió cubierta de saliva y ella tosió. Él se rio, bajo.
—Mírate. Toda babeada y con ganas de más.
Volvió a metérsela, pero ahora con embestidas rápidas y poco profundas. La cabeza de la polla entraba y salía de su boca, golpeándole la lengua, la saliva chorreando. Irina gemía alrededor del grosor, el cuerpo inestable, las rodillas resbalando un poco en el suelo. Ya no pensaba en aguantar. Solo notaba el sabor, el grosor y cómo se le contraía el coño cada vez que él empujaba.
Sergio se retiró de su boca en el momento en que notó el nudo apretándosele en la base. La polla salió brillante de saliva y él respiró hondo, conteniendo el impulso. La cogió por debajo de las axilas y la obligó a levantarse. Las piernas de Irina temblaban. Con las manos esposadas a la espalda el equilibrio le costaba y tuvo que apoyarse en él un segundo.
—No voy a correrme en tu boca así —dijo, voz baja y ronca—. Estás demasiado cachonda. Soy un caballero español. No te puedo dejar así.
La condujo hasta la mesa metálica y la dejó caer doblada sobre ella. El pecho le golpeó la superficie fría, los pechos aplastados contra el metal, el culo expuesto y en alto. Irina giró la cara hacia un lado, la mejilla contra la mesa. El corazón le seguía latiendo fuerte. Parte de ella quería que terminara ya, otra parte notaba el vacío entre las piernas y odiaba que se le notara.
—No… terminalo en mi boca. Quiero saborearte. Por favor.
Él se rio, corto. Le puso un brazo cruzado sobre la espalda y la apretó contra la mesa, inmovilizándola. Con la otra mano le cogió un pie, le quitó la zapatilla de un tirón y luego la otra. Después tiró de los leggings y del tanga que aún le colgaban de los tobillos y se los sacó del todo por las piernas. Quedó desnuda de cintura para abajo, solo con los calcetines. El aire frío le dio en el culo y entre las piernas. Ella volvió a pedir que no, la voz más baja, pero ya no sonaba tan convencida ni para ella misma.
Sergio le metió dos dedos en el coño desde atrás, de golpe, y los movió. Estaba empapada. Los dedos entraron fácil, resbaladizos, y el sonido húmedo se oyó claro. Irina gimió alto, las caderas empujando hacia atrás sin querer. Él curvó los dedos y los sacó y los metió otra vez, el pulgar rozándole el clítoris. Cada movimiento le arrancaba un jadeo que no podía controlar. Por dentro se decía que tenía que parar de moverse así, pero el cuerpo no le hacía caso.
—Pero si lo estás deseando.
Se terminó de quitar los pantalones y los calzoncillos, los dejó en el suelo y se situó detrás de ella. Con la rodilla le abrió las piernas un poco más. La polla, dura y caliente, se apoyó entre sus labios vaginales. La frotó despacio, de arriba abajo, sin entrar, buscando el clítoris. Cada pasada le rozaba el punto hinchado y le arrancaba un suspiro. Irina apretó los ojos. Quería decirle que parara, pero el roce le hacía mover las caderas hacia él sin querer. El líquido le corría por los muslos y notaba cómo se le iba tensando todo el cuerpo.
—Mírate —dijo él cerca de su oído—. Toda abierta, chorreando, y hace un minuto me decías que no. Se te oye. Se te nota cómo te late el coño contra mi polla.
Ella no contestó. Solo gemía, cada vez más seguido, las piernas empezando a temblarle. El roce constante contra el clítoris la tenía al borde y ya no pensaba en nada más. Sergio siguió frotando, lento y preciso, hasta que notó cómo se le tensaba el cuerpo entero. Entonces empujó de golpe y se quedó dentro, quieto, la polla enterrada hasta el fondo.
Irina se corrió en ese momento. Las paredes se le contrajeron fuerte alrededor de él, apretándolo en espasmos rítmicos, y las piernas le temblaron sin control. Un gemido largo y ronco se le escapó contra la mesa. Odió lo rápido que le había llegado y lo fácil que se le había escapado el sonido. Él notó cada contracción, el calor y la presión ordeñándole la polla.
—Joder… cómo aprietas —dijo, voz grave—. Hace un minuto me decías que no querías pasártelo bien. Y mírate. Te lo estás pasando de puta madre, ¿a que sí?
Irina no contestó. Solo respiraba agitada, el cuerpo todavía temblando, el coño palpitando alrededor de él. Sergio empezó a moverse, profundo y lento, sacando casi del todo y volviendo a entrar hasta el fondo. Cada embestida le arrancaba un jadeo bajo. Ella seguía sin hablar, pero ya no podía quedarse quieta.
—Contesta. ¿Te gusta?
Ella siguió sin hablar. Él se detuvo a mitad de camino, la polla a medio entrar.
—Contesta o paro.
Irina giró un poco la cara, la voz rota y baja.
—Sí… me encanta tu polla de policía nacional.
Sergio reanudó las penetraciones, entrando hasta el fondo y casi saliéndose del todo. El ritmo se fue acelerando. Cada embestida movía el cuerpo de Irina sobre la mesa, los pechos rozando el metal frío, las muñecas tirando de las esposas. Ella todavía temblaba de la corrida anterior y odiaba lo fácil que se le había escapado.
—¿Dónde querías llevarme? —preguntó él, voz baja y ronca cerca de su oído—. Cuando me decías que saliéramos. ¿Dónde querías que nos viéramos fuera?
Irina jadeó. La voz le salió entrecortada.
—No… no sé.
Por dentro pensó que daba igual lo que contestara. Él iba a seguir igual. Notaba su polla dentro del coño y cómo este, otra vez, empezaba a responderle aunque ella no quisiera.
Él empujó más fuerte.
—¿A un restaurante caro? ¿Cenar bien y luego follarte en el baño, con la falda subida y la puerta cerrada? ¿Eso querías?
—No.
Irina apretó los ojos. La imagen le cruzó la cabeza un segundo —el baño, la puerta cerrada, él detrás— y se le contrajo el coño sin querer.
Sergio no paró. Las caderas chocaban contra su culo, el ritmo constante.
—¿O ibas a invitarme a casa de tu hermana? ¿Para que ella y tu hija te oyeran gemir con mi polla dentro?
Ella negó con la cabeza contra la mesa, pero el gemido que se le escapó fue más fuerte. Las piernas le temblaban. Pensó en la niña al otro lado de la puerta y se le revolvió el estómago, pero el cuerpo seguía empujando hacia atrás, buscando más.
—¿O lo que quieres es un trío con tu hermana? ¿Es eso lo que te pone de verdad?
—No… —dijo, la voz rota.
El orgasmo le volvía a subir. El coño se le contraía en espasmos cortos alrededor de él. Irina intentó pensar en otra cosa, en el pasaporte, en salir, pero la voz de él y el ritmo no la dejaban.
Sergio se rio bajo y empujó más hondo.
—Creo que sí. Lo que quieres es que vaya y te folle por detrás mientras le comes el coño a tu hermana.
Irina se corrió en ese momento. El orgasmo le llegó de golpe, más fuerte que el anterior. Un chorro de líquido salió de ella, salpicando la polla de él y los muslos. Las contracciones fueron violentas y el cuerpo se le sacudió sobre la mesa. Por un segundo no pudo pensar en nada. Solo notó cómo lo apretaba y cómo él se reía dentro de ella.
—Ya lo creo que sí.
Cuando las convulsiones fueron bajando, Irina se dejó caer del todo sobre la mesa, la cara de lado, respirando agitada. El cuerpo le pesaba. Sergio se retiró un poco y volvió a entrar, profundo y lento. Ella no reaccionó. Se dejó penetrar, el coño todavía palpitando, demasiado cansada para moverse o para seguir diciéndole que no.
Él sacó la mano de su cadera, recogió parte del líquido que le corría por los muslos y se lo pasó por el ano. El pulgar presionó el borde y entró despacio, hasta la primera falange, mientras seguía bombeando con la polla. Irina se tensó de golpe. Intentó incorporarse, las esposas tirando.
—Por ahí no… por favor. No estoy preparada. Estoy sucia. Llevo toda la noche en el avión.
Sergio le puso la mano libre en la espalda y la empujó otra vez contra la mesa, inmovilizándola. El pulgar siguió dentro, moviéndose un poco, mientras la polla entraba y salía del coño.
—No te preocupes —dijo, voz baja y sucia—. No te voy a comer el culo. Te voy a meter la polla.
Sergio se salió de ella. El coño de Irina se quedó abierto un segundo, todavía palpitando. Ella intentó moverse, empujar con las caderas para apartarse de la mesa, pero él le puso las dos palmas en el final de la espalda, justo donde empieza el culo, y la aplastó contra la superficie metálica. El vientre le quedó pegado al frío. Esa postura lo acercó más a ella. La polla, dura y húmeda, se le apoyó entre las nalgas.
—No… —dijo Irina, la voz temblorosa—. Acabalo dentro mío. Pero no por el orto. Estoy sucia. Llevo toda la noche en el avión. Por favor.
Por dentro se le apretó el estómago. Hasta ahora había podido decirse que era solo el coño, que aguantaba porque quería salir. Esto era distinto. Sergio se rio bajo, la boca cerca de su oído.
—Voy a acabar dentro. Pero el coño te ha quedado demasiado abierto y mojado. Mejor busco otro agujero.
Ella pataleó hacia atrás, las piernas intentando cerrarse o apartarlo. El miedo le subió de golpe, más real que antes. Él no se movió. Apoyó una mano abierta en una nalga para erguirse un poco más y con la otra se cogió la polla, apuntando el glande directamente al ano. Presionó. El esfínter resistió. Irina cerró los ojos y empezó a respirar hondo, como si eso fuera a servir de algo. Notaba el calor y la presión justa en el borde, y el cuerpo se le tensaba solo.
Él empujó más, lento pero firme. El glande fue cediendo, estirando. Cuando por fin pasó el esfínter, el chillido se le cortó a mitad. El dolor fue agudo y seco, distinto a todo lo anterior. Las lágrimas le salieron solas. El ano se le cerró de golpe alrededor de la cabeza de la polla y las muñecas tiraron de las esposas sin fuerza real.
Sergio se quedó quieto un segundo, notando cómo le apretaba, y le habló bajo.
—Ya está. Respira. Que entre el resto.
Irina no podía contestar. Solo respiraba entrecortada contra la mesa, el cuerpo rígido, esperando el siguiente empujón y sabiendo que esta vez no iba a poder fingir que no le dolía.
Sergio siguió empujando, lento y constante, hasta que la polla entró del todo. El cuerpo de Irina se tensó de golpe sobre la mesa. El ardor le subió por dentro, seco y caliente, distinto al coño. Allí había humedad y el cuerpo se le abría solo. Aquí el esfínter le apretaba alrededor de la polla como si quisiera echarla y no pudiera. Empezó a llorar. Los sollozos le salían bajos y rotos, la cara girada contra el metal frío.
Él se dejó caer sobre ella. El pecho le cubrió la espalda, el peso aplastándola más contra la mesa. Le pasó un brazo por delante y le sujetó los hombros. Empezó a moverse, profundo y despacio. Cada vez que llegaba al fondo el ardor se le hacía más agudo y ella gritaba, un sonido corto y ahogado que se le quebraba enseguida. El resto del tiempo solo sollozaba. Las lágrimas le corrían por la mejilla y caían sobre la mesa. Sergio giró un poco la cabeza y le pasó la lengua por la piel húmeda, lamiéndole el rastro salado mientras seguía empujando.
—Así… —dijo contra su oído, voz grave—. Aguanta. Que entre entero.
Irina forcejeó al principio. Las muñecas tiraron de las esposas y las piernas intentaron cerrarse, pero él la tenía inmovilizada y el peso no la dejaba moverse. El dolor no se parecía a nada de antes. En el coño el cuerpo le había respondido aunque ella no quisiera. Aquí solo ardía y se sentía abierta de una forma que no controlaba. Después de varias embestidas dejó de patalear. El cuerpo se le quedó rígido bajo el de él, temblando, pero ya sin intentar apartarse. Solo lloraba y gritaba cada vez que la polla le golpeaba el fondo.
Sergio aceleró. Las embestidas se volvieron más cortas y violentas. El ano se le había abierto del todo alrededor de la polla. Notaba cómo le apretaba menos y cómo el ardor se mezclaba con una presión constante que le subía por la espalda. Él gruñía en su oído, el pecho pegado a ella.
—Así… joder… qué culo tienes.
Las caderas chocaban contra su culo con fuerza. Irina ya no forcejeaba. Solo sollozaba, la cara mojada contra la mesa, el cuerpo sacudiéndose con cada embestida. Cuando Sergio se enterró hasta la base y se corrió dentro, el calor del semen le llenó el ano y ella dejó de gritar. Se quedó quieta debajo de él, llorando bajo, demasiado cansada y abierta para seguir resistiéndose.
La habitación quedó dominada por el sollozo constante de Irina mientras Sergio recuperaba el aliento sobre su espalda. Permaneció así unos segundos, la polla todavía dentro, ablandándose poco a poco. Luego se incorporó. El ano de Irina se quedó abierto un momento, rojo y brillante, con un hilo de semen y algo más oscuro asomando. Ella siguió sollozando.
Sergio cogió el tanga negro del suelo, se limpió la polla con él —restos de semen, un poco de sangre y algo marrón— y lo tiró a la papelera de la esquina.
—No creo que las quieras —dijo.
Se acercó a su ropa, se puso los calzoncillos y el pantalón, abrochándose con calma. Irina seguía desnuda sobre la mesa, esposada a la espalda, las piernas abiertas, el culo en alto, llorando bajo. Él sacó el móvil del bolsillo. Le hizo una foto al ano abierto, el flash iluminando la piel enrojecida y el semen que le corría. Luego un plano medio de ella entera, doblada sobre la mesa, pechos aplastados, piernas temblando. Y por último un primer plano de su cara, las lágrimas en las mejillas, los ojos cerrados.
—Aunque todo está grabado, la calidad no es muy buena —dijo, guardando el móvil—. Siempre prefiero quedarme un recuerdo privado.
Se acercó al bolso de ella, que estaba en una silla, y sacó su móvil. Se lo acercó a la cara para desbloquearlo. Guardó su contacto en la agenda y se envió el de ella y el de su hermana al suyo. Luego dejó el teléfono sobre la mesa, cerca de su cabeza.
—Para esa fantasía del restaurante. O del trío con tu hermana.
Irina giró un poco la cara, la voz ronca y rota.
—¿Voy a pasar a Madrid?
Sergio se acercó por detrás, le quitó las esposas con la llave. El metal se abrió y los brazos de ella cayeron laxos a los lados. Suspiró, un sonido largo y tembloroso, y se dejó resbalar de la mesa hasta el suelo. Quedó sentada, desnuda, las piernas abiertas, la espalda contra la pata metálica, todavía llorando bajo.
Él se agachó un poco para mirarla.
—Claro. Tenemos que vernos otra vez. Si te mando de vuelta no podríamos. Además, siempre viene bien tener un amigo madero para las cosas de la residencia.
Irina se levantó despacio del suelo. Las piernas le temblaban y el ano le ardía con cada movimiento. Buscó la ropa tirada: los leggings y las zapatillas. Se vistió con movimientos torpes, la chaqueta de punto abrochada como pudo, saltándose los botones que faltaban. Sergio ya estaba sentado frente al ordenador. Tecleaba con calma, la pantalla iluminándole la cara. Ella se quedó de pie a un lado, el bolso en la mano, mirándolo.
Él cogió el pasaporte, lo abrió, puso el sello y se lo tendió. Cuando ella alargó la mano, él lo retiró un segundo, como si fuera a quedárselo. Luego se lo dejó coger.
—Que tenga una buena estancia.
Irina no contestó y salió. Caminaba con las piernas un poco abiertas, cojeando visiblemente. En la zona de maletas la suya ya estaba apartada. La cogió del asa como si pesara más de lo que pesaba y cruzó la puerta de salida.
Al otro lado vio a su hermana y a la niña. La cara se le cambió de golpe. La niña salió corriendo hacia ella y Irina se agachó, la cogió en brazos y la apretó.
—¿Cómo pesás? ¿Cuánto creciste?
—No mucho —dijo la niña—. Dos metros, creo.
Irina se rio, un sonido corto y real, y la besó en la mejilla. Su hermana se acercó, le dio un abrazo rápido y señaló hacia el parking.
—Vinimos en el auto de un amigo. Nos lo prestó.
Empezaron a andar. La hermana se fijó en cómo Irina separaba un poco las piernas al caminar y cojeaba.
—¿Te pasa algo? ¿Por qué cojeás?
—Un tirón en el avión —contestó Irina—. De estar tanto tiempo sentada. Ya se me pasa.
—Bueno, ya verás que durmiendo se estira. Dejamosla habitación de invitados lista —dijo su hermana mientras caminaban hacia el parking—. Bajé la cuna plegable por si la niña quiere dormir contigo los primeros días. Aunque ya verás, se ha hecho muy mayor para eso.
Irina asintió, le costaba seguir el ritmo de su hermana.
—Gracias. Cuando encuentre un laburo, te voy a poder pagar un alquiler por la habitación.
—No hace falta. Pablo gana buena plata. Vos no te preocupes.
Llegaron a la zona de coches. El aire de fuera era frío. Su hermana abrió el maletero y metió la maleta mientras seguía hablando.
—Al final no hubo problemas en la aduana, ¿no? Pensaba que igual te retenían más con lo del permiso.
Irina sonrió, los ojos un segundo en el suelo.
—No. Fue rápido.
—Me alegro. Che, ¿le contaste a mamá cómo te va en el cole nuevo? Le gusta un montón la profe nueva. El otro día llegó diciendo que la seño Marta huele a galletas.
La niña, que ya estaba subiendo al asiento de atrás, asomó la cabeza.
—¡Porque come galletas en clase! Me dio una.
Irina se rio otra vez, más clara esta vez, y se apoyó un momento en la puerta del coche antes de entrar.
—Entonces me cae bien la seño Marta.
Su hermana cerró el maletero y rodeó el coche, todavía riendo.
—Ya vas a ver cuando te cuente lo del recreo. Tiene historias para rato.
Ya dentro, con la niña en el asiento de atrás y el motor en marcha, a Irina le vibró el móvil en el bolso. Lo sacó. Era un mensaje de él: la foto de cuerpo entero, ella desnuda y doblada sobre la mesa, y debajo el texto.
<<Tengo material para pasar la noche, pero la guardia es larga. Mándame luego unas fotos de tus tetas para acompañar.>>
Irina bloqueó la pantalla y guardó el teléfono. Miró por la ventanilla mientras el coche salía del aeropuerto.

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