Incesto en la Mancha 12

Dayana se detuvo en el umbral del comedor con el pelo todavía húmedo, recogido con una fuerza que le tiraba de las sienes. Contó las sillas antes de entrar.

Faltaba Mateo.

—Buenos días —dijo, y se sentó lo más lejos posible de Lucía.

Elena levantó la cafetera.

—Buenos días, mi vida. Te veo pálida. ¿Dormiste mal también tú?

—No. Se me hizo tarde.

Lucía se acercó a llenarle la taza. Dayana no alzó los ojos. Lucía sí. Los ojos se quedaron un segundo de más en su escote y después siguió hacia la cocina como si no hubiera visto nada.

Camila lo vio. Sonrió contra el borde de la taza y siguió untando el pan.

Alfredo tenía el periódico abierto pero no lo estaba leyendo.

—Hoy hay que dejar las habitaciones de arriba presentables —dijo—. Puede que baje gente del pueblo. Lucía, el salón también.

—Sí, señor.

Elena habló de la pedida, de una llamada a media mañana, del vestido claro. Nadie recogió el hilo. Dayana desmenuzaba una tostada sin llevársela a la boca. Cada vez que la porcelana chocaba, se le tensaba el hombro.

—Come algo —dijo Elena—. Te vas a marear.

—Ahora, mamá.

No comió.

Camila le rozó el zapato bajo la mesa, a propósito. Dayana retiró el pie. Camila no insistió.

—¿Mateo? —preguntó Elena, ya de pie, hacia el jardín.

—En el viñedo —dijo Alfredo—. Salió temprano.

Elena asintió y fue a por más leche. Dayana aprovechó ese segundo para salir. Murmuró algo de la ducha, el calor, que volvía, y cruzó el pasillo con un paso que quería parecer el de siempre.

Cerró el baño con pestillo. Abrió el grifo y se mojó la cara hasta que el agua le corrió por dentro del cuello y se le enfrió el pecho. En el espejo tenía los labios sin pintar y una ojeras que el agua fría no quitaba.

Se agarró al lavabo.

Aún notaba el sabor de la polla de Alfredo en su boca. La cara levantada cubierta de semen, el buenas noches, Dayana dicho como se cierra un cajón. Y detrás, peor: que ella lo había lamido. Que no había salido corriendo.

Se enjuagó otra vez. Se pasó la toalla con rabia. El algodón se le pegaba al cuello.

Al otro lado, Elena preguntaba por el pueblo. Lucía contestaba que sí. Nadie decía su nombre.

Dayana se arregló el pelo, se pasó la lengua por los labios —un reflejo que odió en cuanto lo hizo— y abrió el pestillo.

Cuando volvió a sentarse, ya daba igual la silla. Elena seguía con la cabeza ladeada hacia las cepas, hacia el hijo que no había desayunado. El sitio no tapaba nada.

Elena encontró a Mateo en la bodega. Había bajado sin anunciarse, con el vestido de casa y el paso de quien va a buscar una botella. La puerta de madera estaba entreabierta. Mateo estaba de pie entre las barricas, las manos sucias de tierra, la camiseta pegada a la espalda. No se había ido tan lejos. Solo lo bastante para que nadie lo siguiera.

Elena empujó la puerta del todo.

—Ahí estás.

Él se giró demasiado rápido. Por un segundo pareció buscar otra salida. No la había.

—Mamá.

—Otra vez sin desayunar —dijo ella, y se quedó justo dentro—. Ayer te fuiste al viñedo. Hoy has salido antes de que yo bajara. Si sigues así te voy a tener que llevar el plato a las cepas.

—Estoy bien.

—Eso ya me lo dijiste. Y no te lo creí.

Cerró la puerta a su espalda. El gesto fue pequeño. A Mateo se le notó en los hombros.

—Ayer, en la mesa, no podías mirarme —dijo—. Te di un beso en la sien y se te puso el cuerpo tenso. De alguien que quiere huir.

Mateo no contestó.

—En el banco te pregunté si estabas enfadado conmigo. Me dijiste que no. Y te fuiste igual.

—No estoy enfadado.

—Entonces mírame ahora.

Él lo hizo. Le duró poco. Los ojos se le fueron a la veta de la madera, a cualquier sitio que no fuera la boca de su madre.

Elena dio un paso.

—Si te pasa algo con Alfredo —continuó—, o con esta casa, dímelo. Prefiero eso a que me evites como si yo fuera el problema.

La frase le quedó a Mateo atravesada. Abrió la boca. “No eres tú” era mentira. “Eres tú” no salía.

—No puedo estar cerca de ti ahora.

Elena parpadeó.

—¿Qué?

—Eso. No puedo.

Lo oyó como se oye un enfado de hijo. Un capricho. Un mal día. Estiró la mano y le tocó la cara, el mismo gesto de cuando tenía fiebre, el pulgar cerca de la comisura. La piel de él estaba caliente. Mateo se quedó quieto. El cuerpo le respondió antes que la cabeza: un endurecimiento bajo el pantalón que no pudo esconder del todo, la garganta cerrada, la respiración mal puesta.

Elena bajó la mirada un instante. La subió. No retiró la mano de inmediato. Cuando lo hizo, fue despacio, como quien suelta una cosa caliente y no quiere que se note.

—Mateo…

Él dio un paso atrás, contra una barrica.

—Déjame.

La puerta de arriba crujió. Los dos alzaron la cabeza.

Alfredo bajó tres peldaños y se detuvo. Los vio: ella con la mano todavía a medio camino, él contra la madera, el espacio raro entre los dos. No preguntó. No sonrió. Bajó el resto, pasó junto a ellos hacia el fondo, cogió una botella como si hubiera venido solo por eso, y al subir se detuvo otra vez en el umbral.

Los miró. No dijo nada. Siguió hacia la casa.

El silencio que dejó fue peor que si hubiera hablado.

Elena se pasó la lengua por los labios. Tenía la palma todavía caliente.

—Vamos arriba —dijo, más bajo—. No te quedes aquí.

Mateo negó con la cabeza. No la miraba.

Ella esperó un segundo más, lo bastante para que él pudiera echarse atrás de lo que había dicho. No lo hizo. Elena subió sola. En el último escalón se le escapó llevarse los dedos a la cara, al sitio exacto donde le había tocado a él, y los bajó de golpe.

Camila estaba en lo alto de la escalera de la bodega con el vestido de la pedida doblado sobre el brazo y la boca abierta para preguntar por la costura. Elena subía. Se encontraron a mitad.

Elena se llevó la mano a la barandilla demasiado tarde. Los dedos le temblaban un poco. No era el calor.

—Ah, mi vida. No te vi.

—Estabas abajo —dijo Camila—. ¿Con quién?

—Con tu hermano. No ha desayunado. Otra vez.

Lo dijo como se dice un recado. No le salió. Camila le sostuvo la mirada un segundo más de lo educado. Elena apartó los ojos primero. Pasó de largo hacia el salón, hacia el teléfono, hacia cualquier sitio que no fuera esa escalera. Camila se quedó en el peldaño con el vestido en el brazo y la frase de la madre todavía caliente. Con tu hermano. Y esa forma de no mirarla.

No bajó entonces. Primero fue a por Dayana.

La encontró en el cuarto, poniéndose el bikini. Camila dejó el vestido encima de la cama y cerró la puerta.

No preguntó si había pasado. Lo dio por hecho.

—¿Te arrodillaste?

Dayana abrió un cajón que no necesitaba.

—No sé de qué hablas.

—Sí sabes. Anoche. Lucía. Él.

—Me fui a dormir.

—Claro.

Camila insistió.

—Solo quiero saber si te arrodillaste. No me vengas con que no.

Dayana tragó saliva. El “no” se le deshizo. Asintió apenas, un movimiento que quiso disimular arreglándose el pelo.

Camila sonrió sin alegría.

—Menos mal. Pensé que te habías vuelto santa.

Bajó las escaleras de dos en dos. En la cocina Lucía lavaba copas. Camila no la miró. Cruzó el porche y se metió entre las cepas. Encontró a Mateo sentado al pie de una higuera, con tierra en las manos, la camiseta hecha un desastre.  Camila se detuvo delante de él.

—Te escondes mal.

Él alzó la vista. Al reconocerla no se relajó.

—Déjame.

—Todo el mundo te deja. Por eso estás así.

Mateo se puso en pie demasiado rápido, como si la higuera ya no tapara. Camila no se apartó. Quedaron cerca. Él olía a bodega y a sudor. Ella no estaba caliente. Estaba comprobando.

—¿Qué te ha hecho? —preguntó—. Porque desde ayer no le aguantas la cara. Y ella acaba de subir de la bodega como si le hubieras pegado.

—No me ha hecho nada.

—Entonces es peor.

Le bajó la vista al pantalón. No fue un gesto de ganas. Fue de inventario. Mateo siguió su mirada demasiado tarde. Se le notaba. No del todo. Lo bastante.

Camila soltó una risa corta.

—Ni siquiera es por mí.

Mateo dio un paso atrás.

—Cállate.

—No he dicho ningún nombre.

Lo dejó ahí. No le tocó. No lo besó. El trabajo ya estaba hecho: él sabía que ella había visto, y ella sabía de quién era esa media erección.

—Sube cuando puedas —dijo, sin girarse—. Mamá no va a dejar de insistir.

En el porche Elena tenía el teléfono en la mano. Camila le sonrió al pasar.

—Lo he visto. Le he dicho que suba.

—¿Y?

Camila se encogió de hombros.

—Está raro, mamá. Como tú.

Elena no contestó a lo de “como tú”. Se quedó en el porche con el teléfono ya colgado y la frase de Camila dándole vueltas, demasiado exacta para ser una niñería. Cuando Mateo apareció por el camino de las cepas, tarde, con la tierra todavía en los bajos del pantalón, ella abrió la boca para llamarlo y la cerró. Él pasó a dos metros. No la miró. Subió.

La tarde se llenó de la pedida. Lucía iba y venía con copas, con el mantel, con recados de Alfredo. Dayana se encerró a planchar un vestido que no necesitaba plancha. Camila se probó el suyo delante del espejo del pasillo, a propósito, y le preguntó a la madre si le quedaba bien el escote. Elena dijo que sí sin haber mirado.

En la cena Mateo se sentó. Comió poco. Alfredo habló del vino que había que subir para la fiesta. Elena contestaba cuando tocaba. Bajo la mesa no pasaba nada. No hacía falta. Lo que había pasado en la bodega le pesaba en la palma cada vez que cortaba el pan.

Cuando se levantaron, Alfredo le rozó la espalda a Elena al pasar, el mismo gesto de siempre, y a Mateo le puso un instante la mano en el hombro.

—Descansa. Mañana habrá mucha gente.

Mateo asintió. No dijo nada.

La casa se fue apagando. Primero el salón, después las puertas. Elena se acostó con la bata aún puesta, de lado, de cara a la pared. Alfredo se duchó. Tardó. Cuando volvió no se acostó de inmediato. Se quedó al borde de la cama, abrochándose la camisa otra vez, como si se le hubiera olvidado algo.

—Voy un momento —dijo.

Ella murmuró un sí. No preguntó adónde.

Lo encontró en el pasillo del servicio. Lucía estaba recogiendo la última bandeja. Alfredo no alzó la voz.

—El niño no pega ojo. Ve y tranquilízalo.

Lucía lo miró un segundo. Asintió. Dejó la bandeja sobre el mármol y se adelantó hacia las habitaciones de arriba con el paso corto de quien cumple un recado, no una cita.

Mateo no se había acostado. Estaba sentado al borde de la cama, descalzo, los codos en las rodillas, la misma postura del banco de piedra. Al abrir la puerta se le endureció la cara.

—Ahora no.

Lucía no discutió. Entró. Cerró, pero dejó un palmo de quicio. En esa casa las puertas del todo cerradas querían decir una cosa; las entreabiertas, otra.

—Me ha mandado el señor Alfredo.

—Ya me lo imagino.

Ella se acercó igual. Le quitó de los hombros la tensión con las dos manos, como quien alisa una sábana, y le bajó el pantalón del pijama hasta los muslos. Mateo no la detuvo. Tampoco la ayudó. Lucía tomó su polla en la palma. Estaba tibio, a medias. Lo frotó despacio, con el pulgar en la ranura, recogiendo lo poco que se le adelantaba, hasta que la polla se le puso dura del todo y le latía contra los dedos.

Se arrodilló entre sus rodillas. Lo olió primero, un gesto breve, práctico, y se lo metió en la boca. Calor. Saliva. La lengua plana por debajo, los labios cerrados en el glande, un vaivén corto que lo fue cubriendo más cada vez. Mateo soltó el aire por la nariz y le puso una mano en la cabeza. No empujó. Los dedos se le quedaron enredados en el pelo de ella, quietos, como si necesitara sujetarse a algo que no fuera lo que estaba pensando.


Lucía bajó hasta donde le daba la garganta, se detuvo, tragó alrededor de él y volvió a subir con un hilo de saliva. Lo chupó de verdad: ritmo constante, mano en la base al mismo tiempo, un sonido húmedo que se oía demasiado en el cuarto pequeño. Mateo abrió las piernas un poco más. La cadera le temblaba. Cuando ella le rozó los huevos con la yema de los dedos, él dijo “Elena” sin querer y lo corrigió enseguida, callándose.

Lucía se apartó con la boca brillante. Se levantó, se quitó las bragas, las dejó en el suelo y se volvió de cara a la pared. Apoyó las palmas en el enlucido, a la altura del pecho. Con el pie abrió un poco más las piernas. La bata le quedaba subida hasta la cintura. El culo desnudo, la raja ya brillante.

—Así —dijo, bajo.


Mateo se puso detrás. Le agarró las caderas. Se guió con la mano y empujó. Entró de un tirón, hasta el fondo, y los dos se quedaron un segundo quietos. Ella apretó. Él maldijo entre dientes. Empezó a follarla con embestidas cortas y hondas, la barriga dándole en las nalgas, el ruido de la piel contra la piel llenando el espacio entre la cama y la pared. Lucía bajó la frente hacia el muro y se mordió el labio. Aun así se le escapaba un jadeo cada vez que él tocaba fondo.


Elena se removió en la cama cuando Alfredo volvió y empezó a desnudarse. Se sentó, se ciñó la bata y salió al pasillo la obsesión de comprobar que Mateo estaba bien. La puerta de Mateo no estaba cerrada.

Lo que vio no le cupo en el primer segundo.

La espalda de él, desnuda de cintura para abajo. El pantalón del pijama enredado en los muslos. Las manos grandes sujetando las caderas de una mujer. El vaivén. El golpe. Lucía de cara a la pared, la bata subida, las palmas abiertas contra la pintura. El sonido húmedo, claro, imposible de traducir a otra cosa.

Elena se quedó en el quicio. La primera idea fue entrar. La segunda, cerrar. No hizo ninguna. Una mano se le fue al marco. La otra, a juntarse la bata sobre el pecho.

Mateo aceleró. Le había subido una mano por debajo de la bata, le apretaba un pecho con los dedos abiertos, sin cariño, con esa urgencia de quien no está del todo en el cuarto. Los muslos le temblaban. El coño de Lucía se le oía: húmedo, chasquido, el roce sucio de cada entrada. Ella empujó el culo hacia atrás, buscándolo, y él se lo clavó más fuerte, más seguido, hasta que el ritmo se le desordenó.

Elena no pensaba en su hijo. No del todo. Pensó en lo joven que se oía aquello. En la fuerza del movimiento. En cómo él la tenía sujeta y la empujaba contra la pared como si se le hubiera acabado la espera. El calor le bajó solo, a traición, un pulso bajo el vientre que ella quiso atribuir al susto y no le duró como susto.

—Joder…

Mateo se hundió del todo, se quedó pegado a ella y se corrió con un gruñido que no pudo tapar. A pulsos. Hondo. Lucía notó el calor llenándola y apretó alrededor, ordeñándolo, las uñas en la pared. Mateo siguió empujando tres o cuatro veces más, ya sin control, hasta que se le acabó. Se quedó un momento así, la frente en el hombro de ella, la polla todavía dándole latidos dentro.

Elena había visto el instante en que se quedaba clavado, hondo, y no había apartado los ojos.  Retrocedió. El pasillo crujió bajo su talón. Nadie se giró. Volvió por donde había venido, la bata pegada a los muslos, el pulso descolocado, con esa humedad nueva que no quería comprobar.

Alfredo estaba en la habitación.

No en la cama. De pie, junto a la ventana entreabierta, como si no hubiera ido a ninguna parte. No preguntó. No sonrió. La esperó a que cerrara.

Elena se quedó con la espalda contra la puerta. Abrió la boca. No salió nada. Él ya cruzaba la habitación.

La giró. La puso de cara a la pared. Las palmas de ella quedaron a la misma altura en que acababa de ver las otras. Alfredo le alzó la bata de un tirón, le bajó las bragas hasta los muslos y le abrió las piernas con la rodilla. No hubo frase. La notó mojada con los dedos, un roce breve, y enseguida el glande, grueso, caliente, empujando.

Entró de uno.

Elena soltó un sonido contra el muro. Él le agarró los huesos de la cadera y empezó a follarla igual: corto, hondo, el cuerpo dándole en el culo a cada golpe. La misma postura. El mismo vaivén. El mismo ruido húmedo, ahora dentro de su propio cuarto, ahora dentro de ella.

No habló de lo que había visto. No hacía falta. Cada embestida se le superponía a la otra. La espalda de Mateo. Las manos en las caderas de Lucía. El gruñido. Y esta polla, ahora, abriéndola, más gruesa, más segura, dándole justo donde ya venía caliente.

—Alfredo… —alcanzó a decir, y no era un ruego de que parara.

Él aceleró. Le pasó un brazo por delante, le agarró un pecho por encima de la bata, el otro se lo dejó libre para seguir clavándola contra la pared. Elena abrió más las piernas todo lo que le permitían las bragas en los muslos. Se le oía el coño. Se le oía a ella. Empujaba hacia atrás sin querer, buscando el fondo, y cada vez que lo tocaba le volvía la imagen: el hijo hundido, el temblor, el modo en que se había quedado pegado a la otra.

El orgasmo le vino de golpe. Se le cerró la garganta. El coño le apretó la polla a ráfagas, fuertes, y ella se corrió con la frente en la pared, los ojos húmedos, pensando —ya sin poder traducirlo a dos jóvenes, ya sin poder taparlo— en cómo Mateo se la había follado a Lucía contra el mismo gesto de muro. El nombre no le salió. El cuerpo sí lo dijo.

Alfredo no paró. La siguió tomando así, denso, hasta clavarse y venirse dentro con un gruñido bajo, las manos hundidas en su carne. Se quedaron un segundo pegados. El semen le resbaló a ella entre los muslos en cuanto él se retiró.

Se bajó la bata. Él se abrochó. Nadie encendió la luz.

Elena se recostó de lado, de cara a la pared. Tenía las bragas todavía a medias. Alfredo puso la mano en su cintura, posesiva, como en todas las noches. Ella no se apartó.

A seis pasos, en el otro cuarto, se oía ahora el silencio.

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