La campaña (capítulo 7) CON VIDEOS
El sábado por la mañana la casa olía a café recién hecho y a pan tostado, pero el aire estaba cargado de algo más pesado. Víctor se despertó con el nudo en el estómago que no se había ido desde la noche anterior: la mamada de Valeria en el sofá, sus lágrimas mezcladas con saliva, su “ets un egoista de merda” susurrado con voz ronca mientras tragaba. Se había corrido en su boca y ella se había excitado pese a todo, pero ahora la cama estaba fría a su lado. Valeria ya estaba levantada.
La encontró en la cocina, preparando el desayuno con movimientos tensos, sin mirarlo. Llevaba una camiseta holgada y leggings negros, el pelo recogido en un moño desordenado, gafas finas empañadas por el vapor de la cafetera.
—Bon dia —dijo él, voz baja, acercándose con cuidado.
Ella tardó unos segundos en responder.
—Bon dia —contestó, seco—. Avui ve la família a dinar. Ja estava planejat des de fa dies.
El catalán sonó cortante. No había cariño, solo distancia. Víctor se acercó por detrás, despacio. Le puso una mano en la cintura. Ella se tensó, pero no se apartó del todo.
—Valeria, sobre lo de anoche…
—No —lo cortó, girándose por fin—. No vull parlar-ne ara. Hi ha gent venint. Fes com si res.
Sus ojos avellana estaban fríos, pero debajo había un brillo: rabia contenida, vergüenza residual, y algo más oscuro que hacía que sus muslos se apretaran ligeramente bajo los leggings. Lo miró un segundo y volvió al café.
Víctor preparó el desayuno para Lucas sin decir nada más. Le puso el plato delante, le revolvió el pelo. Intentó ser el padre normal, el marido atento. Le sirvió el café a Valeria sin que lo pidiera, le rozó la espalda con suavidad al pasar. Ella no dijo nada, pero notó cómo su hombro se relajaba un instante antes de volver a endurecerse.
A mediodía llegaron los demás.
Carla fue la primera en entrar, con su energía arrolladora habitual. Abrazó a Valeria con fuerza.
—Germana, et veig cansada. Estàs bé?
Valeria forzó una sonrisa.
—Tot bé. Només cansament.
Carla lo miró a él un segundo más de lo normal, con esa sonrisa felina que siempre había tenido.
—Víctor, cada dia estàs més guapo. ¿Qué le haces a mi hermana para que te mantenga así?
Valeria apretó los labios, pero no dijo nada. Solo sirvió más agua en los vasos.
Marc entró detrás, alto, tatuado, con su eterna sonrisa.
—Què passa, cunyat! —le dio una palmada fuerte en la espalda—. Hoy te traigo la novedad: la Sofía.
Sofía apareció como un huracán. Piel bronceada dorada, curvas explosivas, pelo negro rizado cayendo en cascada salvaje. Abrazó a Lucas primero, luego a Valeria (roce de pechos que hizo que Valeria se tensara), y finalmente a Víctor.
El abrazo duró un segundo de más. Sofía presionó su cuerpo contra el suyo, susurrando con acento cubano ronco:
—Víctor… encantada de conocerte por fin. Marc me ha hablado mucho de ti.
Cuando se separó, sus ojos se quedaron en los suyos. Valeria lo vio todo. Su mano apretó el borde de la mesa con más fuerza.
La comida fue larga y ruidosa, platos pasando, risas llenando el salón. Lucas estaba emocionado, contando que al día siguiente se iba a dormir a casa de Marc.
—Vaig a veure pel·lícules de monstres i menjar palomites! —exclamaba.
Carla se reía, sirviéndose más vino.
—Pobre nen, con este tío que lo va a corromper.
Marc, con la boca llena, intervino:
—Ei, jo sóc un oncle excel·lent. Ayer le enseñé a hacer aviones de papel que vuelven hasta el techo.
Sofía, sentada al lado de Víctor, le rozó la pierna “sin querer” por debajo de la mesa y sonrió.
—Marc y yo nos conocimos en una fiesta en el Born —contó, mirando a todos—. Yo estaba bailando salsa con unas amigas y él se acercó con esa cara de “soy el rey del mundo”. Le dije que bailaba como un blanco y se rio. Al final de la noche ya me había robado el teléfono.
Marc soltó una carcajada.
—Mentira. Ella me dijo “tienes cara de que te gusta el peligro” y me besó primero.
Carla intervino, juguetona y atrevida como siempre:
—Sofía, no le hagas caso. Aquest és un seductor de pacotilla. El que de verdad tiene peligro es mi cuñado Víctor. Mira cómo calla y mira… parece que esté pensando en cosas que no debería pensar.
Lo dijo mirando directamente a Valeria, pero con una sonrisa que también me incluía a mí.
Valeria forzó una risa, pero su mano apretó el tenedor con más fuerza.
En un momento, Carla se levantó a por más agua. La botella rodó por el suelo. Se inclinó para recogerla.
La falda vaquera corta se subió en un ángulo indiscreto.
No llevaba bragas.
Víctor vio claramente su coño: labios mayores hinchados, piel bronceada, un brillo sutil de humedad que parecía responder al aire fresco del salón, aroma dulce y musgoso flotando leve.
El tiempo se detuvo un segundo. Su polla dio un latigazo violento contra los pantalones. No pudo apartar la mirada.
Carla se incorporó despacio. Lo pilló mirando.
No se tapó de inmediato.
Sus ojos se clavaron en los suyos. Una sonrisa lenta, felina, se dibujó en sus labios. Ajustó la falda con deliberada lentitud, como si quisiera que siguiera viendo un poco más.
Ninguno dijo nada.
No hizo falta.
En ese silencio compartido hubo algo eléctrico: complicidad espontánea, inocente en apariencia, pero cargada de deseo adulto. A los dos les había gustado. A ella, que él la viera. A él, haberla visto.
Valeria lo vio todo.
Su cara se endureció. El tenedor tembló en su mano. Sus muslos se apretaron bajo la mesa, respiración acelerando un pulso.
La conversación siguió, pero el aire ya estaba cargado.
Marc miró a Víctor, rompiendo el silencio con una palmada.
—Cunyat, i tu què? ¿Cómo va esa campaña tuya de la agencia? La de “deseos prohibidos”, ¿no? Suena a algo que podría animar una comida familiar como esta.
Víctor sintió el pinchazo, el relato de Noa flotando en su cabeza. —Sí, eso. Investigamos límites, sumisión, placer en lo ambiguo. Testimonios de gente que se moja más cuando los presionan un poco.
Carla levantó una ceja, sonrisa ampliándose.
—Oye, eso suena… interesante. A veces una necesita un poco de presión para sentir que vive. ¿Verdad, germana?
Valeria forzó una risa, pero su pie rozó el de Víctor por debajo de la mesa, presión que podría ser accidental o advertencia.
Sofía se inclinó hacia Víctor, rozándole el brazo con el suyo, pecho presionando sutil.
—Y tú, Víctor, ¿qué deseas que no te atreves a decir? Marc siempre dice que eres el estable de la familia… pero todos tenemos secretos.
Marc rió fuerte.
—Ei, dejad a mi cunyat tranquilo. Aunque… si la campaña es sobre prohibido, aquí en familia hay material. Carla, tú que siempre estás espiando a Laia… ¿algún deseo reprimido por ahí?
Carla se rió, pero sus ojos se desviaron hacia Víctor un segundo.
—Ay, ya sabéis cómo son los de 19 años en la universidad. Dice que tenía planes con sus amigas. Planes de esos que duran hasta las tantas, fiestas, risas… y quién sabe qué más. Me dice “mamá, déjame vivir, que tú ya tuviste tu juventud”. Y tiene razón, ¿no? Si ella puede disfrutar libremente, sin ataduras… ¿por qué yo sigo midiendo cada paso? A veces me gusta mirar sin que se den cuenta… como una voyeur inocente. Ves cosas que te hacen pensar en lo que te perdiste.
Lo dijo con una risa ligera, pero sus ojos se quedaron en Víctor, y luego en Valeria. Había un matiz en su voz: envidia, liberación, un “por qué no yo también” que flotó en el aire. Valeria no respondió. Solo bajó la mirada al plato, los nudillos blancos alrededor del tenedor, muslos apretándose más.
A última hora de la tarde, Marc se levantó.
—Venga, enano, nos vamos a dormir a casa. Pelis, palomites y tú mandas.
Lucas gritó de alegría. Sofía le dio dos besos muy cerca de la boca a Víctor.
—Cuídate, Víctor.
La puerta se cerró.
El piso quedó en silencio absoluto.
Valeria y Víctor se quedaron solos en medio del salón, rodeados de platos sucios y vasos medio vacíos.
Ella lo miró por primera vez sin disimular. Ojos avellana duros detrás de las gafas.
—Ahora que estem sols… —dijo en voz baja, temblando de rabia contenida—. Què collons vols fer?
No era una invitación.
Era un desafío.
Sus muslos se apretaron bajo los leggings. Su pecho subía y bajaba más rápido. El silencio se hizo pesado, roto solo por el rumor lejano del mar contra las persianas.
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