La casa estaba en silencio, como siempre desde que el padre de Alejandro había muerto hacía dos años y medio. Laura tenía cuarenta y seis años y, algunas mañanas, se detenía frente al espejo del baño más tiempo del necesario. Los pechos que antes llevaba altos ahora caían con un peso suave y natural. El vientre conservaba una curva leve que las caminatas no conseguían borrar del todo, y en los muslos se marcaban, muy tenues, las estrías que el embarazo le había dejado. No se miraba con disgusto. Solo observaba, como quien reconoce una casa después de muchos años. Alejandro, a sus veinticuatro, tampoco tenía el cuerpo de quien pasa horas en un gimnasio. Era alto, con los hombros un poco encorvados por las noches frente al ordenador, el pecho cubierto de vello oscuro y una barriga blanda que aparecía cuando se sentaba. La piel pálida de quien estudia demasiado y las manos grandes, un poco torpes, de quien todavía no ha aprendido del todo a tocar lo que desea. Todo empezó sin que ninguno...
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