La campaña (capitulo 29)
El lunes por la
mañana, Víctor se levantó antes que Valeria. Bajó a la cocina, preparó el café
y se quedó mirando la taza mientras se enfriaba. Cuando ella apareció, ya
vestida para ir a trabajar, solo se dijeron lo imprescindible.
—Voy a llevar a
Lucas al cole —dijo él.
—Vale —respondió
Valeria, sin mirarlo.
Se cruzaron en la
puerta del salón. Ninguno de los dos intentó acercarse. Ninguno de los dos dijo
nada más.
Durante el
desayuno, Lucas habló solo. Los dos adultos respondían con frases cortas, casi
automáticas. Cuando terminaron, Valeria se levantó primero, recogió su bolso y
se fue sin dar un beso ni decir adiós. Víctor se quedó un momento más en la
mesa, con la mano cerrada alrededor de la taza vacía.
El martes fue
parecido, pero un poco peor.
Por la tarde,
mientras estaba en la oficina, recibió un mensaje de Elena. Era una foto. Se
había hecho en el baño de su casa, con la puerta cerrada. Llevaba una camiseta
holgada levantada hasta el cuello y se había bajado los pantalones cortos. La
foto estaba tomada desde arriba, enseñando los pechos pesados y el vientre
suave. Debajo escribió:
“Pensando en el
banco del parque. ¿Tú también?”
Víctor miró la foto más tiempo del necesario. La polla se le endureció contra los vaqueros. Dudó unos segundos, luego se levantó, cerró la puerta del despacho con llave y se hizo una foto de la erección por encima de la tela. La envió sin añadir texto.
Elena respondió casi al instante con otra foto: esta vez más cercana, pellizcándose un pezón con dos dedos. Debajo ponía solo un emoji de fuego.
Víctor no contestó. Guardó el móvil en el cajón y trató de volver a la presentación.
El miércoles la
presión en la agencia subió varios grados.
La fecha de la presentación a los americanos se acercaba demasiado rápido y el material seguía sin estar cerrado. Víctor pasó casi toda la mañana en la sala de reuniones con Noa y Lia. El aire acondicionado zumbaba de fondo y la luz blanca de los fluorescentes hacía que todo pareciera más frío de lo que era.
Noa llevaba unos pantalones de traje negros de corte recto y una camisa de seda color beige clara, arremangada hasta los codos. El tejido se le pegaba un poco a la espalda cuando se inclinaba sobre la mesa. Hablaba con una seguridad que ya no fingía. Lia, en cambio, iba con una falda midi de punto gris y un jersey fino de cuello redondo negro. Estaba sentada un poco más atrás, con el portátil abierto, pero apenas intervenía.
Durante la reunión, Noa corrigió a Lia dos veces delante de Víctor. No levantó la voz. No hizo gestos grandes. Solo señaló la pantalla con el dedo y habló con una claridad cortante.
—Ese testimonio no vale —dijo en un momento—. Es demasiado suave. Los americanos quieren algo más crudo, más sucio. Cambia el enfoque. Y esta vez hazlo bien.
Lia bajó la mirada hacia el teclado. Asintió sin discutir. Ni siquiera intentó defenderse. Solo murmuró un “vale” bajo y empezó a borrar párrafos.
Víctor se quedó mirándolas en silencio. La becaria tímida que había entrado en la agencia hacía meses ya no existía. Ahora Noa ordenaba y Lia obedecía. Había algo en esa dinámica que le resultaba familiar… y molesto. Como si el poder que Valeria había ejercido sobre él en casa se estuviera filtrando también aquí, en su propio terreno.
Cuando la reunión terminó, Noa recogió sus cosas con calma y salió primero. Lia la siguió unos segundos después, con los hombros un poco más bajos de lo normal.
Víctor se quedó solo en la sala. Se pasó una mano por la cara y cerró los ojos un momento. Tenía la cabeza llena de ruido: la presentación que no acababa de cuadrar, las fotos de Elena, el silencio de Valeria en casa, y esa forma tan natural en que Noa había mandado a Lia. Todo se mezclaba y no sabía muy bien qué le pesaba más.
Esa misma tarde, Elena le envió otra foto. Esta vez estaba completamente desnuda, de espaldas, mirándose al espejo del dormitorio. El mensaje decía:
“Mi marido sale
esta noche. Si quieres, puedo escaparme un rato.”
Víctor leyó el mensaje dos veces. Luego respondió:
“Ahora mismo no
puedo. La semana está complicada.”
Elena no contestó.
El jueves fue el
día más largo de la semana.
Por la mañana, en
casa, Valeria y Víctor apenas se dirigieron la palabra. Ella se fue temprano a
dar clase online y él se quedó un rato más con Lucas. Cuando por fin llegó a la
agencia, ya estaba de mal humor.
La reunión de las
once fue tensa. El material seguía sin convencer del todo y el tiempo se
agotaba. Noa volvió a corregir a Lia en público, esta vez con más dureza:
—Lia, esto no está
bien. Si no sabes cómo hacerlo, pregúntame. Pero no entregues algo a medias.
Lia se mordió el
labio y asintió. Víctor notó cómo se le tensaban los muslos bajo la falda.
Por la tarde,
mientras revisaba unos textos en su despacho, recibió otro mensaje de Elena.
Esta vez era un vídeo corto. Se había grabado en el baño, con la puerta
cerrada. Estaba de pie frente al espejo, completamente desnuda, y se tocaba el
coño con dos dedos mientras se mordía el labio para no hacer ruido. El mensaje
que lo acompañaba era simple:
“Esto es lo que me
pasa cuando pienso en ti.”
Víctor se quedó
mirando el vídeo hasta el final. La polla le dolía contra los vaqueros. Cerró
los ojos un segundo, respiró hondo y respondió:
“Elena… ahora no es
buen momento. De verdad.”
No recibió
respuesta.
Cuando llegó a casa
esa noche, Valeria ya estaba en la cocina. Lucas estaba viendo la tele en el
salón. Víctor dejó las llaves sobre la mesa y se quedó de pie en la puerta.
Valeria ni siquiera
se giró.
—Hay comida en el
microondas —dijo simplemente.
Víctor asintió. No
preguntó cómo le había ido el día. Ella tampoco preguntó nada.
Después de cenar,
Víctor se quedó un rato en el salón con Lucas. Valeria subió temprano al
dormitorio. Cuando él subió más tarde, la luz ya estaba apagada y ella estaba
de espaldas, fingiendo dormir.
Víctor se acostó en
su lado, mirando el techo en la oscuridad.
La semana se estaba
volviendo larga.
Demasiado larga.
Y todavía quedaban
dos días
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