La campaña (capítulo 15) CON VIDEOS
La mano de Valeria descansaba abierta sobre su pecho, dedos flojos pero posesivos, uñas rozando apenas la piel cada vez que respiraba. Víctor notó el calor húmedo que aún quedaba entre sus piernas, el roce sutil de su pubis contra su muslo cada vez que se movía en sueños. El silencio de la casa era denso, solo roto por el ronquido leve de ella y el leve crujido de la cama cuando uno de los dos cambiaba de postura. No hacía falta hablar. Sus cuerpos ya lo decían todo.
Valeria abrió los ojos despacio, avellana nublados por el sueño y el vino de ayer. No dijo nada. Solo se inclinó y lo besó lento, lengua rozando la suya como si quisiera saborear el sabor que aún quedaba de la noche. Víctor respondió igual, sin prisa, mano subiendo por su espalda hasta enredarse en su pelo revuelto.
Ella se deslizó hacia abajo, besos húmedos por su pecho, abdomen, hasta llegar a su polla ya dura. La tomó en la boca despacio, lengua plana recorriendo la base, succionando suave la cabeza sin llegar a fondo. Víctor soltó un suspiro largo, mano en su nuca guiándola sin forzar. Ella levantó la mirada, ojos fijos en los suyos, y giró el cuerpo hasta colocarse encima, 69 lento. Su coño quedó sobre su boca, labios hinchados rozando su lengua. Víctor lamió despacio, lengua plana de abajo arriba, saboreando el flujo que ya chorreaba. Ella gemía bajito alrededor de su polla, vibración ronca que lo hacía temblar.
—Lent… —susurró ella, voz quebrada—. No em deixis córrer encara…
Víctor obedeció. Lengua en círculos suaves alrededor del clítoris, succiones leves que la hacían arquearse, pero siempre parando antes del borde. Ella hacía lo mismo: chupaba despacio, lengua girando en la cabeza, saliva resbalando por la longitud, pero sin acelerarse. Los dos al filo, respirando agitados, cuerpos temblando de contención.
Después de minutos eternos, Valeria se giró, se colocó a horcajadas sobre su muslo. Empezó a frotarse despacio, coño abierto deslizándose sobre la piel dura, clítoris rozando con cada movimiento. Víctor sintió su humedad caliente extenderse por su pierna, el calor subiendo por su propia polla sin tocarla. Él levantó las manos a sus pechos, los apretó con las palmas abiertas, pezones endurecidos entre sus dedos. Luego bajó la cabeza y tomó uno en la boca, succionando suave mientras ella aceleraba el roce, muslo apretando contra su polla dura.
—Collons… així… —gimió ella, voz ronca—. Frega’t amb les meves tetes…
Víctor obedeció, apretaba los pechos con las manos. Ella ze frotaban sin penetrar, genitales rozando piel, sudor mezclándose, respiraciones sincronizadas. El placer se acumulaba lento, denso, casi doloroso.
Cuando el borde se hizo insoportable, Valeria se colocó encima, guió su polla a su entrada y bajó despacio, centímetro a centímetro. El calor la envolvió, paredes contrayéndose alrededor de él. Empezaron a moverse lento, profundo, controlado. Cada embestida era deliberada, ojos fijos en los ojos del otro.
—No… no todavía… aguanta conmigo —susurró él, voz quebrada.
Valeria temblaba, uñas clavadas en sus hombros.
—Collons… ets cruel… però m’agrada…
Aceleró un poco, luego paró de nuevo. Negación mutua, respiraciones sincronizadas, sudor mezclándose. Cuando ya no pudieron más, ella lo besó profundo.
—Ahora… sí…
Explotaron casi al mismo tiempo: ella contrayéndose alrededor de él en espasmos largos, chorro caliente salpicando sus muslos, él corriéndose dentro con un gruñido ahogado, chorros espesos llenándola mientras seguía moviéndose despacio, prolongando el placer hasta que los dos quedaron temblando, pegados, respirando juntos.
Se quedaron en silencio un rato largo, cuerpos entrelazados, el sol subiendo despacio por la habitación.
Valeria fue la primera en hablar, voz ronca contra su pecho.
—Anit… va ser intens, eh?
Víctor rió bajito, mano acariciándole la espalda.
—Demasiado. Pero me encantó. Había leído de esto en los testimonios, pero experimentarlo es diferente.
Valeria levantó la mirada, ojos avellana serios de repente.
—Com va la campanya?
Víctor suspiró.
—Hay muchos deseos ocultos. Pero nos estamos dando cuenta de que los relatos que tenemos son autocensurados, o autoexcitados. No se reflejan fielmente a lo que queremos saber. Estamos explorando interacciones directas. Noa y ahora Lia se han abierto cuentas de Tinder para provocar interacciones y que los usuarios se abran más orgánicamente.
Ella se tensó un segundo.
—Víctor… la campanya aquesta… Noa i Lia amb Tinder. No em sembla bé que deixis aquesta responsabilitat a nenes tan joves. Hauries de ser tu.
Él se tensó también.
—Creía que te molestaría.
Valeria sonrió torcida.
—¿Per què? Hi ha confiança plena, no?
Víctor tragó saliva. El recuerdo de la llamada con Carla le pinchó el estómago. No le había contado lo del frotamiento oculto. No le había dicho que Valeria se había dejado llevar un poco más de lo que admitió.
Ella notó la pausa.
—¿Què passa?
Víctor respiró hondo.
—Creo que no me has contado toda la verdad de lo que pasó con Carla y los universitarios.
Valeria se quedó quieta un segundo. Luego sonrió lenta, mano bajando por su abdomen hasta rozar su polla aún sensible.
—Ya pagué el precio por no hablar con el atrevimiento de anoche, ¿no? El plug, el taxi, el portal… ¿no et sembla prou càstig?
Víctor sintió el latigazo bajo su mano.
—Fue suficiente… pero sigo pensando en ello.
Ella lo besó suave, cortando la conversación.
—Doncs segueix pensant.
Y con esa frase empezó a masturbarlo despacio, mano envolviendo su longitud, pulgar rozando la cabeza.
—I com els va a la Noa i la Lia amb el Tinder?
Víctor suspiró, voz entrecortada.
—Lia acaba de comenzar, su cometido es seducir a mujeres heterosexuales con fantasías lésbicas.
Valeria aceleró un poco, escupiendo sobre su polla para lubricarla.
—Ets tu qui li has encarregat això, veritat? —Lo dijo como una acusación suave, mientras con la otra mano bajaba por el perineo—. Els homes sempre amb les vostres fantasies i la vostra incredulitat davant la fluïdesa. Si us obríssiu a explorar, segur que trobaríeu plaers que no imagineu.
Víctor jadeó cuando los dedos de ella rozaron su ano.
—Y la Noa…
—Bien. Explora fantasías de dominación con hombres jóvenes —dijo él, voz temblorosa.
Valeria introdujo el dedo índice despacio, sin avisar, mientras seguía masturbándolo con la otra mano.
—Uhm… Cuéntame más, què li diuen?
—De todo… pero no sabemos qué son fantasías ocultas tras un móvil, y cuáles llevaría a la realidad. Esta tarde ha quedado con uno de los contactos en una cafetería para explorar la interacción en persona.
Valeria paró de repente, dedo quieto dentro de él.
—Víctor, no pots deixar que aquesta nena hi vagi sola. Pot ser perillós. Has d’estar-hi tu.
Y con esa frase movió el dedo en círculos intensos, acelerando la masturbación.
Víctor ya no sabía qué contestar, cabeza nublada por la sensación nueva, extraña y caliente que lo invadía. Era su primera vez anal, y tenía que reconocer que le estaba gustando demasiado.
—Sí… sí, lo que tú digas… pero no pares —cerró los ojos, solo para sentir.
—I no hi aniràs sol. Jo vindré amb tu. Tinc molta curiositat per posar-li cara a la Noa.
Aceleró la masturbación y la penetración anal. La mención de Noa trajo a Víctor la imagen de la becaria, blusas semiabiertas, piernas largas.
—Vale… vale… pero el niño…
—No et preocupis, jo truco ara a la Carla.
En la cabeza de Víctor apareció ahora el coño desnudo de su cuñada descubierto por la falda vaquera.
—Me corro, Valeria… me corro…
Valeria paró la masturbación, apretó fuertemente la base de su polla bloqueando la eyaculación y movió intensamente el dedo en círculos dentro de su ano. El orgasmo de Víctor fue como un volcán: cuando finalmente ella liberó el canal, el semen salió a presión directamente a su pecho y barbilla.
—Bé, doncs ja tenim pla per a la tarda —dijo Valeria inocentemente, limpiándose la barbilla con el dorso de la mano.
Se levantó despacio, desnuda, caminando al baño con ese andar que lo volvía loco. Víctor se quedó en la cama, polla aún palpitando sobre su abdomen, la duda de no estar seguro de lo que había aceptado colgando en el aire como humo.
Después de la ducha llamaron a Carla. Ella contestó con voz alegre.
—Hola, parella! ¿Com va tot?
Víctor fue directo.
—Oye… ¿podrías quedarte un día más con Lucas? Seguimos… arreglando cosas.
Carla rió bajito.
— Clar que sí, no hi ha problema. Encantada de quedármelo. El nen está feliz conmigo, ya lo sabes… pelis, pizza, y a dormir tarde. Pero mañana domingo por la mañana Laia y yo vamos a pasar el día a la montaña con él… ¿venís con nosotros? Ostres, sería divertido, ¿no? Sol, aire libre… y quién sabe qué más.
Valeria, desde el baño, gritó.
—Digue-li que sí!
Víctor sonrió.
—Vale. Allí estaremos.
Carla soltó otra risa suave.
—Perfecto. Entonces os recojo mañana temprano. Y disfrutad hoy… que se nota que os queda mucho por “arreglar”. Un beso grande.
Colgó. El día quedaba abierto, cargado de promesas.
Por la tarde llegaron a la cafetería antes que nadie. Era una de esas modernas que habían abierto en el Poblenou: paredes blancas con ladrillo visto, sofás de terciopelo gris en las esquinas, mesas corridas de madera clara llenas de portátiles y tazas de matcha, luces cálidas colgando de cables negros, plantas colgantes que filtraban la luz de la tarde. El sitio olía a café recién molido y a vainilla de algún postre. Música indie suave de fondo, murmullo de conversaciones que no llegaba a tapar el tintineo de cucharillas.
Víctor y Valeria eligieron un sofá en la esquina del fondo, medio oculto por una estantería llena de libros viejos y macetas. Desde allí veían la entrada y casi toda la sala sin ser demasiado visibles. Pidieron dos cafés largos y se sentaron pegados, manos entrelazadas bajo la mesa baja, pulgares rozándose despacio como si eso fuera lo único que necesitaba para calmar los nervios.
Noa entró diez minutos después. Llevaba la falda plisada gris que usaba en la agencia, pero más corta de lo habitual, y una blusa blanca con el primer botón desabrochado, como si hubiera dudado mucho antes de salir de casa. El pelo en coleta baja, mechones sueltos pegados al cuello por el calor de la tarde. Al cruzar la puerta, sus ojos grises barrieron la sala y se detuvieron en ellos un segundo. Sonrió tímida, un gesto rápido y nervioso que desapareció casi al instante, como si se hubiera acordado de que no debía mirarlos directamente. Bajó la mirada y siguió hacia una mesa corrida cerca de la ventana, en la zona de sofás bajos.
El chico llegó poco después. Veintitantos, camiseta negra ajustada que marcaba pecho y brazos, vaqueros rotos en las rodillas, sonrisa confiada pero no agresiva. Se acercó a la mesa de Noa con paso tranquilo, se inclinó para darle dos besos en las mejillas y se sentó enfrente. No hubo abrazo largo ni manos que se buscaran de inmediato. Solo una sonrisa mutua, un poco torpe, y la conversación empezó baja, casi susurrada.
Víctor y Valeria observaban desde su rincón. Noa y el chico estaban a tres mesas de distancia, lo suficientemente cerca para ver los gestos, pero lo suficientemente lejos para que no pareciera que los espiaban. Al principio fue todo muy formal: él preguntando algo, ella respondiendo con la cabeza baja, mejillas subiendo color. Luego él se inclinó un poco sobre la mesa corrida, dijo algo que la hizo reír bajito y taparse la boca con la mano. Noa levantó la mirada un instante, ojos brillantes, y asintió despacio. Se tocaron las manos sobre la mesa, solo las yemas rozándose, como si estuvieran probando hasta dónde llegaba el permiso. Nada más. Ni besos en el cuello, ni caricias abiertas. Solo ese tonteo tímido de dos personas que se acaban de conocer y todavía miden cada gesto.
—Noa… se lo está pasando bien —susurró Valeria, voz ronca, apretando la mano de Víctor bajo la mesa.
Él asintió, pulgar rozando el dorso de su mano.
—Está nerviosa. Pero le gusta.
Valeria sonrió torcida, ojos fijos en la pareja.
—Se nota. Mira cómo baja la mirada cuando él habla… pero no aparta la mano.
Víctor sintió el pulso acelerarse. No era solo ver a Noa; era ver a Valeria observándola, excitada por el juego compartido, por saber que estaban allí juntos, vigilando, participando sin participar. La mano de ella subió un poco por su muslo, dedos rozando la costura de los pantalones.
—¿Te pone verla así? —preguntó bajito, aliento cálido contra su oreja.
Víctor tragó saliva.
—Me pone verte a ti mirándola.
Ella rió suave, uñas arañando levemente la tela sobre su erección.
—Doncs mira bé, amor… perquè això tot just comença.
Siguieron observando. El chico dijo algo que hizo que Noa se sonrojara hasta las orejas y se tapara la cara con las manos. Luego él se inclinó más, voz baja, y ella asintió despacio, mordiéndose el labio. Se tocaron las manos de nuevo, esta vez los dedos entrelazados sobre la mesa corrida. Nada más. Pero el aire entre ellos estaba cargado, como si cada palabra fuera un paso hacia algo que aún no se atrevían a nombrar.
Valeria apretó el muslo de Víctor.
—S’està mullant —susurró—. Es nota en com apreta les cuixes.
Víctor sintió su propia polla latir contra los pantalones.
—Y tú también.
Ella no lo negó. Solo sonrió, mano subiendo más por su muslo.
El móvil vibró en la mesa. Mensaje de Noa: “Encuéntrame en el baño. Por favor”.
Víctor se lo enseñó a Valeria. Ella levantó una ceja, sonrisa torcida, pero no dijo nada. Solo apretó su mano un segundo bajo la mesa, como diciendo “ve”.
Víctor se levantó despacio, pasos tranquilos para no llamar la atención. Cruzó la cafetería entre sofás y mesas corridas, el murmullo de conversaciones y el olor a café recién molido envolviéndolo todo. En la puerta del baño, esperó un segundo. Noa salió casi al instante, mejillas encendidas hasta las orejas, ojos grises brillantes pero huidizos. Llevaba la falda plisada un poco arrugada, como si se hubiera removido mucho en la silla, y la blusa blanca con el primer botón desabrochado dejaba ver el inicio del sujetador de encaje.
—Víctor… està… està molt calent… —susurró en catalán ronco, voz temblorosa, bajando la mirada al suelo—. M’ha explicat les seves fantasies… vol lligar-me, follar-me a poc a poc mentre ploro. M’estic mullant només d’escoltar-lo… no sé què fer…
Sin pensarlo, como si el cuerpo le ganara a la cabeza, tomó la mano de Víctor y la guió rápido bajo su falda, colocándola contra sus bragas empapadas. El calor húmedo se sintió al instante a través de la tela fina, un pulso caliente que le latió en la palma. Noa temblaba, ojos cerrados, respiración agitada, como si estuviera a punto de romperse.
Víctor retiró la mano despacio pero firme, voz baja y grave.
—No. Está mi mujer aquí. Recuerda que esto es trabajo. Dile que no, y vete a casa.
Noa abrió los ojos, vidriosos, sonrisa torcida y vulnerable.
—Es trabajo… i a tu també t’agradarà el treball, ja ho veuràs…
Volvió a la mesa decidida, dijo algo al chico en voz baja. Él sonrió, se levantó. Pasaron por delante de Víctor, entraron al baño y se encerraron en un cubículo. Los ruidos empezaron casi de inmediato: gemidos ahogados, golpes suaves contra la pared, respiración acelerada.
Valeria apareció un segundo después, caminando con discreción desde el sofá. Se colocó al lado de Víctor, rozándole ligeramente la mano con la suya. Su perfume se mezcló con el olor a alcohol y sudor del local.
—Escolta com gemega… —susurró, con la voz ronca y el aliento caliente contra su oreja.
Víctor tragó saliva. Los gemidos de Noa al otro lado del pasillo eran inconfundibles: roncos, repetitivos, cada vez más altos. Se oía claramente cómo alguien la follaba contra la pared.
—Como tú anoche —respondió él en voz baja.
Se miraron. Durante un segundo hubo una risa cómplice, casi de complicidad. Pero los ojos se les oscurecieron al mismo tiempo. No hacía falta decir nada más.
Valeria cogió a Víctor de la mano y tiró de él hacia el fondo del pasillo, donde estaban los baños. El cubículo de al lado seguía ocupado. Los gemidos de Noa eran cada vez más claros, más descarados. “Més fort… joder… així…”. Cada palabra se colaba por debajo de la puerta.
Encontraron un cubículo libre casi al final. La puerta estaba algo torcida y apenas cerraba del todo; quedaba una rendija por la que entraba un dedo de luz del pasillo. En cuanto entraron, Valeria cerró el pestillo con cuidado, aunque ambos sabían que no servía de mucho.
Víctor la giró contra la pared fría del cubículo. Le subió el vestido hasta la cintura de un tirón y metió la mano entre sus piernas. Valeria estaba empapada. Dos dedos se deslizaron dentro de ella con facilidad. Ella soltó un gemido ahogado y se tapó la boca con la mano.
—Calla… —susurró él contra su cuello.
Se bajó los pantalones y los calzoncillos con una mano, se agarró la polla y la frotó un par de veces contra su entrada antes de empujar. Entró de golpe, hasta el fondo. Valeria se mordió la mano para no gritar. El cubículo era estrecho, incómodo. Víctor tuvo que flexionarse un poco para poder follarla en esa posición. Cada embestida hacía que la puerta temblara ligeramente.
Al lado, los gemidos de Noa se habían vuelto más intensos. Se oía claramente cómo alguien la follaba con fuerza contra la pared. “Més… més fort… si us plau…”. El sonido húmedo de piel contra piel se filtraba con claridad.
Víctor follaba a Valeria con movimientos cortos y profundos, intentando no hacer demasiado ruido. Ella tenía la frente apoyada contra la pared fría, respirando entrecortadamente por la nariz, con la mano todavía tapándose la boca. Cada vez que Noa gemía más fuerte, Valeria se contraía alrededor de su polla.
Cambió de posición. La sentó en el váter, le abrió las piernas y se colocó entre ellas.
Esta postura era aún más incómoda: las rodillas de Víctor chocaban contra el inodoro y tenía que agacharse bastante. Valeria se agarró al borde del váter y arqueó la espalda. Víctor la penetró de nuevo, esta vez más profundo. Ella soltó un gemido más alto de lo que pretendía.
—Shhh… —le advirtió él, tapándole la boca con la mano.
Al lado, Noa seguía. Sus gemidos eran cada vez más rotos, más desesperados. Se oía claramente que se estaba corriendo. “Me corro… joder… me corro…”. El sonido de su orgasmo fue largo y gutural.
Víctor sintió que algo se le tensaba en el estómago. Follar a Valeria escuchando a Noa correrse al lado era demasiado. Sacó la polla, la levantó de nuevo y la colocó de pie, con una pierna levantada y apoyada en el borde del váter. La posición era precaria, casi inestable. Tuvo que sujetarla por la cintura mientras la penetraba de nuevo.
Esta vez folló más rápido, más sucio. La puerta del cubículo vibraba con cada embestida. Valeria ya no se tapaba la boca. Gemía bajito, casi sin voz, con la cabeza echada hacia atrás. Cada sonido que venía del cubículo de al lado parecía excitarla más.
—Víctor… —susurró, casi sin aire—. Me voy a correr…
Él la folló más fuerte, clavándole los dedos en la cadera. Valeria se corrió con un gemido ahogado, mordiéndose el labio inferior con fuerza. Su coño se contrajo alrededor de su polla en espasmos fuertes y rítmicos. El apretón fue demasiado. Víctor se corrió segundos después, enterrado hasta el fondo, con un gruñido contenido contra su cuello. Chorros calientes la llenaron mientras ella seguía contrayéndose alrededor de él.
Se quedaron así unos segundos, temblando, sudados, intentando recuperar el aliento. El cubículo olía a sexo, a sudor y a un leve rastro de nata y alcohol.
Del cubículo de al lado ya no se oían gemidos. Solo respiraciones agitadas y, unos segundos después, el sonido de la cisterna.
Valeria fue la primera en moverse. Se bajó el vestido con manos temblorosas y se pasó una mano por el pelo. Lo miró con los ojos todavía vidriosos.
—Sortim —susurró.
Víctor asintió. Se subió los pantalones, abrió la puerta del cubículo con cuidado y salieron al pasillo. Nadie los miró. O al menos eso quisieron cree
El bar seguía igual: gente con portátiles, risas lejanas, el olor a café y vainilla flotando como si nada hubiera pasado. Volvieron al sofá, manos entrelazadas, respiraciones aún agitadas.
Valeria lo miró, ojos brillantes.
—Collons… ha estat…
Víctor sonrió, voz ronca.
—Intens. Como todo lo que hacemos últimamente.
Ella apretó su mano.
—Y aún no ha terminado.
Se quedaron allí un rato más, observando cómo Noa y el chico salían del baño minutos después, ella con las mejillas encendidas, él con sonrisa satisfecha. Noa no los miró. Solo se fue con él hacia la salida, mano rozando la de él.
Víctor y Valeria se miraron. Rieron bajito. Y se fueron también. Cenaron un frankfurt en un puesto callejero, riendo bajito.
—Se lo estaba pasando en grande —dijo Valeria, voz ronca.
Víctor asintió.
—Y nosotros al lado… escuchando.
Ella sonrió torcida, los ojos aún brillantes.
—M’ha posat molt… saber que tu estaves aquí amb mi.
Al volver a casa, Víctor se dejó caer en el sofá del salón con un suspiro largo. Encendió la televisión sin volumen y se quedó mirando la pantalla sin realmente verla. Estaba relajado, exhausto y profundamente satisfecho. El olor a alcohol, sudor y sexo todavía le impregnaba la ropa.
Entonces apareció Valeria en el umbral del salón.
Se había cambiado. Llevaba una falda plisada gris que había sacado de algún cajón olvidado (una de las que usaba cuando era más joven), una blusa blanca sencilla abotonada hasta arriba y el pelo recogido en una coleta baja, algo deshecha. Se había puesto el perfume vainilla barato que solía usar Noa y que ella tenía guardado en un cajón desde hacía meses. El contraste era deliberado: intentaba parecer más joven, más tímida, más sumisa.
Se quedó de pie en la entrada, con las manos entrelazadas delante de ella y la mirada baja. Cuando habló, su voz salió temblorosa, casi ensayada:
—Senyor Víctor… què vol que faci?
Víctor soltó una risa baja, pensando que era una broma. Pero la risa se le cortó en seco cuando levantó la vista y vio sus ojos.
No había solo juego. Había fuego. Un brillo oscuro, caliente y decidido. Valeria estaba nerviosa, sí, pero también estaba excitada de verdad.
Víctor se incorporó lentamente en el sofá. Su voz bajó, grave y dominante:
—Entra.
Valeria entró en el salón con pasos pequeños. Las rodillas le temblaban ligeramente. El rol no le salía perfecto —se notaba que estaba forzando un poco la timidez—, pero precisamente eso lo hacía más excitante.
Se detuvo frente a él y bajó aún más la mirada.
—He sido mala… —susurró, tartamudeando un poco—. No he hecho bien mi trabajo esta noche. Castígueme, senyor.
Víctor se levantó despacio. Se acercó a ella, le agarró la nuca con firmeza y la obligó a arrodillarse en el suelo. Valeria bajó sin resistencia, aunque su respiración se había acelerado.
—Buena chica… —dijo él, rozándole el labio inferior con el pulgar—. Pero solo porque eres tú.
La folló con intensidad desde el primer momento.
La levantó del suelo y la empujó contra la pared del salón. Le subió la falda hasta la cintura, le bajó las bragas de un tirón y la penetró de una sola embestida profunda. Valeria soltó un gemido ahogado y se agarró a sus hombros.
—Más profundo… —ordenó Víctor contra su cuello, follándola con golpes secos y fuertes—. Abre más las piernas.
Valeria obedeció al instante, separando los pies todo lo que pudo.
—Sí, senyor… —gimió, voz rota—. Faci’m el que vulgui…
Víctor la follaba con fuerza, sujetándola por las caderas. Cada embestida hacía que su cuerpo chocara contra la pared. Valeria gemía sin control, repitiendo entre jadeos:
—No em deixi… si us plau… no em deixi…
La cambió de posición. La puso de rodillas frente al sofá, le agarró la coleta y le metió la polla en la boca sin avisar.
Valeria abrió la boca de inmediato y la aceptó hasta donde pudo.
—Chúpamela bien —ordenó él, moviendo las caderas—. Más adentro. Quiero sentir cómo te la tragas.
Valeria intentaba complacerlo, con los ojos llorosos y la saliva chorreándole por la barbilla. Cada vez que él empujaba más profundo, ella emitía un sonido ahogado y gemía alrededor de su polla.
La levantó de nuevo y la llevó al sofá.
La tumbó de espaldas, le abrió las piernas de golpe y volvió a penetrarla. Esta vez la folló con más fuerza, apoyando las manos a ambos lados de su cabeza. El sofá crujía con cada embestida.
Valeria tenía las piernas temblorosas. Cada vez que él entraba hasta el fondo, ella soltaba un gemido entrecortado:
—Sí, senyor… més fort… faci’m el que vulgui…
Víctor estaba sudoroso, concentrado, casi salvaje. La follaba como si necesitara poseerla por completo. Valeria se había entregado por completo al rol, pero en sus ojos se veía que estaba disfrutando de verdad.
Cuando sintió que estaba cerca, la sacó de golpe, se sentó en el sofá y la obligó a subirse encima de él. Valeria se montó sin dudar, se agarró a sus hombros y empezó a moverse arriba y abajo con desesperación.
—Así… —gruñó Víctor, agarrándole las caderas con fuerza—. Muévete. Fóllame tú ahora.
Valeria lo montaba con fuerza, gimiendo sin control. Tenía el pelo suelto de la coleta, la blusa abierta y las mejillas completamente rojas.
—Senyor… —jadeaba—. Me corro… em corro…
Se corrió primero. Fue un orgasmo intenso: el cuerpo le tembló entero encima de él, las piernas le fallaron y se dejó caer hacia delante, mordiéndole el hombro para no gritar. Víctor la sujetó por las caderas y siguió follándola desde abajo, rápido y profundo, hasta que él también se corrió con un gruñido ronco, llenándola por segunda vez esa noche.
Se quedaron así varios segundos, abrazados, temblando, sudados y respirando con dificultad. Valeria tenía la cara escondida en su cuello. Víctor le acariciaba la espalda con lentitud, todavía dentro de ella.
Cuando por fin se calmaron, Valeria se apartó un poco y lo miró a los ojos. Tenía el pelo pegado a la frente por el sudor y una expresión extraña, entre satisfecha y vulnerable.
Víctor le pasó un dedo por la mejilla y habló con la voz todavía ronca:
—Me ha encantado… que te hicieras pasar por otra y asumieras esa personalidad. Me ha puesto mucho.
Valeria lo miró fijamente durante unos segundos. Luego, con la respiración todavía agitada, le preguntó en voz baja:
—A mí también… pero dime la verdad: ¿te hubiera gustado más que fuese Noa de verdad?
Víctor la miró, sincero y casi ofendido por la pregunta.
—No —respondió sin dudar—. Me ha puesto porque eras tú. Porque eras mi mujer haciendo eso por mí.
Valeria sonrió lentamente. Una sonrisa pequeña, oscura y cargada de intención. Todavía encima de él, con su semen resbalándole por dentro de los muslos, se inclinó hacia delante hasta que sus labios rozaron los de Víctor y susurró:
—¿Y si fuese yo y Noa a la vez?





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