La campaña (capítulo 4) CON VIDEOS

El martes amaneció gris, el viento del mar filtrándose por las rendijas de la persiana con un silbido bajo que no calmaba nada. Víctor se despertó con la polla medio dura, el recuerdo de la noche anterior latiéndole en la piel: Valeria montándolo en el sofá con esa rabia juguetona, sus pechos rebotando suaves contra su pecho, el chapoteo húmedo interrumpido por el llanto de Lucas. Se había masturbado en el baño pensando en ella —y en Noa, esa imagen intrusa que no quería admitir—, pero el alivio había sido corto, seco, como si el cuerpo supiera que no era suficiente. Valeria ya estaba en la cocina, preparando el desayuno para Lucas con movimientos precisos, el olor a pan tostado y café flotando cálido. No lo miró directamente, pero su espalda se relajó un instante cuando él entró.
—Bon dia —murmuró ella, voz ronca aún de sueño, sirviéndose una taza. El catalán salió íntimo, como un secreto entre ellos.

Víctor se acercó por detrás, rodeándola con los brazos, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la bata fina. Besó su cuello, la barba raspando su piel clara. 
—Buenos días. Sobre lo de anoche…

Ella se giró despacio, ojos avellana brillando con un matiz juguetón que contrastaba con la frustración del día anterior. —No paris ara, Víctor… Lucas baixa aviat. 
No era un rechazo total. Él lo notó en cómo sus caderas se movieron apenas contra él, frotándose contra su erección matutina. Pero el reloj marcaba las 7:20, y Lucas ya se removía en su cuarto. Víctor suspiró, soltándola con un beso en la sien. El deseo se quedó latiendo, un pulso sordo que no se apagaba.
De camino a la agencia, el tráfico era denso, cláxones mezclándose con el rumor de la radio. Víctor abrió el correo en un semáforo: actualizaciones de la campaña “deseos prohibidos”. El brief lo perseguía como un fantasma: investigar testimonios reales de límites borrados, sumisión que se volvía adicción, placer en lo prohibido. Era para una app de citas con toques BDSM, pero para él ya era personal. Pensó en Valeria anoche, en cómo se había corrido temblando pese a la interrupción, y la culpa picó sutil: ¿Por qué coño lo que leo aquí me hace empujarla más? ¿La estoy salvando o rompiéndola?
Llegó al despacho acristalado, el zumbido del aire acondicionado frío contrastando con el calor que llevaba dentro. Abrió el portátil, pero las líneas se le escapaban. Llamaron a la puerta.
—Bon dia, senyor Víctor.
Noa entró con pasos vacilantes, carpeta en mano. Su perfume a vainilla barato flotó hasta él, dulce y pegajoso. Esta vez no se limitó a dejar el informe; se sentó en la silla frente a él, cruzando las piernas con un temblor sutil, como si estuviera probando hasta dónde llegar.
—He afegit més testimonis per la campanya —dijo en catalán lento, para que él lo captara, voz temblorosa pero con un matiz nuevo: excitación contenida—. Són de dones que expliquen com es senten quan els pressionen una mica… quan el “no” es torna ambigu. N’he llegit uns quants ahir nit, i… bé, m’han fet pensar molt.
Víctor levantó la vista, sintiendo un nudo en el estómago. —Cuéntame uno. Para ver si encaja en el brief.
Noa se sonrojó violentamente, las mejillas tiñéndose de rosa hasta las orejas, pero no apartó la mirada. Mordió el labio inferior con fuerza, como si luchara con la vergüenza, pero sus ojos grises brillaban con algo más: curiosidad excitada, como si contarlos la hiciera suya. Tragó saliva, enderezó la espalda y cambió al castellano, con ese acento catalán marcado que se le escapaba en las erres suaves y las vocales abiertas, intentando sonar profesional, distante.
—Vale… hay una mujer que escribe que su marido la tomó por sorpresa una noche, cuando ella estaba cansada y decía “ahora no”. Pero él no paró, la giró contra la pared y la penetró fuerte, sin avisar. Ella dice que al principio se sintió humillada, llorando un poco, pero después… el cuerpo la traicionó. Se mojó como nunca, las paredes se contrajeron alrededor de él y se corrió con un temblor que no podía controlar. Dice que después se odió por disfrutarlo, pero ahora lo quiere más.
Hizo una pausa larga, respirando un poco más rápido, las manos apretando la carpeta sobre su regazo como si necesitara sujetarse a algo. Víctor notó cómo sus muslos se apretaban ligeramente bajo la falda plisada, cómo su pecho subía y bajaba con más frecuencia.
—¿Qué parte te impactó más? —preguntó él, voz baja, neutra, pero con curiosidad que no pudo disimular del todo.
Noa bajó la mirada un segundo, luego la levantó, ojos vidriosos. —La parte en que… dice que lloraba, pero al mismo tiempo… sentía cómo se abría más. Cómo su cuerpo respondía aunque su cabeza dijera que no. Que el “no” se volvía… ruido de fondo. Y lo único que quedaba era… el calor, la presión… y ese… orgasmo que llegó como una ola que no podía parar. Yo… cuando lo leí, me puse nerviosa. Muy nerviosa. Me imaginé… no sé… estar en su lugar. Las manos contra la pared fría, el aliento caliente en el cuello… y esa vergüenza que… quema. Es raro admitirlo, ¿verdad? Pero… me ha hecho pensar mucho. Demasiado.
Víctor sintió la polla endurecerse bajo la mesa, un latigazo sordo que lo traicionaba. La imagen de una mujer contra la pared, lágrimas y placer mezclado, le rozó la mente como un roce no pedido. No quiso profundizar en por qué le recordaba algo demasiado cercano. Aún no.
—¿Te has imaginado algo así alguna vez? —preguntó, casi sin querer, la voz más ronca.
Noa se mordió el labio con tanta fuerza que dejó una marca blanca. El rosa de sus mejillas bajó hasta el cuello. —Yo… a veces… pienso en eso. En mi pueblo nadie hablaba de estas cosas. Todo era… reprimido. Pero desde que empecé con los foros para la campaña, no paro de… de darle vueltas. En cómo sería sentir que alguien te presiona justo lo suficiente para que el “no” se rompa… y que tu cuerpo… responda antes que tú. Me siento… rara después. Como si estuviera mal por pensarlo. ¿Es normal? ¿O soy yo la que…?
Víctor tragó saliva, el nudo en el estómago apretándose. —No estás mal. Es… humano. La campaña se trata de eso: deseos que no se nombran hasta que duelen de tanto guardarlos.
Ella asintió despacio, respirando entrecortada, los dedos apretando tanto la carpeta que los nudillos se pusieron blancos. —Gracias por decirlo. Me hace sentir… menos sola. Si quieres que busque más relatos así… o que te los cuente con más detalle… solo dímelo. Estoy aquí para… para lo que necesites.
El silencio se estiró un segundo de más. El cambio de idioma había sido como una máscara que se pone mal: el contenido seguía siendo crudo, íntimo, y su voz temblaba en las palabras clave (“se mojó”, “se corrió”, “vergüenza que quema”), con ese acento que las hacía sonar más cercanas, más reales. El roce de su mano al pasarle la carpeta fue deliberado: dedos fríos pero temblorosos contra los suyos, un segundo de más que dejó un calor residual en su piel.
—Sí, encaja perfecto —respondió él, intentando que la voz no saliera ronca—. Buen trabajo, Noa. Sigue buscando más así.
Ella se levantó, las mejillas aún ardiendo, y salió con pasos apresurados, dejando el perfume a vainilla y el eco de lo que no había dicho del todo flotando como humo. Víctor se quedó mirando la puerta cerrada, el pulso latiéndole en las sienes: excitación, culpa, y una duda que empezaba a picar: ¿por qué escuchar a Noa insinuar eso lo ponía más que cualquier relato anónimo? ¿O era solo la campaña filtrándose en su cabeza, como todo lo demás?
Por la tarde, en casa, Valeria estaba esperándolo con esa mirada que ya conocía: rabia residual del fin de semana mezclada con hambre. Lucas estaba en el salón viendo dibujos con los auriculares puestos, el sonido de risas enlatadas filtrándose leve. Nada más cerrar la puerta de la cocina, ella lo empujó contra la nevera, pero esta vez no se arrodilló. Se subió de un salto a la encimera, abrió las piernas y lo atrajo hacia ella con los talones en su culo, muslos gruesos envolviéndolo.
—Ara —susurró contra su boca, ronca, mientras le bajaba los pantalones—. Mira’m als ulls.
Víctor la penetró de pie, cara a cara. Sus piernas lo rodeaban la cintura, tobillos cruzados en su espalda. Sus pechos presionaban contra su pecho a través de la camiseta, pezones endurecidos rozando su piel. Se besaron con hambre, lenguas enredadas, saliva caliente mezclándose. Cada embestida era profunda y lenta, controlada, como si quisieran grabar cada textura: el calor resbaladizo de su interior, el roce de su clítoris contra su pelvis. Sus gafas se empañaron del todo. Él le agarraba las nalgas con las dos manos, levantándola un poco para entrar más adentro, sintiendo cómo sus paredes se contraían alrededor de él.
—Sí… així… mira’m… —gemía bajito contra sus labios, ojos avellana fijos en los suyos, dilatados.
Estaba a punto. Sentía su coño apretándolo, sus uñas clavándose en su nuca. Él también estaba al límite, el placer denso y casi doloroso…
Y entonces Lucas gritó desde el salón:
— ¡Mamá! ¡Se ha acabado la batería de los auriculares!
Valeria soltó una risa ahogada contra su boca y apoyó la frente en la suya un segundo, frustrada y divertida al mismo tiempo. Bajó de la encimera con piernas temblorosas, se colocó las bragas y el vestido a toda prisa. Víctor se subió los pantalones con la polla aún dura y brillante de sus jugos. Se miraron un instante, respirando fuerte, y ella le dio un beso rápido y sucio antes de salir.
—Esta noche no nos interrumpe nadie —prometió en voz baja, voz ronca.
Pero la noche no salió como planeado. Lucas apareció con fiebre leve, quejándose de dolor de garganta, y Valeria pasó horas consolándolo, dándole jarabe, cambiando sábanas húmedas de sudor. Víctor ayudó lo que pudo, pero al final ella se quedó con el niño en su cuarto, agotada. “Demà, amor… avui no puc més”, murmuró por mensaje desde la habitación de Lucas. Víctor se quedó en el sofá, la frustración latiendo, pensando en la promesa rota y en cómo Carla había mencionado a Laia el sábado: “llegó oliendo a fiesta y tabaco, mamá déjame vivir”. Envidia que ahora le picaba a él también: libertad sin interrupciones, mientras su deseo se acumulaba como brasas.
Miércoles. Lia apareció por primera vez en su despacho sin llamar del todo, como si ya supiera que sería bienvenida. Era distinta a Noa en casi todo. Veinticinco años, pelo castaño oscuro con mechas más claras en las puntas, una melena hasta los hombros que caía con movimiento natural, algo revuelta, como si se hubiera pasado la mano por ella antes de entrar. Piel morena cálida, dorada, que contrastaba con la luz fría del despacho. Ojos oscuros, intensos, con una mirada calculadora que no necesitaba palabras para transmitir ambición.
Llevaba una falda lápiz negra ceñida a las caderas, que marcaba cada curva con precisión, y una blusa blanca de seda fina, con tres botones desabrochados. El escote era generoso, dejando ver el inicio de unos pechos grandes, pesados y naturales, que se movían con cada paso. No era delgada como Noa: tenía cuerpo de mujer hecha, con cintura estrecha, caderas redondeadas y una presencia física que llenaba el espacio sin esfuerzo.
Se sentó en el borde de la mesa de Víctor, cruzando las piernas con lentitud deliberada. La falda subió lo justo para dejar ver un tramo de muslo bronceado. Apoyó una mano en la madera y lo miró directamente, sin prisa.
—Jefe, he oído que la campaña “deseos prohibidos” está que arde —dijo con voz suave, pero cargada de intención—. Estoy fuera del proyecto, pero quiero entrar.
Víctor levantó la mirada. Lia no apartó la suya. Hubo un segundo de silencio en el que solo se oyó el zumbido bajo del aire acondicionado. Ella sonrió apenas, un gesto pequeño, casi desafiante, y se inclinó ligeramente hacia delante. La blusa se abrió un poco más, dejando entrever el borde de un sujetador negro de encaje.
—No soy como Noa —añadió, voz más baja—. Yo no me asusto con facilidad. Y sé cómo moverse en este tipo de campañas… si me dejas.
Víctor sintió que algo se movía en su interior. No era solo deseo. Era la sensación clara de que esta mujer no había venido a pedir un favor. Había venido a tomar algo.
Antes de salir de la agencia esa tarde, Noa se acercó con un café que no había pedido. Lo dejó en la mesa con cuidado, sin levantar la vista del todo.
—Per si necessites energia per aquesta nit —murmuró casi en un susurro. Sus dedos rozaron los suyos un segundo de más al soltar la taza. No dijo nada. Solo asintió.
Cuando probó el café en el coche, de camino a casa, sabía amargo, como la culpa que no se iba.
Por la noche, en casa, Valeria estaba más cariñosa de lo normal. Lucas se durmió pronto. Se tumbó en el sofá después de cenar, con las luces bajas y una copa de vino en la mesa. Ella se puso encima de él a horcajadas, besándolo despacio, profundo, como si quisiera saborearlo entero. Sus manos bajaron por su pecho, desabrochándole la camisa botón a botón, mientras su lengua jugaba con la suya.
—Avui et vull a tu —murmuró contra sus labios, voz ronca y cálida—. Sense presses. Sense interrupcions.
Le bajó los pantalones y el bóxer. Su polla saltó, dura y palpitante. Valeria se quitó el vestido por la cabeza y se quedó solo con las bragas de encaje negro. Se las apartó a un lado, se posicionó encima y bajó despacio, centímetro a centímetro, hasta que estuvo completamente dentro de ella. Soltó un gemido largo y gutural, cerrando los ojos un segundo.
Empezó a moverse: lento al principio, girando las caderas en círculos amplios, sintiendo cada vena, cada textura. Sus pechos pesados rozaban su pecho con cada movimiento, pezones endurecidos rozando su piel. Le besaba, le mordía el labio, le lamía el cuello. Sus manos se agarraban a sus hombros, uñas clavándose cuando bajaba con más fuerza.
—Estàs molt callat avui… —murmuró, acelerando un poco el ritmo—. Què et passa pel cap, Víctor?
—Nada… solo tú —mintió, pero su voz sonó ronca. Pensó en Noa contando el relato esa mañana, en cómo se había sonrojado excitada, en Lia invadiendo su despacho con promesas visuales. La culpa picó, pero el placer era más fuerte.
Ella sonrió, como si no lo creyera del todo, y empezó a cabalgarlo con más intensidad. El sofá crujía. El sonido húmedo y carnoso de su coño subiendo y bajando llenaba el salón. Sus pechos rebotaban pesados contra su cara. Él los agarró, los apretó, se metió un pezón en la boca y lo succionó con fuerza. Valeria echó la cabeza hacia atrás, gimiendo más alto.
—Sí… mossega’m… així…
Aceleró, caderas subiendo y bajando con furia controlada, coño apretándolo como un vicio caliente y resbaladizo. Él la sujetaba por las nalgas, ayudándola a bajar con más fuerza. Estaba muy cerca. Sentía cómo su interior se contraía, cómo su clítoris rozaba su pelvis con cada descenso.
Se corrió dentro de ella con un gruñido ahogado, chorros espesos llenándola mientras ella seguía moviéndose, ordeñándolo hasta la última gota. Ella se corrió justo después, temblando encima de él, un gemido largo y ronco escapando de su garganta, muslos apretándolo más fuerte.
Se derrumbó sobre su pecho, sudorosa, respirando agitada. Le besó el cuello con suavidad.
—Ha estat bo… —susurró—. Però et noto lluny.
No respondió. Solo la abrazó más fuerte. El silencio se hizo pesado, el techo del salón mirándolo como un juez.

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