La campaña (capítulo 16) CON VIDEOS

El telefonillo sonó a las nueve en punto. Víctor se acercó al aparato, voz aún ronca del sueño y del sábado.
—¿Sí?
—Somos nosotras —dijo Carla desde abajo, alegre—. ¿Bajáis o subimos a por vosotros?
Víctor miró hacia el pasillo. Valeria aún no había salido del baño.
—Bajamos en cinco minutos. Valeria todavía no está lista.
—Tranquilo, cuñado. No tenemos prisa —rió Carla—. Pero avisa a tu mujer que hoy hace calor… que se ponga algo ligero.
Víctor colgó y fue al baño. Valeria salió justo entonces, leggings negros ajustados que marcaban cada curva de muslo y culo, camiseta técnica fina que se pegaba a los pechos, pelo recogido en coleta alta. Se miró en el espejo del pasillo un segundo, ajustándose las gafas.
—¿Lista para ver cómo se divierten los jóvenes? —preguntó, sonrisa torcida.
Víctor sintió el pulso acelerarse.
—Más que lista.
Bajaron. Carla esperaba junto al coche, leggings deportivos que abrazaban sus caderas anchas, top ajustado que dejaba ver el ombligo y el inicio del escote. Laia estaba a su lado, shorts cortos vaqueros que mostraban piernas largas y bronceadas, camiseta crop blanca que dejaba ver el piercing del ombligo y el contorno de los pechos pequeños pero firmes. Lucas corría alrededor del coche, mochila de dinosaurios colgando. Y al lado de Laia, un chico muy joven: veintipocos, pelo revuelto, camiseta ajustada, sonrisa tímida pero confiada. Pau, el novio-amante actual de Laia.
Carla lo presentó sin darle mucha importancia.
—Pau se quedó ayer a dormir en casa y se ha apuntado a la excursión. ¿Verdad, chicos?
Laia rió, dándole un beso rápido en la mejilla a Pau.
—Se porta bien… y baila fatal, pero compensa en otras cosas.
Pau se sonrojó, pero sonrió. Víctor y Valeria intercambiaron una mirada rápida. Carla guiñó un ojo.
—Subid. Hoy conduce Víctor.
Iban en el SUV de siete plazas de Victor. Pau y Laia se sentaron atrás del todo, Lucas en el medio con Valeria para entretenerlo con juegos y canciones. Víctor al volante, Carla de copiloto.
En cuanto salieron de la ciudad, Laia y Pau empezaron a besarse discretamente atrás. Primero besos suaves en el cuello, luego manos que se buscaban bajo la camiseta de ella, dedos rozando muslo de él. Nada escandaloso, pero lo suficiente para que se notara: respiraciones aceleradas, risitas ahogadas, el asiento de atrás crujiendo un poco.
Carla lo vio por el retrovisor. Pezones endureciéndose bajo el top, piernas apretadas, mano rozando el muslo propio como si quisiera calmar algo. Víctor también lo notó: erección creciendo contra los pantalones, volante apretado en las manos. Se miraron un segundo por el retrovisor. Carla sonrió felina, sin decir nada. Valeria, desde el medio, entreteniendo a Lucas con un cuento, también lo vio. No dijo nada
El trayecto fue largo y silencioso por fuera, cargado por dentro.
Llegaron a la montaña a media mañana. Sendero boscoso, sol filtrado por pinos, olor a tierra húmeda y resina. Lucas corría delante con Laia y Pau, riendo, salpicándose en un riachuelo pequeño. Los tres adultos caminaban atrás, más despacio.
Carla fue la primera en hablar.
—¿Qué, germana? ¿Te molesta que Laia viva lo que nosotras ya no?
Valeria sonrió juguetona, sin dejar de mirar al frente.
—No em molesta… em motiva.
Carla rió bajito.
—Pues menos mal. Porque yo estoy que me subo por las paredes viéndola.
Víctor sintió el pulso en las sienes, pero no dijo nada. Solo caminó entre las dos, polla sensible rozando la tela con cada paso.
En un claro con vistas, pararon a descansar. Manta en la hierba, bocadillos, cerveza fresca. Lucas quería jugar en el río. Valeria se ofreció a llevarlo a una fuente cercana (“ven, amor, vamos a por agua fresca”). Laia y Pau bajaron al riachuelo, agua helada salpicando, risas convirtiéndose en besos. 
Camisetas mojadas pegándose al cuerpo: pezones duros de Laia marcados bajo la tela fina, shorts de Pau dejando ver la erección creciente. El juego se volvió más sexual: manos bajo la camiseta, besos profundos, y poco a poco se escondieron tras unos arbustos.
Carla los observó desde la distancia, de pie junto a un árbol, brazos cruzados bajo el pecho como si quisiera contener algo que se le escapaba. Las piernas ligeramente abiertas para mantener el equilibrio en la pendiente, pero los muslos apretados, el peso cambiando de un pie a otro en un balanceo casi imperceptible. La respiración le subía y bajaba más rápido de lo normal, el top deportivo marcando los pezones endurecidos contra la tela fina. Víctor se acercó despacio, pasos silenciosos sobre la hierba seca.
—¿Otra vez de voyeur de tu hija? —preguntó en voz baja, deteniéndose a su lado.
Carla se sonrojó, pero no apartó la mirada del rincón donde Laia y Pau habían desaparecido tras los arbustos.
El sonido del agua salpicando y las risitas ahogadas llegaba amortiguado.
—No sé si lo que me pone es el chico joven… o que esté con mi hija —susurró, voz ronca—. ¿Estoy enferma?
Víctor negó con la cabeza, voz baja y calmada.
—No. Son solo fantasías.
Carla giró la cabeza hacia él, ojos oscuros clavados en los suyos un segundo de más.
—¿Tú también fantaseas? Antes he visto cómo te ponías en el coche… ¿fantaseas con tu sobrina?
Víctor intentó defenderse, voz baja.
—Es la situación… no es…
Carla no lo dejó terminar. Empujó el culo hacia atrás despacio, encontrando su erección. El contacto fue eléctrico: leggings finos contra vaqueros, calor que se transmitía al instante. Uff… esto me recuerda a la otra noche, con los chavalines de derecho —dijo mientras movía el culo en círculos lentos, deliberados, sobre él—. Cómo se frotaban contra la Valeria.
Víctor se quedó inmóvil un segundo. ¿Frotaban en plural? ¿No era uno? El pensamiento le golpeó como un latigazo, pero el cuerpo ya había respondido: polla latiendo dura contra la curva de su culo, manos temblando a los lados.
Carla siguió moviéndose, despacio al principio, solo un balanceo sutil que podía pasar por un cambio de postura inocente. Víctor sintió el calor subirle por el cuello. Luego, sin pensarlo, colaboró: colocó las manos en sus caderas desde atrás, dedos clavándose ligeramente en la tela, y empujó hacia delante con un movimiento controlado. Carla soltó un gemido bajito, casi inaudible, cabeza echada hacia atrás hasta rozar su hombro.
Él subió las manos despacio, palmas abiertas sobre sus costados, hasta llegar a los pechos. Los apretó suave pero firme, pulgares rozando los pezones endurecidos por encima del top. Carla arqueó la espalda, empujando más fuerte contra él, culo moviéndose en círculos más amplios, respiración entrecortada.
—Collons… Víctor… —susurró, voz quebrada—. No pares… solo un poco más…
Víctor pellizcó los pezones con delicadeza, sintiendo cómo se ponían más duros bajo sus dedos. Su polla latía contra la raja de su culo, leggings tan finos que casi sentía la humedad que se filtraba de ella. Carla empujaba hacia atrás con más fuerza, un gemido ronco escapando entre dientes.
En esto se oyó el grito de Lucas desde lejos, claro y alegre: —¡Mamá! ¡Ven a ver los peces!
Se separaron de golpe. Carla se ajustó el top con manos temblorosas, pezones aún marcados como piedras bajo la tela. Víctor se recolocó los pantalones, erección dolorosa contra la cremallera. Los dos respiraban agitados, mirándose un segundo con ojos oscuros.
Carla fue la primera en hablar, voz ronca pero intentando sonar normal.
—Vamos… que el nen nos espera.
Víctor asintió, sin palabras. Se giraron y caminaron hacia el río, el calor todavía latiendo entre ellos, la promesa de lo que acababa de pasar colgando en el aire como humo.
Gritaron a Laia que regresara a comer. La tensión se quedó allí, suspendida, sin resolver.
La manta extendida en la hierba aún olía a pino y tierra húmeda. Lucas masticaba feliz, con migas pegadas a la comisura, ajeno al aire cargado que flotaba entre los adultos.
Valeria dio un sorbo largo a su cerveza, miró a Laia y Pau sentados frente a ella, y preguntó con tono casual, como quien habla del tiempo:
—Oye, Laia… ¿sois novios o algo así?
Laia rió, encogiéndose de hombros, camiseta aún húmeda pegada al cuerpo.
—No, tía. Solo amigos. Como muchos que tengo. Hay que disfrutar, ¿no? Por ejemplo, la otra noche me lié con otro en una fiesta donde estaba el Pau… y no pasa nada. No tiene que molestarle.
Pau se sonrojó hasta las orejas, pero intentó sonreír, mirando al suelo, cohibido por la presencia de toda la familia.
Carla levantó la vista de su lata, sonrisa torcida pero con un filo que todos notaron.
—¿Y tú, Pau? ¿Estás abierto a enrollarte con otra aunque la Laia esté delante?
El chico tragó saliva, voz baja.
—Eh… supongo que sí. Si ella está de acuerdo… no veo por qué no.
Valeria intervino, voz ronca pero tranquila, mirando fijo a Víctor.
—A los cuarenta también se puede… si hay confianza plena. Puedes mirar. Puedes incluso… compartir. Sin romper nada.
Carla levantó los ojos hacia su hermana, sonrisa torcida pero con un matiz amargo que se le escapó.
—¿Confianza plena? Eso suena… peligroso. Mi ex me abrió la relación sin avisarme… y mira cómo acabó. Yo me quedé con la niña y él con la libertad. Así que ahora… disfruto cuando puedo.
Valeria se encogió de hombros, mano rozando el muslo de Víctor bajo la manta.
—Peligroso es no tenerla. Si la tienes… puedes jugar. Sin miedo.
Laia rió, ajena a la corriente subterránea.
—Joder, tía… qué intensa te has puesto. ¿Eso incluye a los sobrinos o solo a las amigas?
Carla se atragantó con la cerveza, tosió, rió para disimular. Pero el rubor le subió hasta las orejas.
—No seas bruta, Laia. Aunque… quién sabe. A lo mejor la confianza plena también sirve para eso.
Valeria levantó la cerveza hacia su hermana, como un brindis silencioso.
—Exacto. Menos mal que hay confianza plena.
Bebieron. El sol siguió bajando. Y en ese silencio que quedó después de las risas, todos sintieron —sin decirlo— que algo acababa de plantarse en el centro de la manta. Algo que no tenía nombre todavía. Pero que ya empezaba a crecer.
Lucas levantó la vista del bocadillo.
—¿Qué pasa? ¿Por qué os calláis?
Valeria le revolvió el pelo.
—Nada, amor. Cosas de mayores.
Carla miró a su hermana un segundo de más. Luego a Víctor. Luego al horizonte.
—Pues menos mal que hay confianza plena —repitió en voz baja—. Porque si no… esto sería un desastre.
Valeria sonrió lenta.
—Exacto. Menos mal.
La vuelta a casa empezó con el sol ya bajo, el cielo naranja y violeta filtrándose entre los árboles. Carla conducía el SUV de Víctor, Pau copiloto, todavía con la camiseta húmeda del río y una sonrisa que intentaba ser relajada pero salía cohibida. Laia y Lucas en la fila del medio, jugando con un juego del móvil que hacía ruidos de explosiones y risas enlatadas. Víctor y Valeria atrás del todo, en la última fila, el espacio estrecho obligándolos a pegarse muslo contra muslo.
Valeria se inclinó hacia Víctor, cabeza apoyada en su hombro, mano bajando despacio por su muslo hasta rozar la bragueta. Lo hizo con lentitud deliberada, dedos arañando la tela sobre la erección que ya latía desde la montaña.
—¿Què va passar quan vau anar a buscar aigua?—susurró, voz ronca, casi inaudible por encima de la música baja y las risas de Lucas.
Víctor tragó saliva, voz baja para que Carla no oyera desde delante.
—Laia y Pau se pusieron a jugar en el río. Ya sabes, camisetas pegadas, pezones duros… se escondieron tras unos arbustos. Y Carla los espiaba desde lejos. 
Valeria no se movió, pero su mano apretó un poco más la tela sobre su polla.
—¿Y qué más?
Víctor bajó la voz aún más.
—Carla me dijo que en el pub el jueves había más de un universitario frotándose con tu culo. Que no era solo uno.
Valeria no lo negó ni lo afirmó. Solo sonrió torcida, ojos avellana fijos en los suyos.
—Ya pagué prenda por lo mío… 
Víctor jadeó bajito cuando los dedos de ella apretaron la base de su polla, bloqueando cualquier alivio.
—Lo que te preguntaba es… ¿qué hacías tú mientras Laia se enrollaba con Pau y Carla los espiaba?
Víctor se quedó callado. El recuerdo del roce con Carla —culo contra erección, pecho en su mano— le golpeó como un latigazo. No contestó.
Valeria acercó la boca a su oreja, aliento caliente.
—Si no quieres hablar… tendrás que pagar prenda. Y no va a ser barato.
Su mano se quedó quieta sobre la bragueta, sin moverse, solo presionando lo suficiente para que él sintiera el pulso latiendo contra sus dedos. No lo masturbó más. No lo dejó correrse. Solo lo mantuvo al borde, respirando agitado, mientras el coche seguía avanzando por la carretera.
Delante, Carla seguía hablando con Pau, voz juguetona pero con un filo que se notaba.
—¿Y tú qué haces cuando no estás con mi hija, Pau? ¿Te portas bien o también tienes tus “amigas”?
Pau tartamudeó algo inaudible, sonrojado. Laia rió desde atrás, sin dejar de jugar con Lucas.
Víctor y Valeria se quedaron en silencio atrás, su erección latiendo sin alivio bajo la mano quieta de ella. El viaje siguió, el sol se puso del todo, y la prenda quedó colgando entre ellos como una promesa que quemaba.
Cuando llegaron a casa, la tensión no se había disipado. Solo se había acumulado más. Cena rápida: pasta con tomate, risas con Lucas, cuentos para dormir. Acostaron al niño juntos. Cuando la puerta de su habitación se cerró, Víctor pensó que era el momento: la prenda iba a cobrarse.
Valeria entró al baño, abrió la ducha. Victor se levanto y la siguió
—No entris —dijo desde dentro, voz ronca—. Avui no. Dorm bé… perquè dilluns necessitaràs forces.
Víctor se quedó en el salón, polla dura contra los pantalones, la duda y la excitación latiendo juntas. El móvil vibró en la mesita. Mensaje de Elena.
“Víctor, os hemos echado de menos en la playa hoy. Mira qué bien lo hemos pasado 😏”
Adjunta una foto: Elena y Marta en primer plano, junto a otras dos madres y un padre que sujetaba a los niños en la arena. Los niños en bañador, corriendo hacia el agua. Elena con pantalones cortos vaqueros y top de bikini negro que apenas contenía sus tetas pesadas, sonrisa amplia y ojos brillantes. Marta con shorts deportivos y camiseta de tirantes blanca empapada de sudor (o agua), curvas marcadas, pechos generosos tensando la tela, mirada directa a la cámara como si supiera que la estaban mirando.
Contestó rápido, dedos temblando un poco:
“Lo siento, se me olvidó completamente. Ni se lo consulté a Valeria. Pero viendo lo bien que lo habéis pasado, no me pierdo la siguiente. 😉”
Víctor abrió la foto más grande. El pulso le subió a las sienes. Elena: curvas generosas, piel bronceada, esa risa que llenaba el patio del cole. Marta: piernas tonificadas, pecho que desbordaba la camiseta, esa libertad post-divorcio que se notaba en cada gesto. Y las otras dos madres al fondo, también en bikini y shorts, cuerpos maduros que no escondían nada.
Se bajó la cremallera despacio, mano envolviendo la longitud caliente. Empezó a masturbarse lento, ojos fijos en la foto. Pensó en Elena riendo en el patio, en cómo sus tetas rebotarían si la follara contra la pared del gimnasio. En Marta divorciada, libre, tocándose sola pensando en alguien como él. En Carla empujando el culo contra él en la montaña, gemido bajito. En Laia con camiseta mojada, pezones duros, escondida con Pau. Y en Valeria… negándole la ducha, “dilluns necessitaràs forces”.
Aceleró sin querer, respiración entrecortada. Se corrió con un gruñido ahogado, semen espeso salpicando su abdomen y la camiseta. Se quedó allí, jadeando, mirando la foto. Culpa inmediata: ¿Qué coño estoy haciendo? Pero la polla seguía latiendo, y la prenda de Valeria seguía colgando.
Apagó el móvil y lo dejó en la mesita. Se limpió con un pañuelo de papel, manos temblando un poco. Subió a la cama, donde Valeria ya estaba de espaldas, respirando profunda y regular. Se acostó a su lado sin tocarla. 



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