La niñera del Opus
Elena se despertó con un jadeo ahogado cuando sintió cómo algo grueso, caliente y duro se abría paso dentro de ella sin previo aviso.
Abrió los ojos de golpe en la oscuridad de su pequeña habitación. Solo se distinguía el contorno difuso del crucifijo colgado sobre la puerta. Encima de ella estaba Javier, completamente desnudo. Una de sus rodillas le separaba las piernas con firmeza, obligándola a abrirse. Su polla joven ya había entrado varios centímetros y seguía avanzando, lenta pero implacable, estirando su interior todavía seco y apretado.
—Javier… —susurró ella con la voz rota por el sueño y la sorpresa—. No… quítate. Para.
Intentó empujarlo por el pecho con ambas manos, pero él ni siquiera se inmutó. Le sujetó las dos muñecas con una sola mano y las clavó con suavidad contra la almohada, por encima de su cabeza. Con la otra mano le subió la camiseta de tirantes hasta el cuello y siguió empujando las caderas hacia adelante, centímetro a centímetro, sin prisas.
Elena sintió cómo su coño se abría alrededor de esa carne dura y caliente que no había pedido. El estiramiento inicial le provocó un dolor sordo que le subió por la barriga. Intentó cerrar las piernas por instinto, pero la rodilla de Javier estaba bien clavada entre las suyas y no se lo permitió. Cada pequeño avance de su polla le arrancaba una respiración entrecortada. El roce de la piel de él contra la suya era caliente, ligeramente húmedo por el sudor de la noche de julio.
Cuando Javier le levantó un poco más los brazos para sujetárselos mejor, el vello corto y suave de sus axilas rozó contra la piel de él. Elena sintió la caricia involuntaria y se acordó de que llevaba días sin depilarse. Solo se lo quitaba cuando salía, cuando iba a ver a sus amigas o a la piscina. Dentro de esta casa, con la rutina de los niños, el calor y el cansancio, no se molestaba.
—Tranquila… —murmuró Javier en voz baja, casi calmada, como si estuviera consolando a uno de sus hermanos pequeños—. Los niños duermen. No hace falta tanto escándalo.
Elena respiraba agitada. En la oscuridad, todos los sentidos se le agudizaban. Oía el roce suave de la sábana contra la piel de Javier cada vez que se movía. Oía su propia respiración entrecortada y el leve crujido de la cama individual bajo su peso combinado. Olía el jabón neutro que él usaba para ducharse por la noche, mezclado con ese olor más cálido y joven de su piel. Sentía el peso de su cuerpo joven y firme encima del suyo, la presión de sus caderas contra las suyas, la forma en que su tripa blanda se hundía ligeramente cada vez que él empujaba.
Llevaba nueve meses en esta casa. Nueve meses desde que los García, otra familia del Opus Dei de Chamberí, la recomendaron a los Valverde. Esa recomendación lo era todo para ella. En Madrid, para alguien como ella —ecuatoriana, con un hijo al que mandaba dinero cada mes—, las buenas referencias eran lo único que le permitía seguir trabajando en estas casas. Sin ellas, volvía a empezar desde cero.
Javier ya estaba completamente dentro de ella. Se quedó quieto unos segundos, enterrado hasta el fondo, respirando contra su cuello. Elena sintió cómo su polla palpitaba dentro de su coño apretado. Luego empezó a moverse. Lentamente. Sacaba casi toda la polla hasta dejar solo la cabeza dentro y volvía a hundirla con un ritmo constante, profundo, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Cada embestida hacía que el cuerpo de Elena se hundiera un poco más en el colchón fino. Su tripa blanda y suave se aplastaba contra el abdomen joven y firme de él. El sonido húmedo y obsceno de la penetración empezó a oírse en el silencio de la noche, cada vez más audible a medida que su cuerpo, a pesar de ella, comenzaba a humedecerse.
Cuando Javier bajó una mano entre sus cuerpos y le abrió más las piernas, sus dedos rozaron el vello púbico de Elena. Era un poco más largo de lo habitual. Lo había recortado en línea de bikini la semana pasada, antes de ir a Fuenlabrada a visitar a sus amigas ecuatorianas. Habían quedado en la urbanización con piscina de una de ellas. Por una tarde había podido quitarse el uniforme invisible de niñera interna, ponerse un bañador y reírse con gente de su país, lejos de la casa de los Valverde, de los rosarios en familia y de las miradas discretas pero constantes de Javier. Ahora, ese mismo vello que había recortado para sentirse un poco más libre estaba siendo rozado por los dedos del hijo mayor de la casa mientras él la follaba en la oscuridad.
Elena apretó los dientes. Intentó no gemir. Intentó no sentir cómo la polla de Javier la llenaba una y otra vez, lenta, pesada, caliente.
—Javier… por favor… —susurró de nuevo, pero la voz ya no tenía la misma fuerza.
Javier bajó la cabeza hasta su oído. Su aliento caliente rozó la piel de su cuello mientras seguía follándola con ese ritmo lento y deliberado.
—No hace falta que finjas, Elena —murmuró con esa calma suya tan inquietante—. Llevas semanas provocándome con cómo te mueves por la casa. Cómo te agachas cuando recoges los juguetes. Cómo se te marca la tripa cuando te inclinas. Ambos sabemos que esto lo estabas esperando.
Elena sintió cómo se le helaba la sangre y, al mismo tiempo, cómo su coño se contraía involuntariamente alrededor de la polla que la estaba follando. Cerró los ojos con fuerza en la oscuridad. Quería seguir resistiendo. Quería empujarlo. Pero cada embestida lenta y profunda le estaba quitando fuerzas. Su cuerpo se estaba abriendo. Se estaba mojando. Y en el silencio de la casa, con los siete niños durmiendo en las habitaciones de al lado y los padres en la planta de arriba, ella sabía que hacer ruido no era una opción.
Javier siguió follándola sin prisa, disfrutando de cada centímetro. Su pecho rozaba el de ella con cada movimiento lento y profundo. El olor de su piel joven se mezclaba ahora con el olor más cálido y femenino que empezaba a desprender el cuerpo de Elena. El sonido de la follada se volvía más húmedo, más rítmico. Cada vez que él entraba hasta el fondo sentía cómo su interior se abría un poco más, traicionándola. Intentaba no gemir, pero el sonido húmedo que salía de entre sus piernas le recordaba constantemente lo que estaba pasando.
Javier bajó la cabeza y cerró la boca alrededor de uno de sus pezones. Lo succionó con fuerza, pasando la lengua por encima con movimientos lentos y deliberados. Elena se tensó debajo de él. Un gemido ahogado se le escapó de la garganta.
El contacto de esa boca caliente sobre su pecho le provocó algo más que placer físico. De pronto le vino el recuerdo de su hijo. De cuando lo amamantaba en aquella habitación pequeña de Guayaquil. La forma en que él se prendía al pecho, concentrado, con esa misma mezcla de necesidad y abandono. Su hijo ya tenía dieciséis años. Hacía tiempo que no lo veía más que por videollamada. Pero en ese momento, mientras Javier le chupaba el pecho con esa misma intensidad, Elena no pudo evitar ver en él algo de aquel niño al que había dejado atrás.
Y entonces lo entendió todo.
Desde que llegó a esta casa, Javier le había recordado a su hijo. No solo por la edad —veintiún años, estudiante de Derecho en una buena universidad—, sino por algo más difícil de explicar. Era el hijo mayor, el orgullo de la familia Valverde. El que todos mencionaban con admiración cuando hablaban de los niños. Por eso ella había sido más cariñosa con él que con los otros. Por eso le hablaba con más dulzura. Por eso, cuando él llegaba tarde de la facultad, ella se quedaba despierta hasta oír la llave en la puerta. Por eso una vez, cuando tuvo fiebre, se quedó sentada al lado de su cama casi toda la noche, pasándole la mano por la frente y hablándole en voz baja para que se durmiera. Lo había hecho pensando en su propio hijo. Pensando que, si él estuviera enfermo lejos de ella, le gustaría que alguien lo cuidara así.
Nunca había sido algo consciente. Nunca había tenido intención de provocarlo. Pero ahora, con la polla de Javier dentro de ella y su boca en su pecho, se dio cuenta de que él podía haber interpretado esa cercanía de otra forma. Que tal vez había visto en su trato algo que ella nunca había querido darle: una invitación.
Sintió una punzada de culpa que se mezcló con el placer y la vergüenza.
Javier pasó al otro pecho y volvió a succionar, esta vez con más fuerza. Elena cerró los ojos con fuerza. Quería que parara. Quería que dejara de tocarla así. Pero su cuerpo respondía. Sus pezones estaban duros contra la lengua de él, y su coño se contraía alrededor de su polla cada vez que la hundía hasta el fondo.
Javier levantó un poco la cabeza, sin dejar de moverse dentro de ella. Su voz sonó baja y calmada contra su piel:
—Me necesitas. ¿Crees que no me di cuenta? ¿Crees que no noté cómo te ponías cuando yo entraba en una habitación? Cómo te quedabas más tiempo cuando yo estaba en la cocina. Cómo me mirabas cuando creías que yo no te veía.
Elena abrió los ojos, pero no lo miró. Mantuvo la vista fija en la pared, con la respiración entrecortada.
—No era eso… yo no quería—susurró, aunque la voz le salió débil.
Javier sonrió contra su piel y bajó de nuevo la boca, rozando con los labios el pezón hinchado.
—Da igual lo que tú quisieras —murmuró—. Ya no importa.
Siguió follándola mientras volvía a chuparle el pecho con más fuerza. Elena ya no intentaba apartarse. Sus manos se habían quedado quietas a los lados de su cabeza, agarrando las sábanas con fuerza. Su cuerpo se hundía un poco más en el colchón con cada embestida, y su coño, traicionero, se mojaba cada vez más alrededor de la polla de Javier.
Javier cambió de pecho y volvió a succionar con avidez, como si quisiera castigarla por algo que ella ni siquiera había sido consciente de haber hecho. Elena sintió cómo las lágrimas le subían a los ojos. No solo por lo que estaba pasando en ese momento, sino porque ahora entendía que, de alguna forma, ella misma había contribuido a que esto ocurriera.
Elena ya no empujaba. Ya no intentaba cerrar las piernas ni apartar las caderas. Se había quedado quieta, respirando entrecortadamente. Su tripa blanda subía y bajaba al compás de las penetraciones.
En la oscuridad, mientras él seguía moviéndose dentro de ella, Elena comenzó a pensar que, al fin y al cabo, era más fácil así. Mucho más fácil que resistirse. Mucho más fácil que arriesgarlo todo.
Javier se quedó quieto un momento, enterrado hasta el fondo, como si quisiera sentirla completamente. Luego reanudó el movimiento mientras que una de sus manos bajaba por el costado de Elena y se posó sobre su tripa. La apretó con posesión, sintiendo cómo se hundía ligeramente bajo su palma con cada embestida.
—Eres muy suave aquí… —murmuró, casi para sí mismo—. Me gusta. No eres como esas chicas.
Elena cerró los ojos con más fuerza, pero siguió escuchando.
—Las chicas del Opus con las que salgo… —continuó Javier, sin dejar de follarla—. Todas van al gimnasio, tienen el cuerpo marcado, la tripa plana… Pero luego, cuando las tienes cerca, parecen muñecas de plástico. Se ponen nerviosas si les tocas demasiado. Se cierran. Se avergüenzan de todo. Como si el cuerpo fuera algo sucio.
Hizo una pausa y apretó un poco más la tripa de Elena, como si quisiera remarcar la diferencia.
—Tú no. Tú tienes un cuerpo de mujer que trabaja. Que carga niños. Que suda. Que se deja tocar.
Elena sintió una mezcla de vergüenza y algo más oscuro, más difícil de nombrar. No era placer exactamente, pero tampoco era solo rechazo. Era como si su cuerpo estuviera absorbiendo las palabras de Javier al mismo tiempo que su polla.
Javier volvió a acercarse a su oído mientras seguía moviéndose dentro de ella.
—Llevo con Pilar meses. Es de buena familia, reza el rosario y va a misa los domingos…
Sus caderas empujaron con un poco más de fuerza.
—Y entonces te veo a ti. Moviéndote por la casa como si nada. Inclinándote, sudando… y sé que tú no te vas a cerrar. Sé que tú no te vas a avergonzar de tu cuerpo. Aunque finjas que no quieres esto.
Elena mordió el interior de su mejilla. Las palabras de Javier le dolían como las de un hijo despechado.
Javier se incorporó un poco y le levantó una pierna, abriéndola más. La penetración se volvió más profunda. Elena soltó un gemido bajo, involuntario, y sintió cómo su cara se encendía de vergüenza.
—Así está mejor —susurró Javier, satisfecho—. No hace falta que finjas que no te gusta. Tu cuerpo ya lo está diciendo por ti.
—No quiero esto —susurró ella, volvió mover las caderas para que saliera de dentro. Pero el movimiento solo hizo que su polla rozara un punto que la hizo gemir de nuevo.
Javier la besó la mejilla sin dejar ese ritmo lento y profundo que parecía diseñado para que ella lo sintiera todo.
—No mientas, Elena. Esto es lo que hay. Tú vives en mi casa. Mis padres te pagan para que cuides a mis hermanos, pero tú me querías a mí en tu cama.
Ella sintió cómo se le llenaban los ojos de lágrimas. Intentó empujarlo por última vez, pero ya sin fuerza. Sabía que si hacía ruido, si gritaba, alguno de los niños se despertaría. Y si los niños se despertaban, los padres bajarían. ¿Y qué diría entonces? ¿Que el hijo de veintiún años de la familia la había violado en su propia habitación? ¿Quién la creería? ¿Qué pasaría con su trabajo? ¿Con las referencias? ¿Con su vida en Madrid?
Abrió más las piernas, su coño estaba encharcado. Cada vez que él entraba hasta el fondo, se escuchaba un chapoteo obsceno.
Javier notó el cambio. Sonrió contra su cuello y le levantó un poco las piernas y la folló más profundo, con embestidas que hacían que toda su tripa blanda se moviera y se hundiera.
—Así está mejor —susurró—. No hace falta que finjas que luchas. Tú ya sabes cómo son las cosas en esta casa.
Elena lloraba en silencio. Cada embestida le arrancaba un pequeño gemido que intentaba ahogar. Su cuerpo respondía contra su voluntad. Su clítoris palpitaba cada vez que él rozaba contra él. Su tripa suave temblaba ligeramente bajo las manos de él.
Javier cambió de posición sin sacarse. La puso de lado, se colocó detrás de ella y le levantó una pierna. Siguió follándola desde atrás, más profundo aún. Una de sus manos le rodeó el cuerpo por delante y le agarró la tripa blanda otra vez, apretándola rítmicamente mientras su polla entraba y salía sin parar.
Elena recordaba ahora las pequeñas cosas. Cómo una vez, mientras ella bañaba a la pequeña Lucía, él se quedó en el baño “para ayudar” y sus ojos no se apartaron de su ropa mojada.
Su cuerpo traicionó por completo cuando el orgasmo la golpeó. No lo quiso. Intentó detenerlo. Pero el placer subió de repente, violento y humillante. Su coño se apretó en oleadas fuertes alrededor de la polla de Javier, su tripa blanda se contrajo bajo su mano y un gemido largo y ahogado se le escapó de la garganta. Las piernas le temblaron. Las lágrimas siguieron cayendo.
Javier la folló durante todo el orgasmo, disfrutando de cómo se contraía y se mojaba todavía más. Solo cuando ella empezó a bajar, él aceleró. Le sujetó la cadera con fuerza y la folló con embestidas cortas y profundas hasta que se corrió dentro de ella. Elena sintió los chorros calientes llenándola, marcándola por dentro.
Se quedó varios segundos dentro, respirando agitado contra su nuca. Luego se salió despacio. Elena sintió cómo el semen espeso empezaba a salir de su coño abierto y le corría por el muslo.
Javier se incorporó un poco. Le pasó la mano por la tripa una última vez, acariciándola con posesión, sintiendo la suavidad y el ligero temblor que todavía le quedaba. Luego se levantó de la cama con naturalidad.
Se vistió en silencio. Antes de irse, se acercó a la puerta y la miró desde allí.
—No cierres con llave —dijo en voz baja, casi amable—. No hace falta. Mañana paso otra vez.
Y se fue, cerrando la puerta con cuidado para que no hiciera ruido.
Elena se quedó tumbada de lado en la oscuridad, con la camiseta subida hasta el cuello, las braguitas bajadas, el coño palpitando y lleno de semen del hijo de veintiún años de la familia. Su tripa blanda subía y bajaba con la respiración agitada. Las lágrimas seguían cayéndole, pero ya no sollozaba.
Solo pensaba en una cosa, con una mezcla de resignación y vergüenza:
Mañana por la noche volvería.
Y ella ya sabía que no iba a pelear.
Era más fácil así
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