Lo que no se nombra (capitulo 7)
Los primeros meses de matrimonio transcurrieron con una normalidad sorprendente. Gracias a que los padres de Marta les dejaron un apartamento en el mismo barrio sin cobrarles alquiler, pudieron empezar su vida juntos con cierto desahogo. Alejandro había empezado su primer trabajo como arquitecto junior y Marta estaba terminando el último año de su grado.
La convivencia tuvo los roces habituales de cualquier pareja que empieza a vivir junta, pero en lo sexual iban bastante sincronizados. Follaron con regularidad, a veces con más intensidad, a veces más tranquilo, y poco a poco fueron encontrando su ritmo.
Alejandro había conseguido evitar casi por completo estar a solas con su madre. Cuando Laura llamaba y él estaba solo, no contestaba. Solo la devolvía la llamada cuando Marta estaba presente, dejando claro que no estaba solo. Las visitas se reducían a las comidas de los domingos en casa de los padres de Marta, donde Laura también era invitada de vez en cuando. Era la forma más segura de mantener las distancias.
Casi tres meses después de la boda, Laura llamó a Alejandro un jueves por la tarde.
—Necesito que vengáis a cenar el sábado a casa. Los dos. Tengo que hablar con vosotros.
Alejandro intentó ganar tiempo.
—Tengo que mirarlo con Marta…
—Pásamela —cortó Laura.
Marta cogió el móvil y, tras unos minutos de conversación alegre, aceptó la invitación sin problema. Alejandro colgó con el estómago revuelto.
El sábado llegó nervioso. No sabía qué podía pasar teniendo a las dos mujeres en la misma habitación.
La cena fue cordial. Hablaron de cosas cotidianas, recordaron al padre de Alejandro y, en un momento dado, Marta le preguntó a Laura si había pensado en hacer algún hobby o apuntarse a algo para no estar tan sola. Laura se quedó callada un segundo, sonrió con cierta tristeza y dijo:
—Precisamente por eso quería hablar con vosotros.
Dejó el tenedor en el plato y los miró a los dos.
—Ya no voy a estar sola. Estoy embarazada de tres meses.
El silencio fue breve pero denso. Marta abrió mucho los ojos.
Laura continuó con calma:
—El padre es un antiguo compañero de trabajo. No pienso decírselo. Fue algo sin importancia. Prefiero hacerlo sola. Lo que os pido es ayuda. Quiero que vosotros participéis. Como segundos padres.
Marta reaccionó con entusiasmo inmediato. Se levantó de la silla y la abrazó.
—¡Claro que sí! Vamos a estar ahí para todo.
Alejandro se quedó callado. Miró a su madre y supo, sin necesidad de que ella se lo confirmara, que el hijo era suyo. Laura sostuvo su mirada unos segundos. Los dos lo sabían.
Al volver al apartamento, Marta no paraba de hablar.
—Qué valiente es tu madre… Me parece una pasada. ¿Quién crees que será el padre? Porque ahora que lo pienso… una vez, cuando estábamos paseando, me pareció verte mirar hacia un coche donde estaba ella con un hombre. No dije nada porque no quería meter la pata, pero…
Alejandro sintió que la presión le subía por el pecho. Los celos, la culpa, la rabia y el deseo se mezclaron de golpe. Marta seguía hablando cuando él la agarró por la cara y la besó con fuerza, casi con violencia, para que se callara.
La besó mientras la empujaba hacia la habitación. Una vez dentro, le quitó la ropa con prisas, sin delicadeza. Le rompió un botón de la blusa y le bajó la falda de un tirón. Marta intentaba seguirle el ritmo, besándolo, pero al mismo tiempo trataba de calmarlo.
—Oye… tranquilo… ¿qué te pasa?
Alejandro no contestó. La tumbó en la cama, le separó las piernas y la penetró de un solo empujón. Marta se quejó del tirón.
Él siguió follándola con fuerza, con embestidas duras y profundas. Cada vez que Marta intentaba decir algo, él le ponía la mano en la cara, tapándole la boca y los ojos, empujando su cabeza contra la almohada.
Marta se tensó. No entendía por qué le tapaba la cara. Al principio intentó apartarle la mano, pero Alejandro se la volvió a poner con más firmeza. Ella acabó gimiendo contra su palma, confundida. No le gustaba no poder ver ni hablar, pero al mismo tiempo su cuerpo respondía. No sabía si eso era normal. Nunca había estado con nadie más que con Alejandro, y suponía que los hombres a veces hacían cosas así cuando estaban muy excitados.
Alejandro la folló con dureza hasta que se corrió dentro de ella con un gruñido contenido. Siguió moviéndose unos segundos más, vaciándose mientras en su cabeza seguía viendo a su madre.
Cuando por fin se apartó, se tumbó de lado, dándole la espalda. Respiraba agitado.
Marta se quedó quieta un momento, recuperando el aliento. La mano de él ya no estaba en su cara, pero seguía sintiendo la presión. Se quedó mirando el techo, con una sensación extraña en el estómago. No le había gustado que le tapara la cara. Le había hecho sentir… invisible. Aun así, se había corrido. Y eso también le generaba una pequeña molestia que no sabía cómo nombrar.
Al cabo de unos segundos, preguntó en voz baja:
—¿Qué te pasa? ¿Qué ha sido todo eso?
Alejandro se quedó mirando la pared. Tardó unos segundos en contestar. Cuando lo hizo, su voz salió cargada de una rabia que en realidad iba dirigida hacia sí mismo:
—No puedo creer que mi madre vaya a ser madre… y que yo no pueda serlo porque tú quieres esperar no sé a qué.
Marta se quedó helada. El silencio que siguió fue mucho más pesado que el de la cena. Bajó la mirada hacia las sábanas, sintiendo una punzada de culpa que no entendía del todo. Como si, de alguna forma, ella tuviera la culpa de algo.
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