Verdad o reto
La cinta que le cubria los ojos era suave y olia a perfume industrial. Inés se la había colocado ella misma, demasiado alta, y ahora le comía las cejas. Se sentó en el borde de la cama de Dani con las manos en las rodillas, esperando el paso en la escalera. Abajo la percusión atravesaba el suelo. Laura —era Laura: esa risa que no baja nunca— gritó que le tocara a otra, que ella ya había mandado el audio. Habían venido con la idea de la clase entera. Vacaciones de Semana Santa, el WhatsApp de Nerea prometiendo “casa de Dani, vienen todos, padrees fuera”. Inés se había puesto la camiseta que menos le marcaba y aun así se la había estirado dos veces en el portal. Subieron las cuatro juntas —ella, Laura, Nerea, Marta— y al abrir se encontraron el salón a medias: Álex y los suyos, dos sofás, cubatas ya empezados, la música demasiado alta para tan poca gente. Ni la mitad del grupo. Ni el grupo de Javi y los repetidores, ni las chicas populares. Solo el círculo de Álex, las chicas de vóley ...