La campaña (capitulo 8) CON VIDEOS

El clic de la puerta al cerrarse fue el último sonido que rompió el silencio del salón. El piso quedó quieto, solo el rumor lejano del mar contra las persianas y el latido acelerado de los dos.
Valeria estaba de pie en medio de la habitación, brazos cruzados bajo el pecho, ojos avellana encendidos detrás de las gafas. No había lágrimas todavía, solo rabia que le temblaba en los labios y en las manos.
—Ahora que estem sols… —dijo en voz baja, casi un siseo—. Què collons vols fer?
Víctor no respondió. Dio un paso hacia ella. Ella no retrocedió. Al contrario, avanzó también, como si llevara días conteniendo algo que por fin se rompía. Le agarró por la nuca con fuerza inesperada y lo besó con rabia. No fue un beso de reconciliación. Fue un beso de guerra.
Sus bocas chocaron con violencia. Dientes contra dientes, lengua invadiendo su boca como castigo. Valeria le mordió el labio inferior con saña, hasta que sintió el sabor metálico de la sangre. Víctor gruñó contra su boca, pero no se apartó. Al contrario, la empujó contra la pared con fuerza. Ella respondió con la misma rabia, girándolo bruscamente y clavándolo a él contra el yeso frío. Sus manos bajaron furiosas, desabrochándole el cinturón con dedos temblorosos de ira, tirando de la cremallera como si quisiera arrancársela.
Se detuvo un instante, respiración entrecortada, la frente apoyada contra la de él. Sus ojos brillaban.
—¿Esto es lo que quieres, verdad? —siseó contra su boca—. Pues toma… aunque me mate hacerlo.
Se arrodilló de golpe. Las rodillas golpearon el suelo de madera con un ruido seco. Le bajó los pantalones y el bóxer de un tirón violento. Su polla saltó libre, dura, venosa, la cabeza ya brillante de precum. Valeria ni siquiera la miró. La tomó en la boca con violencia, sin preliminares, sin suavidad.
Chupó con rabia. Succionó fuerte, casi con saña, como si quisiera hacerle daño. Su lengua lamía con furia, dientes rozando la piel sensible de la cabeza cada pocos segundos. Saliva empezó a chorrear por su barbilla casi de inmediato, cayendo en hilos sobre el suelo. Sus gafas se empañaron con el calor de su propia respiración y las lágrimas que ya empezaban a formarse en sus ojos.
Víctor soltó un gruñido ronco y le agarró el pelo con fuerza.
—Joder, Valeria…
Ella levantó la mirada sin soltar la polla. Tenía lágrimas en los ojos, pero no paró. Al contrario, la metió más profundo, hasta que la cabeza rozó el fondo de su garganta. Tosió una vez, pero siguió. Subía y bajaba la cabeza con movimientos rápidos y agresivos, haciendo un sonido húmedo, obsceno, casi violento. Cada vez que sacaba la polla, un hilo de saliva la unía a sus labios hinchados.
—Calla —ordenó, voz ronca y rota, separándose solo lo justo para hablar—. Esto es lo único que quieres de mí, ¿no? Pues cógelo… antes de que me arrepienta.
Se levantó un segundo, se quitó el jersey y el sujetador con movimientos bruscos, casi desesperados. Sus pechos pesados rebotaron libres, cayendo con su peso natural. Las aureolas amplias, de un tono rosado oscuro, contrastaban con la piel clara de su pecho. Los pezones ya estaban duros.
Se arrodilló de nuevo. Tomó su polla con ambas manos y la colocó entre sus pechos. Los apretó con fuerza alrededor de ella, creando un canal caliente, suave y húmedo. Empezó a moverlos arriba y abajo con rabia, mirándolo a los ojos con una mezcla de desafío y dolor.
—¿Esto te gusta? —susurró, voz temblorosa—. ¿Ver cómo te follo con las tetas mientras te odio?
Una lágrima se escapó de su ojo izquierdo y cayó directamente sobre la cabeza de su polla, mezclándose con el precum. Siguió moviéndose, más rápido, más fuerte. La piel suave de sus pechos se enrojecía con el roce constante. Cada vez que la cabeza de su polla asomaba por arriba, ella bajaba la cabeza y la lamía con la lengua plana, succionando el líquido que salía de ella con una mezcla de odio y necesidad.
Víctor empujó las caderas, follándole las tetas con más fuerza. El sonido era húmedo, repetitivo, casi obsceno. Valeria no apartaba la mirada. Otra lágrima cayó, luego otra. El semen y las lágrimas empezaban a mezclarse sobre su piel.
—Córrete —ordenó, casi escupiendo las palabras—. Córrete en mi cara. Acaba de una puta vez… y déjame en paz.
No aguantó más.
Con un gruñido gutural, profundo, casi animal, Víctor se corrió con violencia. Chorros espesos y calientes salpicaron sus tetas, su cuello, su barbilla y parte de su mejilla izquierda. Valeria no cerró los ojos. Lo miró todo el tiempo, incluso cuando un chorro le dio directamente en los labios. Las lágrimas seguían cayendo, mezclándose con el semen que le resbalaba por la piel en hilos blancos y espesos.
Cuando terminó, se levantó lentamente. Se limpió la cara con el dorso de la mano, sin prisa, extendiendo el semen por su propia mejilla y cuello. El semen resbalaba por su barbilla en hilos gruesos, cayendo sobre sus pechos. Lo miró con una expresión que Víctor nunca le había visto antes: una mezcla de asco, dolor profundo y algo mucho más oscuro, más peligroso.
—Ets un cabró —susurró en catalán, voz rota, casi inaudible—. I el pitjor és que una part de mi ja no vol que paris.
Se dio la vuelta y caminó hacia el dormitorio sin decir nada más. Dejó la puerta abierta. Se acostó dándole la espalda, lo más lejos posible de su lado de la cama, todavía con el semen secándose sobre su piel.
Víctor se quedó solo en el salón, pantalones bajados alrededor de los tobillos, polla aún palpitando, semen goteando en el suelo en gotas espesas. El silencio de la casa se hizo denso, roto solo por su respiración agitada y el rumor lejano del mar contra las persianas.
Miró hacia la puerta abierta del dormitorio. La silueta de Valeria bajo la sábana, de espaldas, hombros tensos. El olor a sexo, a semen, a lágrimas y a rabia flotaba en el aire, pegajoso, imposible de ignorar.
Se subió los pantalones despacio. Apagó la luz del salón. Caminó hacia el dormitorio sin hacer ruido. Se acostó en su lado, sin tocarla, sin decir nada.
El silencio entre ellos era más pesado que cualquier grito.

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