Lo que no se nombra (capitulo 8)
Entre el tercer mes de embarazo y el quinto, las cosas avanzaron con una calma engañosa. Alejandro siguió evitando estar a solas con su madre todo lo que pudo, aunque las comidas de los domingos se volvieron cada vez más tensas para él. Laura, por su parte, parecía haber aceptado un rol más discreto. Llamaba menos y, cuando lo hacía, siempre lo hacía en horario seguro. Marta, ajena a todo, seguía ilusionada con la idea de convertirse en “segunda madre” del bebé.
A finales del cuarto mes, Laura llamó un jueves por la tarde. El embarazo era de riesgo. El médico le había recomendado reposo absoluto y le había dado la baja hasta el parto. Cuando lo contó en la comida del domingo, Marta no dudó ni un segundo.
—Entonces nos mudamos contigo —dijo sin titubear—. Así podemos cuidarte. No tiene sentido que estés sola en casa todo el día.
Alejandro se atragantó con el agua. Miró a su madre, que sostenía su mirada con una expresión tranquila, casi serena.
—No hace falta —intentó decir él—. Podemos venir a verte todos los días después del trabajo.
Marta lo miró extrañada.
—Pero si estamos aquí podemos estar pendientes de ella todo el tiempo. Además, así no tiene que hacer esfuerzos. Yo puedo ayudar con la casa y la comida.
Laura sonrió con suavidad.
—Sería una ayuda enorme, la verdad. Pero solo si vosotros estáis cómodos.
Alejandro buscó una excusa, cualquier excusa, pero no encontró ninguna que no sonara rara. Dos días después estaban metiendo sus cosas en la antigua habitación de Alejandro.
La cama seguía siendo la misma de siempre: una cama nido. Dos camas individuales que se podían juntar o separar. Marta no dijo nada cuando la vio, pero Alejandro notó cómo fruncía ligeramente el ceño. No era una cama de matrimonio. Era la cama de un adolescente.
Los primeros días fueron extraños. La casa olía igual que siempre. Laura andaba por ella con ropa ligera, propia del verano. Camisetas anchas pero cortas que se le subían por el vientre redondeado, vestidos sueltos que se pegaban a la piel por el calor, y alguna camisa de Alejandro que se había puesto sin abotonar del todo. Sus pechos habían crecido. La curva del embarazo le marcaba la silueta de una forma que Alejandro intentaba no mirar.
Intentaba no mirar, pero miraba.
La primera noche que intentaron tener sexo, Marta se puso nerviosa desde el principio. Estaban en la cama nido, con la puerta entreabierta porque hacía calor. Cuando Alejandro empezó a besarla y a meterle la mano por dentro de las bragas, ella se tensó.
—Shh… —susurró él contra su cuello.
Marta apartó la cara ligeramente.
—No… no aquí —dijo en voz baja—. Laura está al lado. La pared es fina.
Alejandro siguió besándole el cuello, intentando convencerla con las manos.
—Pone la tele —insistió él—. No va a oír nada.
Marta se escabulló con suavidad, apartándole la mano.
—No puedo —susurró, casi avergonzada—. Me da mucha vergüenza. Es como si… como si fuera mi madre. No puedo hacerlo sabiendo que está ahí.
Alejandro se quedó quieto, respirando contra su hombro. Sintió cómo la frustración le subía por el pecho. Se dio la vuelta sin decir nada y se quedó mirando la pared.
Los días siguientes, la tensión empezó a acumularse de otra forma.
Laura parecía más presente. O quizá era él quien ahora la veía más. Por las mañanas bajaba con una camiseta fina que apenas le cubría el vientre, los pechos pesados moviéndose sin sujetador debajo de la tela. Algunas tardes se sentaba en el sofá con una camisa abierta, el vientre redondo a la vista, y hablaba con ellos como si nada. Alejandro intentaba no mirar, pero sus ojos iban solos hacia la piel tensa del embarazo, hacia la forma en que la tela se abría ligeramente entre los botones.
Y Laura se dio cuenta.
No dijo nada. Pero empezó a dejar que pasaran ciertas cosas. Dejaba la puerta del baño entreabierta más tiempo del necesario cuando salía de la ducha. Se inclinaba más de la cuenta cuando cogía algo del suelo. Y cuando estaban los dos solos en la cocina, se quedaba un segundo más cerca de lo estrictamente necesario, dejando que el olor de su piel llegara hasta él.
Alejandro empezaba a notar que ella lo provocaba. Y lo peor era que no podía hacer nada al respecto.
Una tarde de jueves, Laura anunció que iba a pasar la tarde en casa de los suegros de Marta. Iba a ayudarles con unos papeles y probablemente se quedaría a cenar. Cuando se fue, la casa quedó en silencio.
Alejandro no lo dudó. Apenas habían pasado veinte minutos cuando entró en la habitación y encontró a Marta ordenando ropa. La besó con hambre contenida, la tumbó en la cama nido y le bajó los pantalones cortos sin apenas preliminares. Marta se dejó hacer, aliviada de poder por fin tener un rato sin sentir que Laura estaba al otro lado de la pared.
Sin preliminares, Alejandro la empujó suavemente hacia atrás hasta tumbarla en la cama nido. Le bajó los pantalones cortos y las bragas de un tirón hasta los tobillos, quitándoselos con prisa. Marta abrió las piernas casi por instinto, mostrando su coño ya mojado y hinchado.
Alejandro se desabrochó el pantalón con dedos torpes, sacó su polla gruesa y dura, y la penetró de un solo empujón profundo.
Marta arqueó la espalda y se tapó la boca con una mano para ahogar un gemido. Estaba muy mojada, pero la brusquedad del primer envite la hizo sentir cada centímetro estirándola por dentro. Alejandro empezó a follarla con fuerza, con movimientos rápidos y contundentes. La cama nido crujía suavemente con cada golpe de cadera, un sonido que en ese silencio del piso parecía peligrosamente alto.
Follaron rápido, casi en silencio, con la puerta cerrada pero la tensión vibrando en el aire. Cada embestida era profunda, casi rabiosa. Alejandro descargaba semanas de frustración contenida: las miradas robadas, las noches fingiendo normalidad, el deseo reprimido. La sujetaba fuerte por las caderas, clavándole los dedos mientras su polla entraba y salía con un sonido húmedo y obsceno.
Marta tenía los ojos entrecerrados, mordiéndose el labio inferior con fuerza para no hacer ruido. Cada vez que la cama crujía un poco más, lanzaba una mirada nerviosa hacia la puerta, imaginando a sus padres saliendo al rellano. Esa mezcla de miedo y placer la tenía al límite. Su clítoris rozaba contra el cuerpo de Alejandro con cada golpe, y el placer subió rápido, brutal.
Se corrió primero. Sus paredes internas se contrajeron violentamente alrededor de la polla de él, temblando entera. Apretó la cara contra el hombro de Alejandro, mordiéndose el labio hasta casi hacerse sangre para contener el gemido largo y profundo que quería escapar. Sus piernas se cerraron con fuerza alrededor de las caderas de él, sacudiéndose sin control.
Alejandro aguantó solo unos segundos más. La folló con más intensidad, casi con desesperación, y finalmente se corrió dentro de ella con un gruñido gutural y ahogado contra su cuello. Chorros calientes y espesos la llenaron mientras seguía empujando suavemente, vaciándose por completo.
Cuando terminaron, se quedaron unos instantes unidos, respirando agitados. El semen empezó a escaparse alrededor de su polla todavía enterrada en ella..
Cuando terminaron, Marta se levantó deprisa, todavía con las piernas temblando.
—Voy al baño —susurró, recogiendo su ropa interior del suelo.
Salió de la habitación con sigilo, todavía desnuda de cintura para abajo, y se dirigió al baño del pasillo. Empujó la puerta… y se quedó paralizada.
Laura estaba allí.
Se había olvidado el móvil y había vuelto a por él. Estaba de pie frente al espejo, con una mano apoyada en la barriga. Llevaba un vestido ligero de verano, abierto por delante casi hasta el ombligo por el calor. Cuando vio a Marta medio desnuda, con el pelo revuelto y las mejillas sonrojadas, arqueó una ceja con suavidad.
Marta sintió que se le subía la sangre a la cara de golpe. Intentó cubrirse con las manos, pero era tarde.
—Yo… yo creía que… —balbuceó.
Laura la miró de arriba abajo con calma. Sus ojos se detuvieron un segundo en las marcas rojas que Alejandro le había dejado en los muslos.
—Pensé que os daba vergüenza —dijo Laura con voz baja y tranquila—. Que por eso no hacíais nada cuando yo estaba en casa.
Marta abrió la boca, pero no salió ninguna palabra. La vergüenza le quemaba la cara y el cuello.
Laura dio un paso hacia ella, todavía con la mano en su propio vientre.
—No pasa nada, Marta —continuó, con una sonrisa pequeña y casi maternal—. Sois jóvenes. Es normal que necesitéis… desahogaros. Solo tened cuidado con el ruido. Las paredes son muy finas.
Marta asintió rápidamente, con los ojos bajos. Quería desaparecer. Quería que la tierra se la tragara.
Laura pasó a su lado, rozándole ligeramente el brazo con el suyo.
—Disfrutad —añadió en voz baja, casi como si le diera permiso.
Y se fue, cerrando la puerta del baño con suavidad.
Marta se quedó allí de pie, todavía medio desnuda, con el semen de Alejandro resbalándole por el muslo y la cara ardiendo de vergüenza. No se atrevía a mirarse al espejo.
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