La campaña 37
El domingo amaneció claro y con un viento suave que venía del mar. Víctor y Valeria decidieron salir con Lucas a la playa. No era una de esas salidas organizadas; simplemente necesitaban aire. Llevaron una mochila con agua, fruta y una toalla grande. Lucas corría delante, persiguiendo olas pequeñas y gritando cada vez que el agua le alcanzaba los tobillos.
Valeria caminaba un poco más despacio, con las manos en los bolsillos de la sudadera. Llevaba el pelo recogido en una coleta baja y las gafas de sol puestas. Desde que se despertaron esa mañana apenas habían hablado del día anterior. El silencio entre ellos no era hostil, pero tampoco era cómodo.
Estaban sentados en la arena cuando el móvil de Víctor vibró en el bolsillo. Sacó el teléfono sin pensarlo demasiado. Era un mensaje de Elena. Abrió la foto.
Elena estaba sentada en el borde de la bañera, de perfil. Tenía una pierna doblada y la otra colgando, el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante. El pelo rubio le caía suelto sobre un hombro. Se veía el pecho pesado, el vientre suave y, entre los muslos abiertos, la sombra de su coño. No miraba a la cámara de frente: tenía la cabeza baja, como si estuviera a punto de decir algo, y solo alzaba los ojos.
Debajo del mensaje solo ponía:
“Esta mañana no puedo parar de pensar en lo de la última vez. ¿Tú sí?”
Víctor cerró la pantalla de golpe. Valeria, que estaba a su lado, lo había visto.
—¿Quién es? —preguntó, sin girar la cabeza.
Víctor se quedó callado unos segundos. Luego respiró hondo.
—Elena —dijo—. La madre de Jordi.
Valeria se quitó las gafas de sol despacio y lo miró.
—¿Y por qué te manda fotos desnuda?
Víctor dudó. Miró a Lucas, que estaba a unos metros, concentrado en construir un montículo de arena.
—Porque nos estamos viendo —respondió al fin—. Desde hace unos días. Después de lo de Carla… y de todo lo que está pasando entre nosotros… me dejé llevar. Y ahora… ya no hay secretos. Tengo que contártelo.
Valeria no dijo nada durante un rato. Se quedó mirando el mar, con la mandíbula apretada.
—¿Cuántas veces? —preguntó al final, voz baja.
—Un par. Tres, como mucho.
—¿Y te la has follado?
Víctor asintió.
Valeria soltó una risa corta, sin humor.
—Claro. Y ahora qué. ¿Quieres que haga un trío también con ella? ¿Es eso lo que me estás diciendo?
—No lo sé —admitió él—. Solo sé que ya no puedo seguir ocultándote cosas. Y que… cuando estoy con ella, siento algo distinto. Más simple. Menos cargado.
Valeria se quedó callada. El viento le movía los mechones sueltos de la coleta. Al cabo de un rato, sin mirarlo, dijo:
—Cuando me hablas de ella me enfado. Me duele. Pero también… me pongo caliente. Y eso es lo que más me jode. Que el cuerpo me traicione otra vez.
Se levantó, se sacudió la arena de los pantalones y llamó a Lucas.
—Vamos. Ya es tarde.
El camino de vuelta a casa fue silencioso. Lucas iba entre ellos, hablando de los barcos que había visto y de un perro que había ladrado en la playa. Ninguno de los dos adultos respondía con mucho entusiasmo.
Cuando llegaron al portal, se detuvieron en seco.
Carla estaba sentada en el segundo escalón, con la espalda apoyada contra la pared. Tenía los ojos rojos e hinchados, el pelo revuelto y un chándal viejo arrugado que le quedaba grande. Al verlos, levantó la cabeza y se intentó sonreír, pero la sonrisa se le rompió a medias.
—Hola —dijo, voz rota.
Valeria se agachó delante de ella sin decir nada. Le puso una mano en la rodilla.
—¿Qué haces aquí? ¿Qué ha pasado?
Carla negó con la cabeza. Las lágrimas le volvieron a salir sin que pudiera contenerlas. Se pasó el dorso de la mano por la cara, como si pudiera borrarlas.
—No puedo volver a casa —susurró—. No puedo.
La subieron al piso en silencio. Lucas, al ver a su tía con esa cara, se quedó un segundo mirándola y luego se fue directo a la consola, como si entendiera que los mayores necesitaban hablar.
Se quedaron los tres en la cocina. Carla se sentó en una silla, con las manos alrededor de un vaso de agua que no bebía. Tardó un buen rato en hablar. Cuando por fin lo hizo, la voz le salía baja y entrecortada.
—Anoche… después de lo vuestro… seguía muy caliente —empezó—. No podía dormir. Pensaba en la fantasía esa que os conté. La de Laia y el chico. Y… lo intenté.
Se quedó callada unos segundos, mirando el vaso.
—Me desnudé. Entré en su habitación. Ellos estaban dormidos. Me arrodillé al lado de la cama y empecé a chuparle la polla al novio. Pensé que se despertaría y… que le gustaría. Que Laia se uniría. Como en mi fantasía. Pero no.
Le tembló la voz.
—El chico abrió los ojos, me miró y empezó a gritar. Laia se despertó. Me miró como si fuera un monstruo. Me llamó loca. Degenerada. Me preguntó qué coño hacía. No supe qué decir. No supe ni moverme. Solo… salí corriendo. Me vestí como pude y me fui. Llevo todo el día fuera. He estado caminando. Sentada en bancos. No me atrevo a volver. No sé cómo mirarla a la cara.
Se tapó la cara con las manos y se echó a llorar en silencio. Los hombros le temblaban.
Valeria se acercó y le puso una mano en la espalda. No dijo nada durante un rato largo. Solo le acarició el pelo con suavidad, como cuando eran pequeñas. Luego habló, voz baja y firme:
—Te quedas aquí esta noche. No vas a ninguna parte.
Carla levantó la cabeza, con la cara húmeda.
—No quiero molestar…
—No molestas —cortó Valeria—. Te quedas.
Víctor asintió desde el otro lado de la mesa.
—Hay sitio.
Esa noche, después de cenar y de que Lucas se fuera a la cama, Carla se acomodó en el sofá del salón con una manta. Valeria le dejó un cojín y una camiseta limpia. Se despidieron en voz baja.
A media noche, Valeria se despertó. El piso estaba en silencio. Se levantó, bajó descalza al salón y encontró a Carla sentada en el sofá, con las rodillas recogidas contra el pecho, llorando en silencio.
—¿No puedes dormir? —preguntó Valeria en voz baja.
Carla negó con la cabeza, sin mirarla.
Valeria se sentó a su lado. Durante un rato no dijeron nada. Luego Valeria habló:
—Ven conmigo.
Carla la miró, confusa.
—A la habitación —aclaró Valeria—. No te voy a dejar aquí sola llorando.
Subieron las dos. Víctor estaba despierto. Se incorporó un poco al verlas entrar. Valeria cerró la puerta detrás de ellas.
—Se queda con nosotros esta noche —dijo simplemente.
Nadie discutió.
La escena que siguió fue distinta a todas las anteriores. Más lenta. Más suave. No había prisas ni órdenes. Solo un silencio cargado y la necesidad de no dejar a Carla sola.
Valeria se desnudó primero. Se quitó el camisón con calma, luego las bragas. Se quedó desnuda frente a su hermana, sin esconderse. Después se acercó a Carla y le ayudó a quitarse la ropa. Le levantó la camiseta por encima de la cabeza, le bajó los pantalones y las bragas con movimientos cuidadosos. Carla se dejó hacer, con los ojos todavía húmedos y la respiración irregular.
Cuando las dos estuvieron desnudas, Valeria la tumbó suavemente en la cama. Se colocó a su lado y empezó a besarla. No fue un beso de deseo urgente. Fue lento, casi cuidadoso. Labios rozándose, lenguas encontrándose con suavidad. Valeria le acariciaba la mejilla con el dorso de los dedos mientras la besaba. Carla respondió con un temblor, como si tuviera miedo de que el contacto se rompiera en cualquier momento.
Víctor se acercó por el otro lado. Se quitó la camiseta y se tumbaron los tres. Le pasó una mano por el pelo a Carla, apartándole los mechones de la cara, y la besó también. Su beso era distinto al de Valeria: más profundo, más firme, pero igual de paciente. Carla se quedó entre los dos, recibiendo caricias y besos de ambos, con los ojos cerrados y la respiración cada vez más agitada.
Valeria fue la primera en bajar. Empezó por el cuello de su hermana, luego por la clavícula, el pecho. Le tomó un pezón entre los labios y lo succionó con suavidad, mientras la mano derecha le bajaba por el vientre. Carla soltó un gemido bajo, casi un sollozo. Valeria siguió bajando. Le abrió las piernas con cuidado y se colocó entre ellas. Por un segundo se quedó mirando el coño de su hermana, hinchado y ya brillante, antes de inclinarse y pasar la lengua por toda la raja, de abajo arriba, despacio.
Carla arqueó la espalda y soltó un sonido roto. No era solo placer. Había alivio en ese gemido. Como si necesitara que alguien la tocara con cariño después de todo lo que había pasado.
Valeria lamió con calma. Lengua plana, movimientos largos, deteniéndose en el clítoris para succionarlo con suavidad. No tenía prisa. Cada vez que Carla temblaba, Valeria reducía un poco la intensidad, como si quisiera alargar el momento y no empujarla demasiado rápido.
Víctor se colocó detrás de Valeria. Le separó las nalgas con las manos y se frotó la polla entre sus labios, sintiendo lo mojada que estaba. Luego empujó despacio y se enterró dentro de ella hasta el fondo. Valeria soltó un gemido contra el coño de su hermana, pero no dejó de lamerla. Víctor empezó a moverse con ritmo lento y profundo, sujetándole las caderas. Cada embestida hacía que Valeria se adelantara un poco más contra la boca de Carla.
Los gemidos de Carla eran bajos, entrecortados, casi sollozos. Se agarraba a las sábanas con una mano y con la otra se aferraba al pelo de Valeria. No pedía más fuerte ni más rápido. Solo se dejaba querer.
Cuando Carla sintió que estaba cerca, se apartó un poco de su hermana y la empezó a besar con delicadeza mientras esta era penetrada por Victor. Carla quería más y Victor lo entendió.
Se salió de dentro de Valeria, invitado a Carla a ir con él. Carla lentamente se subión encima de Victor, con su espalda apoyada sobre el pecho fuerte de su cuñado y lentamente se dejo caer con cuiado. Carla gemía silenciosamente según sentí entrar a Victor. Se detuvo un segundo, dejándo que su vagina se dilatase al tamaño de la polla de Victor, y luego empezó a moverse despacio, profundo.
Valeria se situó a su lado. Le acariciaba el pecho a Carla, le besaba la boca, le susurraba cosas al oído con voz ronca y baja:
—Estás bien… estamos aquí… no estás sola…
Carla se agarraba a los dos. A veces escondía la cara en el cuello de Valeria, a veces miraba a Víctor mientras él la follaba desde detrás con esa lentitud deliberada. Sus gemidos se volvieron más urgentes. Las lágrimas le volvieron a salir, pero esta vez no eran solo de tristeza. Había algo de liberación en ellas.
Se corrió primero ella. El cuerpo le tembló entero, las piernas se le cerraron atrapando la polla de Víctor, no quería que se saliera de ella por nada en el mundo. Sue hermana la besó con fuerza ahogando el gemido largo y quebrado de Carla mientras se corría. Víctor la siguió follando durante unos segundos más, todavía dentro de ella, hasta que también se corrió. Lo hizo con un gruñido bajo, clavando los dedos en las caderas de Carla mientras se vaciaba dentro.
Se quedaron unidos un rato. Víctor todavía dentro de ella, Valeria abrazándola por un lado, pasándole una mano por el pelo con suavidad. Carla tenía la cara húmeda de lágrimas y el cuerpo todavía temblando con pequeñas réplicas.
Poco a poco se separaron. Carla se salió con cuidado quedando tumbada en el medio, entre los dos. Valeria se pegó a su espalda y le rodeó la cintura con un brazo. Víctor se colocó frente a ella y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.
Nadie dijo nada durante un largo rato.
Fuera, la ciudad seguía su ritmo. Dentro, el silencio era denso, pero ya no era solo de culpa. Había algo más. Algo que todavía no sabían nombrar.
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