La gitana y el señorito. Capítulo 2
La recogida de la aceituna empezó a mediados de noviembre, cuando el frío empezaba a notarse por las mañanas y las noches se hacían más largas. En el Cortijo de los Álamos, como en casi todas las grandes fincas de la comarca, el trabajo se organizaba de forma casi militar. Los hombres subían a los árboles con las varas largas de madera y golpeaban las ramas con fuerza rítmica, mientras las mujeres y los niños más mayores extendían las mantas debajo para que cayeran los frutos. El suelo se cubría de un manto negro y verde que crujía bajo las botas. El aire olía a tierra removida, a aceituna machacada y a sudor.
Rafael pasaba varias horas al día recorriendo las distintas partidas de olivar. Iba a caballo o en el Land Rover viejo que usaban para moverse por la finca. Supervisaba que el trabajo no se ralentizara, que no hubiera aceituna abandonada en el suelo y que los capataces no se dejaran sobornar con tabaco o vino para hacer la vista gorda. Los gitanos de las chozas trabajaban en una de las partidas más grandes, cerca del camino viejo. Carmen ayudaba en el vareo cuando no la llamaban al cortijo, y Paco cargaba los sacos junto con los hombres más fuertes. Lola y Macarena se quedaban en la parte baja, extendiendo mantas y recogiendo la aceituna que caía fuera de ellas. Los niños más pequeños corrían entre los árboles recogiendo las que quedaban sueltas.
Rafael los observaba desde lejos. Veía a Lola inclinarse una y otra vez, con el vestido viejo arremangado hasta las rodillas y el pelo recogido bajo un pañuelo oscuro. El movimiento repetido hacía que se le marcaran las caderas y que el escote se le abriera ligeramente cada vez que se agachaba. En más de una ocasión se quedó mirándola más tiempo del necesario, hasta que uno de los capataces se acercaba a preguntarle algo y tenía que volver a la realidad.
Una tarde, cuando ya empezaba a anochecer y la mayoría de los trabajadores bajaban hacia las chozas, Rafael mandó a un muchacho a buscar a Carmen. La gitana subió al cortijo con las manos sucias de tierra negra de aceituna y el delantal lleno de polvo. Llevaba el pelo recogido en un moño bajo y deshecho, con algunos mechones sueltos pegados a las sienes por el sudor. Cuando entró en el cuarto de Rafael, él cerró la puerta con llave y se quedó mirándola un momento en silencio.
—Quítate toda la ropa —le ordenó sin rodeos—. Y lávate primero. Hay agua en la palangana.
Carmen dudó solo un segundo, pero bajó la cabeza y obedeció. Se desató el delantal y lo dejó sobre una silla. Luego se desabrochó la blusa blanca, que ya estaba amarillenta por el uso y la suciedad del trabajo. Debajo llevaba un sostén de tela gruesa y gastada, de color hueso. Se lo quitó con dificultad, liberando sus pechos grandes y pesados. Eran senos de mujer que había amamantado a seis hijos: caían con peso natural, redondos pero algo caídos, con los pezones grandes, oscuros y algo deformados por las tetadas. La piel alrededor de los pezones tenía un tono más oscuro, y se le marcaban claramente las venas azuladas bajo la piel morena.
Se bajó la falda y las bragas de algodón grueso. Quedó completamente desnuda. Sus piernas eran fuertes, algo gruesas en los muslos por el trabajo y los partos, con la piel morena pero con zonas más claras donde la falda la protegía del sol. Tenía vello oscuro y algo espeso en las piernas, especialmente en las pantorrillas y en la parte interior de los muslos, donde el sol no llegaba tanto. En las axilas también tenía vello negro y rizado, bastante visible ahora que tenía los brazos levantados mientras se lavaba.
Se acercó a la palangana que había sobre la cómoda, metió las manos en el agua fría y empezó a lavarse. Primero la cara, luego el cuello, después pasó el trapo húmedo por debajo de los brazos, mojando el vello de las axilas. El agua le resbaló por los costados y le cayó sobre los pechos, haciendo que los pezones se le endurecieran ligeramente por el frío.
Siguió bajando el trapo por el vientre, que estaba algo blando y marcado por las estrías del embarazo, y luego entre las piernas. Tenía el vello del coño abundante, negro y rizado, sin recortar ni arreglar. Se pasó el trapo varias veces por allí, separando un poco las piernas para limpiarse mejor. El agua le corrió por el interior de los muslos.
Cuando terminó, se quedó de pie, desnuda y húmeda, esperando instrucciones. Rafael la miró con detenimiento, recorriéndole el cuerpo con la mirada sin prisa.
—Date la vuelta —le dijo.
Carmen obedeció. Rafael se acercó por detrás y le pasó una mano por el culo, apretando la carne con fuerza. Luego la obligó a inclinarse sobre la mesa de escribir.
—Quédate así.
Se abrió la bragueta y sacó la polla ya dura. Se la restregó un momento entre las nalgas de Carmen antes de posicionarse y empujar. Entró en ella de un solo golpe, seco y profundo. Carmen soltó un gemido ahogado y agarró los bordes de la mesa.
Rafael empezó a follarla con embestidas lentas pero muy profundas, casi sádicas en su lentitud. Cada vez que sacaba casi toda la polla, volvía a hundirla hasta el fondo con fuerza. Mientras la follaba, apoyó el pecho contra la espalda de Carmen y le habló cerca de la oreja.
—¿Cuántos años tiene exactamente tu hija Lola? —preguntó con voz baja y controlada.
Carmen tardó en contestar. Tenía la cara pegada a la madera de la mesa.
—Dieciocho, señorito… ya los cumplió.
Rafael gruñó y le dio un empujón más fuerte.
—¿Estás segura? Porque a veces parece más joven. Tiene cara de cría todavía. ¿Seguro que tiene dieciocho?
—Sí, señorito… dieciocho.
Rafael siguió follándola un rato en silencio, disfrutando de la sensación de su polla entrando y saliendo del coño caliente y apretado de Carmen. Luego volvió a hablar, más excitado.
—¿Ya tiene pelo en el coño? ¿O todavía está como una niña?
Carmen cerró los ojos con fuerza.
—…Ya tiene, señorito.
—¿Mucho? ¿Está espeso como el tuyo?
Carmen tragó saliva.
—Sí… tiene vello.
Rafael aceleró un poco el ritmo, excitándose visiblemente con las respuestas.
—¿Y sigue virgen? ¿Está intacta o ya se la han abierto?
Carmen tardó más en contestar esta vez. Su voz salió baja y avergonzada:
—Sigue… como Dios la trajo al mundo.
Rafael soltó un sonido gutural de satisfacción y folló más fuerte durante varios segundos, clavando los dedos en las caderas de Carmen.
Cuando volvió a reducir el ritmo, siguió preguntando:
—¿Por qué no está casada? Una chica de dieciocho años con ese cuerpo… ¿la estás guardando para algo, Carmen? ¿La estás adiestrando para que sirva mejor cuando sea mayor?
Carmen no contestó. Rafael le dio una palmada fuerte en el culo.
—Contesta.
—Mis padres no quieren que se case todavía… —dijo Carmen con voz rota—. Dicen que es muy joven todavía. Y yo… paso muchas horas aquí. Alguien tiene que cuidar de los hermanos.
Rafael sonrió con crueldad, aunque ella no podía verlo. Siguió follándola, cada vez más excitado por la conversación.
—¿Y tú qué opinas, Carmen? ¿Crees que tu hija está lista para que se la follen? ¿O prefieres que siga siendo tu ayudante un poco más?
Carmen no respondió. Tenía la cara húmeda y los nudillos blancos de tanto apretar la mesa. Rafael notó que empezaba a temblarle las piernas. Siguió hablando mientras la penetraba sin piedad.
—Porque si la estás guardando para mí, dímelo. Porque cada vez que la veo, Carmen… cada vez que la veo inclinada recogiendo aceituna, con ese culo y esas tetas que todavía están duras… se me pone dura solo de pensarlo.
Siguió follándola durante varios minutos más, alternando entre preguntas sucias sobre Lola y embestidas brutales. Carmen ya no contestaba casi nada. Se limitaba a aguantar, con la respiración entrecortada y las lágrimas cayéndole por las mejillas sin hacer ruido. Cuando Rafael finalmente se corrió dentro de ella, lo hizo con un gruñido largo, apretando los dedos con fuerza en las caderas de Carmen hasta dejarle marcas.
Se quedó dentro unos segundos más, recuperando el aliento, y luego salió despacio. El semen le resbaló por el muslo a Carmen cuando se incorporó. Rafael se apartó, se abrochó los pantalones y la miró de nuevo, todavía desnuda y apoyada en la mesa.
—Ya puedes vestirte —dijo por fin.
Carmen se incorporó con dificultad, se limpió como pudo con la misma agua de la palangana y empezó a ponerse la ropa con manos torpes, sin atreverse a mirarlo. Rafael ya no le prestaba atención, ya estaba pensando que mañana tendría que salir temprano hacia Jaen.
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