La campaña (capitulo 9) CON VIDEOS
El domingo por la mañana la casa estaba en silencio absoluto. Lucas se había ido la noche anterior con Marc y Sofía, y por primera vez en mucho tiempo no había nadie más. El sol entraba pálido por las rendijas de la persiana, dibujando líneas finas en la sábana revuelta. Víctor se despertó con la polla dura, un latido sordo que le subía desde los huevos hasta el estómago. Valeria dormía de espaldas a él, hecha un ovillo, el pelo castaño revuelto sobre la almohada, la curva de su cadera apenas visible bajo la sábana fina.
Se pegó a ella despacio, pecho contra su espalda, la mano deslizándose por su cintura. Ella se removió, pero no se apartó. Bajó más, rozando el borde de sus bragas. Estaba caliente, aunque la compresa térmica aún estaba pegada a su tripa.
—Víctor… —susurró, voz ronca de sueño y advertencia—. No.
Él no paró. Deslizó la mano bajo la camiseta, acariciando su vientre suave, luego bajó hasta el borde de las bragas. Valeria intentó apartarle la mano, pero el movimiento fue débil.
—Estic amb la regla —dijo, casi suplicando—. Em sento bruta. Per favor, no avui.
Víctor la giró suavemente hacia él. Sus ojos avellana lo miraron con una mezcla de cansancio y miedo. El brillo de lágrimas ya asomaba en las comisuras.
—Quiero follarte —dijo él en voz baja, pero firme—. Ahora.
—Víctor, no… està tot ple de sang. Em fa vergonya. No vull que em vegis així.
Le agarró la muñeca con suavidad pero sin soltarla y la besó. Al principio ella se resistió, labios cerrados. Pero cuando insistió, abrió la boca con un pequeño gemido de derrota. Su mano bajó de nuevo, metiéndose dentro de las bragas. Estaba húmeda, caliente… y sí, había sangre. El olor metálico se mezcló con su aroma dulce habitual, sutil pero inconfundible.
Valeria se tensó violentamente.
—Para… sisplau… és fastigós…
—No lo es —murmuró contra su boca, introduciendo dos dedos lentamente en su coño caliente y resbaladizo—. Es tuyo. Y yo lo quiero.
Empezó a masturbarla despacio, curvando los dedos, rozando ese punto que siempre la volvía loca. Valeria soltó un gemido entrecortado, mitad protesta, mitad placer. Sus caderas se movieron involuntariamente contra su mano.
—Víctor… no… estic sagnant… —susurró, pero su voz ya estaba quebrada.
No paró. La besó más profundo, follándola con los dedos mientras su pulgar le rozaba el clítoris hinchado. Su respiración se volvió agitada. Las lágrimas empezaron a caer por sus mejillas, calientes y silenciosas.
—Para… t’ho suplico…
Pero su coño lo apretaba con fuerza. Estaba muy mojada, más de lo normal. Su cuerpo la estaba traicionando. Valeria se mordió el labio, intentando contener un gemido que escapó de todos modos.
Víctor se colocó encima de ella, le bajó las bragas manchadas y separó sus muslos. Valeria lo miró con ojos suplicantes.
—No ho facis… sisplau…
La penetró de una embestida lenta pero profunda. El calor era diferente, más resbaladizo, más sucio. La sangre tibia se mezcló con sus jugos, cubriendo su polla y resbalando por los muslos de ella en hilos rojos finos. Valeria soltó un gemido largo, mezcla de dolor, vergüenza y placer.
—Déu meu… Víctor… això és… —no terminó la frase. Su cabeza cayó hacia atrás.
Empezó a follarla con ritmo firme, profundo. Cada embestida hacía que sus pechos rebotaran. La sangre y los jugos cubrían su polla, manchando las sábanas en manchas oscuras. Valeria lloraba en silencio, pero sus caderas empezaron a moverse contra las suyas. Poco a poco.
Casi contra su voluntad. Sus manos se agarraron a sus hombros, uñas clavándose como si quisiera empujarlo y atraerlo al mismo tiempo.
—Et odio… —susurró entre lágrimas, pero su coño lo apretaba con fuerza.
Aceleró. La folló más fuerte, sujetándola por las caderas. Valeria se corrió con un sollozo ahogado, todo su cuerpo temblando violentamente, su coño contrayéndose alrededor de él en espasmos largos y profundos, sangre y jugos salpicando su abdomen.
Víctor aguantó solo unos segundos más y se corrió dentro de ella con un gruñido gutural, chorros calientes mezclándose con su sangre.
Se quedó encima, jadeando. Valeria tenía los ojos cerrados, lágrimas cayendo por las sienes, respiración entrecortada.
No dijo nada.
Solo se giró lentamente, dándole la espalda, y se hizo un ovillo.
Víctor se levantó despacio. Fue al baño. Se miró en el espejo empañado por el vapor residual. Estaba cubierto con la sangre de ella, una marca de su culpa. Se duchó con agua caliente, pero el olor metálico se quedó pegado a su piel.
Cuando salió, la puerta principal se abrió. Marc cargaba a Lucas en hombros.
— ¡El campeón ha sobrevivido a palomitas quemadas y monstruos en la tele!
Lucas bajó corriendo y abrazó las piernas de Valeria con risas.
Sofía entró detrás, piel bronceada dorada brillando bajo una sudadera ajustada que marcaba tetas firmes medianas, leggings negros que abrazaban el culo redondo alto y las caderas anchas, pelo rizado negro cayendo en cascada salvaje. Olía a vainilla caliente y a algo más oscuro. Abrazó a Lucas, luego a Valeria (roce de curvas que hizo que Valeria se tensara), y finalmente a Víctor.
El abrazo duró un segundo de más. Sofía presionó su cuerpo contra el suyo, susurrando con acento cubano ronco:
—El niño es un santo… si alguna vez necesitas más favores, ya sabes dónde encontrarme. Tengo contactos… y yo también.
Le rozó el muslo al apartarse. Luego miró a Valeria con una sonrisa cargada:
—Tu marido es un encanto… cuídalo bien, ¿eh?
Cuando se fueron, Valeria se quedó mirando la puerta cerrada. No dijo nada. Solo se fue a la cocina, los hombros tensos, los puños apretados un segundo antes de relajarlos.
Después de comer, Víctor llevó a Lucas al parque. Se sentó en un banco. Sus ojos se desviaron a un rincón semioculto: dos adolescentes se besaban con urgencia. Él tenía la mano metida bajo la falda de ella. Se quedó mirándolos, la polla endureciéndose. Imaginó a Valeria en esa situación… o a Sofía… o a Carla. La escena duró solo un minuto, pero lo dejó con el deseo acumulado.
Cuando volvieron, Lucas se durmió la siesta temprano. La casa quedó en silencio. Valeria entró al salón, se paró frente a él con las manos en las caderas.
—Esta noche, cuando Lucas se duerma, vas a hacer exactamente lo que yo diga —susurró, voz ronca de deseo y poder—. Y si no lo haces bien… no volverás a tocarme nunca.
Víctor asintió, la polla palpitando bajo los pantalones, el corazón latiéndole con una mezcla de miedo y excitación salvaje.
La noche llegó lenta, cargada. Lucas se durmió después de cuentos leídos por Valeria, su respiración suave como un arrullo en su habitación. La casa quedó en silencio absoluto. Valeria entró al dormitorio con una mirada nueva: rabia, deseo y poder. Cerró la puerta con llave, se acercó a la cama donde ya estaba desnudo, esperando.
—Esta noche mando yo —dijo con voz ronca, sacando la bufanda de seda negra del cajón.
Lo empujó a la cama, le ató las muñecas flojo con la bufanda, no para inmovilizarlo del todo, sino para probar, para sentir el control en sus manos. Se desnudó despacio delante de él y se subió encima en cowgirl. Todavía tenía la regla, pero ya no le importaba. Guió su polla hacia su entrada caliente y resbaladiza, manchada de sangre, pero se detuvo en la punta, frotándose contra él sin dejarlo entrar del todo.
—Vull que em sentis bruta —susurró, moviéndose despacio, dejando que sus jugos y la sangre gotearan sobre su polla—. Vull que et taquis de mi. Pero no entras hasta que yo diga.
Su clítoris rozaba la cabeza, cada movimiento un tease que lo hacía gruñir. Se tocó los pechos, pellizcándose los pezones, mirando cómo él se retorcía debajo.
—Víctor… antes me hiciste sentir usada, manchada… y me corrí. Me odio por eso. Hoy vas a sentir lo mismo. Al borde, desesperado.
Aceleró el roce, gimiendo bajito, su coño resbaladizo dejando un rastro rojo en su abdomen. Se corrió primero, temblando encima de él, un chorro caliente salpicándolo.
Entonces bajó de golpe, metiéndose su polla entera. El calor sucio lo envolvió. Empezó a cabalgarlo con rabia contenida, sus pechos rebotando, su coño manchado de sangre y jugos cubriéndolo la polla y los huevos. Cada descenso dejaba un rastro rojo en su piel.
—Això és el que volies, no? —gimió, acelerando—. Doncs agafa-ho tot.
Lo folló con furia, frotando su coño contra él para que la sangre y sus jugos lo cubrieran el vientre y los muslos. Detuvo el ritmo cuando sintió que estaba al límite.
—No te corras todavía —murmuró, voz rota—. Quiero verte así… sucio, usado.
Cuando por fin siguió, Víctor se corrió dentro de ella con un gruñido gutural, chorros calientes mezclándose con su sangre. Ella se corrió justo después, temblando violentamente.
Se levantó y lo miró desde arriba, su polla y su vientre manchados de sangre y semen.
—Ara ja saps com em sento —dijo en voz baja—. Sucio. Usado.
Se fue a la ducha sin decir nada más.
Víctor se quedó en la cama, mirando el techo, con su sangre todavía caliente sobre su piel. Las manchas rojas se extendían por las sábanas, oscuras y húmedas. El silencio de la casa se llenó con el sonido lejano del agua corriendo en el baño. Cerró los ojos, pero no durmió. El olor metálico y salado flotaba en el aire, pegajoso, y no se iba.
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