La campaña (Capitulo 25)

El olor a café recién hecho y a tostadas con aceite llenaba la cocina. Víctor estaba de pie junto a la encimera, todavía con el bóxer y una camiseta vieja, cuando Valeria bajó las escaleras. Llevaba el camisón corto de algodón que le marcaba los pezones y el pelo suelto cayéndole sobre los hombros. Lucas ya estaba sentado a la mesa, concentrado en su cacao.

Valeria se acercó por detrás a Víctor, le puso una mano en la cintura y le habló al oído, voz baja y ronca, casi en catalán:

—Bon dia. Avui comences a aprendre de veritat.

Le rozó la polla por encima del bóxer con el dorso de los dedos, un toque leve, casi casual. Víctor se tensó. Ella sonrió contra su nuca y se apartó antes de que él pudiera reaccionar.

Durante el desayuno, Valeria no levantó la voz. No hacía falta. Cada vez que Víctor intentaba hablarle a Lucas, ella lo interrumpía con una pregunta inocente:

—¿Has dormit bé al sofà, amor?

Víctor tragó saliva y asintió. Valeria le sirvió el café y, al pasarle la taza, le rozó los dedos deliberadamente.

—Recorda: avui no et toques. Ni una sola vegada. I quan tornis a casa… ja veurem si has estat bon nen.

Lucas no entendió nada. Víctor sintió la polla endurecerse contra el bóxer y el nudo en el estómago apretarse más.

Cuando Lucas se fue al cole con la mochila rebotando, Valeria lo miró desde la puerta, sonrisa lenta.

—Treballa bé avui. I pensa en mi cada vegada que t’excitis.

Víctor salió de casa con la polla sensible y la cabeza hecha un lío.

En la agencia el ambiente estaba raro. Noa y Lia ya estaban en la sala de reuniones cuando llegó. Noa, con su falda plisada azul marino y la blusa blanca abotonada hasta arriba, estaba de pie junto a la pizarra. Lia, con vaqueros ajustados y una camiseta negra ceñida, estaba sentada en la esquina de la mesa, mirando al suelo.

—…y por eso creo que el concepto de “sumisión voluntaria” tiene que ir primero en el deck para los americanos —decía Noa con voz firme, casi autoritaria—. Tú, Lia, te encargas de los testimonios de mujeres. Yo me quedo con los de hombres. Y no quiero ver más correcciones a medias. ¿Entendido?

Lia asintió sin levantar la mirada.

—Sí… entendido.

Víctor se quedó en la puerta un segundo, sorprendido. La becaria tímida que había entrado hacía meses ahora hablaba con una seguridad que él mismo no tenía esa mañana. Sintió un destello de poder antiguo. Aquí todavía mandaba él.

Entró, cerró la puerta y se apoyó en la mesa.

—Bien. Me gusta esa división. Pero vamos a afinarlo más. Lia, quiero que…

La puerta se abrió sin llamar.

Valeria entró como si la agencia fuera suya. Vestido de verano crema de falda corta y vuelo, cazadora vaquera desabrochada, gafas finas puestas. El clic de sus tacones bajos resonó en la sala. No saludó. Solo miró a Noa, luego a Lia, y por último a Víctor.

—Bon dia a tots.

El silencio fue inmediato.

Valeria dejó el bolso sobre la mesa y se colocó al lado de Noa, hombro con hombro.

—He vingut a supervisar. La campanya és nostra, però avui treballem en equip. De veritat.

Miró a Víctor directamente.

—Tu ets el director creatiu… però avui jo dirigeixo la sessió. ¿Entesos?

Víctor abrió la boca. La cerró. La polla le dio un latigazo traicionero.

Valeria se volvió hacia las chicas.

—Aquesta tarda continuem treballant a casa. Carla recollirà en Lucas del cole. I vosaltres dues… —miró a Lia— ¿véns o et quedes?

Lia levantó la mirada, sorprendida. La autoridad de Valeria era evidente, casi palpable. Tragó saliva.

—Vaig… vinc amb vosaltres.

Valeria sonrió satisfecha.

—Bona nena.

El trayecto en coche fue largo y silencioso. Víctor conducía con las dos manos firmes en el volante, la mirada fija en la carretera. Valeria iba a su lado, piernas cruzadas, mirando por la ventanilla como si no hubiera nada especial en ese momento. Detrás, Noa y Lia no hablaban. Solo se oía el motor y el roce ocasional de la tela cuando alguna de las dos se movía en el asiento.

En cada semáforo en rojo, Valeria apoyaba la mano en el muslo de Víctor. No era un gesto cariñoso. Era una presión lenta, deliberada, los dedos clavándose un poco más de lo necesario a través de la tela de los vaqueros. Lo hacía sin mirarlo. Sin decir una sola palabra. Cuando el semáforo se ponía verde, retiraba la mano con la misma calma con la que la había puesto.

Víctor sentía la polla endurecerse contra la bragueta cada vez que esos dedos lo tocaban. Tragaba saliva y seguía conduciendo. En el retrovisor veía de reojo a Noa, que miraba por la ventana con expresión tranquila, y a Lia, que tenía la cabeza baja y las manos entrelazadas sobre las rodillas.

Nadie habló en todo el camino. No hacía falta. El silencio era otra forma de control.

Cuando llegaron a casa, Carla ya se había llevado a Lucas. El piso estaba en silencio, solo el zumbido lejano del tráfico del 22@.

Valeria cerró la puerta con llave. El clic sonó seco, definitivo.

—Al menjador. Totes dues. Despullant-vos.

Noa obedeció al instante. Se quitó la blusa y la falda plisada con movimientos precisos, casi rituales, y se quedó solo en las bragas blancas. Lia dudó un segundo, los dedos temblando sobre el borde de su camiseta. La mirada de Valeria se posó en ella, fría y paciente. Lia bajó la cabeza y empezó a desvestirse.

Víctor se quedó de pie en medio del salón, la polla ya dura rozando la tela de los vaqueros. El silencio de la casa era denso. Solo se oía la respiración de las tres mujeres y el roce de la ropa al caer al suelo.

Valeria se acercó a él. Le desabrochó el cinturón con calma, tiró de la cremallera y le bajó los pantalones y el bóxer hasta media muslo. Su polla saltó libre, pesada, ya brillante de precum.

—Tu també —dijo en voz baja—. Però avui només fas el que jo et dic.

La escena se desarrolló despacio, casi ceremonial.

Valeria se sentó en el sofá, piernas cruzadas, y señaló el centro del salón.

—Besau-vos.

Noa y Lia se colocaron frente a frente. Al principio el beso fue torpe, labios cerrados, respiraciones nerviosas. Luego Noa tomó el control. Le agarró la nuca a Lia y la obligó a abrir la boca. Las lenguas se buscaron, lentas al principio, después más hambrientas. Lia soltó un gemido ahogado contra la boca de Noa. Se notaba que estaba mojada solo con el beso.




—Toqueu-vos —ordenó Valeria desde el sofá, la voz baja pero cortante.

Noa no dudó. Bajó la mano entre las piernas de Lia y deslizó dos dedos por su raja ya abierta y resbaladiza. El sonido húmedo fue inmediato, obsceno, claro en el silencio del salón. Lia tembló de pies a cabeza y soltó un gemido ahogado. Casi por reflejo, metió sus propios dedos dentro de Noa. Las dos se penetraban al mismo tiempo, frentes apoyadas una contra la otra, respiraciones mezcladas, gemidos bajos y entrecortados. Los pechos se rozaban con cada movimiento. El olor a excitación empezaba a llenar el aire.



Víctor observaba de pie, la polla dura y pesada en la mano. No se atrevía a bombear más de lo que Valeria le había permitido. Cada gemido de las chicas le subía por la espalda como una descarga eléctrica. La frustración y el deseo se le acumulaban en el bajo vientre de forma casi dolorosa.

—Víctor. Folla a Noa. Per darrere. Fort.

La orden le llegó como un latigazo. Se colocó detrás de Noa, le separó las nalgas con las dos manos y empujó. Entró de un solo golpe, hasta el fondo, sintiendo cómo las paredes calientes y apretadas de la chica se abrían alrededor de él. Noa soltó un grito ronco y se arqueó, las uñas clavándose en los hombros de Lia. Víctor empezó a embestir con fuerza, profundo, el sonido carnoso de su pelvis chocando contra el culo de Noa llenando la habitación. Lia se arrodilló frente a ellas y empezó a chupar los pezones de Noa con ganas, mientras Noa seguía metiéndole los dedos.


Valeria se tocaba despacio, dos dedos circulando su clítoris hinchado, los ojos fijos en la escena sin pestañear. Su respiración era la única que se mantenía controlada.

—Canvia. Ara a Lia.

Víctor salió de Noa con un sonido húmedo y obsceno. Un hilo de jugos lo unió a ella un segundo antes de romperse. Se colocó detrás de Lia e introdujo la polla despacio. Estaba más apretada, más nerviosa, las paredes le temblaban alrededor. Lia gimió contra la boca de Noa y se agarró a ella con fuerza. Víctor empezó a embestir con ritmo constante, las manos clavadas en las caderas de la chica, sintiendo cómo se mojaba más con cada embestida. Las dos se besaban con desesperación, se tocaban los pechos, se metían los dedos mutuamente mientras él las usaba una detrás de otra.



Valeria se levantó al fin. Se quitó el vestido y las bragas de un solo movimiento y se sentó en el borde del sofá, piernas abiertas. El coño le brillaba, hinchado y empapado.

—Víctor. Llengua.

Él se arrodilló entre sus muslos sin dudar. Hundió la cara en su sexo y empezó a lamerla con hambre, lengua plana recorriendo toda la raja, succionando el clítoris hinchado con fuerza. El sabor de ella lo llenó. Valeria le agarró el pelo con las dos manos y empezó a mover las caderas contra su boca, usándolo.


Mientras tanto, Noa y Lia se arrodillaron a ambos lados de él. Una se dedicó a lamerle los huevos con lengua caliente y lenta; la otra recorrió el tronco de abajo arriba, dejando un rastro de saliva espesa. Se turnaban la cabeza de la polla, chupándola con profundidad, los labios rozándose de vez en cuando. La mamada era lenta, coordinada, casi perfecta. El sonido húmedo de sus bocas mezclado con los gemidos de Valeria creaba una sinfonía obscena.

Valeria jadeaba, los muslos temblando a ambos lados de la cabeza de Víctor.

—Més fort. Fes-me córrer.

Cuando se corrió, lo hizo en silencio. Solo un temblor violento en las piernas y un chorro caliente que le empapó la barbilla y los labios a Víctor. No lo soltó. Siguió restregándose contra su boca hasta que los espasmos fueron bajando, obligándolo a tragarla.

—Continueu.

Noa y Lia aceleraron. Lenguas enredadas alrededor de la polla de Víctor, succionando con fuerza, manos acariciándole los muslos y el bajo vientre. Él gemía contra el coño de Valeria, al borde del orgasmo, los huevos tensos y doloridos.

Valeria le levantó la cara solo un segundo. Tenía los ojos brillantes de poder absoluto.

—Encara no. Aguanta.

Volvió a sentarse encima de su cara, facesitting completo. El coño empapado le tapó la boca y la nariz. Víctor apenas podía respirar. El olor intenso de ella lo llenaba todo, lo ahogaba. Noa y Lia siguieron trabajando su polla sin piedad: una chupando la cabeza con fuerza, la otra lamiendo el tronco y los huevos, algún dedo rozándole el ano de vez en cuando.


El orgasmo de Víctor fue brutal. Un gruñido ahogado y desesperado contra el coño de Valeria y chorros espesos y calientes que Noa y Lia recogieron entre las dos, lamiendo cada gota con avidez, besándose después con su semen en la boca, pasándoselo de una lengua a la otra.


Valeria se quedó sentada sobre su cara unos segundos más, hasta que él empezó a temblar de verdad por la falta de aire. Solo entonces se levantó.

El salón olía a sexo denso, a sudor y a deseo. Las tres mujeres lo miraban desde arriba: Valeria con una satisfacción fría y posesiva, Noa con una sonrisa casi desafiante, Lia todavía sonrojada, confusa y temblando.

Víctor seguía de rodillas, la cara brillante de los jugos de su mujer, la polla todavía medio dura y hipersensible, la respiración completamente rota.

Valeria se inclinó, le acarició la mejilla con el pulgar y susurró cerca de su oído:

—Ben fet, amor. Però encara falta molt per aprendre.

Víctor tragó saliva. El nudo en el estómago no se aflojó.

Por primera vez en todo el día, debajo de la sumisión, sintió algo más.

Sintió rabia.

Y, debajo de la rabia, un pensamiento peligroso y claro:

Esto no puede seguir así.

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