Incesto en La Mancha 8
El olor a café y tostadas llenaba el comedor cuando Dayana
se dio cuenta de que llevaba varios minutos sin oír nada de lo que decía su
madre. Elena hablaba de la fiesta de pedida, de los colores de las flores y de
si el catering debía incluir opciones vegetarianas. Alfredo asentía de vez en
cuando, con la taza entre las manos y esa expresión tranquila que parecía
absorber cualquier tensión de la habitación.
Camila estaba sentada a su derecha. Llevaba un vestido de
tirantes fresco y el pelo todavía húmedo de la ducha. Cada vez que Alfredo
movía un brazo, ella se tensaba apenas, como si el cuerpo recordara cosas que
la cabeza prefería no repasar. Mateo, enfrente, apenas había tocado la comida.
Tenía ojeras profundas y miraba el plato con una concentración excesiva, como
si de eso dependiera no pensar.
Dayana partió un trozo de pan sin tener realmente hambre. El
silencio entre los tres hermanos era distinto al de los días anteriores: más
denso, más consciente. Ya no era solo incomodidad. Era la sensación de que algo
se había roto la noche anterior y nadie sabía todavía en qué forma iba a
recomponerse.
—¿Tú qué opinas, Dayana? —preguntó de pronto Elena.
Dayana levantó la vista, descolocada.
—¿Sobre qué?
—Sobre lo de las flores. ¿Blancas o mejor en tonos crema?
—Crema —respondió sin pensar demasiado—. Queda menos… frío.
Elena sonrió, satisfecha, y siguió hablando. Alfredo
aprovechó ese momento para girarse ligeramente hacia Camila y preguntarle, en
un tono perfectamente normal, si quería más café. Al mismo tiempo, le rozó los
dedos al pasarle la jarra. Fue un contacto breve, casi insignificante, pero
Camila retiró la mano un segundo más tarde de lo que debería haberlo hecho.
Mateo lo vio. Apretó la mandíbula y bajó todavía más la
cabeza.
Cuando el desayuno empezó a disolverse, Elena se levantó
diciendo que tenía que hacer unas llamadas. Alfredo esperó a que saliera del
comedor. Después dejó la taza sobre la mesa con suavidad y miró a Dayana.
—Cuando puedas, pasa un momento por el despacho —dijo—. Hay
una cosa que quiero comentarte.
No era una orden. Tampoco una petición. Era algo intermedio,
dicho con la misma naturalidad con la que hubiera pedido la sal. Dayana sostuvo
su mirada un segundo más de lo cómodo y acabó asintiendo.
Camila observó el intercambio sin decir nada. Mateo se
levantó de golpe, murmuró que iba a ducharse y salió del comedor con paso
rápido, dejando detrás una silla torcida y un silencio todavía más espeso.
Alfredo se sirvió un último sorbo de café, completamente a
gusto dentro de esa incomodidad que él mismo había ayudado a crear.
Dayana esperó un rato antes de dirigirse al despacho. No
quería parecer demasiado dispuesta. Cuando por fin llamó a la puerta, la voz de
Alfredo le dijo que entrara.
El despacho olía a madera y a un perfume caro y sobrio.
Había estanterías bajas, un escritorio amplio y dos sillones de cuero oscuro
frente a la ventana que daba a los viñedos. Alfredo estaba de pie junto al
cristal, con las manos en los bolsillos, mirando hacia fuera. Se giró al oírla
entrar y le indicó uno de los sillones con un gesto amable.
—Siéntate, por favor.
Dayana lo hizo. Mantuvo la espalda recta, las manos juntas
sobre las rodillas. Alfredo no se sentó de inmediato. Se quedó unos segundos
observándola, como evaluando en qué estado exacto se encontraba.
—Ayer pasaron varias cosas —dijo por fin, con tono calmado—.
Algunas más visibles que otras.
Dayana no contestó. Él continuó:
—Vi a Lucía contigo. No me sorprendió. Lucía es… resolutiva.
Y discreta, cuando se le indica. Lo que sí me interesó fue tu reacción cuando
entré. No parecías exactamente asustada. O no solo asustada.
Dayana sintió un calor molesto subirle al cuello. Apartó la
vista hacia la ventana.
—No sé de qué me hablas.
Alfredo sonrió levemente, como si la negación le resultara
previsible y hasta entrañable.
—No tienes que justificar nada. En esta casa nadie te va a
juzgar por lo que necesites. Ni por con quién lo necesites. Lucía está aquí
para eso también, si en algún momento te resulta más fácil. Y yo… bueno. Yo
también puedo estar disponible, si lo prefieres.
El silencio que siguió fue denso. Dayana notó que le sudaban
las palmas. Alfredo se acercó entonces y se sentó en el sillón de enfrente,
inclinándose un poco hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas.
—Mateo está confuso —añadió—. Más de lo que admite. Ayer lo
noté. A veces, cuando uno está así, necesita que alguien le ponga un poco de
orden. Alguien de confianza. Tú podrías ayudarlo, si quisieras. O no. Es solo
una posibilidad.
Dayana levantó la vista de golpe.
—¿Por qué me dices todo esto?
—Porque prefiero ser claro. Y porque creo que eres lo
bastante inteligente como para entender que las cosas, en esta casa, pueden ser
más simples de lo que parecen… si uno deja de pelearse con ellas.
Se levantó con la misma calma con la que se había sentado.
Se acercó hasta quedar de pie junto a ella y, con total naturalidad, le puso
una mano en el hombro. El peso era ligero, pero inequívoco.
—Piensa en lo que te he dicho. No hay prisa.
Después le dio dos suaves palmadas en el hombro, como quien
cierra un asunto menor, y se dirigió hacia la puerta.
—Puedes quedarte aquí un rato si lo necesitas. O salir. Como
prefieras.
Salió y la dejó sola en el despacho, con el eco de sus
palabras todavía instalado en la habitación y una sensación extraña, a medio
camino entre la rabia y algo mucho más confuso, creciéndole en el pecho.
Dayana salió del despacho con la sensación de llevar algo
pegado a la piel. Caminó por el pasillo sin rumbo fijo hasta que escuchó ruido
de agua en uno de los baños. La puerta estaba entreabierta. Camila estaba
delante del espejo, terminando de recogerse el pelo.
Al verla aparecer en el reflejo, Camila se detuvo un
segundo.
—¿Qué quería? —preguntó sin girarse del todo.
Dayana se apoyó en el marco de la puerta.
—Hablar. Como siempre. Sin decir realmente nada.
Camila acabó de hacerse el moño y bajó las manos. Las dos se
miraron a través del espejo. Había una rareza nueva entre ellas, algo que ya no
se podía disimular del todo con silencios o con ironía.
—¿Te ha tocado también a ti? —preguntó Dayana de pronto, en
voz baja.
Camila sostuvo su mirada en el cristal. No negó. Tampoco
asintió de inmediato. Solo dejó escapar un aire lento por la nariz.
—No es tan simple.
—Nunca lo es con él.
Hubo un silencio. Fuera se oía el canto lejano de algún
pájaro y el rumor del viento entre las viñas. Camila se giró por fin y se apoyó
en el lavabo, mirando a su hermana de frente.
—Ayer en la comida… —empezó, y se detuvo, como si no
estuviera segura de querer continuar—. Su mano. Bajo la mesa.
Dayana apretó los labios.
—Lo imaginé. Mateo también lo vio. Se le notaba en la cara.
Camila bajó la vista un momento. Cuando volvió a hablar, la
voz le salió más cansada:
—A veces pienso que deberíamos irnos. Las dos. Coger un tren
y desaparecer un tiempo.
—¿Y dejar a mamá aquí? —preguntó Dayana—. ¿Y a Mateo?
Ninguna contestó. La pregunta se quedó flotando entre ellas,
incómoda y verdadera.
Camila se pasó una mano por la cara.
—No sé cuánto más puedo hacer como si nada.
Dayana se acercó un paso. Por un momento pareció que iba a
decir algo más, algo más crudo o más honesto, pero al final solo levantó una
mano y le apartó a Camila un mechón de pelo que se le había escapado del moño.
El gesto fue breve, casi íntimo. Las dos se quedaron quietas, demasiado cerca,
respirando el mismo aire denso del baño.
Fue Camila quien rompió el momento. Se apartó con suavidad y
cogió la toalla.
—Voy a cambiarme. Luego bajamos.
Dayana asintió y salió al pasillo. Cerró la puerta detrás de
ella y se quedó unos segundos apoyada en la pared, con la sensación de que algo
entre ella y su hermana también estaba empezando a desplazarse… y de que ya no
sabía si quería frenarlo o empujarlo.
El resto de la tarde transcurrió en una calma extraña.
Dayana se cerró en su habitación. Mateo desapareció por los viñedos. Camila
intentó leer un rato en el porche, pero las palabras no se le quedaban. La
conversación con su hermana le había dejado un poso raro, una mezcla de
complicidad y de miedo a lo que las dos estaban empezando a aceptar en
silencio.
Cuando bajó a cenar, ya había oscurecido. Llevaba el mismo
vestido de tirantes de la mañana… y nada debajo. La decisión la había tomado en
la habitación, mirándose al espejo, con el corazón latiéndole más fuerte de lo
normal. No sabía si lo hacía por desafío, por rendición o por simple curiosidad
de ver hasta dónde llegaría Alfredo.
Se sentó a su derecha, como había empezado a ser habitual.
Elena hablaba de los últimos detalles de la fiesta. Mateo apenas levantaba la
vista del plato. Dayana mantenía un silencio tenso.
A mitad de la cena, Alfredo dejó la mano bajo la mesa. Esta vez no se limitó a rozar. Deslizó los dedos por el interior del muslo de Camila, encontró la ausencia de bragas y, sin ninguna prisa, le separó los labios y le introdujo un dedo dentro. Camila contuvo el aire. Él la penetró despacio, hasta el nudillo, y la removió un poco, explorando la humedad que ya la traicionaba. Después sacó el dedo con la misma naturalidad con la que hubiera recogido una miga de pan. Levantó la mano, se llevó el dedo a la boca y lo chupó disimuladamente, como quien limpia un resto de salsa. Solo Camila y, quizá, Mateo —que estaba demasiado pendiente— entendieron lo que acababa de hacer.
Alfredo volvió a coger el tenedor y continuó la conversación
con Elena sobre el orden de los discursos de la pedida, como si nada hubiera
ocurrido.
Camila no pudo terminar el plato.
Cuando la casa se quedó en silencio, Camila subió a su
habitación con el corazón todavía acelerado. Se sentó en el borde de la cama,
con el vestido todavía puesto y la sensación de los dedos de Alfredo entre las
piernas como un eco caliente. No se cambió. Tampoco se metió bajo las sábanas.
Simplemente esperó.
No tuvo que esperar mucho.
La puerta se abrió sin llamar. Alfredo entró, cerró con
suavidad y se quedó unos segundos mirándola en la penumbra. Camila no dijo
nada. Él se acercó, le puso una mano en la mejilla y la hizo levantarse. La
besó despacio, con esa calma que siempre descolocaba. Mientras la besaba, le
bajó los tirantes del vestido. La tela cayó al suelo. No llevaba nada debajo.
Alfredo la recostó en la cama. Empezó a tocarla con
lentitud, abriéndole los labios, circulando el clítoris ya hinchado, metiéndole
los dedos con profundidad. Camila cerró los ojos y abrió más las piernas.
Cuando el placer le subió de forma clara, él bajó la cabeza entre sus muslos y
la lamió con movimientos largos y deliberados. La lengua caliente, la succión
suave sobre el clítoris, los dedos curvados dentro… Camila se arqueó y le
agarró el pelo. Estaba cerca.
Fue entonces cuando se detuvo.
La agarró por la cadera con una firmeza súbita y la giró
sobre la cama hasta dejarla boca abajo. Camila soltó un sonido de sorpresa e
intentó incorporarse, pero él le sujetó la nuca —sin violencia, pero con una
autoridad que no admitía discusión— y le levantó las caderas. Se colocó detrás
de ella, le abrió los muslos con las rodillas y se alineó. Agarró su polla por
la base, la frotó un par de veces entre los labios hinchados y empapados de
Camila, y empujó.
La cabeza entró primero, gruesa, abriéndola. Camila soltó un
gemido ahogado. Alfredo no se detuvo: siguió empujando con una embestida lenta
pero implacable hasta hundirse por completo, hasta que sus caderas chocaron
contra el culo de ella. La notó apretada, caliente, palpitando alrededor de su
polla. Se quedó un segundo hasta el fondo, disfrutando de la forma en que el
coño de Camila se contraía intentando adaptarse a él, y después empezó a
moverse.
Sacó casi toda la longitud —dejando solo la cabeza dentro— y
volvió a entrar de un solo golpe seco y profundo. El sonido fue húmedo y claro.
Repitió el movimiento, cada vez con más fuerza. Las embestidas se volvieron
cortas, pesadas, constantes, golpeando fondo una y otra vez. Se oía el chapoteo
de su polla entrando y saliendo del coño empapado, el golpe de su pelvis contra
las nalgas de Camila, la respiración entrecortada de los dos.
Camila tenía la cara medio hundida en la almohada, las manos
agarradas a las sábanas, y gemía cada vez que él tocaba el punto más profundo.
Alfredo le sujetaba la nuca con una mano y la cadera con la otra, manteniéndola
exactamente en la posición que quería, sin dejarla moverse demasiado. Cuando
ella intentó empujar hacia atrás con más fuerza, él se lo permitió, pero sin
soltar el control.
El ritmo se volvió más agresivo. Alfredo follaba con
embestidas cortas y brutales, clavándosela hasta el fondo una y otra vez,
abriéndola, llenándola. Camila ya no intentaba contener los gemidos. Cada vez
que él entraba del todo, se le escapaba un sonido roto, más agudo, y el coño se
le contraía alrededor de la polla con fuerza. El placer le subía de forma
violenta, mezclado con la sensación de ser completamente usada.
Alfredo se inclinó sobre su espalda, le apartó el pelo con
brusquedad y le mordió el hombro con fuerza, lo bastante como para dejar una
marca profunda. Camila soltó un gemido casi un grito y se corrió de golpe. El
cuerpo se le sacudió entero, los muslos le temblaron y el coño le apretó la
polla en contracciones rítmicas y potentes mientras él seguía embistiéndola sin
parar, alargándole el orgasmo.
Solo entonces Alfredo se permitió terminar. Se hundió hasta la base, se quedó clavado y se corrió dentro de ella con un gruñido largo y bajo, mordiéndole otra vez el mismo sitio del hombro mientras se vaciaba a pulsos profundos. Camila sentía cada latido de su polla dentro, cada chorro caliente llenándola.
Se quedaron así varios segundos, unidos, respirando
agitados, el sudor resbalándoles por la piel.
Después él se retiró despacio. La polla salió brillante y el
semen empezó a resbalarle a Camila por el muslo interior, espeso y caliente.
Alfredo se levantó de la cama sin decir nada, se limpió con un pañuelo y empezó
a vestirse con la misma calma de siempre. Camila permaneció tumbada boca abajo,
con las piernas todavía abiertas, el semen escapándosele y la marca de los
dientes ardiéndole en el hombro.
Cuando ya estuvo vestido, se detuvo un momento junto a la
cama. Le acarició el pelo con una naturalidad casi paternal y, como quien
comenta el tiempo, dijo:
—Hiciste bien lo de no llevar bragas. Mañana, igual.
Salió y cerró la puerta con suavidad.
Camila se quedó sola en la penumbra, consciente de que cada
día le costaba más distinguir si lo que sentía era rendición… o un deseo que ya
no sabía cómo frenar.
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