Con mamá en la playa nudista 5
Laura se despertó antes de que amaneciera. Se quedó un rato
quieta en la cama, mirando el techo, repitiendo mentalmente lo de la noche
anterior: los dedos de su hijo dentro de ella, el orgasmo, el beso desesperado,
y después la vergüenza que la había empujado a cerrar la puerta de su
habitación.
Cuando Marcos se despertó, ella ya estaba duchada y
preparando el café en la cocina. Llevaba solo el vestido corto de algodón
blanco. El pelo lo tenía recogido en un moño bajo, limpio, sin un solo mechón
suelto. Parecía haber decidido recuperar el control.
—Buenos días —dijo él.
—Buenos días.
El desayuno fue breve. Ella comió una tostada sin apenas
hablar. Cada vez que él intentaba decir algo, ella contestaba con monosílabos o
con un simple movimiento de cabeza. El silencio no era hostil, pero sí denso.
Como si la noche anterior hubiera dejado una capa invisible entre los dos.
—¿Vamos a la playa? —preguntó Marcos al cabo de un rato.
Laura asintió.
Bajaron juntos. El sol ya calentaba. La playa estaba
relativamente tranquila todavía. Dejaron las toallas en el mismo sitio de
siempre. Laura se quitó el vestido con naturalidad y se quedó completamente
desnuda. Marcos se bajó el pantalón corto y se quitó la camiseta deportiva. Se
tumbó desnudo boca abajo.
No pasó mucho tiempo.
Una voz femenina, con acento extranjero, los interrumpió.
—Hi… Marcos?
Laura levantó la cabeza. Era la rubia del mercadillo.
Completamente desnuda. El cuerpo delgado, los pechos pequeños y firmes, el
vello púbico rubio y discreto. Sonreía con facilidad.
Marcos se incorporó de inmediato.
—Hey… hi.
Empezaron a hablar en inglés. Rápido, suelto. La chica se
reía. Él también. En un momento los dos miraron hacia Laura y volvieron a
reírse de algo que ella no entendió. No era una risa cruel, pero tampoco era
inocente. La dejaban fuera.
Laura se quedó tumbada, apoyada en los codos, fingiendo que
miraba el mar. Por dentro notó el primer pinchazo. No era solo incomodidad. Era
otra cosa. Más afilada.
Al cabo de unos minutos, Marcos se agachó junto a ella.
—Voy un rato con ella y unos amigos que están más allá —dijo
en voz baja—. No tardo mucho.
Laura no contestó de inmediato. Solo asintió, sin mirarlo.
—Vale.
Él se levantó, recogió su toalla y se fue con la rubia.
Laura los siguió con la vista hasta que se perdieron entre la gente. Entonces
bajó la frente contra sus brazos cruzados y cerró los ojos.
Al cabo de un rato se incorporó, se puso de pie y caminó
despacio por la orilla, sin alejarse del todo del sitio donde había dejado la
toalla.
Los buscó con la vista.
Los encontró fácilmente. Marcos estaba sentado en la arena
con la rubia y tres chicos más. Todos desnudos. La rubia reía con la cabeza
echada hacia atrás. Marcos le decía algo cerca de la oreja y ella le daba un
golpe suave en el brazo, todavía riéndose. Parecían cómodos. Demasiado cómodos.
Laura se detuvo. Sintió un calor molesto en el pecho que no
tenía nada que ver con el sol. No era solo celos. Era la sensación clara de
estar sobrando.
Giró sobre sus talones y siguió caminando.
Más adelante reconoció a los dos chicos del día anterior.
Estaban tumbados en unas toallas, hablando entre ellos. Al pasar cerca, uno de
ellos levantó la mano en un saludo breve. El otro asintió con la cabeza. Nada
más. No se levantaron. No la invitaron a acercarse. El saludo fue educado, casi
automático, y después volvieron a su conversación.
Laura contestó con un gesto mínimo y siguió adelante. La
exclusión le pesó más de lo que esperaba.
Al cabo de un rato decidió volver al apartamento.
Subió las escaleras en silencio. El piso estaba vacío y
todavía fresco. Dejó el vestido sobre una silla, se metió en la ducha y se
quedó bajo el agua más tiempo del necesario, con los ojos cerrados, intentando
que el agua fresca le borrara la imagen de Marcos riéndose con la rubia.
Cuando salió, se envolvió solo en una toalla grande. El pelo
lo llevaba suelto y húmedo. Al cruzar el pasillo hacia su habitación, se detuvo
en seco.
Marcos ya estaba de vuelta. Estaba en el salón bebiendo agua
de una botella. Al verla semidesnuda, no se puso nervioso como otras veces. La
miró con naturalidad, casi con calma.
—Has vuelto pronto —dijo ella.
—Sí. Me apetecía ducharme antes de salir.
Laura se quedó en el umbral, apretando la toalla contra el
pecho.
—¿Sales?
Marcos asintió y dejó la botella en la mesa.
—He quedado con Judith y con su grupo. Vamos a cenar algo
por ahí y después a dar una vuelta. No sé a qué hora volveré.
Ella no contestó de inmediato. Solo lo miró.
Él se acercó, le dio un beso rápido en la mejilla —corto,
casi distraído— y se dirigió al baño.
—Me ducho y me voy.
La puerta del baño se cerró. Se oyó el ruido del agua.
Laura se quedó sentada en medio del salón, con la toalla
todavía húmeda pegada a la piel y el calor del beso en la piel. Era un beso sin
peso. Sin la tensión de las noches anteriores. Como si lo de ayer no hubiera
dejado ninguna marca en él.
Cuando Marcos salió, ya vestido con una camiseta clara y
unos pantalones cortos, se pasó una mano por el pelo y se detuvo un segundo
delante de ella.
—No me esperes despierta.
Y se fue.
Laura se quedó sola. El silencio del apartamento le
resultaba agobiante. Al final se movió por inercia.
Se secó el pelo sin mucho cuidado, se puso un vestido corto
de color claro y bajó a la cocina. Abrió el frigorífico, miró dentro y cerró la
puerta sin sacar casi nada. Preparó una tortilla francesa con lo que había, la
comió de pie junto a la encimera y lavó el plato enseguida. No tenía hambre de
verdad.
Después se sentó en el sofá y encendió la televisión. Cambió
de canal varias veces. No se concentraba en nada. Las imágenes pasaban delante
de ella sin dejar rastro. Al cabo de media hora apagó el televisor y se quedó
mirando la pantalla negra.
El reloj de la cocina marcaba casi las diez.
Se levantó, se miró un segundo en el espejo del pasillo y
salió.
La noche era cálida. El paseo marítimo estaba lleno de
gente: parejas, grupos de jóvenes, el ruido lejano de la música de los
chiringuitos. Laura caminaba sin prisa, con las manos metidas en los bolsillos
del vestido. No estaba segura de por qué había salido. Solo sabía que quedarse
en el piso vacío se le hacía imposible.
A mitad de camino, al bajar la mirada hacia la playa, los
vio.
Estaban sentados en la arena, bastante cerca del agua.
Marcos y la rubia. Ella tenía una pierna cruzada sobre la de él. Él le estaba
diciendo algo cerca de la cara y ella se reía, inclinándose hacia delante. En
un momento la chica le pasó el brazo por los hombros y se quedó así, pegada a
su cuerpo.
Laura se detuvo en seco.
El pecho se le apretó con una fuerza seca, casi física. No
era solo celos. Era la evidencia clara de que él estaba bien. De que no la
necesitaba. De que lo de la noche anterior no le había dejado la misma marca
que a ella.
Sostuvo la mirada unos segundos más de los que debería.
Después apartó la vista y siguió caminando hacia el chiringuito, más rápida
ahora, con la mandíbula apretada.
La soledad ya no era solo ausencia. Empezaba a doler de otra
manera.
Al llegar al chiringuito este estaba más lleno que la otra
noche. Música baja, olor a cerveza y a fritura, luces cálidas que no llegaban
del todo a las mesas de la terraza. Laura se acercó a la barra y pidió una copa
de vino blanco. La primera la bebió casi de un trago. La segunda se la tomó más
despacio, apoyada de lado, mirando el local sin parecer que buscaba nada.
Los vio al poco rato.
Eran tres. Jóvenes, de esa edad indefinida entre los
veinticinco y los treinta. Uno de ellos, el más alto, tenía el pelo oscuro y
una camiseta negra ceñida. La miró un segundo de más cuando ella giró la
cabeza. Laura sostuvo la mirada. No sonrió de inmediato. Solo lo miró con
calma, como quien decide si le interesa o no.
Él se acercó al cabo de unos minutos. Le ofreció un
cigarrillo. Ella negó con la cabeza, pero no se apartó. Hablaron de tonterías:
de dónde era él, de cuántos días llevaba ella en el pueblo, del calor. Laura
contestaba con frases cortas, dejando que fuera él quien llenara los silencios.
Cada cierto tiempo le sostenía la mirada un poco más de lo necesario.
Cuando él se inclinó para decirle algo cerca de la oreja,
ella no retrocedió. Notó el olor de su colonia y el calor de su cuerpo. Por un
momento pensó en Marcos y en la rubia, en la forma en que la chica se había
apoyado contra él en la arena. El recuerdo le apretó el pecho otra vez.
Entonces tomó la decisión.
Le puso una mano en el antebrazo, suave pero clara, y le
dijo al oído:
—¿Salimos un momento?
El chico asintió sin preguntar nada.
Salieron del chiringuito y bajaron hacia la playa por la
rampa de madera. La arena estaba fresca. Había poca gente ya. Laura caminó por
delante, sin hablar, hasta un tramo más oscuro, lejos de las luces. Allí se
detuvo, se giró hacia él y lo besó.
Fue ella quien abrió la boca. Quien buscó la lengua. Quien
le puso las manos en la cintura y lo atrajo contra su cuerpo. El beso no tenía
ternura. Era urgente, casi agresivo. Como si quisiera borrar algo.
El chico respondió enseguida. Le bajó los tirantes del
vestido con las dos manos. La tela cedió y los pechos le quedaron al aire,
pesados, los pezones ya duros por el aire de la noche. Él los cogió con las
manos, los apretó, los acarició con los pulgares mientras seguía besándola.
Laura dejó que lo hiciera. Incluso se arqueó un poco hacia sus manos, buscando
más presión.
Después lo empujó suavemente hacia atrás hasta que él se
sentó en la arena. Se colocó encima sin quitarse del todo el vestido. Se lo
levantó hasta la cintura, le bajó la cremallera de los pantalones, le sacó la
polla ya dura y se la guió hasta la entrada. Estaba húmeda, pero no del todo
preparada. El roce inicial le hizo fruncir el ceño un segundo. Después se sentó
del todo y empezó a moverse.
Cabalgó con las manos apoyadas en sus hombros, el ritmo
firme. Cada vez que bajaba, buscaba que llegara hondo. El chico le seguía
apretando los pechos, subiéndolos, aplastándolos contra su pecho. En un momento
intentó incorporarse, buscando con la boca uno de los pezones. Laura lo sintió
y lo empujó de nuevo hacia abajo, contra la arena, con ambas manos en el pecho.
—Quieto —murmuró.
Él obedeció. Ella aceleró el ritmo de inmediato, más seco, más profundo, follándolo con fuerza mientras él le sujetaba las caderas. No lo miraba a la cara. Solo sentía el grosor de la polla entrando y saliendo, el roce de la arena en las rodillas, y el recuerdo insistente de Marcos con la rubia. El contraste la excitó y la enfadó al mismo tiempo.
Se corrió con un temblor seco, mordiéndose el labio inferior
para no hacer ruido. El coño se le cerró alrededor de la polla del desconocido
en contracciones fuertes. Él la siguió poco después, agarrándola con fuerza de
las caderas mientras se vaciaba dentro de ella.
Laura se quedó quieta unos segundos, con la respiración
agitada y la polla todavía dentro. Después se levantó despacio, se subió los
tirantes del vestido, se bajó la falda y se pasó una mano entre los muslos,
limpiándose a medias. El semen le resbalaba cálido por la piel.
El chico dijo algo a su espalda —una pregunta, una
invitación—, pero ella no contestó. Solo se pasó una mano por la cara y levantó
la vista hacia el paseo marítimo.
Lo vio de inmediato.
Marcos estaba de pie junto a la barandilla, a unos cincuenta
metros. No se movía. La miraba fijamente. La luz de las farolas del paseo le
daba de lado y dejaba su cara en penumbra, pero Laura no necesitó verle la
expresión para entenderlo. Había estado ahí. Había visto lo suficiente.
El golpe de la vergüenza fue físico.
Le subió desde el estómago hasta la garganta en un segundo,
denso, caliente, casi nauseabundo. Más fuerte que el orgasmo que acababa de
tener. Más fuerte que los celos de toda la tarde. Se le aflojaron las rodillas.
Tuvo que apoyar una mano en el aire, como si buscara algo donde agarrarse,
aunque no hubiera nada.
No apartó la mirada de inmediato. Se quedó paralizada,
sintiendo el peso de esa observación fija sobre ella: el vestido mal puesto,
los tirantes torcidos, la humedad entre las piernas, el olor a sexo todavía en
la piel. Todo expuesto. Todo visto por él.
El chico volvió a hablar. Laura giró la cabeza hacia él por
inercia y murmuró un “me tengo que ir” sin apenas voz. Después se agachó,
recogió las sandalias que se había quitado y empezó a caminar por la arena en
dirección contraria, sin mirar otra vez hacia el paseo.
Cada paso le pesaba. La vergüenza no se iba. Se le había
metido debajo de la piel y le latía en las sienes, en el pecho, entre las
piernas todavía sensibles.
Subió la rampa de madera con las piernas torpes. No miró
atrás ni una sola vez. Sabía que él seguía ahí. Y eso era lo peor.
Comentarios
Publicar un comentario