La Campaña (capítulo 3) CON VIDEOS

El despertador sonó a las siete y media, pero Víctor ya llevaba un rato despierto, la polla dura presionada contra la curva de la espalda de Valeria, el cuerpo tenso por el hambre que el fin de semana había despertado sin piedad. Se pegó más a ella, la mano bajando despacio por su cintura, besándola en el cuello donde la barba raspaba su piel clara y aún olía a sueño y a ellos.
Valeria se removió, sonrió sin abrir los ojos y empujó el culo contra él con lentitud deliberada.
—Mmm… això sí que és un bon dia —murmuró, voz ronca y cálida.
Víctor le bajó las bragas despacio, sintiendo el calor húmedo que ya la delataba. 
Entró en ella desde atrás, centímetro a centímetro, notando cómo se abría, cómo sus paredes se contraían alrededor de su longitud. Valeria soltó un suspiro largo y ronco, el cuerpo arqueándose hacia él. Empezó a moverse con ritmo lento pero profundo, una mano subiendo a su pecho para apretar el pezón hasta endurecerlo, la otra bajando entre sus piernas para frotar su clítoris en círculos perezosos. Ella empujaba hacia atrás, gimiendo bajito, los ojos aún cerrados como si quisiera quedarse en ese limbo entre sueño y deseo.

—Víctor… sí… així… més fondo… —susurró, voz quebrada.
El calor subía, el sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenaba la habitación, mezclado con el aliento acelerado de los dos. Víctor sentía el pulso en las sienes, la polla latiendo dentro de ella. Estaba a punto. Los dos lo estaban.
Y entonces la voz de Lucas llegó desde su habitación, clara y urgente:
— ¡Papá! ¡Mamá! ¡Tengo pis!
Valeria se tensó, soltó una risa ahogada y frustrada.
—Collons… justo ahora.
Víctor salió de ella con un gruñido sordo, la polla palpitando en el aire frío de la mañana. Ella se subió las bragas a toda prisa y salió descalza hacia el pasillo. Él se quedó tumbado, mirando el techo agrietado, el deseo latiendo como un pulso que no encontraba salida. Joder, otra vez no.
En la agencia, el ambiente era el de siempre: teclados repiqueteando, olor a café quemado y a sudor de lunes, gente corriendo con tablets bajo el brazo. Víctor se sentó en su despacho acristalado y abrió el portátil, pero las líneas se le escapaban. Todavía sentía el sabor salado de Valeria en los dedos, la frustración ardiendo en las venas como brasas.
Llamaron a la puerta.
—Bon dia, senyor Víctor.
Noa entró con pasos cuidadosos. Veintidós años, delgada pero con curvas suaves que la falda plisada gris y la blusa blanca abotonada no disimulaban del todo. Pelo castaño claro en coleta baja, pecas salpicando nariz y pómulos, ojos grises que se agrandaban cuando se ponía nerviosa. El primer botón de la blusa ya estaba desabrochado, dejando ver un atisbo de clavícula.
—He portat l’informe que em vas demanar —dijo en catalán claro y lento, para que él lo entendiera bien—. El de la campanya anterior. L’he revisat tres vegades… i he afegit alguns enllaços de fòrums per a “deseos prohibidos”. Testimonis anònims sobre sumissió, límits… alguns són molt crus. Si vols que en busqui més…
Víctor levantó la vista.
—Gracias, Noa. Pasa.
Ella dejó la carpeta sobre la mesa y se quedó de pie, manos entrelazadas, mirando al suelo. El silencio se estiró un segundo de más, cargado.
—¿Todo bien? —preguntó él.
Noa levantó la mirada un instante, luego la bajó de nuevo.
— Sí… bueno, no ho sé. Vull fer-ho bé. Vull quedar-me. Si necessites que faci alguna cosa més… el que sigui.
Lo dijo con esa mezcla de timidez y determinación que le removió algo por dentro. No era solo la frase. Era cómo se mordió el labio inferior, cómo el rosa subió por sus mejillas, cómo sus ojos grises se quedaron un segundo de más en los suyos. Me recuerda a Valeria cuando nos conocimos, fingiendo estudiar en la biblioteca. Pero esto no es nostalgia. Es hambre. El perfume barato a vainilla flotó hasta él, dulce y pegajoso.
—Tranquila. Lo estás haciendo bien —respondió, intentando que la voz no le saliera ronca.
Ella sonrió apenas, un gesto tímido, y salió. El perfume se quedó flotando en el despacho como una promesa que Víctor no había pedido. Abrió la carpeta. Enlaces a foros. Abrió uno al azar: una mujer contando cómo su pareja la había presionado, cómo había dicho “no” al principio pero luego se había corrido con lágrimas y placer mezclado, más fuerte que nunca. La polla le dio un latigazo doloroso. Cerró la pestaña rápido, pero la imagen ya estaba grabada.
Por la tarde, con Lucas en la extraescolar, la casa quedó en silencio, roto solo por el tic-tac del reloj de pared. Valeria había terminado pronto su clase de francés online. Nada más entrar Víctor por la puerta, ella lo empujó contra la encimera de la cocina.
—Ara —dijo con los ojos avellana brillantes—. Ràpid, però bé.
Le bajó los pantalones de un tirón y se arrodilló. Lo tomó en la boca con ganas, lengua plana recorriendo toda la longitud, succionando la cabeza con fuerza hasta que las gafas se le empañaron. 
Víctor le agarró la melena castaña y empujó un poco más profundo. Ella gemía alrededor de su polla, saliva resbalando por su barbilla y goteando al suelo.
Se levantó, se subió el vestido y se inclinó sobre la encimera, culo hacia él. Víctor le apartó las bragas a un lado y la penetró de una embestida profunda. Estaba empapada, caliente. 
Empezó a follarla con ritmo fuerte, una mano en su cadera, la otra bajando para frotar su clítoris hinchado. El sonido carnoso de sus cuerpos chocando llenaba la cocina. Valeria gemía más alto de lo prudente:
— Sí… així… més fort… collons, no paris…
Sus paredes se contraían, ordeñándolo. Víctor estaba al límite…
Y entonces sonó el timbre.
Carla había traído a Lucas antes porque “el nen estaba cansat”.
Valeria soltó una maldición en voz baja y se bajó el vestido a toda prisa. Víctor se subió los pantalones con la polla aún dura y brillante de sus jugos. Se miraron un segundo, frustrados y riendo al mismo tiempo, el pulso latiendo en las sienes.
Carla entró con Lucas de la mano, el niño con cara de sueño y la mochila colgando.
—Hola, Valeria! Mira quién venía cansat del cole —dijo, revolviéndole el pelo—. He pensado que mejor lo traía antes, que se estaba quedando dormido en el coche.
Lucas murmuró un “hola mamá” y corrió al salón. Valeria, piernas todavía temblorosas, abrazó al niño.
—Gracias, Carla. ¿Cómo ha ido la extraescolar?
Carla se apoyó en la encimera, cruzando los brazos bajo el pecho, tensando su camiseta.
—Bien, pero el nen estaba agotado. Han jugado mucho al fútbol. Y yo también estoy muerta… pero tú pareces… descansada. ¿Has terminado pronto la clase hoy?
Valeria se sonrojó, ajustándose el vestido con disimulo.
—Sí, el alumno de las cuatro canceló. Así que he aprovechado para… adelantar cosas.
Carla levantó una ceja, sonrisa felina.
—Adelantar cosas, eh? Con esa cara de “no he hecho nada”… no me engañas, germana. Víctor también tiene cara de culpable. ¿Qué habéis estado haciendo mientras el niño no estaba?
Valeria rió para disimular, voz temblorosa.
—Nada, Carla. Solo… hemos hablado.
Carla bajó la voz.
—Hablar, claro. Con ese vestido tan corto y sin sujetador… se nota que habéis “hablado” mucho. Si alguna vez necesitáis que me lleve al nen para que “habléis” más tranquilos… ya lo sabes.
Víctor sintió el pinchazo desde la puerta. Carla lo miró un segundo de más antes de irse al salón con Lucas, dejando el aire cargado de promesas y peligro.
Por la noche, después de los cuentos y el baño, Lucas por fin se durmió. El salón quedó en penumbra, la luz tenue de la lámpara de pie tiñendo las paredes de ámbar. Valeria salió del cuarto del niño con el pelo revuelto, la camiseta de dormir cayéndole por un hombro, los pezones marcados bajo la tela fina.
 No dijo nada. Solo cerró la puerta con cuidado, miró a Víctor sentado en el sofá y se acercó despacio, como si hubiera estado esperando ese momento todo el día.
Se sentó a horcajadas sobre él sin preámbulos, las rodillas hundiéndose en los cojines a ambos lados de sus caderas. Le bajó los pantalones de chándal con manos impacientes, liberando su erección que ya latía desde hacía horas. Víctor sintió el calor de su centro rozándolo a través de las bragas finas, húmedas otra vez. Ella se inclinó, besándolo profundo, lengua lenta y posesiva, como si quisiera borrar el sabor de la frustración acumulada.
—T’he trobat a faltar tot el dia —susurró contra su boca, voz ronca y quebrada—. No puc més amb aquestes interrupcions.
Víctor le agarró las nalgas bajo la camiseta, levantándola ligeramente para apartarle las bragas a un lado. Ella se posicionó y bajó despacio, centímetro a centímetro, saboreando cómo se abría para él, cómo sus paredes lo envolvían caliente y apretado. 
Soltó un gemido largo, los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás. Empezó a moverse en círculos lentos, luego subiendo y bajando con un ritmo que crecía sin prisa, pechos rebotando suaves contra su pecho, pezones endurecidos rozando su piel con cada descenso.
Víctor le clavó los dedos en las caderas, guiándola más profundo, sintiendo el chapoteo húmedo que llenaba el salón silencioso. El placer era denso, casi doloroso después de tantas paradas. Ella aceleró, uñas arañando sus hombros, gemidos roncos en catalán escapando entre dientes:
—Collons… sí… més… no paris ara…
Sus paredes empezaron a contraerse en espasmos irregulares. Víctor sintió el calor subirle por la espalda, el orgasmo acercándose como una ola lenta. Ella se arqueó, un chorro caliente escapando entre ellos, salpicando su abdomen mientras su coño palpitaba alrededor de él en contracciones violentas, ordeñándolo sin piedad.
Estaba a punto de seguirla, embistiendo desde abajo con fuerza…
Cuando el llanto llegó desde el pasillo, agudo y repentino.
—Mamá… he tingut una malson…
Valeria se congeló un segundo, el cuerpo todavía temblando. Soltó una maldición baja, “Ostres, aquest nen…”, y se levantó con piernas flojas, su flujo goteando por su muslo interno mientras se ajustaba las bragas y salía corriendo al cuarto del niño.
Víctor se quedó en el sofá, la polla aún dura y brillante de sus jugos, el pulso latiéndole en las sienes. El silencio volvió, pesado, roto solo por los sollozos lejanos que Valeria calmaba con voz suave. Pasaron veinte minutos. Veinticinco. Él se levantó, fue al baño y cerró la puerta con cuidado.
Apoyado en el lavabo, se miró en el espejo empañado por el vapor residual de la ducha de antes. La imagen de Noa se coló sin permiso: el rubor subiendo por su cuello cuando bajaba la mirada en el despacho, el perfume a vainilla barato pegándosele a la camisa, el modo en que había dicho “el que sigui” con esa voz temblorosa. Víctor cerró los ojos, se agarró con fuerza y se masturbó rápido, casi con rabia. Pensó en el modo en que Valeria lo había montado hacía un rato, en cómo su cuerpo respondía siempre, en cómo la rutina los estaba convirtiendo en adictos a estos momentos robados. Pero también pensó en Noa, en esa inocencia que olía a prohibido, y el orgasmo llegó seco y rápido, chorros espesos cayendo en el lavamanos con un sonido sordo.
Se limpió, respiró hondo y volvió a la cama. Valeria ya estaba allí, de espaldas, respirando profunda y regular. Se acostó a su lado, el cuerpo todavía caliente, el nudo en el estómago apretándose más. El fin de semana había sido un incendio. Ahora la vida cotidiana lo reducía a brasas que ardían despacio, sin consumirse del todo. Y esa otra imagen seguía ahí, flotando en la oscuridad, sin que él supiera aún si era amenaza o tentación.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Lo que no se nombra (capitulo 1) ACTUALIZADO CON VIDEOS

Lo que no se nombra (capitulo 5) ACTUALIZADO CON VIDEOS

Lo que no sé nombra (Capitulo 2)