Con mamá en la playa nudista 6
Laura subió las escaleras con las piernas torpes. El vestido
se le pegaba a los muslos por el sudor y por lo que todavía le resbalaba entre
las piernas. Abrió la puerta del apartamento y la cerró a sus espaldas sin
hacer ruido.
Marcos ya estaba dentro.
Estaba de pie en medio del salón, con la luz de la cocina
encendida a su espalda. No estaba sentado. No estaba bebiendo agua. Simplemente
la esperaba. Se miraron. El silencio se hizo inmenso de inmediato, casi físico.
Él habló primero. La voz le salió baja y plana:
—Te vi.
Laura sintió que el estómago se le cerraba. Por un segundo
no supo qué decir. Después intentó recuperar el control. Forzó una explicación
de confusión.
—¿Ah, sí? —contestó, con un tono que pretendía ser ligero—.
En el chiringuito. Fui a tomarme algo. Te iba a decir si me acompañabas, pero
te vi tan bién acompañado.
Marcos no se movió. Solo la miró con más intensidad.
—No en el chiringuito —dijo—. En la playa.
Ella abrió un poco más los ojos, como si no entendiera.
—¿En la playa? ¿Qué estás diciendo?
—Te vi en la arena. Encima de un tío.
Laura sintió que el calor le subía al cuello. Se indignó de
verdad, o al menos lo aparentó con fuerza.
—¿Pero qué cosas dices, Marcos? ¿Estás bromeando? Yo estuve
en el chiringuito y después volví andando a casa. Si viste a alguien, sería
otra.
Él no contestó de inmediato. Solo respiró hondo por la
nariz, con la mandíbula apretada. El silencio que siguió fue peor que cualquier
grito.
Laura sostuvo la mirada, aunque por dentro ya notaba que la
mentira se le empezaba a resquebrajar.
Marcos dio un paso hacia ella. Después otro. Laura no se
movió. Notó el olor de la noche en su propia piel y el de él, más cercano
ahora.
Sin decir nada más, le cogió el dobladillo del vestido y se
lo levantó hasta la cintura. El aire fresco del salón le rozó los muslos. Ella
soltó un sonido bajo, entre protesta y sorpresa, pero no lo apartó.
Él le metió la mano entre las piernas.
Los dedos le encontraron la humedad de inmediato. Y algo más. Más espeso. Más viscoso. Marcos se quedó quieto un segundo, notándolo. Después sacó la mano despacio y levantó los dedos entre los dos. La luz de la cocina los iluminó lo suficiente: brillaban, pegajosos, con restos claros de semen.
Laura bajó la mirada. Lo vio. El pecho se le cerró de golpe.
La mentira se le deshizo en la boca antes de poder decir nada.
Marcos no habló. Solo la miró a los ojos, con los dedos
todavía levantados, esperando. El silencio era peor que cualquier acusación.
Ella abrió la boca, pero no salió ninguna palabra. Solo un
temblor en la respiración. La vergüenza era imposible de esconder.
Marcos bajó la mano otra vez.
Sin decir una palabra, volvió a meter los dedos bajo el
vestido encontrando de nuevo el coño de su madre manchado del semen del otro y
lo usó. Le separó los labios con dos dedos y empezó a rozarle el clítoris con
el pulgar, despacio, con una calma que resultaba casi cruel.
Laura intentó apartarlo. Le agarró la muñeca y tiró hacia
fuera.
—No… —susurró, con la voz rota.
Él no retiró la mano. Solo la miró a los ojos mientras
seguía moviendo los dedos. La humedad de ella se mezclaba con lo que todavía
quedaba del desconocido. El roce se volvió más resbaladizo, más sucio. Laura
apretó los labios y cerró los ojos un segundo. El cuerpo le respondió antes que
la cabeza. Las piernas le temblaron.
Marcos no aceleró. Mantuvo el ritmo lento y preciso,
circulares, presionando justo donde sabía que la deshacía. Cada cierto tiempo
introducía un dedo hasta el nudillo y lo sacaba, arrastrando más humedad. Laura
soltó un sonido ahogado por la nariz. Intentó cerrar los muslos, pero él se los
abrió de nuevo con la otra mano.
—Mírame —dijo él, por primera vez desde hacía un rato.
Ella abrió los ojos. Lo miró. La vergüenza le quemaba la
cara, pero el placer le subía por el vientre en oleadas cada vez más fuertes.
Marcos la masturbaba sin piedad y sin prisa, observando cada temblor, cada vez
que ella contuvo la respiración. Los dedos le brillaban. El vestido le quedaba
arrugado en la cintura.
Laura empezó a temblar de verdad. Las rodillas se le
aflojaron. Tuvo que agarrarse al antebrazo de él para no caer. Estaba cerca.
Demasiado cerca. Y él lo sabía. No paró. Solo le sostuvo la mirada mientras la
empujaba despacio, sin piedad, hacia el borde. Cuando sintió que ella
estaba al borde, Marcos retiró la mano de golpe.
Laura soltó un quejido frustrado, todavía temblando. Él no
le dio tiempo a recuperarse. La agarró de la cintura y la giró con firmeza,
empujándola hacia la mesa del comedor. El borde de madera le golpeó suavemente
la cadera. Le levantó el vestido hasta la mitad de la espalda. Después le
separó las piernas con la rodilla.
Oyó el ruido de la cremallera. Marcos se bajó los pantalones lo justo. La polla le rozó primero el muslo interior, caliente y dura. Laura apoyó las manos en la mesa y bajó la cabeza. El corazón le latía tan fuerte que le dolía el pecho.
Él no avisó.
Apoyó la punta contra la entrada y empujó de un solo golpe.
Estaba caliente y empapada.
Laura soltó un gemido ahogado, agudo, casi de dolor. Era la primera vez que la tenía dentro. La sintió gruesa, abriéndola por completo. Marcos se quedó clavado un segundo, respirando agitado contra su nuca, notando cómo el coño de su madre se le adaptaba a la fuerza.
Después empezó a moverse.
Embestidas profundas, constantes, sin prisa pero sin piedad.
Cada vez que entraba, el sonido húmedo llenaba el silencio del salón. Laura
apretó los dedos contra la madera de la mesa. Tenía los ojos cerrados. Sentía
cada centímetro. No hablaban. Solo se oía el choque de los cuerpos, la
respiración entrecortada de los dos y el roce de la tela del vestido contra la
mesa.
Marcos le agarró las caderas con las dos manos y aceleró un
poco. Más hondo. Más seco. Laura mordió el labio inferior para no gemir alto.
El orgasmo le llegó de repente, violento, sacudiéndole los muslos. Se corrió en
silencio, con el coño apretándole la polla en contracciones fuertes, mientras
él seguía embistiéndola sin parar.
Él no tardó mucho más. Se hundió hasta el fondo, se quedó
quieto y se vació dentro de ella con un gruñido bajo, largo, casi animal. Laura
sintió los chorros calientes llenándola, mezclándose con lo que todavía quedaba
del desconocido.
Se quedaron quietos.
Marcos seguía dentro de ella, respirando contra su nuca.
Laura sentía el peso de su cuerpo y el pulso de la polla todavía dura, aunque
ya se iba ablandando. El semen le resbalaba despacio por el interior de los
muslos, caliente, espeso, imposible de ignorar.
Él se retiró sin decir nada.
La polla salió con un sonido húmedo. Laura apretó las
piernas por reflejo, pero ya era tarde: el líquido le bajó por la piel hasta
casi la rodilla. Marcos se subió los pantalones, se abrochó la cremallera y dio
un paso atrás. La miró un segundo. El vestido de ella seguía subido por la
espalda, las piernas abiertas, el coño hinchado y brillante a la luz de la
cocina.
No dijo una sola palabra.
Se dio la vuelta y caminó hacia su habitación. La puerta se
cerró con un clic suave.
Laura se quedó apoyada en la mesa. Las manos le temblaban.
Bajó el vestido con dedos torpes, pero la tela se le pegó a los muslos por la
humedad. Solo se oía su
propia respiración, todavía irregular.
Se pasó una mano por la cara. Tenía los ojos húmedos, aunque
no estaba llorando del todo. Entre las piernas seguía sintiendo el calor y la
evidencia de lo que acababa de pasar: el semen de su hijo mezclado con el del
desconocido, resbalándole por la piel.
Comentarios
Publicar un comentario