La gitana y el señorito (Capítulo 4)
Pasaron varias semanas después de la marcha de Isabel. El invierno se había instalado con fuerza y las noches eran largas y frías. Rafael había intentado mantener las distancias, pero su paciencia se había ido agotando. Una tarde, después de comer, bajó hasta las chozas con la excusa de hablar con uno de los capataces. Vio a Lola saliendo de la casa de su familia con un cesto de ropa. Se acercó a ella cuando estaba sola, cerca del viejo almacén de aperos.
Lola se tensó en cuanto lo vio. Intentó seguir caminando, pero Rafael se colocó delante de ella, bloqueándole el paso.
—¿Adónde vas tan deprisa? —preguntó con voz baja.
Lola bajó la mirada y trató de rodearlo. Rafael le agarró el brazo con fuerza, no lo suficiente para hacerle daño, pero sí para detenerla. Ella intentó soltarse y, al ver que no podía, alzó la voz pidiendo ayuda. Rafael la soltó al instante. Lola salió corriendo hacia las chozas sin mirar atrás. Rafael se quedó allí un momento, con la mandíbula apretada, antes de dar media vuelta y regresar a la casa principal.
Pocos días después llegó Don Luis de la Vega y Rueda. Era un hombre de cuarenta y cinco años, alto, de complexión fuerte y voz grave, con el porte de quien está acostumbrado a que se le escuche. Aunque formalmente era amigo del padre de Rafael desde la guerra —se habían conocido en el frente de Andalucía y mantenían desde entonces una relación cordial—, en los últimos años había sido Rafael quien se encargaba de recibirlo y atenderlo durante sus visitas. Luis era Procurador en Cortes por Jaén, dentro del tercio de representación sindical, y tenía una influencia considerable en asuntos relacionados con la agricultura y la propiedad de la tierra. Mantenerlo de buen humor era algo que la familia consideraba conveniente.
La llegada de Don Luis fue recibida con la importancia que correspondía a un invitado de su posición. Toda la familia salió a recibirlo al patio cuando su coche se detuvo frente a la casa principal. El padre de Rafael lo saludó con un abrazo firme y una sonrisa cordial. La madre de Rafael, más reservada, le dio la bienvenida con educación. Rafael, por su parte, se mostró atento y sonriente, como era de esperar.
Esa noche cenaron los cuatro en el comedor principal. Carmen sirvió la mesa. Llevaba un uniforme más elegante que el habitual: una blusa blanca impecable, falda negra hasta la rodilla y delantal blanco almidonado. Estaba más arreglada de lo normal, con el pelo recogido con cuidado. Se movía con discreción, entrando y saliendo del comedor con los platos sin hacer ruido.
La conversación durante la cena fue distendida, aunque todos eran conscientes del peso que tenía la presencia de Don Luis. El padre de Rafael preguntó por Madrid, por lo que se cocía en las Cortes y por los últimos movimientos en el Ministerio de Agricultura. Luis respondió con naturalidad, sin entrar en detalles comprometidos, pero dejando claro que seguía teniendo acceso a información relevante. Habló de las tensiones internas dentro del régimen, de las presiones para abrir un poco más la economía y de cómo algunos sectores empezaban a hablar de un posible cambio de rumbo tras la muerte de ciertos personajes clave. La madre de Rafael escuchaba en silencio, asintiendo de vez en cuando. Rafael intervenía de forma educada, pero era evidente que su papel esa noche era más el de anfitrión atento que el de protagonista de la conversación.
En un momento dado, Carmen se acercó a servir vino a Don Luis. Él le pasó el brazo por la cintura con naturalidad, deteniéndola un segundo, y le dijo en voz baja pero audible:
—Cada vez estás más guapa, Carmen. El uniforme nuevo te sienta muy bien.
Carmen se quedó quieta un instante. Luego inclinó ligeramente la cabeza y siguió sirviendo sin responder. Luis retiró el brazo y continuó hablando con el padre de Rafael como si nada hubiera ocurrido.
Después de la cena, los cuatro pasaron a la biblioteca. La madre de Rafael se quedó un rato, pero pronto se despidió alegando cansancio y se retiró a su habitación. Se quedaron los tres hombres. Paco trajo una botella de coñac y unos cigarros. Mientras fumaban, Luis preguntó por los rumores que había oído sobre un posible compromiso.
—Dicen que hay una sevillana en el horizonte —comentó con una media sonrisa, mirando a Rafael—. ¿Es verdad o son solo habladurías?
Rafael sonrió con educación.
—Hay algo de cierto. Se llama Isabel de la Torre. Sus padres han venido hace poco a conocer la finca.
Luis asintió, aparentemente satisfecho.
—La conozco. Es una chica muy guapa. Y de buena familia. Los de la Torre tienen bastante peso en Sevilla. No estaría mal emparentar con ellos. Aunque imagino que la dote no será despreciable, ¿eh? —añadió con tono de broma.
El padre de Rafael soltó una carcajada baja. La conversación siguió un rato más entre los tres, aunque el alcohol empezó a hacer mella en el padre, que poco a poco se fue quedando callado hasta quedarse dormido en el sillón, con la cabeza ligeramente ladeada.
Rafael miró a Luis y dio por terminada la noche.
—Será mejor que subamos. Mañana saldremos temprano a cazar.
Luis asintió. Rafael se levantó y acompañó a su invitado hacia las escaleras. Carmen iba delante, subiendo con paso quieto. Mientras subían, Rafael vio cómo Luis le pasaba la mano por debajo de la falda del uniforme y se la dejaba allí, apretándole la nalga con descaro. Carmen siguió subiendo sin decir nada, aunque su espalda se había tensado ligeramente.
—Te quedas aquí esta noche —le dijo en voz baja—. Luis va a necesitar compañía. Hará frío. Tú ya sabes cómo atenderlo.
Carmen levantó la vista hacia él. Por un segundo se le notó la resistencia en los ojos.
—Señorito… yo nunca he pasado la noche fuera —dijo en voz baja—. Siempre duermo con Paco.
Rafael la miró con calma.
—Paco lo entenderá. Y si no lo entiende, ya le explicaré yo. Si no quieres venir tú, puedo mandar a buscar a Lola.
Carmen bajó la mirada al instante. Después de unos segundos, volvió a asentir con esa misma resignación de siempre.
Rafael abrió la puerta de la habitación y dejó pasar a Carmen. Antes de cerrar, miró a Luis.
—Estará para lo que necesites. Mañana nos vemos temprano para salir al monte.
Luis sonrió con satisfacción.
—Perfecto.
Rafael cerró la puerta. Al dar la vuelta para marcharse, escuchó claramente la voz de Luis al otro lado:
—Bueno, guapa… ya te puedes quitar el uniforme y ponerte cómoda. Tenemos mucha noche por delante.
A la mañana siguiente salieron a cazar. Hacía frío, pero el día estaba despejado. Rafael y Don Luis se levantaron temprano y se dirigieron hacia las lomas que había al norte de la finca, donde solían haber perdices en esa época del año. Iban acompañados de un guarda y dos perros. Durante las primeras horas la conversación fue ligera, centrada en la caza y en el estado de los terrenos.
Fue Luis quien, mientras esperaban agazapados detrás de un pequeño cerro, sacó el tema que realmente importaba.
—Tu padre me ha contado algo de una presa que queréis levantar en la parte este de la finca —dijo sin rodeos, mientras cargaba la escopeta—. Eso no se hace sin mover algunos papeles en Madrid. Y sin que alguien de confianza eche una mano.
Rafael bajó la escopeta y miró hacia el horizonte.
—Es agua para dos partidas de olivar que ahora mismo dependen demasiado de la lluvia. Si conseguimos que nos den el permiso y algo de ayuda para la conducción, podemos asegurar producción incluso en años malos. El problema es que hay varios trámites atascados y algunos vecinos pequeños que se oponen. Tu firma y tu palabra en las Cortes ayudarían a que las cosas se movieran más rápido.
Luis sonrió de medio lado, sin mirarlo directamente.
—Ya me imaginaba que no me habíais invitado solo por mi buena compañía. Tranquilo. Cuando volvamos a Madrid hablaré con las personas adecuadas. Pero ya sabes cómo funciona esto… las cosas se mueven mejor cuando hay buena relación.
Rafael asintió. Sabía perfectamente lo que Luis estaba sugiriendo. No era la primera vez que la familia necesitaba su influencia para asuntos administrativos relacionados con la tierra y el agua.
Durante el resto de la mañana siguieron cazando. A media mañana, mientras esperaban otra levantada, Luis cambió de tema con naturalidad, aunque sin perder el tono distendido.
—Lo de Isabel si que es una buena batida —comentó mientras cargaba la escopeta—. Es de buena familia.
Rafael bajó la escopeta y miró hacia el horizonte.
—Sí. Parece que la cosa va en serio.
Luis asintió, aparentemente satisfecho.
—Eso está bien. Casarte con una chica de esa familia os puede abrir muchas puertas. Y no solo en Sevilla. En temas como el de la presa que queréis hacer, tener aliados con influencia nunca viene mal. A veces un buen contacto en el sitio adecuado mueve más papeles que diez escritos oficiales.
Rafael guardó silencio un momento, dejando que la frase quedara en el aire. Sabía que Luis estaba hablando de sí mismo sin decirlo directamente.
Luis continuó, esta vez con un tono más ligero:
—Y tus padres… seguro que están contentos. Ya empiezan a estar mayores, ¿no? Unos nietos les vendrían bien para alegrarles la vejez.
Rafael sonrió levemente.
—Eso dicen ellos. Quieren ver nietos antes de que sea demasiado tarde.
Luis soltó una risa baja y cambió de tema con aparente naturalidad:
—Hablando de mujeres… ayer cuando llegué vi a una gitanilla por las chozas. La del vestido azul. Esa sí que quita el apetito. ¿Es nueva?
Rafael se encogió de hombros, manteniendo un tono despreocupado.
—Lola. Es hija de Carmen. Ya tiene dieciocho años. Sus padres la quieren tener en casa un poco más porque ayuda con los hermanos pequeños.
Luis lo miró de reojo, con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
—Dieciocho… y con ese cuerpo. En cualquier otra familia gitana ya estaría casada y con un crío en la barriga. ¿O es que la estás guardando para algo?
Rafael desvió la mirada hacia los perros y respondió con tranquilidad:
—Eso me lo pregunto yo también.
Luis lo miró un segundo más de lo necesario, pero no insistió. Solo soltó una risa baja y volvió a cargar la escopeta.
—Entendido, muchacho. Entendido.
A media mañana ya habían cobrado varias perdices. Al volver a la casa, Rafael le entregó las piezas a Carmen para que las preparara. Después de asearse, los dos hombres se reunieron con el padre de Rafael y subieron al Land Rover para ir a ver el lugar donde querían construir la presa. Durante el camino, Luis bromeó con el padre de Rafael.
—Pronto vas a tener que dejar de viajar tanto, Fernando. Con un nieto en camino vas a tener otras obligaciones.
El padre de Rafael sonrió con cansancio.
—Si Dios quiere.
Comieron las perdices todos juntos en el comedor. La conversación fue correcta pero algo forzada. Después de comer, los padres de Rafael se disculparon. Tenían que salir hacia Jaén por un asunto de la familia de ella, pasarían la noche fuera. Se quedaron solos Rafael y Luis.
Pasaron la tarde bebiendo en la biblioteca. El coñac corría y los dos hombres se fueron poniendo cada vez más borrachos. A última hora de la tarde, Rafael mandó a Carmen llamar a Paco. Paco trajo su guitarra y se sentó en una silla. Carmen, todavía con el uniforme del día, se sentó junto a su marido. Tocaba piezas lentas y profundas de la sierra de Jaén. Carmen cantaba con voz ronca y gutural, flamenco antiguo, de esos que hablan de pena y de tierra. La voz le salía rasgada, con esa fuerza que solo sale cuando se canta de verdad. Luis escuchaba en silencio, bebiendo.
Al rato, Luis pidió algo más alegre.
—Vamos, que esto parece un entierro. Que cante algo más vivo. Sevillanas.
Paco cambió de registro. Empezó a tocar sevillanas y Carmen, después de dudar un segundo, se puso a bailar. Luis se levantó del sofá y la agarró por la cintura para bailar con ella. Mientras giraban, le pasaba las manos por el cuerpo sin ningún disimulo, apretándole las nalgas y rozándole los pechos cada vez que podía. Carmen bailaba con la cabeza baja, dejando que la manoseara.
Luis se cansó pronto. Se dejó caer en el sofá grande, arrastrando a Carmen con él. La sentó a horcajadas sobre su regazo y le habló cerca de la cara, ya bastante borracho.
—Necesito un rato de descanso y alivio, guapa…
Se abrió la bragueta y sacó la polla, ya dura. Carmen lo miró un instante, buscando con la mirada a Paco y a Rafael, pero ninguno de los dos intervino. Luis le agarró la barbilla y le obligó a mirarlo.
—¿A qué esperas? ¿Necesitas que te invite otra vez o ya aprendiste anoche cómo se hacen estas cosas?
Carmen se arrodilló entre las piernas de Luis y empezó a chupársela. Se inclinó hacia delante, rodeó la base de la polla con los dedos y la llevó a sus labios. Primero pasó la lengua por la cabeza, lentamente, humedeciéndola con saliva antes de abrir la boca y metérsela dentro. Movía la cabeza arriba y abajo con un ritmo constante, manteniendo la lengua plana y relajada al bajar, tal como había aprendido la noche anterior. Cada vez que descendía, la polla le rozaba el fondo de la garganta, y un hilo de saliva le resbalaba por la comisura de los labios y caía sobre el suelo.
El sonido húmedo y repetido de su boca llenaba el silencio de la biblioteca. Luis se recostó contra el respaldo del sofá, con una mano apoyada en el muslo y la otra descansando sobre la nuca de Carmen, sin empujar todavía, solo sujetándola. De vez en cuando soltaba un gruñido bajo de satisfacción cuando ella bajaba más profundo.
Paco había dejado de tocar la guitarra. Rafael lo miró y le ordenó en voz baja pero firme:
—Sigue tocando.
Paco obedeció, aunque ahora la melodía que salía de la guitarra era más triste y lenta, casi melancólica. Sus dedos se movían con torpeza sobre las cuerdas, como si le costara concentrarse.
Luis dejó que Carmen le chupara durante un rato, disfrutando del calor húmedo de su boca y del sonido obsceno que producía al subir y bajar la cabeza. De vez en cuando apretaba ligeramente los dedos en su nuca, guiando el ritmo sin llegar a forzarla del todo. Carmen mantenía los ojos bajos, concentrada en la tarea, con las mejillas ligeramente hundidas cada vez que succionaba.
Luego le agarró del pelo con fuerza y la apartó de su polla. Un hilo de saliva unió por un segundo sus labios con la cabeza del miembro antes de romperse.
—Para, que si sigues así me voy a correr en tu boca. Y eso no es lo que queremos, ¿verdad? Lo que tú quieres es un crío blanquito para la camada, ¿a que sí?
La levantó de golpe, le agarró el vestido por el escote y tiró de él con fuerza. Los botones saltaron y el vestido se abrió por delante.
Luis la obligó a ponerse a cuatro patas en el suelo, delante del sofá.
—Con tu permiso, Paco —dijo con sorna, mirando al marido—. Voy a preñarte a la mujer. O mejor se lo pido a Rafael, que es el que manda aquí.
Se colocó detrás de Carmen, le separó las nalgas con las manos y la penetró de un solo empujón, seco y profundo. Carmen soltó un gemido ahogado cuando la invadió por completo sin darle tiempo a prepararse.
Luis empezó a follarla a lo perrito con embestidas fuertes y rítmicas, chocando su pelvis contra las nalgas de la mujer con un sonido húmedo y constante. Cada vez que entraba hasta el fondo, el cuerpo de Carmen se sacudía hacia delante y sus pechos pesados se balanceaban bajo ella.
Paco bajó la mirada hacia las cuerdas de la guitarra y siguió tocando, aunque sus dedos ya apenas tenían fuerza. Las notas salían débiles y temblorosas, casi como si el instrumento se estuviera apagando junto con él. No se atrevía a levantar los ojos.
Luis, mientras seguía follándola con fuerza, giró la cabeza hacia Rafael, que permanecía sentado en el sillón con una copa de coñac en la mano. Lo observaba todo con una expresión tensa y los ojos brillantes de excitación.
—Muchacho, ven que hay mujer para dos —le dijo Luis con sorna, sin dejar de mover las caderas—. No comparto hembra con hermanos desde aquellas milicianas que cogimos cerca de Madrid. Esas sí que chillaban… No como Carmen, que está toda mojada. ¿A que sí, Paco? A que contigo no disfruta tanto…
Al pronunciar estas últimas palabras, Luis dio un empujón especialmente profundo y mantuvo la polla enterrada dentro de ella unos segundos, como si quisiera enfatizar su comentario. Carmen soltó un gemido largo y tembloroso, con la cabeza gacha y las manos apoyadas en el suelo. Su respiración era agitada, y un hilo de saliva le caía de la boca entreabierta.
Luis soltó una risa baja y volvió a moverse, follándola ahora con embestidas más cortas y rápidas, mientras esperaba la reacción de los dos hombres.
Rafael se levantó del sillón con calma, dejó la copa de coñac sobre la mesita y se acercó hasta quedar frente a Carmen y la besó marcando su propiedad.
Sin decir una palabra, se desabrochó la bragueta y sacó la polla, ya completamente dura. Le agarró la nuca con una mano y se la acercó a la cara. Carmen abrió la boca sin resistencia y Rafael se la metió hasta el fondo de un solo movimiento. Ella tosió ligeramente al principio, pero enseguida se adaptó y empezó a chupársela mientras Luis continuaba follándola por detrás.
Ahora los dos hombres la usaban al mismo tiempo. Luis la penetraba con embestidas fuertes y rítmicas, golpeando sus caderas contra las nalgas de Carmen, mientras Rafael le sujetaba la cabeza con ambas manos y le follaba la boca con movimientos más lentos pero profundos. Los gemidos ahogados de Carmen se entremezclaban con el leve sonido de la guitarra de Paco, que seguía tocando en un rincón, aunque con la mirada fija en el suelo.
Luis, sin dejar de moverse dentro de ella, miró a Rafael por encima del cuerpo de Carmen y le preguntó entre resuellos, casi con tono de conversación:
—¿Ya has estado en Barcelona y te has comido el bocadillo de la Sala Bikini?
Rafael, concentrado en el calor de la boca de Carmen, tardó un segundo en procesar la pregunta. Levantó la vista hacia Luis, todavía con la polla dentro de la boca de la mujer.
—¿El qué? —preguntó, frunciendo el ceño.
Luis soltó una carcajada grave y dio un empujón especialmente fuerte contra Carmen, que soltó un gemido ahogado alrededor de la polla de Rafael.
—El bocadillo de la Sala Bikini —repitió Luis, divertido—. Allí ponen un bocadillo de jamón y queso entre dos rebanadas de miga de pan tostada. Se llama bikini. Es una tontería, pero está bueno.
Rafael no contestó. Siguió mirando a Luis un momento más, como si no terminara de entender qué hacía esa conversación en medio de lo que estaban haciendo. Luis, en cambio, parecía disfrutar tanto de follar a Carmen como de la incomodidad que generaba con sus palabras.
De pronto, se salió de ella. Agarró a Carmen por la cintura y la levantó con facilidad. Se sentó en el sofá y tiró de ella hacia sí, colocándola a horcajadas sobre su regazo. La sujetó por las caderas y la dejó caer de golpe sobre su polla, penetrándola profundamente. Carmen soltó un gemido largo y tembloroso cuando la invadió otra vez.
—Vamos, muchacho. Que hay que explicártelo todo. Métete la polla por el culo y ya verás cómo chilla esta guarra.
Rafael se colocó detrás de Carmen sin decir una palabra. Le separó las nalgas con ambas manos y, sin lubricación ni preámbulos, empujó contra su ano hasta abrirlo de golpe.
Carmen soltó un grito ahogado, ronco, que le subió desde el pecho y se le quedó atrapado en la garganta. Su cuerpo se arqueó violentamente hacia delante, pero Luis la sujetó con fuerza por las caderas, impidiendo que se apartara.
Los dos hombres empezaron a follarla al mismo tiempo. Luis, desde abajo, la penetraba con embestidas profundas y constantes, mientras Rafael, detrás de ella, la follaba por el culo con movimientos más cortos y agresivos. Cada vez que Rafael entraba, el cuerpo de Carmen se tensaba de forma brutal: los músculos de su espalda se marcaban bajo la piel, sus brazos temblaban y un gemido entrecortado se le escapaba por la boca, aunque intentaba contenerlo. El contraste entre los dos ritmos —uno más lento y profundo, el otro más rápido y doloroso— hacía que su cuerpo no supiera cómo reaccionar.
Paco había dejado de tocar. Tenía la guitarra apoyada en las rodillas, pero ya no la sujetaba con fuerza. Sus dedos apenas rozaban las cuerdas. Miraba hacia el suelo con la mandíbula apretada y la respiración irregular, como si cada gemido de Carmen le atravesara el pecho.
Los dos hombres siguieron follándola durante varios minutos sin descanso. Luis, desde abajo, la sujetaba con fuerza por la cintura, obligándola a bajar y subir sobre su polla, mientras Rafael la penetraba por detrás con embestidas cada vez más secas y profundas. Carmen ya apenas emitía sonidos; solo jadeaba con la boca abierta y la frente apoyada contra el hombro de Luis, dejando que la usaran.
Cuando Rafael sintió que se acercaba, aceleró el ritmo de forma repentina, clavando los dedos en las caderas de Carmen y follándola con embestidas cortas y brutales. Se corrió dentro de su culo con un gruñido largo y contenido, apretando los dientes mientras eyaculaba. Se quedó quieto unos segundos, todavía dentro de ella, respirando pesadamente contra su espalda. Luego se retiró despacio. Su polla salió manchada de semen, sangre y restos oscuros. Un hilo espeso de semen mezclado con sangre le resbaló por el muslo a Carmen cuando él se apartó
Respirando con dificultad miró a Paco.
—Ve a buscar una toalla y un barreño con agua —le ordenó.
Paco levantó la cabeza, dudó un segundo, pero obedeció. Dejó la guitarra apoyada contra la silla y salió de la biblioteca sin decir nada.
Luis, que aún tenía a Carmen encima de él, la sujetó por la cintura y la levantó con facilidad. Se la quitó de encima, se levantó del sofá y la obligó a arrodillarse en el suelo frente a él. Carmen, todavía aturdida por la doble penetración, se dejó hacer. Luis se masturbó con rapidez delante de su cara, sujetándola por el pelo para que no apartara la cabeza. Rafael, ya recompuesto, se quedó de pie a un lado, observando en silencio con una copa de coñac en la mano.
Luis se corrió con un gruñido largo y profundo. Los primeros chorros le dieron directamente en la cara a Carmen: uno le impactó en el ojo izquierdo, haciendo que se le cerrara de golpe por el escozor, y los siguientes le resbalaron por la mejilla, la boca y el cuello. Ella parpadeó con fuerza, pero no se movió ni emitió sonido alguno. El semen le caía por la barbilla y goteaba sobre sus pechos.
Luis soltó su pelo y dio un paso atrás, observándola con satisfacción. Carmen se quedó de rodillas, con la cara cubierta de semen y un ojo entrecerrado por el escozor, respirando de forma entrecortada. No se limpió. No dijo nada. Solo permaneció allí, arrodillada y quieta, mientras el semen le resbalaba lentamente por la piel. Rafael dio un sorbo a su copa sin apartar la mirada.
Paco volvió al cabo de unos minutos, llevando el barreño con agua caliente y una toalla limpia. Al entrar en la biblioteca, se detuvo en seco.
Luis y Rafael seguían sentados, aún algo borrachos, riéndose entre ellos con esa camaradería grosera que nace del alcohol y del exceso. Carmen permanecía de rodillas en el suelo, delante del sofá. Tenía la cara cubierta de semen, que le resbalaba lentamente por las mejillas y la barbilla. Una de sus mejillas estaba enrojecida, y se le notaba el cansancio en los hombros caídos y en la respiración entrecortada. El semen le había caído también sobre los pechos, y algunas gotas le corrían por el vientre.
Rafael se levantó del sillón, cogió la toalla que Paco había traído y la mojó en el barreño con agua caliente. Sin prisa, se bajó los pantalones lo justo para dejar su polla a la vista y empezó a limpiársela con movimientos lentos y deliberados, delante de Paco. El agua caliente le resbalaba por los dedos mientras frotaba la polla manchada de semen y restos oscuros. Paco se quedó de pie, sujetando el barreño con ambas manos, obligado a mirar sin poder apartar la vista.
Cuando terminó, Rafael se abrochó los pantalones con calma. Luego, sin decir nada, tiró la toalla sucia hacia Carmen. Ella la recogió del suelo con manos temblorosas y se la pasó por la cara, intentando limpiarse el semen que le cubría la piel. El trapo estaba caliente y húmedo, pero el semen ya se le había secado en parte, y le costaba quitárselo del todo. Mientras se limpiaba, mantuvo la mirada baja.
Rafael se volvió entonces hacia Paco, que seguía inmóvil en medio de la habitación.
—Ya puedes irte —le dijo con voz tranquila, casi amable—. Carmen se queda la noche por si necesitamos algo más.
Paco tragó saliva. Miró a su mujer un segundo: arrodillada, con la cara todavía húmeda, los ojos enrojecidos y la respiración agitada. No dijo nada. Recogió el barreño y la toalla sucia del suelo y salió de la biblioteca sin levantar la vista ni pronunciar una palabra. Al cerrar la puerta detrás de él, se le notaba en la espalda la tensión de quien se marcha derrotado
A la mañana siguiente, Don Luis se marchó temprano. Rafael lo acompañó hasta el coche. Mientras el chófer cargaba el equipaje, los dos hombres hablaron un momento apartados.
—Respecto a lo de la presa —dijo Luis en voz baja—, cuenta conmigo. Voy de camino a Córdoba y hablaré directamente con el ingeniero jefe de la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir. Conozco al hombre. Si le explico que el tema viene de una finca seria y que hay interés familiar, las cosas se moverán más rápido.
Rafael asintió con gratitud.
—Te lo agradezco de verdad, Luis.
Luis sonrió con esa mezcla de complicidad y superioridad que siempre tenía.
—Si quieres, puedes acompañarme hasta Córdoba. Podríamos hablarlo juntos.
Rafael negó con la cabeza, manteniendo una sonrisa educada.
—Me encantaría, pero esta misma tarde me esperan en Sevilla. Los padres de Isabel me han citado.
Luis soltó una carcajada y le dio una palmada en el hombro.
—Ay, truhán… ¿negocios o placer?
—Las dos cosas —respondió Rafael con una media sonrisa.
Luis subió al coche todavía riendo. Antes de cerrar la puerta, miró a Rafael y le dijo:
—Cuídate, muchacho. Y dale recuerdos a esa sevillana tan bien parecida.
Mientras el coche de Luis se alejaba por el camino de tierra, Rafael vio cómo Carmen salía discretamente por la puerta de servicio. Paco la estaba esperando un poco más adelante. En cuanto ella llegó hasta él, Paco la abrazó con fuerza y le besó la cabeza varias veces, con un gesto protector y silencioso. Carmen se dejó abrazar sin decir nada, apoyando la frente en el pecho de su marido.
Rafael apartó la mirada y entró de nuevo en la casa.
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