Lo que no se nombra (capitulo 6)
Nada más entrar en la suite, Marta soltó una exclamación de sorpresa. Era amplia, con una gran cama, un sofá blanco y una puerta corredera de cristal que daba a una terraza privada con vistas a las piscinas del complejo.
—Qué pasada… —dijo, dejando la maleta y yendo hacia la terraza.
Alejandro cerró la puerta con el pie y la siguió. Antes de que ella llegara al cristal, la agarró por la cintura desde atrás y empezó a besarle el cuello mientras le subía el vestido. Marta rio y trató de escaparse.
—¡Espera! Déjame ver cómo es todo primero…
Pero él no tenía intención de esperar. La persiguió por la habitación entre risas.
Cada vez que la alcanzaba, le quitaba una prenda. El vestido cayó al suelo. El sujetador voló hacia el sofá. La acorraló contra la puerta de cristal de la terraza, de espaldas a él.
La giró de golpe, le bajó las bragas de un tirón y la aplastó contra el vidrio. Sus pechos quedaron pegados contra el cristal. Abajo, en las zonas comunes del hotel, se veía a gente pasando y tumbada en las hamacas.
—Alejandro… nos pueden ver —susurró ella, nerviosa.
Él no contestó. Se bajó los pantalones, se colocó detrás de ella y la penetró de un solo movimiento. Marta soltó un gemido ahogado contra el cristal.
Él empezó a follarla con embestidas profundas y constantes, sujetándola por las caderas. Cada vez que empujaba, los pechos de Marta se aplastaban contra el vidrio.
Alejandro se inclinó sobre ella y le mordió el hombro con fuerza. Marta sintió el dolor agudo y, al mismo tiempo, una descarga de placer. Gimió más alto.
—Duele… —susurró, pero no le pidió que parara.
La folló con más intensidad hasta que ella se corrió con un gemido largo y tembloroso contra el cristal. Alejandro la siguió segundos después, corriéndose dentro de ella mientras la sujetaba con fuerza.
Los días siguientes transcurrieron con una mezcla de normalidad y sexo constante. Por las mañanas follaban despacio, casi perezosamente. Por las noches era más intenso, más largo, más exigente. Alejandro parecía tener una necesidad constante de poseerla.
Conocieron a una pareja algo mayor, Daniel y Cristina, que también estaban de luna de miel. Tenían unos treinta y cuatro años. Cristina era una mujer atractiva, de curvas generosas y pechos naturales que ya empezaban a caer suavemente. A Alejandro le resultaba incómodamente familiar. Le recordaba demasiado a su madre.
La última noche, antes de volver a España, cenaron los cuatro juntos. Hubo copas, risas y una conversación cada vez más distendida. Marta bebió más de la cuenta. En un momento dado, Cristina y Daniel confesaron que llevaban casi diez años juntos y que solo se habían casado “para aclarar papeles”. También les contaron que estaban esperando un hijo de tres meses.
La pareja mayor se sorprendió un poco de lo jóvenes que eran y de que se hubieran casado sin haber vivido juntos. Cristina sonrió con complicidad.
—Eso está muy bien… pero también está bien explorar antes de cerrarse. Probar cosas. Aunque, claro, también se puede explorar en pareja.
Fue entonces cuando confesaron que tenían una relación abierta.
A partir de ahí, Cristina empezó a coquetear de forma sutil pero clara. Tocaba el brazo de Alejandro, se inclinaba hacia Marta y le susurraba cosas al oído mientras le rozaba el muslo. Marta, bastante borracha, se dejaba hacer al principio. Pero cuando Cristina metió la mano por debajo de su falda y rozó sus bragas, Marta se levantó de golpe.
—Lo siento… nos tenemos que ir —dijo, cogiendo a Alejandro del brazo.
En el ascensor, ya solos, los dos empezaron a reírse de la situación.
—Joder, qué directo ha ido —dijo Marta, todavía nerviosa.
—Estaba muy bueno el tío —reconoció Alejandro.
—Y ella… tenía un morbo —añadió Marta, riendo.
Ya en la habitación, la conversación siguió subiendo de tono. Marta, todavía borracha, empezó a imitar la actitud más descarada de Cristina. Se acercó a Alejandro por detrás mientras él se quitaba la camisa y le susurró al oído:
—¿Te gustó? ¿Te gustó que estuviera embarazada?
Alejandro se giró. La miró un segundo y asintió.
—Sí… me dio mucho morbo.
La abrazó por detrás y puso las manos sobre su barriga, que tenía una curva suave. Marta solo llevaba un tanga.
—Algún día cumpliré ese fetiche —dijo ella, todavía en tono juguetón—. Pero aún es pronto.
Alejandro bajó las manos hasta su culo y lo apretó con fuerza.
—Y ella también tenía un culazo… pesado, carnoso. Hecho para disfrutar.
Mientras decía eso, ya le estaba frotando la polla entre las nalgas. Marta contestó con voz ronca:
—¿Y el mío no es así? También es carnoso y robusto…
—Lo es —reconoció él mientras le bajaba el tanga—. Pero todavía no lo he catado.
Marta se quedó callada un segundo.
—Ese fetiche se puede solucionar.
Alejandro cogió la crema hidratante de la mesilla. Se restregó la polla entre los cachetes de Marta, echó crema y empezó a frotarse con más facilidad mientras le acariciaba el clítoris. La movió hasta la cama y la puso de rodillas en el suelo, con el torso apoyado sobre el colchón.
Siguió frotándose entre sus nalgas un rato más. Luego metió la polla en su vagina y, al mismo tiempo, empezó a jugar con su ano usando la crema. Introdujo un dedo. Marta se tensó al principio, pero luego se relajó.
—Sigue… —susurró.
Le metió dos dedos mientras la follaba más profundo.
Cuando sacó la polla de su vagina y la apoyó contra su ano, Marta no dijo nada. Solo respiró más fuerte. Alejandro esperó unos segundos y empezó a empujar.
Estaba muy apretado. Marta aguantó unos segundos, pero el dolor fue demasiado.
—Para… para, por favor —pidió con voz entrecortada.
Alejandro se detuvo al instante y se sacó. Marta se quedó quieta, respirando agitada. De repente empezó a llorar.
—Lo siento… no puedo. Me duele mucho. Lo siento… no sé por qué no puedo
Alejandro se quedó un momento en silencio. Luego se inclinó sobre ella, le besó la espalda y le lamió las lágrimas de las mejillas.
—Tranquila… no pasa nada. Ya lo intentaremos otro día con más calma.
La besó en la comisura de los labios y, sin previo aviso, le metió la polla de golpe en la vagina. Marta soltó un grito de sorpresa. Él empezó a follarla con fuerza, sujetándola por las caderas y luego agarrándole los pechos con rudeza. Cada vez era más intenso, más salvaje. Marta se corrió temblando, con las paredes vaginales contrayéndose alrededor de él.
En el momento del orgasmo de ella, Alejandro se sacó y se corrió sobre su culo y su espalda, dejando chorros calientes que le resbalaban por la piel.
Se quedaron los dos en silencio, respirando pesadamente. Marta con la cara hundida en la cama y Alejandro todavía de rodillas detrás de ella.
Ninguno de los dos dijo nada durante un buen rato.
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