La campaña (capítulo 5) CON VIDEOS
El jueves amaneció con un sol pálido filtrándose por las rendijas de la persiana, el rumor lejano del tráfico en el 22@ mezclándose con el tictac del reloj de la cocina. Víctor se despertó con la polla tan dura que dolía, un pulso sordo que no se apagaba desde la noche anterior, cuando la promesa de Valeria se había roto por la fiebre de Lucas. Valeria estaba a su lado, aún dormida, la sábana bajada hasta la cintura, un pecho al aire con el pezón rosado contrastando contra la piel clara. Se pegó a ella por detrás, la mano bajando directo entre sus muslos, sintiendo el calor que ya la delataba. Estaba húmeda, caliente, el aroma sutil de su excitación matutina mezclándose con el sueño.
Ella se despertó con un gemido bajito, empujando el culo contra él con lentitud deliberada.
—Mmm… bon dia, amor… —murmuró, voz ronca y cálida.
Víctor le bajó las bragas despacio, rozando sus labios hinchados con los dedos antes de entrar en ella desde atrás. Estaba apretada, perfecta, sus paredes envolviéndolo en un vicio resbaladizo. Empezó a moverse lento, profundo, una mano subiendo a su pecho para apretar el pezón hasta endurecerlo, la otra bajando a su clítoris, frotándolo en círculos perezosos. Valeria gemía bajito, arqueando la espalda, sus nalgas presionándose contra su pelvis con cada embestida.
—Sí… així… més fondo… —susurró, voz quebrada.
Estaba a punto. Los dos lo estaban. Víctor aceleró, el sonido húmedo de su polla entrando y saliendo llenando la habitación, mezclado con el chapoteo de sus jugos y los jadeos roncos de ella. Sentía cómo su coño lo ordeñaba, cómo sus piernas empezaban a temblar, el calor subiendo por su espalda como una ola inminente…
Y entonces la puerta se abrió de golpe.
Lucas entró con el pijama torcido, ojos somnolientos pero excitados: —¡Papá! ¡Mamá! ¡Hoy es viernes de excursión y se me ha olvidado la mochila del cole!
Valeria soltó un “collons!” ahogado y se tapó con la sábana de un tirón. Víctor salió de ella con un gruñido sordo, la polla palpitando en el aire frío, a dos segundos de correrse. Lucas ni se enteró, ajeno a la escena, y salió corriendo hacia el pasillo gritando algo sobre su fiambrera.
Valeria lo miró, frustrada y riendo al mismo tiempo, el pecho subiendo y bajando agitado.
—Lo siento… esta noche te compenso, te lo juro —murmuró, voz ronca, besándolo rápido antes de levantarse—. Y esta vez… mando yo. Prepárate para suplicar un poco.
Se levantó con piernas flojas, ajustándose las bragas con un guiño juguetón que contrastaba con la promesa oscura en sus ojos.
Víctor se quedó en la cama, la polla dura como una piedra, los huevos doliendo con esa frustración acumulada que ya era costumbre. Se duchó con agua fría, pero no sirvió de nada: el chorro helado solo le recordó el calor de ella, y salió de casa con la cabeza llena de imágenes sucias —Valeria mandando, suplicando— y el cuerpo en llamas.
Llegó a la agencia hecho un animal, el zumbido del aire acondicionado no calmando el pulso que le latía en las sienes. Abrió el despacho, y allí estaba Noa, sentada en la silla frente a su mesa, falda plisada más corta de lo normal, piernas cruzadas, mirándolo con esos ojos grises que ya no eran tímidos, sino cargados de algo más urgente, como si la conversación del día anterior la hubiera roto por dentro.
—Bon dia, senyor Víctor —dijo en catalán suave, pero con un temblor que delataba nervios—. He vingut d’hora… per si necessites alguna cosa. He trobat un nou testimoni per la campanya. És… intens. Et volia ensenyar-lo abans que ningú.
Víctor cerró la puerta. El pestillo sonó como un disparo, el silencio del despacho amplificando el latido en su pecho. Se sentó, intentando sonar neutro. —Adelante, cuéntamelo.
Noa tragó saliva, las mejillas ya tiñéndose de rosa, pero enderezó la espalda y pasó al castellano profesional, con ese acento catalán marcado que suavizaba las erres y abría las vocales, como si intentara poner distancia. —Vale… es un relato de una chica joven, con un novio mayor, divorciado, padre de familia. Él llega a casa tenso, frustrado por algo del trabajo, y la ve en el sofá, cansada, diciendo “hoy no, estoy hecha polvo”. Pero él no para. Se arrodilla delante de ella, le baja las bragas sin permiso y le hace… cunnilingus. Fuerte, sin dejarla apartarse. Ella al principio dice “para, por favor”, intenta empujarlo, pero él la sujeta por los muslos y sigue lamiendo, chupando, hasta que el cuerpo de ella responde contra su voluntad. Se moja, tiembla, y se corre llorando un poco, sintiéndose sucia pero con un placer que no puede negar. Él no recibe nada, solo da placer sin pedirlo, forzando el “sí” del cuerpo aunque la cabeza diga “no”. Después, ella escribe que se odió por disfrutarlo, pero que ahora piensa en eso cuando se toca sola. Es… sobre dar sin recibir, sobre esa negativa que se rompe con la lengua.
Hizo una pausa, respirando más rápido, las manos apretando la carpeta sobre su regazo. Víctor notó cómo sus muslos se apretaban bajo la falda, cómo mordía el labio inferior con fuerza creciente. El relato le golpeó como un eco: dar placer sin recibirlo, forzar el “sí” del cuerpo. La polla le dio un latigazo doloroso bajo la mesa.
—¿Qué te parece para la campaña? —preguntó ella, voz temblorosa a pesar del castellano formal.
Víctor tragó saliva. —Encaja. ¿Por qué este en particular? ¿Te impactó algo específico?
Noa bajó la mirada un segundo, el rosa bajando hasta su cuello. —Sí… la parte de dar placer sin pedir nada a cambio. Él está tenso, frustrado, y la “ayuda” a ella, aunque ella diga que no. Pero al final, es como si la negativa hiciera que el placer sea más… intenso. Me hizo pensar en cómo sería… sentir esa lengua forzando el camino, el calor obligando al cuerpo a responder. Es vergonzoso, pero… me excita la idea de “ayudar” a alguien tenso así, sin que reciba nada, solo dando hasta romper el “no”. Como si el rechazo fuera parte del juego.
Los dobles sentidos colgaban en el aire: “ayudar”, “tenso”, “dar sin recibir”. Su voz temblaba en las palabras clave (“lengua forzando”, “romper el ‘no’”), el acento catalán escapándose más en “juego”, haciendo que sonara más íntimo, menos profesional. Víctor sintió el nudo en el estómago apretarse, la excitación mezclándose con culpa: ¿Está hablando de mí? ¿De ayudarme así?
—Noa… —empezó él, voz ronca—. Esto no puede ser. Tengo mujer. Tengo un hijo. No puedo…
Ella se levantó despacio, se acercó con pasos temblorosos y se arrodilló delante de él sin decir nada.
Bajó la mano hacia su bragueta, dedos rozando la cremallera con decisión nerviosa. Su aliento cálido ya se sentía cerca, el perfume a vainilla invadiendo su espacio.
—Només vull ajudar-te… —susurró en catalán ahora, la máscara del castellano rompiéndose del todo, voz rota y vulnerable—. Estàs molt tens. Deixa’m fer. Como en el relato… dar sin recibir, aunque digas que no.
Víctor sintió el latigazo en la polla, el deseo traicionándolo, pero la culpa lo golpeó más fuerte. Puso una mano suave pero firme en su hombro, deteniéndola antes de que abriera la cremallera del todo.
—Noa… para —gruñó, voz grave, el pulso latiéndole en las sienes.
Ella levantó la mirada, ojos vidriosos. Una lágrima se le escapó y rodó por su mejilla sonrosada.
—Perdona… només volia… ayudar… como en esos relatos que te traigo cada día —murmuró, voz quebrada, el catalán saliendo crudo ahora, íntimo—. Me excitan tanto que… no puedo parar de imaginarlo. ¿Es eso lo que quieres? ¿Que pare… o que siga?
Se levantó rápido, se limpió la cara con el dorso de la mano y salió sin mirarlo, la puerta cerrándose con un clic suave.
Víctor se quedó allí, la bragueta a medio abrir, el olor de su perfume barato todavía flotando, el roce fantasma de sus dedos quemándolo como ácido. Acababa de parar una línea que casi cruza. Y lo peor es que una parte de él ya quería volver a intentarlo.
Me ajuste los pantalones con manos temblorosas, me senté y abrí el portátil como si nada. Pero no veía los números. Solo veía sus ojos grises mirándome desde abajo, su mano en la cremallera, su lágrima cayendo. El resto del día fue una tortura lenta. Cada vez que cerraba los ojos, sentía ese aliento caliente. Cada vez que abría la puerta del despacho, esperaba verla allí de nuevo, arrodillada, suplicante.
No vino.
Y eso me dolió más de lo que debería. Me fui a casa con la polla todavía medio dura y un nudo en el estómago que no se deshacía. El jueves acababa de empezar, y ya sabía que la noche iba a ser larga
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