La campaña (capítulo 2) CON VIDEOS
La luz pálida del sábado entraba por las rendijas de la persiana, gris y suave, como si el día aún no se hubiera decidido a empezar. Valeria abrió los ojos primero. Su melena castaña estaba revuelta sobre la almohada, las mejillas todavía sonrosadas por el calor de la noche anterior. Víctor ya llevaba un rato despierto, apoyado en un codo, observándola. Había algo en su mirada que no era solo deseo: era una ternura cruda, casi dolorosa, que no recordaba haber sentido en años.
Lucas seguía con Carla. La casa era solo de ellos. Por unas horas, no existía nada más.
Valeria se giró despacio hacia él. Sus ojos avellana brillaron con una mezcla de sueño y deseo. Sin decir nada, le pasó un brazo por la cintura y se pegó a su cuerpo, piel contra piel. El calor de ella era reconfortante, familiar y, al mismo tiempo, nuevo.
—Bon dia… —murmuró contra sus labios, voz ronca y cálida.
Lo besó despacio, profundo, saboreando el sueño y el resto de deseo que aún quedaba entre ellos. Víctor respondió con la misma urgencia contenida, una mano en su nuca, la otra bajando por su espalda hasta agarrarle la cadera. Sus lenguas se enredaron con calma, explorándose, mordiéndose suavemente.
El beso se volvió más húmedo, más necesitado.
Víctor le quitó la camiseta con suavidad, casi con reverencia. Sus pechos se derramaron, pesados y naturales, cayendo ligeramente a los lados. Los tomó con las palmas abiertas, sintiendo su peso, su calor.
Sus pulgares rozaron los pezones hasta que se endurecieron bajo su tacto. Bajó la cabeza y capturó uno con la boca, succionando despacio, lamiendo círculos amplios alrededor de la aureola. Valeria suspiró largo, arqueando la espalda, ofreciéndose más.
—Víctor… —susurró, voz temblorosa.
Él bajó la mano entre sus muslos y la encontró completamente empapada. Sus dedos se deslizaron con facilidad entre sus labios hinchados, recogiendo su humedad. Acarició su clítoris con lentitud, trazando círculos suaves mientras seguía chupando su pecho. Valeria abrió más las piernas, empujando las caderas contra su mano.
—Més… entra, si us plau…
Víctor se colocó entre sus piernas. Frotó la cabeza gruesa de su polla contra su entrada resbaladiza, empapándola, torturándola con la espera. Cuando por fin empujó, lo hizo centímetro a centímetro, muy lento, sintiendo cómo sus paredes calientes se abrían para él, abrazándolo. Entró hasta el fondo y se quedó allí, quieto, disfrutando de la sensación de estar completamente dentro de ella.
Valeria le rodeó la cintura con las piernas, uñas clavadas suavemente en su espalda, pero sin fuerza. Solo quería tenerlo cerca.
—Collons… així… —gimió, mirándolo a los ojos—. Molt profund…
Empezaron a moverse juntos, sin prisa. Cada embestida era lenta y deliberada, saliendo casi por completo antes de volver a hundirse hasta el fondo. El sonido húmedo y suave de sus cuerpos llenaba la habitación. Víctor le besaba el cuello, la clavícula, volvía a sus pechos, succionando y mordisqueando mientras seguía follándola con ese ritmo profundo.
Valeria le acariciaba la espalda, los hombros, el pelo. Sus gemidos eran bajos, roncos, entrecortados.
—Víctor… em fas sentir tan plena…
Él aceleró solo un poco, frotando su pubis contra su clítoris con cada movimiento. Valeria empezó a temblar. Sus paredes se contrajeron alrededor de él en espasmos cada vez más fuertes. Arqueó la espalda, clavándole las uñas con más fuerza.
—Estic a punt… no paris…
Su orgasmo llegó como una ola lenta pero intensa. Todo su cuerpo se tensó, temblando entre sus brazos, un chorro caliente salpicando su abdomen mientras su coño lo ordeñaba con contracciones profundas y rítmicas. Víctor aguantó todo lo que pudo, pero el apretón fue demasiado. Se corrió dentro de ella con un gruñido bajo y prolongado, chorros espesos y calientes llenándola hasta desbordar. Siguió moviéndose despacio, muy despacio, prolongando el placer de los dos hasta que los espasmos cesaron.
Se quedaron así un rato largo, pegados, respirando juntos. Valeria le besó el cuello con suavidad, los labios temblando un poco.
—Ha estat… bonic —susurró—. No sé què ha passat aquesta nit, però… m’agrada.
Víctor no respondió. Solo la abrazó más fuerte, sintiendo su corazón latir contra el suyo. Por primera vez en mucho tiempo, no había prisa por separarse.
Bajo la ducha, siguieron jugando: sus manos enjabonando sus pechos, los dedos de ella envolviendo su polla, masajeándola con lentitud mientras el agua caía caliente sobre ellos.
Mientras le enjabonaba la espalda, Víctor murmuró contra su oído:
—Hoy en la agencia hemos empezado una campaña nueva… “deseos reprimidos”. Todo el día hablando de límites, de cosas que la gente no se atreve a decir en voz alta.
Valeria se giró despacio, el agua resbalando por su cuerpo, ojos brillantes. Le pasó los brazos por el cuello, pegándose más.
—¿Y tú? —preguntó, voz baja, con un matiz curioso que rozaba lo peligroso—. ¿Qué piensas tú de eso?
Víctor sonrió, la mano bajando por su vientre, rozando justo encima del monte de Venus.
—Pienso que llevamos demasiado tiempo reprimiendo cosas… y que cuando las dejamos salir, joder, me ponen como una moto.
Ella soltó un gemido bajito cuando sus dedos rozaron su clítoris otra vez, apenas un toque, pero suficiente para que sus caderas se movieran hacia adelante por instinto.
—Pues ponme más… —susurró, pegándose completamente a él, el agua caliente mezclándose con su humedad renovada—. No pares ahora, cabrón.
Víctor deslizó un dedo dentro de ella, lento, sintiendo cómo se contraía alrededor. Ella soltó un “ostres…” apenas audible, la cabeza echada hacia atrás, el agua cayéndole por la cara.
—Víctor… no pares… —murmuró, voz ronca, las manos clavadas en sus hombros.
Pero él paró. Sacó el dedo despacio, la dejó jadeando contra su pecho.
—Luego —dijo, voz grave—. Si te portas bien.
Valeria abrió los ojos, entrecerrados por el deseo y la frustración.
—Ets un fill de puta —susurró, pero con una sonrisa torcida que decía lo contrario.
Salieron de la ducha con la piel todavía caliente, el vapor pegado al espejo y al aire. Valeria se envolvió en la toalla un segundo, pero la dejó caer al suelo sin ceremonia, caminando desnuda hacia el dormitorio. Víctor la siguió con la mirada, la polla aún medio dura, el cuerpo tenso de no haber acabado.
Ella se puso el vestido corto negro delante de él, despacio, sin sujetador. El tejido se ceñió a sus curvas húmedas, los pezones marcados bajo la tela fina, las bragas de encaje negras apenas cubriendo lo justo. Se miró en el espejo un instante, se pasó los dedos por el pelo húmedo y se giró hacia él con una sonrisa torcida.
—No me mires así —dijo, voz baja, juguetona—. O no llegaremos a tomar café.
Se puso las gafas, se miró una última vez en el espejo y salió al salón. Víctor se quedó un segundo respirando hondo, sintiendo el pulso en las sienes. El deseo no se había apagado; solo había cambiado de forma.
Preparaban café cuando sonó el timbre.
—Hola, parella! —dijo Carla, con esa energía arrolladora que siempre la definía, abrazando a Valeria con fuerza.
Carla era la hermana mayor de Valeria, divorciada desde hacía dos años, más curvilínea y descarada, con melena negra ondulada que le caía por la espalda, ojos oscuros que siempre parecían saber un secreto, y una figura que ocupaba espacio sin pedir permiso: caderas anchas, pechos generosos que tensaban su camiseta ajustada, y una risa que llenaba cualquier habitación. Olía a perfume dulce y a café fresco, y su presencia siempre traía un matiz de peligro, como si estuviera a un paso de decir lo que nadie se atrevía.
Lucas se lanzó a los brazos de Valeria, gritando:
—Mamá! La tía me dejó ver dibujos hasta tarde! Y me hizo chocolate caliente!
Valeria rió, revolviéndole el pelo.
—Això és fantàstic, amor. I què més heu fet?
Lucas se encogió de hombros, todavía emocionado.
—Vimos pelis de monstruos buenos, y la tía me contó un cuento de princesas que no necesitan príncipes. ¡Y comimos churros por la mañana!
Valeria sonrió, mirando a Carla.
—¿Estaba Laia también?
Carla negó con la cabeza, con una risa resignada.
—No, la Laia no. Salió con los nuevos amigos de la universidad y no trajo ni churros por la mañana. Llegó a las tantas, oliendo a fiesta y a tabaco. Ya sabes cómo es a los 19: “mamá, déjame vivir”.
Lo dijo con esa mezcla de orgullo y envidia que solo una madre divorciada puede tener: orgullo por la libertad de su hija, envidia porque ella misma ya no se permite esa libertad.
Valeria se tensó un instante, pero lo disimuló con una sonrisa.
—Ja ho sé… los joves d’avui…
Carla se apoyó en la encimera, cruzando los brazos bajo el pecho.
—Y vosotros? ¿Habéis aprovechado la noche solos?
Valeria se sonrojó ligeramente, pero respondió con una sonrisa.
—Bé… hem descansat.
Carla levantó una ceja, mirando a Víctor un segundo de más.
—Descansat, eh? Con esa cara que tenéis, parece que habéis hecho algo más que dormir.
Víctor sintió un pinchazo. Carla lo miró con esa sonrisa felina, como si supiera exactamente lo que había pasado en la cocina la noche anterior.
—No em busquis, germana —dijo Valeria, riendo para disimular—. El nen està aquí.
Carla rió más fuerte.
—Va, no sóc jo qui busco. Sou vosaltres dos els que teniu aquesta energia nova. Es nota.
El silencio se hizo pesado un instante.
—Vaig a fer cafè, eh? Per a tothom —dijo Valeria para romperlo, girándose hacia la cafetera.
Víctor la siguió a la cocina. Cerró la puerta con cuidado. La empujó contra la encimera, le subió el vestido hasta la cintura y le bajó las bragas de un tirón.
—Víctor… están ahí al lado —susurró, ojos muy abiertos, voz temblando. Desde el salón llegaban las risas de Lucas y la voz grave de Carla contando anécdotas.
—Precisamente —respondió él, arrodillándose.
Separó sus muslos gruesos y hundió la boca en su coño. Lengua plana, lenta, de abajo arriba, saboreando su humedad que ya chorreaba. Valeria se mordió el puño con fuerza. Lamí con dedicación enfermiza: círculos lentos alrededor del clítoris hinchado, succiones suaves que lo hacían palpitar, luego la punta vibrando rápido justo en el punto más sensible. Metió dos dedos, curvándolos, bombeando con ritmo experto mientras su barba rozaba sus muslos internos, enrojeciéndolos.
Valeria temblaba entera. Una mano agarrada al borde de la encimera con nudillos blancos, la otra tapándose la boca tan fuerte que se hacía daño. Las voces del salón llegaban claras: Lucas riendo, Carla diciendo “¡Mira qué avión más alto ha hecho!”. Cada risa era como una descarga eléctrica. El riesgo la ponía al límite.
Levantó la mirada un segundo. Sus ojos avellana, dilatados, lo miraban con pánico y placer a partes iguales.
—Córrete en mi boca. Ahora —murmuró contra su sexo reluciente.
Fue suficiente. Valeria se deshizo en silencio brutal: espalda arqueada, muslos apretando su cabeza como un torno, un chorro abundante salpicando su boca y barbilla mientras su clítoris palpitaba contra su lengua. Contracciones violentas ordeñando sus dedos. No paró hasta que dejó de temblar, lamiendo cada gota, saboreando su placer salado y dulce.
Se incorporó, le colocó las bragas con una caricia lenta sobre su pubis sensible y le bajó el vestido. La besó profundo, con sabor a ella misma invadiendo su boca.
—Buena chica —susurró contra sus labios hinchados.
Valeria salió con las piernas flojas, cara sonrojada, gafas torcidas. Víctor esperó un minuto y salió con la bandeja de café, cara de santo.
—¿Tot bé, germana? —preguntó Carla.
Valeria le miró de reojo. Víctor le guiñó un ojo.
—Tot perfecte —respondió ella, sentándose con cuidado, todavía sintiendo los ecos entre las piernas.
El domingo siguió su curso: café, risas, Lucas corriendo por el salón. Pero debajo de la normalidad, la tensión crepitaba. Cada vez que pasaba cerca de Valeria, rozaba su cadera “por accidente”. Ella le lanzaba miradas de advertencia, pero sus muslos se apretaban involuntariamente.
Por la noche, cuando Lucas ya dormía, la tensión explotó.
Valeria cerró la puerta del salón y se giró hacia él, ojos avellana encendidos.
—¿Què coño et passa? —susurró furiosa, voz temblando para no despertar al niño—. ¿En serio? ¿En la cocina? ¿Con Carla y Lucas a dos metros? ¿Te has vuelto loco?
Víctor frunció el ceño.
—Pero si te ha encantado… te has corrido en mi boca en menos de dos minutos, temblando como una hoja. Tu coño palpitaba contra mi lengua, Valeria. No me vengas ahora con que no te ha gustado.
Ella se sonrojó violentamente.
— ¡No se trata de si me ha gustado o no! Se trata de que casi nos pillan. ¿Y si entra Carla buscando algo? ¿O Lucas pidiendo agua? ¿Qué les digo? ¿Que papá está de rodillas chupándome el coño mientras la tía cuenta chistes?
Di un paso hacia ella.
—Pensé que después de la cocina el viernes y la cama esta mañana… que esto era lo que queríamos. Más nosotros.
— ¡Más nosotros no significa ponerme en peligro de que mi hermana me vea como una puta en mi propia cocina! —espetó, cruzándose de brazos, pechos subiendo y bajando con rabia—. Estoy enfadada, Víctor. Muy enfadada. Me has hecho sentir como una puta delante de mi hermana…
El silencio se hizo pesado. Víctor la miró fijamente. Dio otro paso. Valeria retrocedió hasta chocar contra la pared.
—No me mires así —dijo, voz ya menos firme.
Puso las manos a cada lado de su cabeza, encerrándola.
—Estás enfadada… pero también estás mojada otra vez. Lo noto en cómo aprietas los muslos.
Deslizó una mano bajo el vestido. Las bragas estaban empapadas. Sonrió con triunfo oscuro y frotó los dedos contra su clítoris a través de la tela. Valeria se estremeció.
—Suéltame —susurró, pero no se movió.
Le apartó la braga a un lado y metió dos dedos sin avisar, profundo. Ella soltó un gemido ahogado, mordiéndose el labio.
—Dime que pare —dijo él, moviendo los dedos más rápido—. Dímelo y paro ahora mismo.
Valeria no dijo nada.
Solo le clavó las uñas en la nuca con fuerza y tiró de él hacia abajo, besándolo con violencia. Sus labios se estrellaron contra los de Víctor, casi con rabia. Le mordió el labio inferior con saña, hasta que sintió el sabor metálico de la sangre. Víctor gruñó contra su boca, pero no se apartó. Al contrario, respondió con la misma furia, metiendo la lengua profundamente, devorándola.
El beso era sucio, salvaje, lleno de dientes y saliva. Valeria respiraba entrecortada, casi jadeando contra sus labios, como si estuviera descargando en ese beso todo lo que llevaba años callando. Víctor la agarró por las caderas con fuerza y la giró bruscamente contra la pared del pasillo. El golpe seco de su cuerpo contra la superficie resonó en la casa vacía.
Le subió el vestido de un tirón hasta la cintura, dejando al descubierto su culo redondo y firme. No se molestó en bajarle las bragas: simplemente las apartó a un lado con dedos torpes y ansiosos. Su polla, dura como el acero, rozó la entrada empapada de Valeria solo un segundo antes de embestirla con brutalidad.
Entró de una sola estocada profunda y violenta. Valeria soltó un grito ronco, mezcla de dolor y placer, clavando las uñas en la pared.
—Joder… Víctor… —gimió, voz rota.
Él no contestó con palabras. Solo empezó a follarla con furia, embestidas fuertes y profundas que hacían que su cuerpo se estrellara contra la pared una y otra vez. El sonido carnoso de sus caderas chocando contra el culo de Valeria llenaba el pasillo. Cada golpe era rabioso, casi vengativo, como si estuviera follando no solo a su mujer, sino también a todos los años de rutina, de silencios y de deseo apagado.
Valeria empujaba hacia atrás, saliendo al encuentro de cada embestida, tan salvaje como él. Su coño estaba empapado, caliente, apretándolo con fuerza. El sudor les resbalaba por la piel. El olor a sexo fresco y a deseo reprimido era denso en el aire.
—Más fuerte… —exigió ella entre dientes, voz ronca—. Folla’m com si me’l mereixés…
Víctor le agarró el pelo con una mano, tirando de su cabeza hacia atrás mientras aceleraba el ritmo. Con la otra mano le apretaba una nalga con tanta fuerza que estaba seguro de que le dejaría marcas.
La penetraba sin piedad, saliendo casi por completo para volver a hundirse hasta el fondo con golpes brutales.
Valeria se corrió primero. Su cuerpo se tensó violentamente, un gemido gutural escapando de su garganta mientras su coño se contraía alrededor de la polla de Víctor en espasmos fuertes y descontrolados. Un chorro caliente le salpicó los muslos y cayó al suelo. Todo su cuerpo temblaba, las piernas apenas sosteniéndola.
Víctor aguantó solo unos segundos más. Con un gruñido animal, profundo y largo, se corrió dentro de ella. Chorros espesos y calientes la llenaron hasta desbordar, semen espeso goteando por sus muslos mientras seguía embistiendo con fuerza, prolongando el orgasmo hasta que le dolieron las piernas.
Cuando por fin se detuvo, los dos estaban jadeando, pegados contra la pared. La polla de Víctor todavía palpitaba dentro de ella, semen escapando alrededor de su grosor. Valeria tenía la mejilla apoyada contra la pared, los ojos cerrados, respirando agitada.
Ninguno de los dos habló durante casi un minuto.
Solo se oía la respiración pesada de ambos y el leve sonido del semen goteando sobre el suelo de madera.
Víctor apoyó la frente contra su nuca, todavía dentro de ella, y cerró los ojos.
Por un momento, no supo si lo que sentía era triunfo… o un miedo profundo a lo que acababan de desatar.
—Lo siento —murmuró él, voz ronca—. No volveré a cruzar esa línea sin ti.
Valeria lo miró, ojos brillantes de rabia, lágrimas y placer residual.
—No lo vuelvas a hacer sin preguntarme… pero joder, Víctor… me has hecho correrme como nunca.
El silencio volvió, pesado pero diferente.
Comentarios
Publicar un comentario