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La frontera

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  El policía pasó la última página del pasaporte y volvió a la primera. Lo hizo despacio, alisando con el pulgar una esquina doblada, mientras el zumbido del aire acondicionado llenaba los silencios. Irina llevaba casi diez minutos sentada frente a él. Había dejado de mirar el reloj. Al principio había intentado calcular cuánto tardaría en recoger la maleta y salir al vestíbulo, donde su hermana debía de estar esperándola. Ahora solo quería que aquel hombre dejara de examinar sus documentos. La habitación olía a café recalentado y a un producto de limpieza demasiado fuerte. Detrás de la puerta se escuchaban pasos, el rodar de alguna maleta y, de cuando en cuando, una voz amortiguada por el pasillo. Aquel sonido del aeropuerto, tan próximo, hacía todavía más irritante estar encerrada allí. Una mesa de tablero claro separaba las dos sillas ocupadas. En un rincón había otra, vacía, junto a un armario metálico de pintura descascarillada. La luz blanca de los fluorescentes se reflej...

Con mamá en la playa nudista 11

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Laura despertó con el camisón pegado a la espalda y el sabor de la almohada en la boca. Un segundo creyó que todavía era de noche. Después oyó la calle: una persiana, un motor, las cigarras ya altas. Sábado. Se quedó boca abajo un rato, con la mano todavía cerca del vientre, como si el cuerpo no hubiera recibido el aviso de que aquello había terminado. En la otra habitación no se oía nada. Ni Judith. Ni Marcos. Solo el apartamento, pequeño y demasiado lleno de gente que no estaba. Se levantó. El camisón le olía a ella. Se lo quitó, lo dejó sobre la silla y se metió en la ducha antes de pensar. El agua caliente le bajó por el cuello, por los pechos, por el sitio donde anoche se había tocado oyendo a su hijo correrse en otra boca. Se enjabonó con prisa. No era pudor. Era no quedarse. Cuando salió al pasillo, la puerta de Marcos estaba entreabierta. No debía entrar. Entró. La cama estaba deshecha de un modo que no era el suyo. Dos almohadas usadas. La sábana revuelta hacia los p...

Incesto en la Mancha 12

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Dayana se detuvo en el umbral del comedor con el pelo todavía húmedo, recogido con una fuerza que le tiraba de las sienes. Contó las sillas antes de entrar. Faltaba Mateo. —Buenos días —dijo, y se sentó lo más lejos posible de Lucía. Elena levantó la cafetera. —Buenos días, mi vida. Te veo pálida. ¿Dormiste mal también tú? —No. Se me hizo tarde. Lucía se acercó a llenarle la taza. Dayana no alzó los ojos. Lucía sí. Los ojos se quedaron un segundo de más en su escote y después siguió hacia la cocina como si no hubiera visto nada. Camila lo vio. Sonrió contra el borde de la taza y siguió untando el pan. Alfredo tenía el periódico abierto pero no lo estaba leyendo. —Hoy hay que dejar las habitaciones de arriba presentables —dijo—. Puede que baje gente del pueblo. Lucía, el salón también. —Sí, señor. Elena habló de la pedida, de una llamada a media mañana, del vestido claro. Nadie recogió el hilo. Dayana desmenuzaba una tostada sin llevársela a la boca. Cada vez que l...