Lo que no se nombra (capítulo 13) CON VIDEOS
El primer día de la nueva rutina fue, paradójicamente, el más dulce y el más cruel al mismo tiempo.
Marta y Alejandro volvieron al apartamento por la mañana, cargados con una bolsa de supermercado y una esperanza frágil que ninguno de los dos se atrevía a nombrar en voz alta. El trayecto en coche había sido casi silencioso, pero cargado de una tensión extraña: la de dos personas que saben que están fingiendo que todo sigue igual.
Nada más cerrar la puerta, Alejandro soltó las bolsas en el suelo y empujó a Marta contra la pared del pasillo. El beso fue urgente, casi desesperado, como si llevaran meses sin tocarse. Sus manos subieron el vestido de ella hasta la cintura con torpeza ansiosa, le arrancaron las bragas de un tirón y, sin decir una palabra, la penetró de pie, de un solo golpe profundo y brutal. Marta soltó un gemido roto, mitad dolor, mitad alivio, y se agarró a sus hombros con fuerza.
Follaron como si el mundo se fuera a acabar. Duro, rápido, desesperado. Alejandro la embestía con todo el cuerpo, gruñendo contra su cuello, mordiéndole el hombro.
La levantó en volandas, la llevó hasta el sofá y la folló allí también, con las piernas de ella sobre sus hombros, entrando hasta el fondo con cada golpe.
Marta se corrió dos veces seguidas, gritando su nombre, las uñas clavadas en su espalda, el cuerpo convulsionando. Alejandro se corrió dentro de ella con tanta fuerza que le temblaron las piernas y tuvo que apoyarse en el respaldo del sofá para no caer.
Después se quedaron tirados en el sofá, sudorosos y jadeantes, besándose con una ternura casi desesperada. Marta le acariciaba el pelo con dedos temblorosos y le repetía “te quiero” una y otra vez, como si temiera que las palabras se desvanecieran si dejaba de decirlas. Por un rato, pareció que todo podía volver a ser como antes.
—Quédate conmigo esta noche —susurró ella contra su cuello, besándolo con suavidad—. No te vayas. Por favor. Solo una noche más.
Alejandro la abrazó con fuerza, hundiendo la cara en su pelo. Olía a sexo, a sudor y a ese perfume barato que siempre usaba. Durante unos segundos, sintió el impulso real de quedarse. De cancelar todo. De elegirla a ella.
Pero sabía que no podía.
—Lo siento —murmuró contra su pelo, con la voz ronca—. Tengo que volver. Laura está sola y… ya sabes.
Marta no dijo nada más. Solo asintió contra su pecho y lo abrazó un poco más fuerte, como si intentara grabarse en la memoria la sensación de su cuerpo contra el de ella. Sabía que era inútil. Sabía que él se iría igual.
Alejandro se duchó rápido, se cambió de ropa y, antes de marcharse, la besó en la frente con una ternura que ya empezaba a parecerse a la culpa. Cuando la puerta se cerró detrás de él, Marta se quedó sentada en el sofá, todavía desnuda de cintura para abajo, con el semen de su marido resbalándole lentamente por los muslos.
Por la tarde, cuando Alejandro llegó a casa de Laura, el hechizo se rompió por completo.
El trayecto en coche había sido un silencio pesado. Todavía llevaba el olor de Marta en la piel, en la boca, entre las piernas. Cada semáforo era una oportunidad para arrepentirse, para dar media vuelta y volver con su mujer. Pero no lo hizo. Siguió conduciendo hasta la casa de su madre como quien se dirige a un castigo que, en el fondo, también desea.
Abrió la puerta con su llave y entró. El salón estaba en penumbra, solo iluminado por la luz dorada de una lámpara de pie. Laura estaba sentada en el sofá, con la bata rosa de casa completamente abierta. El vientre enorme, redondo y tenso, brillaba ligeramente por el aceite que se había puesto para las estrías. Sus pechos pesados descansaban sobre la curva de su barriga, los pezones oscuros y relajados. No hizo ningún intento de cubrirse. Solo lo miró.
Alejandro se quedó parado en la puerta, con la mano todavía en el pomo. El corazón le latía con fuerza.
—No… esta noche no —murmuró, con la voz ronca y rota—. Marta y yo… acabamos de estar juntos. No puedo.
Laura no contestó inmediatamente. Se levantó despacio, con esa gracia pesada que había adquirido en los últimos meses del embarazo. Caminó hacia él descalza, la bata flotando abierta a cada paso, dejando que él viera todo: el vientre que contenía a su hijo, los pechos hinchados, la piel suave y caliente.
Se detuvo frente a él. Tan cerca que Alejandro podía oler su crema corporal y el leve aroma almizclado de su excitación. Le puso una mano en el pecho, justo sobre el corazón, y sintió cómo latía desbocado.
—Shh… —susurró ella, casi con ternura—. No tienes que hacer nada que no quieras, mi amor.
Pero sus dedos ya bajaban. Desabrochó el botón del pantalón con calma, bajó la cremallera. Alejandro intentó apartarle la mano, un gesto débil y tardío. Laura sacó su polla, todavía sensible y ligeramente hinchada después de haber follado con Marta, y la envolvió con su mano cálida. Empezó a masturbarlo lentamente, con movimientos largos y suaves.
—Solo quiero que te relajes —dijo con voz baja y dulce—. Has tenido un día muy largo… muy intenso. Pobrecito.
Alejandro cerró los ojos. La rabia hacia sí mismo le ardía en el pecho como ácido. Quería parar. Quería ser un buen marido. Quería volver con Marta y quedarse dormido abrazándola. Pero su polla ya estaba dura otra vez, latiendo en la mano de su madre. Laura se arrodilló con dificultad, sosteniéndose el vientre con una mano, y se la metió en la boca.
Chupó con lentitud, con devoción casi religiosa. Su lengua recorría la longitud, los labios apretaban justo debajo de la cabeza, succionando con suavidad.
Alejandro le puso una mano en la cabeza, no para guiarla, sino para intentar apartarla. No lo consiguió. La rabia creció. Una rabia sucia, oscura, dirigida contra sí mismo. La agarró del pelo con más fuerza y empezó a follarle la boca con enfado, empujones profundos y duros que le hacían llegar hasta la garganta.
Laura gemía alrededor de su polla, dejando que la usara, que la humillara. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas, pero no se apartaba. Alejandro la follaba con rabia, con culpa, con un odio visceral hacia su propio cuerpo que no podía controlar.
—Joder… —gruñó entre dientes, con la voz rota—. ¿Por qué coño me haces esto? ¿Por qué no puedo parar?
Se corrió con un gruñido ahogado y largo, vaciándose en su garganta mientras le apretaba la cabeza contra él con ambas manos. Laura tragó todo, sin apartar la mirada de su cara, incluso cuando le costaba respirar. Cuando terminó, Alejandro se apartó bruscamente, se subió los pantalones con manos temblorosas y se dejó caer en el sofá, con la cara entre las manos.
Laura se limpió los labios con el dorso de la mano, se levantó con esfuerzo y se sentó a su lado en silencio. No dijo nada. Solo le acarició el pelo con ternura, como si fuera un niño pequeño que acaba de tener una pesadilla.
Alejandro no durmió esa noche. Se quedó tumbado en el sofá, mirando el techo, con el sabor amargo de la culpa y el placer mezclados en la boca.
Al día siguiente, en el apartamento, Marta intentó recuperar la magia del día anterior con una determinación que le dolía en el pecho.
Se pasó la tarde preparando todo. Compró lencería nueva —un conjunto negro de encaje que realzaba sus curvas suaves—, encendió velas aromáticas por el salón y la habitación, puso música suave y bajó las luces. Quería que fuera especial. Quería que él la mirara como la había mirado el día anterior, con esa hambre desesperada que le hacía sentir que era la única mujer del mundo.
Cuando Alejandro llegó, cansado pero sonriente, Marta lo recibió en la entrada con el conjunto de lencería y una bata abierta.
No dijo nada. Solo se arrodilló delante de él, le desabrochó el pantalón con manos temblorosas de nervios y deseo, y le sacó la polla. Se la metió en la boca con lentitud, con cariño, con devoción. Lo chupó despacio, mirándolo a los ojos, lamiendo cada centímetro, succionando con suavidad, queriendo demostrarle que podía ser todo lo que él necesitaba.
Alejandro la levantó sin decir nada, besándola con fuerza bruta, casi con rabia. La tiró sobre la cama y entró en ella de un solo empujón profundo. Marta jadeó, clavándole las uñas en la espalda mientras él la follaba con intensidad salvaje, sujetándola por las muñecas. El placer era brutal, perfecto. Su cuerpo respondía, se arqueaba, se corrió con un gemido largo que llenó la habitación.
Pero cuando sus miradas se cruzaron en medio del orgasmo, Marta sintió el vacío. Él estaba ahí, dentro de ella, pero lejos. Muy lejos. Como si follarla fuera una forma de escapar, no de acercarse.
Cuando sus respiraciones se calmaron un poco, Marta le acarició el pecho con fingida naturalidad y susurró:
—Voy al baño un momento… ¿Qué quieres que prepare para comer hoy? Podemos planear el día, ¿no?
Alejandro solo gruñó una respuesta vaga, pero cuando ella se levantó y caminó desnuda hacia el baño, él la siguió en silencio.
El agua caliente ya caía cuando Alejandro entró en la ducha detrás de ella. Sin darle tiempo a reaccionar, la empujó suavemente contra los azulejos fríos y se arrodilló. Le levantó una pierna, se la colocó sobre su hombro y hundió la cara entre sus muslos.
Su lengua atacó su coño todavía sensible con hambre voraz, chupando el clítoris con fuerza mientras dos dedos gruesos entraban en ella. Marta soltó un gemido ahogado, sujetándose al pelo mojado de él.
—Dios… Alejandro…
Se corrió con fuerza, temblando contra su boca, gimiendo su nombre mientras el orgasmo la recorría.
Apenas terminó de temblar, Alejandro se retiró de ella y dijo con tono casual, casi indiferente:
—Te dejo que te duches tranquila. Yo voy empezando con la comida.
Salió de la ducha sin más palabras.
Marta se quedó unos minutos más bajo el agua, intentando recomponerse. Al salir, se secó y se puso un vestido corto y ligero de estar en casa, uno que apenas le cubría los muslos. Fue a la cocina para ayudar, todavía con las piernas un poco débiles.
Apenas entró, Alejandro la asaltó por sorpresa. La agarró por detrás, la dobló sobre la encimera de granito frío y le subió el vestido hasta la cintura.
Sin decir nada, la penetró de un golpe, follándola con fuerza mientras ella se sujetaba al borde.
El sonido húmedo de sus cuerpos llenaba la cocina. Alejandro le daba nalgadas secas y la embestía profundo, agarrándola del pelo. Marta gemía, empujando hacia atrás, buscando más de él. El placer volvió a subir rápido, intenso y casi doloroso después de los dos orgasmos anteriores.
—Joder… Alejandro… —susurró.
Él aceleró, follándola sin piedad contra la encimera.
Marta se corrió por tercera vez, sollozando su nombre, su coño contrayéndose alrededor de él. Alejandro gruñó y se derramó dentro de ella, apretándola fuerte contra la superficie fría.
Durante unos segundos solo se escucharon sus respiraciones agitadas. Marta cerró los ojos, todavía llena de él, el cuerpo satisfecho pero el pecho extrañamente vacío. El sexo era increíble. Siempre lo era.
Pero cada vez que terminaban, la distancia se sentía más grande. Él estaba dentro de su cuerpo… nunca dentro de ella de verdad.
El nudo que llevaba días creciendo en su interior se apretó un poco más.
—¿Estás bien? —preguntó ella en voz baja, casi temiendo la respuesta.
Alejandro tardó unos segundos en contestar.
—Sí… solo cansado —murmuró, sin mirarla.
Marta asintió, aunque él no la estaba viendo. Y por primera vez, tuvo la terrible certeza de que no iba a poder arreglarlo solo con su cuerpo.
La segunda noche en casa de Laura fue aún más tóxica.
Alejandro llegó más tarde de lo habitual. El tráfico, se dijo a sí mismo, aunque en realidad había conducido despacio, alargando el trayecto, intentando retrasar el momento. Cuando abrió la puerta, el olor familiar de la casa —mezcla de crema para estrías, incienso y el cuerpo de Laura— lo golpeó como una ola.
Laura lo esperaba en la cama, completamente desnuda, recostada de lado. La luz tenue de la lamparita resaltaba su vientre enorme, redondo y tenso, y sus pechos pesados que descansaban sobre él. Tenía las piernas ligeramente abiertas, como una invitación silenciosa.
No hubo resistencia esta vez.
Alejandro se quitó la ropa con movimientos bruscos, casi violentos, y se lanzó sobre ella. La besó con rabia, mordiéndole el labio inferior, y la penetró de un solo empujón profundo. Laura soltó un gemido largo y gutural, arqueando la espalda, empujando su vientre contra el pecho de él.
—Más fuerte —susurró ella contra su boca—. Úsame. No te contengas.
Alejandro obedeció. La folló con fuerza, casi con odio, sujetándola por las caderas y embistiéndola como si quisiera castigarla por existir, por tentarlo, por ser todo lo que Marta ya no era en ese momento. Cada embestida era profunda, violenta, desesperada. El sonido húmedo de sus cuerpos llenaba la habitación.
Laura gemía sin vergüenza, las uñas clavadas en su espalda, empujando hacia atrás para recibirlo más adentro.
Alejandro la giró con brusquedad, la puso a cuatro patas y la folló desde atrás, tirándole del pelo con una mano mientras con la otra le daba cachetadas fuertes en el culo. Cada golpe resonaba en la habitación.
—Joder… —gruñó él, con la voz rota—. ¿Por qué tienes que ser tú?
Laura solo gemía más alto, arqueando la espalda, ofreciéndose completamente. Alejandro la follaba con una rabia que ya no sabía si iba dirigida a ella o a sí mismo.
Le apretaba los pechos hinchados con tanta fuerza que Laura soltó un gemido de dolor mezclado con placer. Cuando se corrió, lo hizo gritando, vaciándose dentro de ella con embestidas brutales, como si quisiera marcarla, castigarla y poseerla al mismo tiempo.
Después se dejó caer boca arriba en la cama, respirando con dificultad, mirando el techo con los ojos vacíos. El sudor le corría por el pecho. Laura se acurrucó a su lado, todavía con su semen escapándosele entre las piernas, y le acarició el pecho con ternura.
—Estás muy enfadado —susurró ella, casi con cariño.
Alejandro no contestó. Solo cerró los ojos con fuerza, como si intentara desaparecer.
La culpa le pesaba en el pecho como una losa. Pensó en Marta, sola en el apartamento, esperando un mensaje que él no había enviado. Pensó en cómo la había follado esa misma mañana con pasión… y ahora estaba aquí, vacío dentro de su propia madre.
Laura siguió acariciándole el pecho en silencio, como si supiera exactamente lo que pasaba por su cabeza.
Al tercer día, el sexo con Marta fue aún más apagado.
Marta lo intentó todo: lencería, masajes, palabras sucias. Alejandro respondió, pero su cuerpo parecía estar en otra parte. La folló en la cama, pero sin la urgencia del primer día. Marta se corrió, pero sintió que él estaba cumpliendo un trámite. Cuando terminó, se apartó rápido y se quedó mirando el móvil, distante.
Marta se quedó tumbada, con las lágrimas ardiéndole en los ojos. Sabía que algo se estaba rompiendo. Y sabía que no podía hacer nada para impedirlo.
La tercera noche con Laura fue la más oscura hasta el momento.
Alejandro llegó pasadas las once, con los nervios destrozados y el cuerpo pesado de cansancio y culpa. Había discutido con Marta por teléfono —una discusión tonta sobre nada—, y aunque ella había intentado arreglarlo, él había colgado con un “luego te llamo” seco. Sabía que estaba siendo injusto. Sabía que estaba huyendo. Pero ya no podía parar.
Laura lo esperaba en la habitación, de lado sobre la cama, completamente desnuda. La luz tenue de la lamparita acariciaba su cuerpo: el vientre enorme y redondo, los pechos pesados que descansaban sobre él, las caderas anchas. Tenía una pierna ligeramente levantada, ofreciéndole el culo sin decir una palabra.
Esta vez no hubo palabras. No hubo resistencia. No hubo excusas.
Alejandro se desnudó en silencio, con movimientos mecánicos. Se colocó detrás de ella, escupió en su ano y frotó la cabeza gruesa de su polla contra la entrada estrecha. Laura soltó un gemido bajo, casi de anticipación. Alejandro empujó. La cabeza forzó la apertura y Laura soltó un gemido largo y dolorido, agarrando las sábanas con fuerza. Él siguió entrando, centímetro a centímetro, sintiendo cómo el calor apretado de su culo lo envolvía hasta que estuvo completamente enterrado en el interior de su madre embarazada.
Empezó a follarla con rabia.
Embistidas profundas, brutales, sin piedad. Le agarraba el pelo como riendas, tirando de su cabeza hacia atrás, mientras con la otra mano le apretaba el vientre hinchado con tanta fuerza que podía sentir las patadas de su propio hijo bajo la piel. Le pellizcaba los pechos hinchados, retorcía los pezones, la sodomizaba con un odio que no sabía si iba dirigido a ella o a sí mismo.
Laura gemía de dolor y placer, empujando hacia atrás, aceptando cada embestida como si fuera un castigo merecido. El sonido húmedo y obsceno de su polla entrando y saliendo de su culo llenaba la habitación.
—Esto es lo que soy ahora… —gruñó Alejandro entre dientes, con la voz rota—. Un hijo de puta que folla el culo de su madre mientras lleva a su hijo dentro.
Cada palabra era un latigazo contra sí mismo. Cada embestida era más violenta. Laura gemía más alto, contrayéndose alrededor de él, corriéndose con espasmos que le recorrían todo el cuerpo. Alejandro la follaba con furia, con culpa, con un odio visceral hacia su propia debilidad.
Cuando se corrió, lo hizo con un rugido ahogado y largo, vaciándose profundamente en sus intestinos mientras le apretaba el vientre con tanta fuerza que Laura soltó un grito agudo de dolor mezclado con placer. Siguió empujando unos segundos más, como si quisiera vaciarse por completo, hasta que no quedó nada.
Después se apartó bruscamente, como si el cuerpo de Laura quemara. Se sentó al borde de la cama, con la cabeza entre las manos, temblando. El sudor le corría por la espalda. Tenía la respiración entrecortada y un nudo en la garganta que no podía tragar.
Laura se incorporó con dificultad, todavía con su semen escapándosele del ano, y se acercó por detrás. Lo abrazó con suavidad, apoyando su vientre contra su espalda, y le acarició el pecho con ternura.
Alejandro no la apartó. Solo cerró los ojos con fuerza, dejando que las lágrimas le ardieran en los párpados sin llegar a caer.
No dijo nada.
No hacía falta.
Al día siguiente, en el apartamento, Alejandro intentó explorar algo nuevo con Marta.
Estaban en la cama después de cenar. La luz era tenue, solo la lámpara de la mesilla. Él la besaba con más urgencia de lo habitual, casi con impaciencia, como si estuviera compensando algo que no podía decir en voz alta. Sus manos recorrían su cuerpo con avidez, bajando por su espalda hasta sus nalgas. Cuando Marta ya estaba muy excitada, respirando entrecortada y mojada contra su muslo, Alejandro la giró con suavidad pero firmeza, poniéndola boca abajo.
Le separó las nalgas con las dos manos y presionó la cabeza de su polla contra su ano.
Marta se tensó al instante. Todo su cuerpo se puso rígido.
—Alejandro… espera —susurró, girando la cabeza con rapidez. Su voz sonó más asustada de lo que pretendía—. No estoy preparada para eso todavía.
Él se quedó quieto, con la polla palpitando contra su entrada. Marta sintió la decepción en su silencio, en la forma en que sus dedos se apretaron un segundo más en sus nalgas antes de soltarla. Vio cómo su expresión cambiaba: la frustración, el cansancio, esa sombra de resentimiento que intentaba ocultar.
Marta sintió una punzada de culpa tan fuerte que le dolió el pecho.
—Pronto —le prometió, girándose para mirarlo a los ojos y acariciándole la mejilla con ternura—. Te lo prometo. Solo… dame un poco más de tiempo. Quiero hacerlo bien, no quiero que duela.
Alejandro asintió, pero la decepción se le quedó grabada en la cara. Intentó sonreír, pero fue una sonrisa forzada. Se inclinó y la besó en la frente, casi como consuelo.
—Está bien —murmuró—. No pasa nada.
Pero sí pasaba. Marta lo sintió en la forma en que la penetró después: normal, en su coño, pero sin la misma hambre. Sus embestidas eran fuertes, mecánicas, como si estuviera descargando algo más que deseo. Marta se corrió, pero fue un orgasmo vacío, casi triste. Cuando Alejandro se corrió dentro de ella, se apartó rápido y se quedó mirando el techo, respirando agitado, sin abrazarla. Poco después salió a casa de su madre sin despedirse.
La siguiente vez con Marta, ella se preparó de verdad.
Pasó casi una hora en el baño, sola, nerviosa y decidida al mismo tiempo. Se duchó con agua muy caliente, se limpió por dentro con cuidado meticuloso, se aplicó lubricante generosamente y se miró al espejo durante un rato largo. Tenía los ojos hinchados de haber llorado antes en silencio. Se sentía ridícula, expuesta, vulnerable… como si estuviera compitiendo contra un fantasma que ni siquiera podía ver. Pero lo iba a hacer. Quería hacerlo. Quería ser suficiente para él, aunque le diera miedo y vergüenza.
Cuando Alejandro llegó esa noche, Marta lo esperaba en la cama, a cuatro patas, completamente desnuda. El culo levantado, las rodillas bien separadas, el lubricante brillando ligeramente entre sus nalgas. Había dejado solo una lamparita encendida. El ambiente olía a gel de ducha y a nervios.
Alejandro se quedó parado en la puerta de la habitación, mirándola. Por un segundo, sus ojos se iluminaron con sorpresa y un destello de deseo. Pero luego algo cambió en su expresión: cansancio, una sombra de fastidio, quizá incluso lástima.
Marta tragó saliva y susurró, con la voz temblorosa pero firme:
—Hoy sí… Quiero dártelo.
Se quedó allí, expuesta, ofreciéndose. El corazón le latía tan fuerte que le dolía. Esperaba que él se excitara, que la agarrara, que por fin la viera como antes.
Alejandro se acercó lentamente y se sentó en el borde de la cama. Le acarició la espalda con ternura, pero no era la caricia de alguien excitado. Era casi compasiva.
—Marta… —suspiró, con un cansancio profundo en la voz—. Estoy muy cansado esta noche.
Ella se giró un poco, todavía a cuatro patas, mirándolo por encima uemaban la cara.
—Pero… me preparé —murmuró, casi suplicando—. Me limpié, me puse lubricante… Quería dártelo. Sé que te gusta…
Alejandro apartó la mirada un segundo. Luego le acarició la mejilla con el dorso de los dedos, casi con pena.
—Otro día, ¿vale? Hoy… solo hazme una mamada. Por favor.
Marta se quedó helada.
Sintió que algo se le rompía por dentro, un crujido silencioso pero definitivo. La humillación le subió por la garganta como bilis. Aun así, no protestó. No lloró delante de él. Se arrodilló sin decir una palabra más y le bajó los pantalones. Le sacó la polla y se la metió en la boca con cariño, con dedicación, como si estuviera compensando algo que ni siquiera había hecho mal.
Lo chupó con lentitud, con devoción, usando la lengua como sabía que a él le gustaba.
Alejandro se corrió rápido, casi sin gemir, con la mano floja sobre su cabeza. Cuando terminó, le dio un beso mecánico en la frente y se dio la vuelta para dormir, murmurando un “gracias” apenas audible.
Marta se quedó arrodillada en la cama un rato más, con el sabor de él todavía en la boca y un vacío enorme, helado, instalándose en el pecho. El sexo se había convertido en un trámite. Un deber. Una obligación que ya no le daba placer ni a él.
Esa noche, cuando Alejandro llegó a casa de Laura, ya no hubo resistencia. La folló nada más entrar, contra la pared del pasillo, con rabia y desesperación. Laura se corrió gritando su nombre. Después la llevó a la cama y la folló otra vez, más lento pero más profundo, como si quisiera fundirse con ella.
Alejandro estaba oscureciéndose. El estrés, el cansancio, la culpa y el deseo lo estaban consumiendo por dentro. Ya no sabía dónde terminaba el amor y dónde empezaba la adicción.
Y Marta, sola en el apartamento, empezaba a entender que estaba perdiendo a su marido… sin saber exactamente contra quién.
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