La frontera
El policía pasó la última página del pasaporte y volvió a la primera. Lo hizo despacio, alisando con el pulgar una esquina doblada, mientras el zumbido del aire acondicionado llenaba los silencios. Irina llevaba casi diez minutos sentada frente a él. Había dejado de mirar el reloj. Al principio había intentado calcular cuánto tardaría en recoger la maleta y salir al vestíbulo, donde su hermana debía de estar esperándola. Ahora solo quería que aquel hombre dejara de examinar sus documentos. La habitación olía a café recalentado y a un producto de limpieza demasiado fuerte. Detrás de la puerta se escuchaban pasos, el rodar de alguna maleta y, de cuando en cuando, una voz amortiguada por el pasillo. Aquel sonido del aeropuerto, tan próximo, hacía todavía más irritante estar encerrada allí. Una mesa de tablero claro separaba las dos sillas ocupadas. En un rincón había otra, vacía, junto a un armario metálico de pintura descascarillada. La luz blanca de los fluorescentes se reflej...