Lo que no sé nombra (capitulo 3)

Al día siguiente apenas hablaron por la mañana. El silencio era espeso, incómodo. Fue por la tarde, cuando ya no pudieron más, cuando se sentaron los dos en la cocina con dos tazas de café frías entre las manos.
Laura fue la primera en hablar. Tenía los ojos hinchados.
—Siento lo de anoche —dijo en voz baja—. No debí comportarme así. No volverá a pasar. Te lo prometo.
Alejandro la miró. Tenía ojeras y parecía más joven y más cansado de lo normal.
—Yo empecé a quedar con Marta para alejarme de ti —confesó sin rodeos—. Para intentar pensar en otra cosa. Pero… ahora me gusta. De verdad. Es buena chica. Tranquila. No me hace sentir que estoy haciendo algo horrible.
Laura sintió que algo se le clavaba en el pecho. Asintió, tragando saliva.
Los dos se quedaron callados un rato. Luego ella empezó a llorar sin ruido, con la cabeza gacha. Alejandro también lloró, aunque intentó disimularlo secándose la cara con la manga del jersey.
—Creo que lo mejor es que me vaya un tiempo —dijo él al final—. Un amigo de la universidad tiene un sofá libre. Me quedaré allí unos meses. Así podemos respirar los dos.
Laura no intentó retenerlo. Solo asintió otra vez.
Los meses pasaron lentos y fríos.
Alejandro cumplió su palabra y venía los fines de semana a comer. Era siempre lo mismo: llegaba, comían casi en silencio, él ayudaba a fregar los platos y, antes de las cuatro de la tarde, ya estaba cruzando el rellano para ir a casa de Marta. Laura los veía desde la ventana. Los veía salir a pasear, a veces cogidos de la mano. Marta reía mucho. Alejandro parecía más relajado con ella.
Laura intentaba convencerse de que tenía que olvidarlo. Que aquello había sido una locura de una noche, alimentada por los celos. Empezó a salir con un compañero del supermercado, un hombre de cuarenta y nueve años llamado Raúl, divorciado y bastante tranquilo. Al principio fueron solo cafés después del trabajo. Luego alguna cena. Después un cine. Se besaban un poco en el coche antes de despedirse. Manos por encima de la ropa. Nada más. Ella se obligaba a responder a sus mensajes, a reír sus chistes. Intentaba sentir algo.
Una noche de octubre, Alejandro acompañaba a Marta a casa como de costumbre. En el camino, dos calles más abajo de su portal, reconoció el coche de su madre. Se quedó quieto de la mano de Marta. Vio cómo Raúl se inclinaba sobre el asiento del copiloto y besaba a Laura. No era un beso rápido. Era un beso largo, con lengua, y la mano del hombre estaba metida bajo la falda de su madre, acariciándole el muslo. Alejandro sintió un golpe de celos tan fuerte que le dolió el estómago. Marta notó que se había quedado paralizado y le preguntó si le pasaba algo. Él murmuró que no se encontraba bien, que le había sentado mal la cena, y siguió caminando.
Se despidió de Marta con un beso seco en los labios y, en vez de volver al piso de su amigo, subió al rellano de su madre. Usó la llave que todavía guardaba y entró en la casa. Se sentó en la oscuridad del salón y esperó.
Laura llegó casi una hora después. Encendió la luz del recibidor y soltó un grito ahogado al ver la silueta sentada en el sofá.
—Joder, Alejandro… me has dado un susto de muerte.
Él no se levantó. Habló con voz baja y tensa.
—¿Quién era el tío con el que te besabas en el coche?
Laura se quedó quieta, todavía con el abrigo puesto. Lo miró y, en vez de enfadarse, sintió una satisfacción oscura y profunda. Lo había visto. Y estaba celoso.
Se quitó el abrigo despacio y lo dejó sobre el respaldo de una silla.
—¿Y a ti qué te importa? —respondió con calma—. Tú tienes a Marta, ¿no? La chica buena, la que te da todo lo que necesitas.
Alejandro se levantó de golpe. La agarró por los brazos y la besó con violencia, empujándola contra la pared del pasillo. Laura sintió cómo le rompía los botones de la blusa de un tirón. Los botones saltaron por el suelo. Él le bajó el sujetador de un manotazo y le apretó los pechos con rabia.
—¿Quién coño era? —repitió contra su boca.
Laura jadeó, pero no lo apartó. Al contrario, le clavó las uñas en la nuca y le mordió el labio inferior.
—¿Te molesta? —susurró con una sonrisa pequeña y cruel—. ¿Te molesta que otro hombre me toque?
Alejandro la empujó contra el brazo del sofá. Le subió la falda de un tirón y le bajó las bragas. Introdujo dos dedos dentro de ella sin ninguna delicadeza. Laura estaba empapada. Él lo notó y soltó una risa corta y amarga.
—Estás follándote a una niña de veinte años —dijo Laura mientras él la tocaba con fuerza—. ¿Y ahora vienes aquí hecho una fiera porque yo he besado a un hombre?
—Calla —gruñó él.
La giró, la inclinó sobre el sofá y se bajó los pantalones. Se humedeció la polla con la mano y empujó con fuerza. Entró de golpe, hasta el fondo. Laura soltó un gemido ahogado contra el cojín. Él empezó a follarla con embestidas duras y rápidas, como si quisiera sacarse algo de dentro. La agarraba de las caderas con fuerza, clavándole los dedos en la carne.
Mientras la follaba, le hablaba entre dientes:
—Marta es buena… es dulce… y yo estoy bien con ella.
Laura, con la voz entrecortada por las embestidas, contestó:
—¿Y qué te da ella que yo no pueda darte?
Alejandro se detuvo un segundo, todavía dentro de ella. Luego respondió, muy bajito:
—Su virginidad.
El silencio que siguió fue denso. Solo se oía la respiración agitada de los dos.
Laura se quedó quieta. Sintió cómo él palpitaba dentro de ella. Cerró los ojos un momento. Luego, con voz baja pero firme, habló:
—Entonces cógela.
Alejandro no se movió.
Laura se incorporó un poco, todavía con él dentro, y lo miró por encima del hombro. Tenía los ojos brillantes.
—Fóllame por el culo —dijo—. Es lo único que te puedo dar que ella no te haya dado todavía. Es lo único que me queda.
Alejandro la miró fijamente. Algo cambió en su expresión. La sacó de dentro de ella con cuidado. Laura se dio la vuelta y se sentó en el borde del sofá. Se quedó mirándolo un segundo, como si todavía pudiera arrepentirse. Luego se recostó, se subió las rodillas hacia el pecho y abrió las piernas, exponiéndose completamente.
—Hazlo —susurró—. Antes de que me arrepienta.
Alejandro se arrodilló frente a ella. Le separó más las nalgas con las manos. Escupió sobre su ano y extendió la saliva con el pulgar. Laura se tensó al instante, pero no cerró las piernas. Él colocó la cabeza de su polla, todavía brillante de los jugos de ella, contra la entrada estrecha.
—Duele —advirtió ella en voz baja—. Ve despacio.
Alejandro empujó. Al principio solo entró la cabeza. Laura soltó un gemido ahogado y se agarró a los cojines. El ardor era intenso, como una quemadura que se abría paso. Él siguió presionando, centímetro a centímetro, sin apartar la mirada de su cara. Laura tenía los ojos cerrados y la boca abierta, respirando con dificultad.
—Joder… —sollozó cuando él estuvo casi todo dentro—. Duele de verdad…
Alejandro se detuvo cuando estuvo completamente enterrado. Se quedó quieto, temblando, con la frente apoyada contra la de ella. Laura tenía las lágrimas en las pestañas, pero no le pidió que parara. En vez de eso, levantó una mano y le agarró la nuca, manteniéndolo cerca.
—Muévete —susurró—. Fóllame. Quiero que te corras dentro.
Él empezó a moverse. Al principio fue lento, casi cuidadoso. Pero poco a poco el ritmo se volvió más profundo y más duro. Laura lloraba y gemía al mismo tiempo, clavándole las uñas en los brazos. El dolor seguía ahí, pero se había mezclado con otra sensación: la de estar siendo tomada de una forma que nadie más había tomado.
Alejandro la follaba con fuerza, mirándola a los ojos. Cuando se corrió, fue con un gruñido largo y contenido, vaciándose dentro de su intestino. Laura sintió el calor espeso llenándola y cerró los ojos con fuerza.
Se quedaron así varios segundos, unidos, respirando uno contra el otro.
Al final fue Alejandro quien habló, casi en un susurro:
—Ahora sí… ahora estamos empatados.
Se sacó de dentro de ella con cuidado. El semen empezó a escaparse lentamente. Laura se quedó tumbada en el sofá, con las piernas abiertas, el ano palpitando y dolorido. No se movió cuando él se subió los pantalones y se abrochó el cinturón.
Alejandro la miró un momento más. Parecía como si quisiera decir algo, pero al final solo recogió su chaqueta, abrió la puerta y se fue, cerrando con cuidado detrás de él.
La casa volvió a quedarse en silencio.

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